Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 66 - Primavera 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Joaquin Chapaprieta: reivindicación de un político proscrito. José Julián Barriga Bravo

- La última oportunidad para la salvación de la República y para la paz .- Torrevieja 4.09.2014

El que yo me haya atrevido a intervenir esta tarde, en Torrevieja, sobre uno de sus hijos más ilustres, don Joaquín Chapaprieta, nada más puede ser achacable a la osadía de la tropa periodista, a la que he pertenecido durante más de 45 años, y en la que de alguna forma sigo militando. Los periodistas, incluso los más responsables, son de natural osado y atrevidos. Para quien no conozca la anécdota de mi presencia de nuevo en Torrevieja, les recordaré que, hace aproximadamente un año, se me invitó, por conducto de un excelente amigo y destacado promotor cultural de Torrevieja, Pelayo Mellado, a presentar un libro que publiqué al poco tiempo de jubilarme. En aquella ocasión, de modo inesperado, reparé en que el círculo que organizaba mi presentación y el aula en la que intervenía tenían el nombre de Joaquín Chapaprieta. De repente, improvisando, cuando me cercioré de que efectivamente Torrevieja era el lugar de nacimiento del político Chapaprieta, debí decir algo así como que me extrañaba el espeso silencio que, al menos en los círculos nacionales, se cernía sobre la figura del político alicantino. Y debí además animar a quienes me habían invitado a sacar del olvido y a promocionar la figura de uno de los dirigentes españoles más desconocidos y, por ello menos valorados, de una de las etapas más interesantes de la Historia de España. Debí añadir, por otra parte, que la actualidad política y administrativa de nuestro país favorecía la recuperación del legado político de Chapaprieta, como lo fue su actuación en uno de los casos más celebres en aquellos tiempos sobre la corrupción política, el llamado caso del Estraperlo, y su política de austeridad aplicada a su gestión administrativa al frente de los ministerios de Trabajo y de Hacienda de la Segunda República. Corrupción y austeridad o recortes presupuestarios, son sin duda incitaciones para la evocación de su paisano, don Joaquín Chapaprieta.

Pero miren por dónde, me han devuelto la pelota: aquellos a los que yo incité a promover la recuperación de la memoria de Chapaprieta, me han comprometido a que contribuya yo mismo a la tarea. Y de nuevo, las mismas razones de amistad no me han permitido excusarme. Aparte de la osadía y del atrevimiento de los periodistas, al menos de los periodistas de mi generación, debo antes de entrar en materia, hacer alguna puntualización. No esperen de mí ninguna contribución inédita a la historia de la persona ni siquiera de la época. Sí me atrevo, en cambio, a hacer una interpretación política de la persona y de la época en que ejerció como profesional y como político Joaquín Chapaprieta. Es más, considero que es oportuno glosar su figura al hilo de los problemas a los que se enfrenta España en la actualidad, tan parecidos, tan semejantes a los que tuvo que lidiar su paisano.

Debo decir, aunque de alguna forma lo han dicho en la presentación, que me he dedicado durante mi vida profesional a la información política, y que tal vez el único patrimonio personal que conservo es el conocimiento personal de la mayoría de los políticos de los últimos 40 años, desde Carrero Blanco a Pedro Sánchez, por dar dos nombres del periodo que puede abarcar mi experiencia en la información política. Y he sido lector constante de la historia política de España y de lo que escribieron sus protagonistas. Diré, además, que soy un lector asiduo de las Memorias de Manuel Azaña, para mí uno de los mejores textos de la literatura política escritos en castellano. He leído también las memorias de José María Gil Robles y, por lo que respecta a su ilustre paisano, sus propias Memorias. Las memorias de Joaquín Chapaprieta se titulan, como todos ustedes saben, “La paz fue posible”. Las memorias de Gil Robles, coetáneo y socio de Chapaprieta, se llaman “No fue posible la paz”. Este retruécano es un aliciente más, si hubiera tiempo, para comparar y contrastar la responsabilidad que Chapaprieta o Gil Robles tuvieron durante aquella época. El nombre de Joaquín Chapaprieta lo fui encontrando a golpe de lectura memorialistica. Lo refiere, con nada de afecto por supuesto, Manuel Azaña. Y lo cita con frecuencia José María Gil Robles, como también lo hizo Alcalá Zamora. Chapaprieta fue uno de los protagonistas de las crónicas madrileñas de Josep Pla, otro de mis escritores preferidos. Lo veremos más adelante. Estas son, pues, las principales razones de mi atrevimiento a hablar hoy aquí bajo el título: “Joaquín Chapaprieta: la última oportunidad para la paz y el salvamento de la República”

¿Quién fue en verdad Joaquín Chapaprieta? ¿Qué papel o qué responsabilidad tuvo en uno de los acontecimientos más tremendos, más horribles, más determinantes de nuestra historia reciente: la Guerra Civil y el fracaso de la II República? ¿Fue un personaje relevante de la historia de España, o solo un actor secundario de uno de los periodos más trascendentales de nuestro pasado más inmediato?

Me van a permitir, antes de desarrollar estos temas, hacer algunas consideraciones sobre el valor de la historia, al hilo de dos lecturas, una ya para mí lejana, la otra más reciente. La primera se refiere al valor que José Ortega y Gasset concedía a la denominada razón histórica. Desconozco si Joaquín Chapaprieta encontró tiempo en su ajetreada agenda para leer a Ortega y Gasset, y si estaba o no imbuido por la teoría de Ortega sobre la razón histórica. Lo cierto es que en los años en que Chapaprieta actúa de forma decisiva en la vida política nacional, Ortega era, no solo un líder intelectual, sino además uno de los hombres que más influyeron en el advenimiento y desarrollo de la República al menos en sus primeros pasos. Para Ortega la razón histórica sirve para entender y comprender e interpretar al hombre y todo lo que le concierne. Sin el conocimiento profundo de la historia, el hombre, el político y el dirigente, en cualquier tesitura social, está condenado a vivir como un autómata y a adoptar decisiones fuera de la razón, de la razón histórica. Cualquier problema al que el hombre se enfrenta, cualquier situación por muy nueva e innovadora que nos parezca, ha tenido a lo largo de los siglos realidades y coyunturas semejantes o equiparables. No es que Ortega defendiera la tesis tan romántica y literaria del “eterno retorno”, de que todo se repite, que el hombre está condenado, en periodos muy dilatados de tiempo, a reiterar los mismos errores y los mismos éxitos, porque al fin y al cabo la inteligencia, la sensibilidad está en el núcleo de nuestras vidas. Lo que parecía duradero se modifica y evoluciona, pero al final se completan los ciclos, y lo que creíamos superado, regresa e inicia una nueva etapa. Lo cierto es que la vida humana, la política, la economía, la cultura en el más amplio sentido de la palabra es como un itinerario largo y cambiante en el que hay llanadas en las que todo transcurre amistosa y amablemente, y tramos duros y llenos de peligros en los que corremos el riesgo de despeñarnos.

Chapaprieta vivió y actuó en uno de los periodos más aciagos y desdichados de nuestra historia. A Ortega y Gasset pertenece esa reflexión tan clarificadora de que quienes aman la historia son hombres abiertos y de futuro y, en cambio, los tradicionalistas no aman la historia; quieren que no sea pasado, sino presente. El segundo libro o la segunda lectura que de alguna forma me permite este prólogo, digamos que conceptual, para hablar de Chapaprieta es un librito de un catedrático de historia de la universidad de Barcelona, José Enrique Ruiz Doménec, con un título tan sugerente como es el de la “Trama del pasado”, en el que analiza, como por otra parte lo hizo Stefan Zweig en “Momentos estelares de la humanidad”, otras 17 etapas o coyunturas que, a juicio del profesor Ruiz Doménec, cambiaron la historia. El futuro de los historiadores –afirma en el prologo Doménec- es la de la interpretación de la historia. Lo que nos seduce a muchos de la lectura de la historia es precisamente la oportunidad de que cualquier relato documentado nos ayuda a interpretar la realidad que vivimos; que los sucesos que se narran, por muy remotos que sean, sirven de espejo para reflejar el problema y la situación que ahora mismo nos ocupa o preocupa. Antes les dije que el principal bagaje de mi biografía profesional ha sido el conocimiento directo de la clase política española desde el franquismo, la Transición y la Democracia, y créanme que he encontrado a dirigentes, muy altos dirigentes, semianalfabetos en la historia de su país. Si hiciéramos la prueba de preguntar a cinco líderes prominentes de la vida nacional quién fue Joaquín Chapaprieta, ahórrense la sorpresa; muy probablemente no sepan ubicarlo ni en su época ni en sus cargos.

Para medir y evaluar el valor de la historia, sirvan dos ejemplos y permítanme por supuesto la licencia de simplificarlos. En el ámbito internacional, el mundo está celebrando el centenario de la Primera Guerra Mundial. “Mutatis mutandi”, ¿no creen que los problemas que la provocaron tienen ciertas, muy ciertas, apariencias y similitudes con lo está sucediendo en Ucrania y en Crimea y en el rearme que las potencias occidentales están promoviendo respecto a la Rusia, no la Rusia de los zares en este caso, pero sí de un dirigente con la contextura intelectual de los viejos monarcas rusos? Y en el plano estrictamente nacional, sin excederme en las comparaciones, el problema territorial de España, el problema financiero de España, el problema de la honradez y de la corrupción de la clase política, la polémica sobre la forma de Estado, ¿díganme ustedes si difiere mucho de los avatares con los que tuvo que lidiar Chapaprieta como presidente del Gobierno de la República?

Me centro ya en la figura del ilustre torrevejense. Por si alguno de los presentes lo desconoce o lo ha olvidado, van a dispensar que alguien venido de fuera los ponga sobre la mesa. En lo político, don Joaquín Chapaprieta Torregrosa, nacido en Torrevieja en 1871 y fallecido en Madrid en 1951, fue director general, subsecretario en dos ocasiones, y ministro de Trabajo durante la Monarquía de Alfonso XIII. Durante la República, ministro de Hacienda bajo la presidencia de Alejandro Lerroux, y presidente del Gobierno de España desde septiembre a diciembre de 1935. Durante el tiempo que ostentó la máxima jerarquía de gobierno conservó la cartera de Hacienda e incluso la mantuvo después de su dimisión durante el breve gobierno de Portela Valladares. Una muy dilatada carrera política desde que entró en las Cortes en 1901. Pero Chapaprieta nunca se consideró un profesional de la política, aunque a ella se dedicara prácticamente durante toda su vida, con excepción de los periodos de Dictadura que le tocó vivir: la Dictadura de Primo de Rivera y la Dictadura del general Franco. Su retraimiento durante estas dos etapas son argumentos muy sólidos para defender el carácter democrático del político alicantino. Después de la Guerra, Chapaprieta vivió semirecluido en Madrid. A Torrevieja, la familia Chapaprieta, su mujer y sus dos hijos, bajaban puntualmente a su finca en las vacaciones de Semana Santa, Navidad y especialmente en verano.

En lo más personal, la familia Chapaprieta es un típico ejemplo de la emigración italiana del siglo XIX que bien por razones políticas -huida de la revolución- o bien por la búsqueda de oportunidades, recalaron en el levante español, en el que no tardaron en echar raíces y en prosperar. Tratándose de genoveses, el abuelo de don Joaquín, el genovés Schiapeprietti, se enroló en la más modesta clase de marinería y su hijo, , con los apellidos ya españolizados, Vicente Chapaprieta Fortepiani, llegó a ser propietario de una pequeña flota de barcos especializados en el comercio de maderas entre las colonias españolas de América, especialmente Cuba, y los almacenes levantinos. Vicente Chapaprieta tuvo dos matrimonios. Del primero nacieron Vicente, Trinidad y Joaquín, y otros dos del segundo. Joaquín quedó huérfano de madre en la más tierna infancia y un accidente infantil estuvo a punto de costarle la vida. Esta fue la causa de la deformación de su columna, que le impidió dedicarse a los negocios familiares. Por el contrario, el pequeño Chapaprieta mostró afición y dedicación a los estudios y aquel accidente fue probablemente la causa de la carrera profesional y política de quien hoy homenajeamos. Cursó estudios en el Seminario de la Inmaculada Concepción y Príncipe San Miguel de Orihuela; se graduó en Derecho en Madrid y en Bolonia. Se dice, y alguno de los presentes tal vez podría atestiguarlo, que la razón de su traslado a Madrid fue un amor no correspondido, por la joven torrevejense Emilia Cánovas, a quien algunos de ustedes tal vez hayan conocido. Sea cierta o no esta historia romántica, Joaquín Chapaprieta contrajo matrimonio en Madrid con la viuda de un López Quesada, Elisa Ortsein Capote. De aquel matrimonio nacieron dos hijos gemelos, Alberto y Joaquín, prologuista, este último, de las Memorias de su padre editadas en 1971, con un excelentísimo prólogo del historiador Carlos Seco Serrano.

No quiero detenerme en contarles hechos que tal vez ustedes conozcan, pero si referir tan sólo el homenaje que Torrevieja tributó a su paisano cuando era ministro de Trabajo, en marzo de 1923 y el hecho relevante de que Chapaprieta hiciera donación al ayuntamiento de su pueblo de la casa familiar para dedicarla a Escuelas Graduadas en un tiempo en el que la enseñanza pública seguía siendo el principal obstáculo para la promoción social de sus habitantes. No olvidemos que Torrevieja, en 1923 era una población de poco más de 8.000 habitantes, dedicados principalmente a la extracción y comercio de la sal, la pesca y la agricultura.

En su biografía existe un pasaje, más bien una etapa de su vida, que a mi particularmente me ha producido una enorme impresión y que, si cayera en manos de un buen guionista, no dudo que sería el argumento de una película o al menos de una estupenda narración. Cuando comenzó la Guerra Civil, Chapaprieta estaba en camino a Suiza para asistir a la operación quirúrgica de uno de sus hijos. Algún historiador se ha hecho eco sobre el supuesto de aquella operación hubiera sido una excusa tramada por su mujer para apartarle del inminente estallido de la guerra. Se hallaba pues fuera de Madrid cuando su domicilio particular, en el número 54 del paseo de la Castellana, fue asaltado por un piquete sindical, destruido, y saqueado el patrimonio documental del que fuera presidente de uno de los gobiernos de la República. Quien sabe si de haber estado aquella noche en su domicilio no hubiera corrido la misma suerte que sufrieron otros diputados y dirigentes republicanos de derechas como sucedió con los fusilamientos de su colega en varios ministerios Melquiades Álvarez, Álvarez Valdés, Rico Avello, su predecesor en el Ministerio de Hacienda de la República, o Martínez de Velasco, dos veces ministro bajo su presidencia. Desde Suiza Chapaprieta volvía a sufrir otro momento contradictorio y traumático para su sensibilidad política y sus ideales éticos: su contradicción entre sus convicciones de rigor y de orden, y el servicio a la democracia y al liberalismo, en el que siempre había profesado. Se sabe que desde Suiza Chapaprieta colaboró con el régimen de la España sublevada en asuntos civiles: en alguna consulta sobre Hacienda Pública, alguna intermediación para hacer el canje de José Antonio Primo de Rivera, y determinadas gestiones para conservar en territorio helvético durante la guerra civil las obras maestras del museo del Prado. Sea como fuere –porque su biografía está mal documentada-, Chapaprieta regresó a Madrid al término de la Guerra. Se le permitió reintegrarse a su despacho profesional especializado en asuntos contenciosos administrativos al comienzo del verano del 39. Hasta su muerte, doce años más tarde, no volvió a pisar la calle. Vivió voluntariamente enclaustrado en su domicilio. Este es el testimonio de su hijo, Chapaprieta Otsein y ésta es la escena o la realidad que admite, en ausencia de su propio testimonio, toda suerte de conjeturas, pero que a mí se me antoja digna de un relato fascinante. La situación política que vivía España bajo el régimen de Franco era incompatible con su manera de ser y de pensar. Volvía a vivir un trance de plena contradicción intelectual, ética y afectiva. Si fijamos la atención en esta actitud del político enclaustrado, voluntariamente exiliado en su patria, recluido en su domicilio y en su despacho, en el Madrid de la Victoria y de los fastos franquistas, podríamos diseñar un pasaje patético de la existencia de un hombre que se sintió doblemente fracasado. Después de leer o de releer con la máxima atención sus Memorias, siempre que paso por Castellana 54, que lo hago con frecuencia, se me revela el drama personal del político enclaustrado en su domicilio. ¡Qué gran ocasión para contar el drama de una personalidad extraordinaria! Todavía alguien podría reconstruir, tal vez, la historia de esos doce años de auto cautiverio del prócer torrevejense y ésta es sin duda la razón de sus periódicos retiros en el campo de Torrevieja, en su finca familiar del Raso Grande, en la que pudo soltar su imaginación y su creatividad en la modernización de los cultivos y especialmente en la transformación industrial de las producciones agrícolas y ganaderas.

Estas son las mimbres básicas que me van a servir para trazar la interpretación de don Joaquín Chapaprieta en su papel de político de la República. Pretendo abordar, aunque de modo un tanto desordenado, porque no hay tiempo ni espacio para hacerlo de modo diferente, tres cuestiones que a mi juicio, justificarían la reivindicación de Chapaprieta como personaje histórico y, por lo tanto, con valor de presente y de futuro, y no como un actor secundario, como se le viene tratando. Me voy a referir a Chapaprieta como constructor del centrismo político en España, como pionero en el tratamiento moderno de la Hacienda Pública, y como impulsor de la transparencia frente a los primeros casos de corrupción que llevaron a la República a una situación extrema.

Y antes de hacerlo trataré de esbozar las características personales y psicológicas que justificaron o condicionaron sus actitudes políticas. Fue un hombre moderado, de talante conciliador, reflexivo, nada propenso a excederse ni en la vida privada ni en la pública. Quienes mejor le conocieron han terminado reconociendo su probidad, su buena fue y su honradez. Los más clásicos y retóricos, dirían que Joaquín Chapaprieta fue un hombre de bien. El historiador Jesús Pabón, buen conocedor del político torrevejense, lo define como discreto, de carácter dulce, tenaz y con muy notable capacidad técnica en su especialidad: la Hacienda Pública. Su hijo, Joaquín Chapaprieta Otsein habla con convencimiento del carácter ponderado de su padre, equilibrado, transigente y comprensivo hacia las actitudes ajenas. Ninguna de estas características aparecen desmentidas por sus coetáneos, a pesar de que tuvo enemigos cualificados. A lo largo de su dilatada trayectoria, fue político a su pesar. Los lectores de sus memorias podrán confirmar su aversión a lo que él denominaba “política menuda de las provincias”, en la que siempre se encontró a disgusto y en inferioridad de condiciones. Le repugnaban las caciquearías pueblerinas, las intrigas de despacho y de los pasillos de las Cámaras, fueran éstas monárquicas o republicanas. Como también le repugnaban las “políticas de campanario”, es decir el ejercicio de la política como mecanismo de seducción y de populismo. Por el contrario, siempre se consideró como un político de paso, un hombre siempre a punto de abandonar la política activa, lo que hoy denominaríamos un tecnócrata, que se vio atrapado a su pesar en los cargos públicos por razón de responsabilidad y de compromiso institucional. Pocas cosas lograron sacarlo de sus casillas. En lo más personal reaccionó con notable coraje cuando fue calumniado en aquello que tanto trabajó por desterrar, la corrupción y el tráfico de influencia en la vida pública. Y reaccionó con dureza cuando vio que España caminaba al galope hacia el enfrentamiento más cruel de su historia como así resultó ser la Guerra Civil. Aunque lo repitamos más adelante, Chapaprieta fue, entre todos los personajes de la República, quien vio con mayor clarividencia que la falta de entendimiento entre las fuerzas políticas de la derecha y de centro, dentro de la lealtad a la República, provocarían el triunfo del Frente Popular y el enfrentamiento armado con el sector más reaccionario emboscado en el sistema republicano. El mérito mayor de Chapaprieta fue su tenaz perseverancia en buscar alianzas entre el centro y la derecha política, así como su mayor frustración, su derrota política, fue sin duda el fracaso de su proyecto de convergencia.

Y este es el primer tema sobre el que pretendo reflexionar: si su participación en la República fue una actitud sincera y proactiva, o más bien, como lo fue en otros políticos coetáneos de la derecha, un hipócrita acatamiento institucional a la espera de que los hechos o los acontecimientos propiciaran el regreso a la Monarquía, una monarquía depurada de los excesos y de los gravísimos errores cometidos por los Borbones y sus camarillas corruptas y degradadas. En definitiva ¿fue republicano Chapaprieta? ¿Fue sincera y leal su evolución desde la Monarquía, siempre militando en el bando liberal, a la República, como lo fueron otros republicanos prominentes y muy particularmente el propio presidente de la República, don Niceto Alcalá Zamora? Tras la lectura atenta de los documentos más directamente relacionados con Chapaprieta, y especialmente de las memorias de Azaña, Miguel Maura, de Alcalá Zamora y Gil Robles, sus más importantes adversarios, alguno de ellos incluso enemigo personal, tengo la seguridad de que Chapaprieta siempre actuó por convencimiento y con lealtad, por muy contradictorio que ello pueda parecer o por muy errado que el propio Chapaprieta estuviera. Quiero decir que fue leal a la monarquía, a la monarquía parlamentaria, fue leal a la República, y, por el contrario, tuvo una actitud de lejanía y de evasión respecto a las dictaduras de Primo de Rivera y de Franco. Carlos Seco Serrano traza, creo que con toda sinceridad, la crisis moral que el advenimiento de la República provocó en la conciencia de Chapaprieta. Sigo casi literalmente su opinión: intentó en vano liderar o colaborar en un movimiento regeneracionista de la monarquía desde postulados liberales, dando al liberalismo el valor y la trascendencia que este movimiento tuvo a lo largo de los siglos XIX y primer tercio del XX. En el prólogo y en los preparativos de la República receló de ella por el carácter explosivo y revolucionario que presagiaba. Se esforzó por evitar el derrumbamiento del viejo régimen aunque había perdido su fe en el rey, y, proclamada la República, se mantuvo en una actitud de prudente expectativa. ¿Cuándo se produjo, pues, su reconversión sincera a República? Este es uno de los alicientes de la lectura atenta de las memorias de Chapaprieta. No es el momento de ir anotando la génesis de esta conversión, aunque sí el de apuntar la recomendación que Chapaprieta recibió de Miguel Maura, su antiguo colega en los gobiernos de la monarquía: “es necesario que todos los hombres que habían estado en la izquierda de la monarquía acudiesen a sostener a la República desde la derecha de la misma”. Como dice Seco Serrano, “se trataba de lograr la síntesis efectiva –yo diría también que afectiva- entre la dos Españas separadas por el 14 de abril”. Maura y Alcalá Zamora fueron en un principio quienes consiguieron que Chapaprieta su adhiera con lealtad y sinceridad a la causa republicana, a pesar de los gravísimos sucesos de orden público que ya se habían registrado. Hay, pues, que reconocer que Chapaprieta fue un converso a la causa republicana, aunque hayamos de reconocer que sobre la forma de Estado, República o Monarquía, fue, como tantos otros coetáneos, un convencido relativista, puesto que le importó más la substancia del régimen, democracia o dictadura, que la forma en que se concretara. Imaginen ustedes lo que daría de sí el análisis de la “conversión republicana” de Chapaprieta si tratáramos de examinarla a la luz de la polémica que los españoles vivimos actualmente sobre el refrendo o no de la monarquía alumbrada en la Constitución Española de 1978. Y díganme si no hay paralelismo entre la deriva republicana de Chapaprieta y el proceso de conversión democrática que España gozó, que no sufrió, durante la Transición Política. En este sentido es en el que admitiría una indiscutible semejanza el itinerario político y personal seguido por Chapaprieta y Adolfo Suárez, el primero entre monarquía y república, el segundo entre el franquismo y la democracia.

Al margen de esta disquisición sobre la evolución ideológica que ha afectado a tantas personalidades a lo largo de nuestra historia, conviene no olvidar dos cuestiones de importancia. La primera es diferenciar los dos periodos en que transcurrió la República: una primera etapa de gobiernos de izquierdas, entre los años 1931 al 33, y un segundo periodo de gobiernos de derecha y de centro, en los que intervino de forma destacada Chapaprieta, asumiendo incluso la presidencia de uno de ellos, en 1935. Chapaprieta, convertido ya en leal republicano, consideró “criminal la deserción” de quienes pretendían el fracaso de la República, y se alinea dentro del bando de quienes trataron de instaurar en España “una República templada y de orden”, en palabras del político torrevejense. Nadie puede argumentar de forma documentada en contra de la sinceridad de la militancia de Chapaprieta dentro de la República. Cuando vio con absoluta claridad que la República desembocaba irremediablemente hacia el enfrentamiento entre las dos Españas, aquel político tecnócrata, con reiteradas propensión a abandonar la política activa para refugiarse en tareas profesionales privadas, el dirigente que abominaba de la política de campanario y clientelar, emprende una tarea titánica tratando de construir un conglomerado de fuerzas electorales de derecha y de centro para frenar, por vías democráticas y constitucionales, el frenesí revolucionario del Frente Popular. No lo consiguió y España, las dos Españas de Antonio Machado, terminaron por embestirse de una forma atroz e histórica, porque la Guerra Civil de España está en todos los manuales de los suicidios colectivos de los pueblos.
Un segundo aspecto de la personalidad política de Joaquín Chapaprieta fue su talante, su actitud centrista, considerando al centrismo, no como equidistancia entre dos extremos ideológicos, sino como herramienta de una política regeneracionista de progreso y de modernidad. La permanente búsqueda del centrismo, de los consensos entre fuerzas afines, del entendimiento entre divergentes, del respeto inteligente, es, como podrán imaginar, el aspecto más atrayente y sugestivo para quienes todavía retenemos en la memoria el éxito –ahora hay que defenderlo- de la Transición Española hacia la Democracia y de los protagonistas de la Transición que debieron tener en Chapaprieta un indudable modelo y precedente. “Regeneracionismo”, “centrismo”, “República templada”, son conceptos a los que Chapaprieta, el hombre que siempre aborreció los comportamientos caciquiles de los políticos, se entregó con entusiasmo y actividad asombrosa.

Vean cuál era una jornada diaria de trabajo: invariablemente comenzaba a las cinco y media de la mañana. Hasta las 8 estudiaba expedientes administrativos, proyectos de ley y decretos de cada ministerio, o preparaba sus entrevistas con los ministros sobre las competencias de cada departamento. A las 9 de la mañana, ya estaba en el ministerio de Hacienda, por decirlo de algún modo, con los deberes hechos. Hacia el mediodía, se encaminaba a la sede de la presidencia del Gobierno y hasta las tres de la tarde recibía visitas o comisiones. Almorzaba, y de inmediato se trasladaba a la Cámara, al Congreso de los Diputados y allí permanecía en el banco azul hasta el término de la jornada parlamentaria. Terminada la sesión, se encaminaba al domicilio particular del presidente de la República para hacer el despacho cotidiano de la actualidad. A las nueve y media de la noche, transcribo la agenda personal de Chapaprieta, “regresaba a la mía, en donde casi siempre me esperaba un asunto o visita de última hora”. “Mi tarea -concluye diciendo- era incluso superior a mis fuerzas físicas”.

Les hablaba del destacado papel de don Joaquín en la búsqueda y en la praxis del centrismo político, y, si hubiera tiempo, podríamos incluso hacer un análisis documentado sobre la concepción centrista de Chapaprieta, aún reconociendo que los creadores o los instigadores del centrismo en la República fueron de forma destacada el propio jefe del Estado, don Niceto Alcalá Zamora, Alejandro Lerroux y Miguel Maura o Santiago Alba, todos ellos importantes “conversos” republicanos. Pero unos y otros por circunstancias diferentes, en el caso de Alcalá Zamora por su obligación de arbitraje y de representación global de la República, Alejandro Lerroux por su implicación en el más importante proceso por corrupción descubierto en tiempos republicanos y Maura o Santiago Alba por razones de partido, no llegaron a constituirse en activistas del centrismo, al menos en la etapa final y premonitoria de la Guerra Civil. Chapaprieta, en cambio, se erigió en agente centrista al servicio de un objetivo: ensanchar la derecha republicana para que sirviera de muro de contención entre el sector de la izquierda radical y revolucionario y, al otro extremo, el estamento ultra y militarista. El centrismo en Chapaprieta, más que un concepto y una ideología, que también lo fue, consistió en una herramienta permanente de actividad administrativa y política. Tenía un elemento a favor, pero que, a la par, entrañaba una gran dificultad. Era un político no adscrito a ningún partido político, figuraba en las listas de Gobierno como en las electorales como personalidad independiente. Le favorecía el hecho de que no precisaba depender del favor concreto de un dirigente o jefe de partido para el desarrollo de su política, como también le beneficiaba la autonomía que el status de independiente le otorgaba a la hora de negociar medidas más ambiciosas o interclasistas que las que figuraban en los programas siempre sometidos a los intereses partidistas. No olvidemos que en los tiempos de Chapaprieta figuraban en el hemiciclo no menos de 20 formaciones políticas, gobernadas todas ellas por intereses clientelares o de clase. Por el contrario, le perjudicaba, y en algunos casos el perjuicio fue notable, el hecho de no contar con una fuerza parlamentaria disciplinada. Uno y otro aspecto se pusieron de manifiesto a la hora de discutir los Presupuestos y las leyes de calado económico que Chapaprieta llevo a la Cámara, muy singularmente la de Presupuestos, la de Restricciones y la de Derechos Reales.

Resulta curioso y asombroso cómo a la postre, y pasados los años, todos o al menos los principales protagonistas de la República reivindicaron para sí el carácter moderado de sus políticas, horrorizados del espanto de la confrontación armada a la que condujeron sus políticas sectarias. El género de las Memorias es un buen ejemplo de cómo, tal vez para descargar sus conciencias, los políticos que no supieron o pudieron evitar la vergüenza de la Guerra Civil narran y exaltan el carácter moderado o centrista de sus propuestas. Lo hizo el presidente de la República don Niceto Alcalá Zamora, lo proclamó Manuel Azaña, trató de demostrarlo José María Gil Robles y lo narró con algún detalle Chapaprieta.

Es evidente que el centrismo, y más en aquellos tiempos, era un espacio político que trataba de encontrar un espacio social dentro de uno de las grandes invocaciones intelectuales que ha tenido la historia de España en la edad moderna, y que aún hoy tiene plena vigencia: el concepto de las dos Españas. En 1912 Antonio Machado dio a la luz un libro que, un siglo más tarde, continua formando parte del acerbo proverbial de los españoles. Es aquel de:

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.
Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

Desde entonces, y aun antes, el tema de las dos Españas es un debate intelectual inserto en la conciencia de los españoles y nunca bien resuelto. Santos Juliá escribió un libro luminoso que sigue la estela de esta especie de aforismo que desde hace más de un siglo domina la introspección de la intelectualidad española, y que en tiempo de Chapaprieta tenía ya una muy amplia circulación en la literatura política. “La historia de las dos Españas”, de Santos Juliá, editado por Taurus, es el estudio definitivo sobre este síndrome que nos aqueja desde tiempo inmemorial. Decía que pocos políticos, o tal vez nadie viera con tanta clarividencia el futuro que esperaba a aquella España que se despeñaba, por culpa de unos y por culpa de otros, hacia el precipicio de la confrontación cainita. En aquella situación de descomposición institucional, de fanatismo partidista, de exacerbación ideológica, de frustración de quienes habían alentado la esperanza en una República democrática, la República templada que preconizaba el político torrevejense, Joaquín Chapaprieta presagia el drama, pero no se contenta con lamentar y vaticinar la hecatombe. Va de despacho en despacho tratando de aunar voluntades, pasa por alto viejas rencillas y enemistades, trata de tender puentes entre viejos políticos para conformar consensos y acuerdos. Está convencido de que es él de los pocos que, en aquella algarabía de egoísmos enfrentados, puede alcanzar algún compromiso político porque su comportamiento no responde a ningún interés de partido. No lo consigue. El presidente de la República, Alcalá Zamora, no le cree, Gil Robles lo desprecia, Alejandro Lerroux no le perdona antiguas afrentas, tampoco Santiago Alba, Azaña permanece instalado en su soberbia intelectual. Suenan tambores militares. Se especula con soluciones militares al margen de la Constitución.

¿Les suena a ustedes todo esto?

El pasado verano me encargaron una intervención en un curso universitario sobre la etapa final de Adolfo Suárez en La Moncloa. Tuve de recordar y volver a documentar la sucedidito en la tarde/noche del 23-F; las causas de la defenestración de Adolfo Suárez; los agentes que promovieron el rompimiento de UCD; el papel de la Corona en aquellos acontecimientos; la actitud y la cobertura de Alfonso Armada; la responsabilidad del general Milans del Bosch; un teniente coronel blandiendo una pistola en el hemiciclo. Por supuesto nada que ver con lo que Joaquín Chapaprieta, en 1935, temía y presagiaba. O ¿tal vez sí? ¿Qué hubiera pasado si al final Chapaprieta o el resto de las fuerzas moderadas de la República hubieran conformado un centro político sólido y potente? Probablemente, Joaquín Chapaprieta no hubiera vivido exiliado doce años en su domicilio del paseo de la Castellana de Madrid, y España se hubiera evitado el mayor oprobio de su historia.

Las Memorias de Chapaprieta, editadas por Ariel en 1971, son como el propio personaje, productos olvidados y saldados en el mercadillo de la historia. Las Memorias las encontrarán solo en librerías de viejo y, si las encuentran, tendrán precios de saldo. Y sin embargo, son un documento de gran valor para el completo conocimiento de esta etapa histórica. Además, cuentan con un prólogo del historiador Carlos Seco Serrano que es el único estudio serio sobre la personalidad del político torrevejense. Por desgracia, el trabajo del profesor Seco Serrano no ha tenido continuidad.

Pues bien, uno de los pasajes de más carga emocional de las Memorias de Chapaprieta es el relato puntual de su noche triste, de la noche del gran insomnio. El relato de aquella noche podría componer una secuencia escénica de una fuerza dramática extraordinaria. Es la madrugada del 12 de diciembre del año 1935. El pueblo de Madrid se apresta a celebrar las fiestas navideñas. Madrid es todavía un poblachón manchego lleno de subsecretarios, tal como lo definiera Camilo José Cela. El pueblo, el honrado pueblo madrileño, no es consciente de que vive su última Navidad en relativa tranquilidad, aunque toda la Villa y Corte sea una olla a presión, a la que se le escapan los hervores revolucionarios y contrarrevolucionarios por doquier. En la siguiente Navidad, Madrid vivirá sumido en una baraúnda de metrallas y bombas. En la siguiente Navidad, quien ocupaba el segundo despacho en importancia del Ministerio de la Guerra, anexo al de Gil Robles, era el general Franco Bahamonde, al que probablemente Chapaprieta se encontrara con frecuencia en los pasillos del palacio de la Cibeles. Aquel estrecho colaborador de Gil Robles sería el encargado de sembrar de bombas las calles de Madrid.
Ese 12 de diciembre de 1935, Chapaprieta se mete en la cama sumido en una descomunal crisis personal y ética. Tres días antes acaba de presentar su dimisión como presidente del Gobierno porque los partidos de coalición en que se sustentaba su Gabinete le obstruyen en las Cortes su labor legislativa. Chapaprieta había soñado que, a pesar de las reyertas intestinas de las fuerzas que lo sostenían, sería capaz de llevar adelante dos proyectos de enorme envergadura: la modernización de la Hacienda Pública y la ordenación de los gastos públicos para atajar el descontrol presupuestario del que adolecieron los diferentes gobiernos de la República. Pero en lugar de apoyo, los dirigentes de los partidos de la coalició le torpedeaban en la práctica parlamentaria. Chapaprieta se queja en sus memorias de la ceguera de la derecha nacional, del poco –son sus palabras-: “edificante ejemplo que acaban de dar las derechas, oponiéndose con suicida egoísmo a contribuir, al igual que otros sectores de la vida nacional, al saneamiento de nuestras finanzas y al impulso y resurgimiento de nuestra economía”. Quien lo escribe, y la cita es textual, es el presidente del Gobierno de las derechas. El “suicida egoísmo” de la derecha va a ser el detonante, no solo de la dimisión de Chapaprieta en la presidencia del Gobierno, sino también la razón matemática del éxito electoral del Frente Popular, firmemente conjuntando, frente a la dispersión de las candidaturas de la derecha. No le quedó, pues, más remedio, harto del doble juego de sus colegas en el Gobierno que presentar la dimisión.

En la cama repasa los acontecimientos ocurridos desde el momento de su renuncia. Por su memoria van pasando todos y cada uno de los cabildeos que se han sucedido en domicilios particulares, en despachos oficiales, en los restaurantes, en los hoteles de moda, el Palace y el Ritz, en los teatros entre los prebostes de la derecha: Gil Robles, Santiago Alba, Martínez Barrios, Alejandro Lerroux, Miguel Maura. Hasta el mismo presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, estaba participando en las intrigas. Frente al interés de Chapaprieta de conformar una entente de partidos moderados, toda la oposición de las izquierdas, los partidos republicanos de izquierda, se encuentran firmemente cohesionados a la espera de mostrar en las urnas su fortaleza. En cambio, las fuerzas de la derecha, el centro, el escasísimo centro político con el que sueña Chapaprieta, se encuentran escindidas en taifas enfrentadas. Desde la cama, analiza los esfuerzos de Martínez Barrios para formar Gobierno. Le ha pedido que continúe en la cartera de Hacienda. Él, que ha sido presidente del Gobierno, se rebaja y da su consentimiento. Quiere dar ejemplo de generosidad con el objetivo final de concordar esfuerzos. Martínez Barrios le vuelve a telefonear horas más tarde, para comunicarle que renuncia al intento de presidir un nuevo Gobierno. Recuerda que poco después, le llamó Miguel Maura para comunicarle que el presidente de la República le acaba de encargar formar gobierno y que quiere contar con su presencia como ministro de Hacienda. No se ha repuesto aún de la sorpresa cuando el propio Maura le llama de nuevo para comunicarle su renuncia. Desde la cama, como si te tratara de una secuencia cinematográfica, revive el momento -la memoria está aún fresca puesto no han pasado más que unas horas- que el presidente de la República le ha telefoneado para rogarle que acuda raudo a su casa, que quiere comunicarle algo urgente. En el camino -viven realmente cerca- Chapaprieta imagina la escena porque en el fondo prevé cual va a ser el encargo. En el pequeño gabinete del palacete en el que reside el presidente, en el paseo del general Martínez Campos de Madrid, Alcalá Zamora va a sacar toda su artillería dialéctica para convencerle de que debe intentar formar Gobierno o de lo contrario se vería obligado a disolver las Cortes con el resultado que todos preveían: el triunfo aplastante de las izquierdas y muy probablemente la desbandada de los partidos de la derecha. Es decir, la derecha se echaría al monte, al monte de la sublevación, abriendo la puerta al Ejército para que por la fuerza desalojara a los partidos republicanos. Sería el final de la República. Se llegaría, pues, de nuevo a una situación límite como pocas otras veces ocurrió en la historia, y siempre con efectos trágicos.

Entre el domicilio particular del presidente de la República y el de Chapaprieta no habría más de quinientos metros. Chapaprieta vivía muy cerca, casi en la confluencia de López de Hoyos con la Castellana, y Alcalá Zamora residía en un coqueto palacete del paseo del general Martínez Campos, frente a la casa en la que no hacía tantos años, había muerto el pintor Sorolla. Él mismo, siendo presidente del Gobierno, había asistido a la inauguración del Museo Sorolla, constituido con el legado de toda su obra. Quien les habla conoció este palacete reconvertido en la posguerra en Casa de Córdoba, es decir en un aguaducho en el que los estudiantes, militares sin graduación y empleadas domésticas, pasábamos las tardes de los domingos. El palacete de Alcalá Zamora, lo mismo que la casa de Chapaprieta sufrieron el furor de la piqueta y se convirtieron en edificios de oficinas como el resto de aquellos enclaves, salvo, por suerte, la casa del pintor Sorolla.

Me estaba refiriendo a la noche más triste de su paisano don Joaquín Chapaprieta. Y decía que abandonó el domicilio de Alcalá Zamora sumido en un mar de contradicciones. Desde la cama, en su noche de insomnio, el nieto de aquel genovés que llegó a Torrevieja buscando aguas más tranquilas y prósperas, se debate en una encrucijada existencial colosal: intentar salvar a la República de su evidente colapso, o salvarse a sí mismo, es decir volver de una vez por todas a la vida privada y profesional. Efectivamente, Chapaprieta fue un raro espécimen de político solitario, incompatible con las intrigas partidarias y con el desorden administrativo derivado de gobiernos frágiles que solo duraban en los ministerios lo que tardaba en fraguar el siguiente contubernio. Frente a él se situaban gentes curtidas en los negocios públicos, viejos lobos del mar de la política dispuestas a poner en riesgo la República para salvar una o dos carteras ministeriales. ¿Qué hacer? ¿Qué va a hacer usted, señor Chapaprieta, ingenuo, solo, frente a aquellas mesnadas de políticos entrenados y expertos en las artes de la intriga? ¿Ha olvidado que la acaban de torpedear sus proyectos de ley en las Cortes? Eche cuentas, usted, al que le gustan los números y las cuentas claras: desde 1933, es decir hace algo más de dos años, desde que la derecha tomó el poder, en lo que va de “bienio negro”, como dicen sus adversarios de la izquierda, se han producido siete crisis totales de Gobierno, incluyendo la que usted acaba de protagonizar. Contándole a usted se han sucedido cinco presidentes de Gobierno en sólo dos años; ha habido doce gobiernos diferentes por los que han rotado hasta 58 ministros. ¿Dónde va usted que no tiene obligaciones de partido, ni de militancia? ¿Qué pretende, señor Chapaprieta? Retírese de una vez a su vida privada, dedicase a su familia, goce en el campo, de su finca del Raso Grande, dedicase a poner en riego, como tantas veces ha pensado, amplíe las hectáreas de cítricos, introduzca los nuevos cultivos que tanto ha soñado, el cultivo industrial de la malvarrosa, la planta de extracción de perfume, la granja de ovejas… y sobre todo dedíquese a su especialidad jurídica tan lucrativa como es el despacho contencioso administrativo…

Van pasando las horas de aquella madrugada del 12 de diciembre de 1935. Probablemente escuche ya el ruido, sobre los adoquines de la Castellana, el paso de los carros de los lecheros, de los hortelanos que bajan desde Fuencarral y Colmenar a vender viandas en el mercado de San Miguel. Pronto va a sonar el carillón de las campanas de La Milagrosa y de los Jesuitas de Serrano. Escuchará el estruendo del tranvía que sube desde Cibeles a los altos del Hipódromo. Don Joaquín Chapaprieta va a tomar una decisión. Ha hecho una última reflexión. En cuanto suene el carillón de La Milagrosa, tan pronto amanezca, llamará por teléfono al ministro de Obras Públicas, señor Lucía, hombre de la absoluta confianza de Gil Robles, el jefe de la facción de derecha más numerosa, para pedirle que le ayude en la tarea de formar Gobierno. Luego hablará con Portela, con Martínez Barrios, con Maura, es decir con los mismos que hace unas horas le ofrecieron entrar en su Gabinete.

¿Cuál fue la razón que inclinó la voluntad de Chapaprieta a intentar in extremis formar de nuevo Gobierno? Una y exclusiva: evitar la convocatoria apresurada de nuevas elecciones generales, tal cual había amenazado el presidente de la República, fracasados los intentos liderados por Martínez Barrios y Miguel Maura. Ganar tiempo para en el interregno forzar la creación de un pacto sólido de todas las fuerzas de la derecha y de centro y poder enfrentarse con alguna oportunidad de éxito al bloque de izquierdas. O lo hacía él, o la alternativa sería la disolución de las Cortes. El resultado es bien conocido. Chapaprieta fracasó. Ganó el bloque de izquierdas. El señor Alcalá Zamora fue desalojado de la presidencia de la República, y aquellos que estaban agazapados en las estructuras militares de la República dieron el zarpazo. Como bien dice Seco Serrano, fue, la de Chapaprieta, la última oportunidad de salvar la República, probablemente también la paz. Una y otra – la salvación de la República y la paz- estuvieron en la mano del torrevejense.

Me quedan todavía por referir otros aspectos interesantes –al menos así lo creo- de la personalidad de Chapaprieta. Ojalá hubiera tiempo para tratar otros aspectos de su biografía relacionados con temas de absoluta actualidad en nuestros días: los problemas de corrupción política a los que tuvo que enfrentarse su paisano; su postura ante las demandas de reforma constitucional; el tema de los desahucios, en este caso rústicos; su concepto de la cuestión social y su crítica a la avaricia de terratenientes, las medidas sociales que alumbró en su etapa de ministro de Trabajo, su esfuerzo para incrementar la fiscalidad de los ricos, un tema éste por cierto que provocó su salida del Gabinete. Pero existe una cuestión en la que Chapaprieta creó escuela: su empeño en modernizar y dar transparencia a la Hacienda Pública y a la Administración. Chapaprieta heredó una situación caótica de la Hacienda Pública, en parte proveniente de la Monarquía y en otra parte derivado de la improvisación y el populismo de la República. El desorden en las cuentas de todas las Administraciones, la desidia de los funcionarios, la falta de solvencia técnica de los cuerpos de los servidores públicos, su marcado sectarismo, hacían inútil los esfuerzos de quienes con rigor y con profesionalidad intentaban remediarlos. Chapaprieta, con fama de hombre enérgico y laborioso, trató de poner orden y en algún aspecto hasta lo consiguió. Desde el ministerio de Hacienda, se dispuso a modernizar y profesionalizar la Hacienda Pública y promulgar un régimen fiscal e impositivo progresivo y justo. Era consciente de que el momento tal vez no era el más oportuno y de que el país vivía una nueva etapa de recesión económica poco propicio para los cambios que se proponía introducir. El clima era de una marcada inseguridad política, con gobiernos inestables y sectarios, y los conflictos sociales dibujaban un escenario adverso. Y a pesar de todo ello. Chapaprieta entendió y logró convencer a sus socios de Gobierno de que o se hacían las reformas tributarias y de ahorro público o, de lo contrario, la quiebra de la República sería inevitable. Se ganó el respeto técnico e intelectual de todos los partidos políticos. Es curioso observar cómo en aquel baile de gobiernos y de ministros, al menos durante el segundo bienio republicano, las carteras ministeriales pasaban de mano en mano, pero todos trataban de granjearse la continuidad de Chapaprieta en Hacienda. Se puso, pues, manos a la obra. Había que conseguir a toda costa frenar la hemorragia y la descomposición de la Hacienda Pública, frenar el gasto público indeseado y descontrolado, y los excesos de una clase funcionarial abusiva y desprofesionalizada. A punto estuvo de conseguirlo mediante la aprobación de la Ley de Restricciones. Aunque las comparaciones de situaciones en tiempos tan distantes y diferentes no lo aconseje, la ley Chapaprieta sería equivalente a lo que hoy practica el gobierno de España, con la salvedad de que en aquellos tiempos no se recortaron derechos sociales, apenas si existían, sino los derechos abusivos de las clases más poderosas. Había que suprimir ministerios, fusionar otros, recortar prebendas en los cuerpos de las élites administrativas, reordenar competencias, evitar duplicidades funcionales, en definitiva, conseguir equilibrar las cuentas del Estado mediante el recorte de gastos. Y lo consiguió en parte. Inmediatamente después, Chapaprieta se lanzó al segundo de sus grandes objetivos: la reforma tributaria, reduciendo exenciones, mejorando la contabilidad y la inspección, haciendo más justa la tributación rustica y los impuestos de derechos reales. En ello estaba cuando, con ocasión de debatirse los recargos en los derechos reales, sus socios de gobierno, representantes de las clases más acomodadas, lo derrotaron. Chapaprieta amagó con dimitir, comprobó que el partido de Gil Robles, la fuerza parlamentaria más nutrida, no le correspondía, le boicoteaba, y dimitió.

Vean lo que Joaquín Chapaprieta escribe en su Memorias al hilo de esta peripecia. “Las clases acomodadas de España incurrieron en el grave pecado de egoísmo que luego tan caro han pagado. Con sus absurdas resistencias a nimios sacrificios sirvieron inconscientemente de pretexto a maniobras políticas del más viejo estilo”

Los debates parlamentarios que sus proyectos legislativos de Haciendas Pública y de Tributación provocaron en las Cortes requerirían un estudio técnico y académico, que obviamente no están a mi alcance. Pero me sorprende y hasta me escandaliza que en la esfera universitaria nacional, y muy particularmente en la alicantina, nadie haya hecho investigación, al menos no la conozca e intentado documentarme, sobre el papel de Joaquín Chapaprieta en la historia de la Economía y de la Hacienda Española. He vuelto a leer con atención el célebre mitin del hombre que mejor representa los excesos y las virtudes de la República, Manuel Azaña, en el campo de Comillas, en octubre de 1935. Es una pieza oratoria magistral. Está dedicada a rebatir la política de contención del gasto público de Chapaprieta. Miren ustedes, si prescindiéramos de los nombres propios de aquel discurso y nos dejáramos llevar solo por la retorica y los conceptos, nadie discutiría que no estuviéramos por ejemplo en una sesión parlamentaria reciente protagonizada, por Mariano Rajoy y Alfredo Rubalcaba o por Cristobal Montoro y Pedro Sánchez. Podrá discutirse el papel principal o secundario de su paisano en la creación del centro político durante la República, su conducta en el tramo final de su mandato y el colaboracionismo que prestó a algunos sectores más reaccionarios, pero nadie puede discutir, sin faltar a la verdad, que Joaquín Chapaprieta fue la autoridad intelectual en materia hacendística y presupuestaria de la República. Esta es la razón por la que uno siente sonrojo del olvido y del abandono de la memoria de Joaquín Chapaprieta: en el plano más político como un pionero del centrismo político; en el plano técnico profesional, como un experto en la Hacienda Pública; y en el plano más personal e intimo, un personaje que todavía necesita que investigadores e historiadores promuevan una biografía completa de uno de los grandes protagonistas de la España democrática que pudo evitar el capítulo más grave y bochornoso de su historia.