Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 33 - Invierno 2014
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
De sirenas que cantan sus noches Encarna Hernández Torregrosa

 

Son las seis de la mañana cuando suena el despertador que está en la mesilla junto a mi cama. Lo primero que ven mis ojos a través de la ventana es un día nublado, algo que, acompañado a mi angustia, parece que forma el paisaje perfecto para este día (creo necesario describir mi animo en este día). Pero disculpad, no me he presentado.

Nací hace sesenta años en este pueblo a orillas del mar. Cuando ni las gentes, ni las calles eran como ahora las veis. Mi edad me permite ciertas licencias en esta historia, así como las numerosas canas y arrugas que recorren mi piel y mi alma. Mi nombre apenas importa, pero si deseáis alguno, llamadme Manuel.

No sé muy bien por qué razón, pero el tiempo me ha concedido la gracia de ver la transformación que ha sufrido este pueblo, fruto de la metamorfosis que proporciona el cemento, convirtiendo en un ejemplo de ciudad cosmopolita a una villa que pasó a ser pueblo y más tarde ciudad. Yo he asistido como mudo espectador a ese cambio.

Tras esa experiencia de años, he de confesar que deseo enfrascarme en una difícil tarea. Anhelo alcanzar las formas poéticas y pasionales de quienes han forjado el carácter y la historia de mi pueblo. Salgo de casa y me dirijo al centro de ese pasado que camina paralelo a la realidad. Sin aventurarme a interpretaciones, quiero dejar a cuantos vengan detrás de mí, las impresiones de quien se siente un poco poeta y un poco músico, y que sean otras generaciones las que descifren mis impresiones.

Para comprender mi historia es necesario describir mi ánimo. Vivo en soledad desde hace cinco años, cuando mi esposa (Josefina) me dejó una tarde de primavera. Desde entonces, cada sábado a las cinco, camino en solitario hasta el cementerio, donde unas margaritas y mis pensamientos quedan junto a un frío mármol. Sé que ella escucha mi plegaría y comparte mis sueños.

Ahora tengo un nuevo amor: la lectura. Y una fiel compañera: la buena música. Pero disculpad, me estoy alejando de mi relato. Apenas ha amanecido cuando salgo de casa. Unos negros nubarrones evolucionan pintando con cientos de matices los azules de la aurora. Veo en ello un mensaje subliminal. Ante mí, un amanecer distinto se me ofrece de improviso, mientras yo soy ignorado por quienes transitan por el paseo frente al mar, envueltos en sus propios pensamientos. Yo, sin poderlo evitar, exclamo conmovido:

¡Comprendo cuánto se ha perdido de la historia tierna y profunda de nuestra gente! ¿Dónde está el legado de mi Torrevieja?


Como en otras ocasiones, me he dejado llevar por esa hora en la que todo está por hacer. Es en ese instante claro, fresco, productivo, cuando surge la alegría del amanecer. No sucede nada igual en las restantes horas del día...

Mi paseo lento me ha traído junto al mar, y aquí lucha por salir de mi interior una idea: encontrar entre el vaho de la mañana a esos autores, poetas y músicos que alcanzan a justificar mis palabras. Entre las notas de sus letras, intento reavivar unos recuerdos que constantemente golpean mi alma. Se trata de las canciones de ayer, cuando la existencia de las gentes se encontraba envuelta en grandes sentimientos de desdicha o felicidad. Se vivía con plenitud cada instante. Mi deseo va más allá, junto a los maestros de un arte que surgió de estas aguas, descansando en la fina arena mientras en sus letras nos brindan hermosos recuerdos. Yo me encuentro en el letargo de la vida, y como ya he dicho, me puedo permitir ciertas licencias; por lo tanto, me encamino por el sendero de lo imaginario y, junto a los creadores de mitos, revivo mis instantes de deseo, mis noches de amor. Y me introduzco en esas melodías siendo parte de ellas. En mi osadía dejo alguna anotación con la que inventar nuevas palabras y un melodioso compás con el que poder crear un firmamento de acordes. Esta ilusión de vagar por un universo de partituras y armonía es lo que me lleva a dirigir una mirada curiosa, al tiempo que intento reclamar la atención de maestros y poetas, de cantantes con ritmo pausado y sonidos cadenciosos, esperando algo muy importante: fundir ese mundo con el presente de quienes aquí habitamos... Y es en ese momento, envuelto en la magia de lo que es mitad sueño, mitad realidad, cuando escucho una voz:

Te estaba esperando… ¿No dices nada...?

Sorprendido por la voz femenina, respondo:

Entiéndelo, nunca imaginé llegar hasta aquí.


Mi tiempo se escapa junto a esa habanera que se torna... gris. Entregado totalmente a la inquietud de encontrarme en compañía de ella, “la habanera”, respiro con ansiedad el fresco de la mañana. Con alma de marinero, en el amanecer, que se me antoja una pintura naïf, siento como grabado a fuego las melodías en mi corazón.

Me invade la tristeza cuando contemplo a mi derecha los edificios, con sus ventanas cerradas como ojos apagados, y a mi izquierda la mar. Los débiles rayos del sol son atrapados por la humedad de la mañana y me los entrega abriéndose paso ante mis emociones. Yo sigo caminando ante la penumbra de la mañana y, de repente, escucho el sonido de un piano que parece venir de la lejanía. Sus acordes, acompañados por los de una guitarra, dibujan, como el pintor, los compases de una habanera. Al fin lo comprendo. En este amanecer no estoy solo, la búsqueda ha terminado. Me aproximo a la orilla del mar y tomo asiento en uno de los bancos del paseo. En el eco que forma el alba junto a la noche escucho un coro de voces. Se estremece mi envejecida alma cuando percibo las suaves formas de esa habanera. Y al igual que la hermosura de una niña despierta la alegría en un pobre viejo, llegó hasta mí la canción:

Si tú me amas,

yo te llevaré al mar

en mi barquilla...”


En un arrebato de sueño o ilusión (no sabría bien si es lo uno o lo otro), noto la caricia de la brisa, como la mano de ella acariciando mis labios. Una alfombra celeste se aproxima a mis pies y ella, mi compañera, con apariencia de melodía hecha mujer, es la agradable visión para un viejo. Mi edad sobrepasa con creces la suya. El día nos envuelve con el frío otoñal. Ella, ausente y en silencio. Yo la contemplo admirado. Mis palabras surgen sin mi consentimiento:

Eres realmente hermosa.

Llama mi atención su juventud: apenas veinte años.

Una diminuta lluvia empapa poco a poco nuestros cuerpos. Junto a ella, siento cómo esas lágrimas caídas del cielo se introducen en mi alma. Los acordes de las canciones acompañan el momento y, ante un mar gris, la aurora susurra:

“Ay, qué placer

sentía yo,

cuando en la playa...”


Su brazo derecho descansa delicadamente en su regazo, el izquierdo sostiene con exquisto cuidado su dulce rostro, mientras se apoya en el banco. Al verla, comprendo cómo los hombres inflamados de amor dedicaban sus días a escribir poemas, melodías y sueños donde expresar lo que se siente al estar junto a una mujer como ella.

Contemplo la belleza en la comisura de unos labios donde una débil sonrisa intenta brotar. En su rostro todo es ternura. Me siento conmovido. Incluso las olas que se aproximan tímidamente junto a nosotros no desean seguir su camino de regreso a la mar. Pero es su destino, como el mío es estar frente al horizonte. No es necesario preguntar al alba qué me depara el futuro. Éste es el único de cientos de días en que mi alma se siente feliz apaciguando mi soledad junto a ella. La miro y me pregunto si esta joven escuchará el llanto mío correr, como el río hasta la mar:


No me olvides por los mares,

prenda de mi corazón.

No seas como las olas,

que pierden la embarcación...”


Un olor a flores llega hasta mí. Un aroma capaz de seducir y que confunde mis pensamientos. “Es imposible que la fragancia a azahar y jazmines surja de la mar”, se trata del perfume a mujer, a una mujer lejana que vivía entre el gris de mi pasado y la frescura de unos recuerdos en que, por antojo mío, reavivo amores olvidados que surgen en forma de poción amorosa. La muchacha que está a mi lado no es la poseedora de esa esencia. La mujer dueña de ese aroma era aquella que ocupó años atrás mi corazón y mi lecho, y que está en una región perdida del más allá: Josefina.

Me entristece evocar su recuerdo, donde el olor a jazmín inunda aun hoy nuestra alcoba, al igual que aquella noche de pasión. Su hermosura era el arco iris que bañó de luz cada rincón. Su nuevo vestido, que la envolvía y la dejaba mostrar nuestro amor. Una noche en mi mente es como todos los siglos. La estancia era infinita estando los dos. Aquella noche, las estrellas retornaron los compases de miles de habaneras.


"Más que una flor

era un alma de amante,

que allí fragante

dejó constante

prueba de amor.

Esa flor es un alma que fue

mi amor de un día, y ahí esta todavía

como yo la dejé...

De aquel amor

quedó esta flor..."


En mi recuerdo, ella, Josefina, coronada de flores, guarda la triste forma de imágenes lejanas. A mis sesenta años sigue conmoviéndome la idea del juramento en que prometí amarla. Sin embargo, el destino... ¡El maldito destino me dejó sin ella! Mi compañera pertenece al mundo de los recuerdos.

En esa ocasión, el paisaje de mis pensamientos tiene la tonalidad de la tristeza y el gris del pasado, pero una brisa me lleva de nuevo junto a la niña que a mi lado está hechizada por la mar.

Ella, con su silueta de mujer joven, morena y esbelta, alimenta los sueños de un anciano. Sirve de consuelo a un hombre que a su lado se atreve a soñar. Apenas puedo moverme. Tampoco deseo acabar con este instante cuando recordando el pasado llego a olvidarme de mí mismo. En realidad deseo acabar entre la música y las canciones que traen hasta mí un cálido reposo repleto de recuerdos. Este y no otro es el privilegio de los ancianos. Ese y no otro es mi deseo. Pero por un instante, el reflejo del sol nos saluda. Es un instante de total libertad. La brisa de levante, que arrastra la arena y mis pensamientos, los lleva a través de ese ancho mar al pasado con forma de navío, de marino, de gaviota y canción.

Después de un año

de no ver tierra

porque la guerra me lo impidió,

volví al puerto

donde se hallaba

la que añoraba mi corazón”


A lo lejos, las gaviotas acompañan a los pesqueros que se adentran en el puerto. En su vuelo se aproximan a la costa. Es extraño ver el blanco resplandeciente de su plumaje, que adquiere el gris irisado del infinito. Sus graznidos me devuelven al presente. En el horizonte, la figura recortada de un barco que intenta enfrentarse a las olas, sin más poder que el de su motor, navegando en dirección al puerto donde atraca. El oleaje golpea una y otra vez la quilla, intentando frenar su paso sin conseguirlo. Frente a la mar, se perfila el gris ceniciento de unos hombres que luchan a diario en su duro trabajo. Quiero saber si el amanecer tiene dueño. ¿Y el aire...? ¿Y el mar...? De ser así, nada de cuanto contemplo o percibo es enteramente mío. Tengo la sensación de que cuanto mis ojos ven y mi alma siente posee la tonalidad gris sedosa que protege la nostalgia, y ésa es totalmente mía.

De nuevo miro a la joven que está sentada a mi lado... Ante su silencio, adivino que mis años sólo sirven para darme cuenta de mi soledad, como la ola que se aleja del mar, mostrándome lo inacabado de la existencia junto a lo extraordinario del renacer. Siento temblar mis manos. No por mi edad; se trata del sentimiento de libertad que ella me brinda lo que me altera. Ella, sin decir una palabra, sin movimiento alguno, me ofrece cuanto necesito: su compañía.

Sentado en el banco, a la orilla del mar, el pasado toma forma de cuna mecida al compás del dos por cuatro. Los recuerdos adoptan la forma de su nombre, que se confunde en el horizonte. Allí, ayer un barco se alejaba. En la cubierta, un hombre que se fue en busca de fortuna a tierras lejanas.


¡Ay!, qué placer sentía yo,

cuando en la playa

sacó el pañuelo

y me dijo adiós...”



Nadie escucha mis palabras, ya que no se atreven a salir al exterior.

Mi presencia a orillas del mar es para descubrir la naturaleza de las composiciones que en esta tierra, a ritmo de habanera, nos dejan esa profunda huella en nuestra sangre, extendiéndose por nuestra piel, hasta salir de las gargantas de aquellos que las llevan por el mundo, a otras playas, donde se recuestan en otras arenas. Sus letras se prolongan junto a quien confiesa su amor entre el murmullo de las olas y el canto de las gaviotas.


Acompañado por el sonido de una guitarra, quiero convocar a los creadores de esas canciones, a los que han buscado una musa en la que poner la magia de sus obras. Y mirándola a ella caigo en la cuenta:

- ¡Para qué tanto buscar amigos! Ella siempre estuvo aquí.


La joven que está a mi lado posee la delicadeza propia de las golondrinas, es la flor de finos pétalos. En sus ojos guarda el profundo dolor de ese amor que la dejó atrapada en la playa. Sus manos son dos rosas. Su talle, delicado como las canciones que al atardecer llenan de colores los mares que nos rodean:

-¿Por qué tanta soledad en tu mirada?


Su historia la conoce la golondrina de amor hecha habanera. Su cabello ondulado inspira suspiros de tristeza. Su boca, besos de amor travieso, de espuma y sal.

Sentado a su lado, veo cómo el sol la saluda, mientras las algas se transforman en campos de trigales que acarician sus pies. Y embriagado por esa magia, llego a soñar sueños de niño.

-¡Cantadle! Cantad a la bella Lola. Maestros que entre vuestras manos poseéis la fuerza capaz de arrancar melodías en forma de esperanzas. Vosotros, que formáis corales con las voces de hombres y mujeres, y construís mares de pasión con los ojos de una mulata. Cread habaneras llenas de añoranzas.


Así el amanecer es atrapado por los compases del dos por cuatro. Noto cómo el calor que ella desprende al ser poseída por tanto sentimiento me alcanza. Con su gesto me indica que mire hacía ese lugar que su vista atrapó hace años.


Cuenta la canción que una tarde un hombre partió a tierras lejanas. Antes de marchar, él vio a esta muchacha a la orilla del mar. No hubo una palabra de adiós, sólo un beso de amor y el saludo con el vuelo de un pañuelico... Y también volando, se fue su corazón”


¿Ocurrió...? Ella, sentada en su viejo banco, lo espera eternamente. Observa la lejanía donde desapareció aquel barco en el que iba su amor. Los débiles rayos del sol la coronan como reina de esa mar que hasta sus pies llega cada día. Las gaviotas se acercan para acompañarla. En el pueblo todos la conocen. Su nombre es canto de pasión. Lola la saludan todos. Lola fue mi compañera. Entre el susurro del viento y las olas escucho el sonido de una vieja habanera.


"No dudes nunca

que yo te quiero

y por ti muero

lejos de ti.

Duda del Cielo

y de la Tierra,

duda de todo

menos de mí"


Intento imaginar a esta muchacha caminando por el pueblo, sonriendo, charlando con la gente. Aunque... no, aparto de mi cabeza esa imagen imposible. De pronto noto cómo me pesan los años. Permanezco un rato con los ojos cerrados, intentando atrapar la fragancia del mar. El sentido del olfato es un buen vehículo para evocar recuerdos.

En ese instante la mar cesa en su ir y venir, la mañana toma lo pausado de mis años confundiendo el gris con los azules, el brillo del sol pretende abrirse camino entre las nubes. Sí, me reconforta su calor. Se cuela en mi cabeza una de las habaneras por las que he sentido más respeto y sin darme cuenta la tarareo:


Quisiera ser como la golondrina

que me vio nacer y volar hacia ti

y estar allí para poderte ver y ofrecer

ante la Inmaculada, mi amor,

este amor que por ti soñé”


...¡Jamás pensé que el tiempo pudiera pasar tan rápidamente! En el banco, sentado junto a la muchacha, las habaneras llenaron los minutos y las horas. Sin dejar de rebuscar en el pasado, de indagar en el futuro, me siento repentinamente cansado. Ha sido una larga mañana. Miro una vez más al mar y comprendo:

Cuanto he experimentado en ese amanecer ha sido una inquietante nostalgia, que me condujo a un paraíso donde la compañía de la joven ha sido el ancla que me sujetó a mi presente”.


Ella, una sirena perdida en tierra con forma de estatua a la orilla de la mañana, es la imagen perturbadoramente sensual de unas canciones. La miro detenidamente y en un arrebato de familiaridad le digo:

-Estoy cansado..., me marcho a casa.


La imagen perfecta de la bella Lola, sentada en el banco, me parece de una esplendorosa belleza. Frente a la luz insistente de un sol otoñal, creo ver cómo sus labios se mueven dejando escapar dos palabras:

-¡Te esperaré...!


La contemplo sorprendido. No, ha sido mi imaginación. Me alejo sonriendo de aquel lugar pensando que he alcanzado el sueño que siempre deseé: vivir un instante de mi vida junto a...


...sirenas que cantan sus noches

al murmullo de verdes palmeras

que me dicen que te quiera,

bello pueblo que entona en sus noches,

en coro de voces, la dulce habanera”


Este relato está dedicado a cuantas personas han formado y forman las diferentes masas corales de nuestro pueblo, a los compositores y poetas de las canciones en las que describen el sentir de una tierra, a los músicos que dedican su tiempo a este difícil arte y, cómo no, a los directores, que han sido y son los que mantienen vivo a lo largo de los años el espíritu de este pueblo a través de la habanera.


Gracias a todos.