Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 38 - Primavera 2015
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Madame Bovary. La novela subversiva. Jesucristo Riquelme

(EL PRIMER ESTUDIO MONOGRÁFICO EN ESPAÑOL DEL CLÁSICO FRANCÉS)

 

«La novela por antonomasia es la novela del XIX. Y Madame Bovary es el clásico de los clásicos modernos»

 

Primera y última página del borrador autografo de la novela

Madame Bovary es una novela que exige saber leer... ¡Cuántos lectores han iniciado su aventura de leer con la novela de Gustave Flaubert! ¡Cuántas personas que escriben estilosamente se sintieron fascinadas por Madame Bovary! ¡Incluso el premio Nobel Mario Vargas Llosa se sintió orgiásticamente atraído por esta novela entre romántica y realista!

En esta novela hay antihéroes por doquier. Son seres humanos del día a día: unos, fatuos; otros, vanidosos; otros, conformistas; y todos, mediocres, salvo uno, ilusionado. Emma y Carlos Bovary crecen ante nosotros de modo tan irrisorio como patético, pero gozan de la grandeza de la dignidad: y la dignidad salva. Eso es efectivamente lo que salva y encumbra a madame Bovary: que Emma persigue un ideal.

Si sólo creyéramos que Emma es una soñadora que no logra del todo hacer realidad su mundo deseado, y que es burlada, pero lucha por un ideal sin ser consciente de que está fuera de toda realidad, podríamos preguntarnos «¿Madame Bovary soy yo?». Emma Bovary encarna una fuerza extraordinaria de resistencia al orden social, masculino y burgués: su sed de vivir y su temperamento sensual buscan la felicidad, pero de manera errática. Acaso ¿«madame Bovary» eres tú? Flaubert, el autor, respondió en correcto francés que podemos comprender: «Madame Bovary, c'est moi».

Madame Bovary es la novela que marca el origen de la moderna narrativa: la que nos conduce al Marcel Proust de En busca del tiempo perdido (1908-1922) y al Vargas Llosa de La ciudad y los perros (1963).


Flaubert, el bourgeoisphobus


Hijo de una familia acomodada –su padre y su hermano mayor, Aquiles, eran médicos–, Gustave Flaubert vivió de rentas, sin trabajar más allá de lo artístico. Llevó una vida cómoda y relativamente placentera, aunque desgarrada intelectualmente por dos postulados contrarios: uno, aparentemente inmovilista, constituía el centro de su quehacer diario: su dedicación al arte por el arte; el otro, su modo de vida burgués, con apariencia reivindicativa para la época, no ocultaba su espíritu antiburgués: en realidad, Flaubert siempre exhibió una actitud aristocratizante, contraria a la democratización de la cultura y defensora del Antiguo Régimen.


El laboratorio de la escritura: la larga «agonía del arte»


Flaubert estaba obsesivamente preocupado por el estilo. Dedicó a la redacción de Madame Bovary casi cinco años: desde el 19 de septiembre de 1851 hasta el 30 de abril de 1856. En la gran escena de la feria agrícola (II, 8), una sola página ha exigido setenta versiones en el borrador.


Madame Bovary es la primera novela moderna porque su autor comprendió que el problema de la novela es el narrador, y que el narrador es siempre una invención. Flaubert emplea varios narradores que se van alternando o mezclando con otras voces de la novela.

Algunos recursos de la novela no fueron comprendidos en su época: se le acusó, en el mundo literario, de inhumano, impersonal, frío e impasible por no ofrecer opiniones personales de lo relatado; se le achacaba que el autor-narrador no sentenciaba sobre sus personajes y sus acciones, como si los personajes y la acción se le escapara al, hasta entonces, autor-dios de la narración. La masa lectora, por la tradicional forma de leer literatura, no comprendía todavía que se le exigía al lector su participación para pensar sobre los hechos. Con Flaubert, el autor elegía los sucesos, pero no los enjuiciaba abiertamente jamás.

Como reflejo de su mentalidad, Flaubert idea su novela como análisis y denuncia de la nueva sociedad burguesa. Tampoco se comprendió, empero, la parodia del Romanticismo y su ironía contra las convenciones morales: se le acusó, en el mundo legal, por inmoral al incluir adulterios y conductas perversas. El novelista está convencido a estas alturas de que el argumento debe extraerse de la misma realidad que se vive, envuelta en un reconocible ambiente (realista).


El temor a la censura


La novela se publicó en seis entregas. Conforme iban apareciendo entregas de Madame Bovary, se iba incrementando la indignación de gran parte de los lectores y de todos los mandatarios del II Imperio. Hubo advertencia de censura ya en noviembre de 1856 y, en diciembre, se preparó la denuncia. La obra fue llevada a los tribunales el 29 de enero de 1857. Flaubert había sido acusado de «ultraje a la moral pública y religiosa y a las buenas costumbres».1 La fiscalía velaba para impedir la impertinencia política (contra la monarquía) y la irreverencia religiosa (contra el catolicismo). Los cuatro aspectos denunciados fueron muy concretos:


  • La lascivia de algunas escenas

  • La glorificación del adulterio: la belleza de la provocación

Sexo


  • La mezcla de lo sagrado con lo profano y lo voluptuoso

  • La expresión de la muerte de Emma Bovary en términos profanos

Religión



El poder de la sugerencia sin decir


«Después de leer Madame Bovary, el espíritu queda por mucho tiempo impresionado; el pensamiento vuelve, sin querer, a meditar aquellas profundísimas cosas que dicen, sin decirlas, los extravíos de la infeliz provinciana y la muerte por amor de aquel prosaico médico». Así lo destacó, con clarividencia, el español Leopoldo Alas, Clarín, que compuso La Regenta (1884-1885) como contrapeso y contraste moral y católico de Madame Bovary.


Flaubert, un mago del estilo


Flaubert buscaba una nueva técnica novelesca. Esta indagación se fragua en el ideal de la reducción y en el ideal de la impersonalización –«aquellas profundísimas cosas [...] sin decirlas»–:


Reducción

selección de hechos y datos

elipsis

Impersonalización

ausencia de modalización del autor: sin comentarios

impasibilidad ante los actos y los pensamientos de los personajes


Dos momentos estelares de la novela son la escena de la feria agrícola y la del simón (elipsis: ocultación de hechos sexuales) y la de la muerte de Emma y la del éxito de Homais (con un narrador objetivo e impasible).

Flaubert supera el Romanticismo en cuanto lo representa poéticamente y pasa de ser su adorador y su víctima a ser su analista y su crítico. Coloca el mundo de los sueños románticos frente a la realidad de la vida cotidiana y se convierte en realista para revelar la mendacidad y la anormalidad de estas ensoñaciones extravagantes. Según el novelista Víctor Hugo, Madame Bovary es un romanticismo completado, más que una negación. Combina y adapta elementos románticos con un plan global realista: es una parodia del Romanticismo, con muchos elementos del estilo más puramente romántico y muchos más del Realismo incipiente. Se trata de la conjunción de contrarios sometida a la función totalizadora propia del Realismo: ilusión y realidad, lirismo y vulgaridad, lo imperceptible y lo perceptible.

Para Flaubert, romántico significa «el hábito soñador e imaginativo de la mente, por el que ésta tiende a recrearse en posibilidades pintorescas derivadas sobre todo de la literatura». Una persona romántica es la que vive mental y emocionalmente en un mundo irreal, pero, añade Flaubert, «La literatura no es la escoria del corazón», es decir, la literatura no debe recoger los desechos de los sentimientos ni de las emociones, ni las evasiones irracionales y desorientadas.2 Madame Bovary es una novela realista, sin dudas, pero de un realismo muy personal y subjetivo.


El gran personaje: del afán consumista de Emma Bovary a la ruina


Emma personifica tres de los planos sociales en la novela:


  • campesina de origen

  • pequeña burguesa en su vida

  • aristócrata de deseo


Flaubert se identificaba mucho con la mentalidad y el deseo aristocratizante de su protagonista:3 «Madame Bovary, soy yo» («Madame Bovary, c’est moi»), afirmó. Emma es de origen campesino, pero, al desposarse con Carlos, asciende de clase, aunque no demasiado. Carlos es oficial de sanidad –un rango menos que médico o cirujano– y apenas gana para ir viviendo.

El personaje de Emma Bovary pone en práctica la teoría hedonista de Condillac4, tan en boga en la época: amor, erotismo, lujo y satisfacción. Influida por las lecturas románticas, para Emma, la pasión vital tiene dos vertientes: pasión erótica (sexual) y pasión poseedora (dinero y objetos). La dicha perfecta –la orgía perpetua– es sexo y lujo al unísono; no hay amor sin lujo, ni viceversa. Si Emma no logra o exhibe objetos de lujo, se crea el sentido más profundo de frustración. Esa frustración es la negación de la vida: de ahí que la muerte (el suicidio) sea una conclusión lógica en el personaje literario de Emma. Por ello, Emma simboliza también la sublimación del materialismo y encarna un nuevo tema de la máxima modernidad: el consumismo voraz, que conduce a la ruina (material y espiritual): compra cortinas con León, y las cuelga en su domicilio conyugal, manda llamar más de veinte veces al día a Lheureux y también quiere viajar... a París. En la euforia enajenante que vive la protagonista, el sexo exige lujo y dinero: aplacados los apetitos sexuales, Emma pide, para ir a Ruán, «un tílbury azul, ataviado de un caballo inglés...».

En definitiva, comprar, o consumir, para Emma, en su amplio sentido, significa:


  • elevación del estatus social

  • forma de alienación

  • sustitución o sublimación de los sueños


El final de la novela es demoledor. No lea lo que sigue en este párrafo si no quiere acusarnos de spoiler. He aquí el final: «Una vez vendido todo, quedaron 12 francos y 75 céntimos, que sirvieron para pagar el viaje de mademoiselle Bovary [Berta]» (III, 11) para ir a trabajar como proletaria. Es la degradación de Emma post mortem: su herencia.


El bovarismo


El personaje de Emma Bovary adquiere un valor universal. Ese valor universal es de tal magnitud que da origen a un nuevo concepto filosófico: el bovarismo.

El primer crítico que definió el bovarismo fue Jules de Gautier, en 1892: «un estado de insatisfacción, sobre los planos afectivos y sociales, que se encuentra particularmente en algunas jóvenes neuróticas, que se traduce en vanas y desmesuradas ambiciones, una huida por medio de lo imaginario y lo novelesco». Es el estado de insatisfacción crónica de una persona, producido por el contraste entre sus ilusiones y aspiraciones –a menudo desproporcionadas respecto a sus posibilidades– y la realidad, que suele frustrarlas. Hoy se concibe como el deseo arrebatado de otra forma de vida más exultante; conlleva el gusto romántico por la revuelta y el odio del orden establecido. Emma pretende escapar del mundo aburrido que la asfixia.

El bovarismo es una forma especial de quijotismo. Ortega y Gasset definió a Emma Bovary como un “don quijote con faldas”. Constituye un arquetipo femenino universal, pero carece de la fuerza idealista positiva del antihéroe cervantino. A Flaubert, como sabemos, le atrajo mucho Don Quijote: «Lo que hay de prodigioso en Don Quijote es la ausencia de artificio y aquella perpetua fisión de la ilusión y de la realidad que hace de él [del personaje] un hito tan cómico como poético». Ambos nacen de un afán de gloria, del deseo acuciante de ser protagonistas de sucesos gloriosos, lejos de la gris existencia cotidiana. Pero son notables las diferencias: el quijotismo es una postura idealista para mejorar el mundo y sus desigualdades; por ello el héroe magnifica la realidad y goza de un amor platónico. El bovarismo es una visión de la vida y una forma de vivirla desviadas: una postura de insatisfacción (mucho más que conyugal), enajenada, que pretende la mejora personal y material de la persona insatisfecha; por ello la antiheroína suplanta la realidad y goza de amores sensuales.

En la actualidad sigue vigente el bovarismo: las incontables lecturas de «revistas del corazón», o «prensa rosa», y las masivas audiencias de programas televisivos cultivan los sueños de bodas y riquezas y vestuarios de alto copete –que no siempre de alta alcurnia o estatus–, y sin trabajar. Un mundo real que crea un imaginario consumista y hedonista, siguiendo las teorías de Condillac, que Flaubert plasma en su protagonista.

Ya sabemos que Flaubert también tenía un asomo bovarista: no desdeñaba del Antiguo Régimen una realidad clasista. Flaubert no escoge un asunto plenamente político (como Stendhal), ni sociológico (como Balzac) o con apego al socialismo (como Zola). Más bien, Flaubert renuncia casi a la vida para hacer literatura: es el arte por el arte.


Esta es una novela para degustadores del saber leer. Si lee, en primer lugar, el estudio y la guía de Riquelme, no perderá interés en la novela: la saboreará como el mejor gourmet literario o la más exquisita sumiller.


La portada ha sido elegida por J. Riquelme en homenaje al pintor Ruiz del Portal, premio nacional de Dibujo y Diseño, y a la modelo, una siempre joven ilicitana afincada en Torrevieja, cuyo nombre se desvela en la página de créditos. Una excelente imagen de portada para una excelente novela. ¡Todo un regalo para la vida y el amor!

 


1 La acusación fue defendida por Ernest Pinard, sustituto del procurador, bajo la alargada sombra del duque de Persigny, el maestro censor, gran amigo del rey. Diez años más tarde Pinard fue nombrado ministro del Interior. Con el tiempo se desveló la hipocresía del poder: aquel furibundo procurador Pinard era el autor (anónimo) de poesías pornográficas, según J. M.ª de Valverde, nada desdeñables en su calidad técnica, y de gran éxito.

2 La comparación es reveladora del instinto motivador de Emma: los primeros días de matrimonio «Su pensamiento, sin objetivo al principio, vagaba al azar, como su perrita, que daba vueltas por el campo» (I, 7).

3 «Una vez sentada en su palco [de la ópera de Ruán] echó el busto hacia atrás con una desenvoltura de duquesa» (II, 15), «absorta en las oraciones, como una marquesa andaluza» (III, 1).

4 El Tratado de las sensaciones (1754), de Condillac, abate de Mureau, inauguró una escuela filosófica que impregnó a Flaubert un siglo más tarde: por un lado, propugnaba que todos los conocimientos del hombre provienen de los sentidos exteriores, es decir, de las sensaciones, y, por lo tanto, no hay ideas innatas; este sensualismo derivó en el materialismo y en una vida entregada al hedonismo: sexo y consumo, viables en una gran ciudad. La escena de la petaca verde del vizconde y su perfume (I, 7), encontrada en el suelo, transporta a Emma a un mundo de ensueño y de contraste: «Ella estaba en Tostes. Él [el vizconde] estaba en París, ahora. Allá». Seda y perfume son, para Emma, metonimia de lujo, asociado a la felicidad anhelada: un pasado mundano del vizconde, una amante que se lo bordó... La petaca será vendida al final de la historia como uno de los enseres embargados. Por otro lado, según el científico francés Lavoisier, en el Discurso preliminar de su Tratado elemental de Química (1789), Condillac, en su Lógica o los primeros desarrollos del arte de pensar (1780), «sentó que no pensamos más que con el auxilio de las palabras; que las lenguas son verdaderos métodos analíticos; que el álgebra más sencilla, más exacta y más adecuada en la forma de expresar su objeto, es a la vez una lengua y un método analítico; en fin que el arte de razonar no es más que una lengua bien hecha». He aquí la base de la teoría de la palabra justa de Flaubert.