Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 37 - Invierno 2015
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Melodía de seducción Miguel S. Juaneda


Despertó en mitad del bosque cuando la melodía cesó. Se había rendido al sueño apenas unos instantes antes, aunque el sol había avanzado demasiado en ese escaso intervalo de tiempo. Bueno, quizás no eran sólo unos instantes… Isárune recogió su cesto vacío; las ardillas habían dado buena cuenta durante su letargo de las nueces que había recogido porque no quedaba ninguna.

Emprendió el camino de regreso, todavía víctima del extraño sopor que la dulce melodía le provocó. Apenas había andado unas decenas de pasos cuando la música sonó de nuevo. Esta vez no se dejaría embaucar, bastante enfadado y preocupado debía estar ya su marido. Aceleró el paso y avanzó mucho más lenta de lo habitual, como si sus piernas no se hubieran despertado aún de aquella siesta y sus rodillas se empeñaran en no doblarse apenas.

Sentía un hambre atroz. Sus tripas rugían como las de las bestias que su padre criaba en los establos. Caminaba descalza como siempre hacía. Odiaba los zapatos de piel que su vetusta madre fabricaba y que tenía que llevar por temor a herir los sentimientos de la anciana. Le recalentaban los pies y le provocaban unas horribles heridas, mucho más dolorosas que los cortes que en contadas ocasiones se hacía con las piedras del camino.

Conforme avanzaba, el desasosiego se iba adueñando de su espíritu. El sendero que conducía a su hogar, siempre limpio de hojarasca y cuidado por su esposo, se había convertido en un lodazal. Era incapaz de entender qué había ocurrido en tan corto espacio de tiempo. Quizás una tormenta había asolado la aldea y ella no la sintió al estar protegida por la espesura del Bosque de las Melodías.

El miedo hizo que acelerara el paso. La tempestad podía haber anegado su casa o quizás había pillado a su marido y a sus dos hijas en mitad del camino y sufrían algún daño. Al llegar, la vivienda, antes blanca como la leche recién ordeñada y abierta al exterior por grandes ventanales decorados con floreadas cortinas, aparecía destartalada, como si una manada de druzgos la hubiera atravesado.

Los campos, siempre sembrados de trigo y otras plantas, lucían marrones y yermos. Isárune no podía creer lo que sus ojos se empeñaban en mostrarle. Rauda como el viento se dirigió a una granja cercana, quizás su familia se había refugiado allí. La casona había sufrido varias modificaciones. Sin duda era la granja de sus vecinos, pero la habían pintado, y construido una chimenea nueva. Tampoco tenían el rebaño de ovejas; en los corrales había ahora tres grandes bueyes pastando. Corrió hasta alcanzar la puerta y la atravesó sin llamar. Sentada en una mecedora había una joven que amamantaba a un retoño. ¡Aquella mujer no era su vecina Haltiaya! Era una chica hermosa de pelo lacio y oscuro. Cuando la vio entrar, su cara, dulce y acogedora, se transformó en una expresión de pánico.

La joven la contempló y un grito de sorpresa y horror brotó de su garganta haciendo que Isárune cayera al suelo sobresaltada. Ambas mujeres trataron de tranquilizarse, aunque se atropellaban al hablar. Ninguna parecía dispuesta a esperar a que la otra formulara sus preguntas. Lo que ambas tenían que decir era demasiado importante.

Finalmente, la muchacha, que acababa de dejar al recién nacido en una cuna hecha de madera y cuerdas, concluyó aquel diálogo irracional levantándose y cogiendo un espejo de mano que tenía sobre una mesita, en la esquina del salón, para colocarlo frente al rostro de Isárune, que quedó petrificada. 

La imagen que le devolvía aquel fragmento de cristal era la de una mujer mayor, no la suya. Ella tenía veinticinco años y un rato antes había acudido al Bosque de las Melodías a recoger nueces mientras su esposo araba la tierra y sus hijas, de tres y cinco años, jugaban en la casa…

La joven cogió entre sus manos el rostro atemorizado de Isárune y le susurró:

—Tranquila, ya estás en casa. Siempre supe que volverías, mamá…