Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 38 - Primavera 2015
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Pequeñeces Encarna Hernández Torregrosa




Aquella tarde de abril de 1966, Ana no fue a clase. Se encontraba sentada en la puerta de su casa. Tenía su pierna derecha vendada a la altura de la rodilla. Este era el motivo de faltar a clase.

Ana tiene siete años, aunque ella afirmaba que muy pronto sería mayor. En realidad le faltan más de cuatro meses para cumplir ocho. Llevaba un babi de rayas azules y blancas que su madre le ponía para no mancharse el vestido. Como un tesoro, guardaba en su bolsillo izquierdo una piedra, que, según explicó a sus amigos el día en que la encontró, daba buena suerte (la piedra era totalmente blanca y brillante, a ella le agradaba tanto su tacto como su color, así que la convirtió en un talismán). También guardaba en ese bolsillo tres cromos de flores y unas monedas para comprar, en el quiosco de enfrente de casa, el nuevo tebeo del Capitán Trueno, que le dijo a la señora María (dueña del quiosco) que por favor le guardara uno. Tiene unas ganas enormes de ver las nuevas aventuras de su héroe y de Sigrid, la novia de Trueno, a la que le gustaría parecerse. En el bolsillo derecho guardaba un chupachú nuevo y un chicle usado y envuelto con mucho cuidado en un pedacito de papel plateado.

Ana vivía con sus padres en un edificio de tres plantas. Como todos los del barrio. Nada lo hacia diferente, a no ser que allí vivía ella con su madre, que siempre está en casa, y su padre. Al igual que los padres de sus amigas Tere y Asun, trabaja durante todo el día, y en ocasiones incluso por la noche en el puerto. Son estibadores (palabra que a Ana le sonaba mal, igual que ¡coñe! o esa otra que termina en “o” y que no se atrevía a decir). En ocasiones, la seño de clase, doña Pilar, les decia en clase: "¡¡Quien diga esas cosas va derechito al infierno!!", y ese es un sitio feo donde da miedo ir.

Ana la escuchaba atenta mientras pensaba: ¿Y cómo lo sabe ella?

Algo le decía a Ana que esa pregunta no debía hacerla.

-¡Claro que no debo hacer esa pregunta! ¿Sabes que tiene la manía de castigarme de rodillas en el pupitre? Se hincan en la rodilla esas tablas. Cuando estoy así un rato parece que no siento las piernas y luego duelen, ¡porras si duelen...! ¡Vaya!, se me ha escapao, ¿sabes si porras es una palabrota? Además…, ¿tú quien eres? ¿Te conozco? ¿Vives en este barrio?

-En realidad estaba contando tu historia…

-¿Mi historia? ¿Como cuando hablan de alguien en la radio? Espera, puedo decirte algo de doña Pilar… Cuando me castiga de rodillas y se da la vuelta, me siento en el suelo. Lo que pasa es que a veces me pilla, como cuando me grita: "¡Ana! ¡¿Qué demonios haces sentada?!".

¡Me pegó un susto...! Me puse derecha de un salto. Hasta creí que me había dado un calambre, sí, como cuando metes los dedos en un enchufe, igual… Pero lo malo es que entonces va y me da la risa. ¡La culpa la tuvo ella! A lo mejor no se dio cuenta, pero la seño había dicho “demonios” y eso sí es una palabrota, ¿verdad? Bueno, la cosa es que yo… la vi en mi cabeza en medio del fuego y con esos cacharros grandes como ollas donde se hierve el aceite para quemar a los que son malos y dicen palabrotas, y… eso tiene que doler más que estar de rodillas en el pupitre, así que... bueno, tuve que agachar la cabeza. Es que no podía parar de reír.

Ana, al recordarlo, se rie muy divertida.

-Lo peor fue el martes. Me pilló saltando en clase. Bueno, la cosa es que saltaba por encima de los pupitres. ¡Ah! Espera…, en mi cole, no lo he dicho, pero no hay chicos, todas somos niñas. ¡Menos mal!... Aunque es muy aburrido. Sigo. La culpa fue de Sacramento, otra niña. Es un poco mayor que yo, más alta, y además una idiota. Dijo que yo no era capaz de dar una vuelta a toda la clase sin tocar el suelo ¡Que no era capaz! ¡Ja! Si sabe que siempre la gano a todo, a saltar a la comba en el recreo, a los cromos, a correr, y el otro día le gané una trompa de esas de colores. Así que cuando doña Pilar salió de clase, nos preparamos y muy rápido me subí a la silla de la seño, luego a su mesa, y... ¿Sabes que tiré todas las libretas de mates? Bueno, luego salté a la mesa de Clara y a la de Maria y después a la de Carmencita -esta es una niña tonta y llorona-, que se puso a hacer puchero cuando me vio que había tirao su estuche con los lápices. El resto de las niñas, gritaban, aplaudían, corrían y además se reían. Se reian mucho. Bueno, yo también me reía.

Es que parecía un mono, como los del zoo que van de una rama a otra. (Ja, ja, ja). Yo iba como ellos. Lo estábamos pasando la mar de bien, y cuando casi había ganado, ¡zass!, va y aparece doña Pilar. Mis compañeras salieron corriendo. Bueno, Sacramento fue la primera en sentarse, le hice una señal y le prometí que ya la pillaría. Las demás corrieron tanto que hasta se equivocaron de sitio y, bueno, Carmencita, esa tonta, fue corriendo en busca de doña Pilar. La muy chivata. Le dijo que yo la había asustado y que quería irse con su mamá. ¿Que qué hice yo?... Me caí al suelo.

Me di un golpe en la cabeza que… Mira que chichón. Y en la rodilla. Casi me pongo a llorar, pero no quería que Sacramento se riera de mí, así que le dije a la seño que me dolía la pierna, doña Pilar no me hizo ni caso. Yo creo que se hizo la sorda.
Pero de repente me salió un moratón en la frente y en el brazo. Sólo pensaba, ¡bueno...!, cuando llegue a casa y me vea mi mamá, me va a dejar una semana sin salir a la calle. Entonces me di cuenta de que la rodilla no dejaba de dolerme. Esto no fue lo peor, entonces va doña Pilar y me castiga de rodillas y con tres libros en cada mano que sostenía con los brazos en cruz. La suerte es que al poco rato sonó el timbre para ir a casa. Yo no podía andar. Así que me ayudaron Tere y Asun. ¡Uf! ¡Cómo me dolía la rodilla!

¿Pero a que no sabes lo mejor? ¡No voy a clase! Me llevaron al médico y dijo que tenía que estar en casa. ¿Sabes por qué? ¡Claro! Por la rodilla. Me han puesto una venda y mis amigas dicen que tengo suerte. Dicen que la seño está muy enfadada. A lo mejor es porque mi padre fue a hablar con ella por lo que me ha pasado en la pierna. Y cuando vino… ¡Anda, como se enfadó conmigo!

Bueno, creo que no es pa tanto. Ya casi puedo doblarla bien. Sólo que…, no sé si decirlo…, pero es que no quiero volver a clase y que la seño me castigue. Así que, cuando viene mi padre del trabajo y me pregunta si me duele, yo le digo: "Sí, cuando ando". Entonces doy unos pasos arrastrando la pierna, y va él y dice: "¡Maldita sea!".

Luego me siento y cuando no me ve, rezo un Padrenuestro para que no vaya al infierno. ¡Mira que si se encuentra allí con doña Pilar!

Bueno, ya han abierto el quiosco, voy a comprarme el tebeo, ¡Ah!, y no te chives de lo que he dicho, que si no, me castigan otra vez de rodillas.

¡Hasta luego!