Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 37 - Invierno 2015
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Invisible Fernando Ugeda Calabuig

Primer Premio XX Certamen de Cuentos “Villa de Moraleja” 2013




—Nos encontramos ante una despensa abierta, siempre y cuando dejemos pamplinas y remilgos a un lado. Comprendo que al principio te sea complicado admitir ciertas cosas, no en vano acabas de caerte del nido, y resulta entendible que te cueste amoldarte a tu nueva circunstancia; pero déjame decirte una cosa: eres un tipo afortunado, porque has dado conmigo, y vas a convertirte en el único beneficiario de la sabiduría de este viejo. Al principio pensarás que la suerte te ha dado la espalda, que la vida ha contraído contigo una deuda que, a tenor de lo visto, no parece dispuesta a saldar. ¡Majaderías! En cuanto tu ropa adquiera la mugre necesaria, y las uñas de tus dedos se hallen percudidas, sentirás que la existencia que has llevado hasta ahora, con su higiene, su pitanza y sus rutinas, carece de importancia. Borra de tu rostro esa expresión de nomecreonada. Te habla la voz de la experiencia, aunque dicha experiencia haya perdido la cuenta del tiempo que lleva habitando esta cloaca.

La gente transitaba por la Carrera de San Jerónimo ajena al mendigo y sus aspavientos. Tan sólo unos pocos viandantes advertían a su paso un hecho que declaraba la precaria salud mental del indigente: el hombre hablaba solo.

—Sí, ya sé que no pones en tela de juicio mis palabras, que son los retortijones del hambre los que te hacen dudar de mi oratoria. Pero descuida, dicha espuela desaparece al tercer día de no echarle manduca al buche. Anda, no pongas esa cara de vinagre, que por el sustento no habrás de preocuparte. Ya te he dicho que nos encontramos ante una despensa abierta. Si sabes buscar puedes comer primer y segundo plato, incluso postre. El verdadero problema es el alcohol, todo el mundo apura las botellas hasta la última gota. Deduzco por la expresión de tu cara que las bebidas espirituosas no son santo de tu devoción. Mala cosa es que un mal de esa índole se cebe con un mendigo. La embriaguez aleja los fantasmas, te sumerge en un estado de confortable insensibilidad. Aparte, es el desinfectante que necesitan nuestras tripas. Sí, ya lo sé, lo que tú necesitas es algo sólido que te aplaque las punzadas del vientre... La verdad es que estás de un pesado con el tema... Tranquilo, hoy invito yo.

El mendigo volcó la tapadera del contenedor de basura para poder manejarse con soltura. Luego se aupó de puntillas y metió cabeza y brazos en el recipiente. Rasgó una bolsa de basura y rebuscó en su interior. En cuestión de un minuto su cuerpo recuperó la verticalidad. De sus labios pendía una sonrisa, y en sus manos, tendidas ambas hacia su invisible interlocutor, se hallaban los despojos de cinco chuletas de cordero.

—Toma, entretén con esto tu apetito. Rosigar no alimenta mucho, pero engaña al hambre. ¿Vergüenza, me hablas de vergüenza? Te contaré un secreto: a los indigentes se nos concede el privilegio de la invisibilidad. El mundo no quiere saber nada de nosotros, de modo que nos convertimos en seres traslúcidos, incorpóreos, todo con tal de no incomodar con nuestra presencia a una sociedad de levitas desgastadas a golpes de pecho. Efectivamente, estás en lo cierto, por mucho que la gente se engañe, la insolidaridad es la enseña de este barco que navega con rumbo desconocido, de modo que híncales el diente a las chuletas y olvídate de formalidades. Existe un mundo aburguesado de refinados snobs que apuestan por la estética, pero cagan igual que tú y que yo, y la muerte se los llevará desnudos, sin galas ni atuendos. Así me gusta, repela los huesos; pero no tragues la comida. Mastica, ensaliva, regodéate en el bocado, engaña al estómago rumiando. ¡Ay, chaval!, físicamente me veo reflejado en ti, eres el espejo de mis veinte años. A esa edad yo también lucía melena, aunque entonces era distinto, la gente relacionaba la conducta y la moral con el corte de pelo. De aquel joven y su idealismo sólo quedan migajas, fragmentos mentales que deambulan ociosos por mi cerebro. Sí, créetelo; mis recuerdos se han vuelto holgazanes, se niegan a recrear al hombre que fui. Poco a poco el pasado se vuelve borroso, se difumina dejando tras de sí paredes desconchadas y estancias vacías. ¿De qué coño te ríes? ¿Que te suena literario?... Te haré una confidencia: hace tiempo yo era un tipo con clase, lo que se dice un triunfador. ¿Que qué demonios soy ahora? Pues un turista de la vida, no te jode el entrometido... Tenía una bella esposa, una hija adolescente a la que adoraba, ella era el sol que derramaba luz sobre mis días. También poseía una casa tan cara como espaciosa, y un trabajo decoroso y bien remunerado cuyo edificio se halla muy cerca de donde nos encontramos. Mi jefe constituía el único lunar en una carrera jalonada de éxitos. Le tenía tanto aprecio que me daban ganas de matarlo cuatro veces al día.  Pero la vida es ladina, a la muy zorra le divierte cazarnos en su trampa. Un sábado el teléfono tembló de madrugada, la muerte se anunció con la estridencia metálica de quien obra contra natura. La voz al otro lado de la línea desgarró mi cuerpo por sus costuras, desautorizó a mis músculos, momentáneamente impedidos para hacer frente al peso de una pluma. Mi esposa se incorporó en la cama, los resabios del sueño aún pegados a las pestañas. Mis temblonas pupilas atenazaron su rostro, presintió la tragedia en mi mirada. A partir de entonces nuestros labios quedaron proscritos, cosidos por una suerte de mutismo que nos impedía dirigirnos la palabra. Sin la presencia de mi hija mi casa se convirtió en un lugar abandonado. Miré en mi interior y comprobé que sólo había vacío, jamás había experimentado semejante oquedad en mi pecho. Supe que no tenía nada para dar, así que me descolgué de la vida y busqué refugio en el alcohol. Todo me era ajeno, ya no compartía los problemas comunes de los seres humanos. Tuve la sensación de habitar un decorado, de ser un actor sin texto desubicado en el proscenio. Un día me desperté en plena calle bajo un intenso aguacero. Traté de recordar el camino de vuelta a casa; pero mis pasos se habían extraviado, la lluvia había borrado mis pisadas en el suelo. De entonces ahora ha transcurrido mucho tiempo, aunque no sería capaz de cuantificarlo, y justo cuando más necesitado estaba de un compañero con el que compartir mis andanzas, apareces tú como caído del cielo.

El mendigo alargó los brazos y a continuación los encogió a la altura del pecho en un gesto que invitaba a pensar que el limosnero abrazaba a un ser invisible. El efusivo abrazo se deshizo al momento ya que el menesteroso reconoció el rostro de un viandante que pasó a su lado con evidentes síntomas de premura. El mencionado individuo vestía traje azul marino y portaba un maletín de cuero repujado. El indigente, con un brazo extendido y la mano abierta en señal de demanda, alcanzó al transeúnte en cuatro zancadas y adecuó su paso al de éste. Al poco el tipo elegante se detuvo con semblante agrio y clavó sus pupilas en la mirada desvaída del mendigo.

—Deja de seguirme. No pienso darte ni un euro.

El sujeto reinició su enérgica marcha valiéndose de ademanes casi marciales. Apenas se había alejado diez metros cuando las palabras del mendigo paralizaron sus pies.

—¡Dios nos libre de políticos honrados!

El individuo se giró lentamente y se acercó al mendicante rastreando su rostro en busca de un vestigio que le resultara familiar; mas las facciones del indigente se hallaban camufladas bajo una pátina de suciedad y una barba hirsuta y cana.

—Yo tenía un amigo que solía decir eso... —profirió en voz baja—. Apuesto a que si te doy dinero lo gastarás en alcohol.

—Juro que lo invertiré en Deuda Pública.

Una sonrisa ladeada agradeció la ocurrencia. El sujeto echó mano al bolsillo interior de su chaqueta, extrajo con diligencia la billetera y tendió al mendigo un billete de veinte euros. El indigente cogió el dinero con la mano izquierda al tiempo que extendió la derecha con la idea de expresar su gratitud con un fuerte apretón de manos. Durante segundos el brazo quedó suspendido en el aire, tenso, la mano firme, los ojos inyectados en sangre. La sonrisa socarrona apareció nuevamente en los labios del individuo trajeado, quien despreció la mano tendida, dio media vuelta y se alejó avivando el paso. El mendigo no apartó la vista del mencionado personaje hasta que la figura de éste fue engullida por el Congreso de los Diputados. Entonces su semblante se tornó radiante. Se dirigió a su invisible compañero y retomó su soliloquio.

—Anda, no ensucies con más comida el estómago. Tenemos la suerte de cara, celebrémoslo con un buen trago. ¡Dios Santo, chaval; hay que ver lo que me recuerdas a mí!