Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 33 - Invierno 2014
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El premio Miguel S. Juaneda


El viento que azotaba el valle hacía que la nieve del suelo se elevara golpeando con fuerza el rostro de Vargán, que apenas podía mantener los párpados abiertos. De reojo miraba a sus cinco oponentes. Era el más enclenque de todos los participantes en aquella prueba y partía con desventaja, pero sin duda la recompensa final merecía correr el riesgo. Cerró los ojos y visualizó en su mente la imagen de la colina que debía escalar para conseguir el más preciado de los botines. Un primer tramo de suave pendiente donde la nieve alcanzaba un espesor capaz de ocultar al más fornido de los guerreros. Luego, una zona de riscos helados que formaban caprichosas esculturas de contornos afilados y, por último, una empinada ladera donde varios árboles sin hojas asomaban erguidos como guardianes en la nieve.

Una multitud expectante vitoreaba y aclamaba a los seis aventureros. Nimuj, un joven al que un oso arrancó la pierna dos años atrás, levantó una vasija metálica y con todas sus fuerzas la lanzó contra una piedra cercana haciendo que rebotara con gran estruendo, lo que marcó el comienzo de la prueba.

Vargán se deslizó colina arriba con la velocidad que las piernas le permitían. En cada paso que daba hundía sus extremidades hasta la altura de las rodillas, lo que dificultaba más la carrera. Tenía delante a dos de sus oponentes mientras que los otros tres marchaban tras sus huellas. Su garganta estaba seca y el frío intenso le impedía respirar por la nariz. Utilizaba las manos para apartar la nieve del suelo y subir más rápido. Un grito le hizo levantar la vista con el tiempo justo para apartarse y ver cómo uno de sus contrincantes caía como una bola de nieve colina abajo. En su accidentado descenso se llevó por delante a otro de los participantes, que no pudo esquivarlo. Mientras observaba cómo ambas figuras rodaban sin control, no se percató de que otro de sus rivales había llegado a su altura y, sin tiempo para que Vargán reaccionara, lo lanzó al suelo, hundió su cabeza en la nieve y clavó la rodilla en su espalda. Cuando se incorporó dolorido, marchaba en último lugar y tenía por delante a los otros tres adversarios, que acababan de entrar en la zona de los riscos helados.

Con un grito de rabia y apretando los dientes con fuerza, Vargán aceleró su marcha con la mente puesta en la recompensa final. Tenía que conseguirlo, debía lograr aquel premio. Conforme se acercaba a la cima, la ventisca se hacía más fuerte. Apenas podía mantener los ojos abiertos. Con uno de los brazos cubría su rostro, mientras con la otra mano se impulsaba descargando parte de la presión que ejercían sus piernas. El más alto de sus rivales cayó exhausto sobre la nieve rindiéndose ante la adversidad del clima y la falta de fuerzas. Momentos después, un crujido, como el de la rama de un viejo árbol que se parte separándose para siempre del resto de su existencia, precedió a un alarido de dolor. Vargán observó cómo la pierna de Deivern, uno de los dos contrincantes que quedaban en la carrera, se partía al caer y golpearse contra una piedra semienterrada por la nieve.

—¡Ya sólo queda Himarj! —pensó.

Los dos oponentes llegaron juntos a la parte alta de la colina. Allí, a poca distancia, con la visión borrosa por culpa de la combinación de nieve y viento, vislumbraron el objeto que debían alcanzar para conseguir la merecida recompensa.

A unos pasos del preciado botín, una pareja de lobos descansaba al abrigo de un grupo de árboles junto a tres cachorros de pelaje gris plata. El más grande de los animales se incorporó ante la presencia de los contendientes mostrando sus puntiagudos colmillos mientras dejaba escapar un desalentador gruñido.

Ambos rivales se miraron durante un breve instante tratando de escarbar en los pensamientos del contrario, buscando ese resquicio de duda o temor que lo llevara al abandono. A final fue Himarj quien agachó la cabeza y se retiró lentamente sin perder de vista los colmillos de aquella bestia.

Por primera vez desde que inició la escalada, Vargán sintió miedo. Se encontraba solo en lo alto de aquella cima, lejos de cualquier ayuda. Sólo el recuerdo del premio que lo esperaba al volver lo hizo seguir adelante. Miró fijamente los ojos del lobo mientras, con paso muy lento, comenzaba a rodearlo despacio, marcando suavemente sus huellas sobre la nieve, controlando la respiración y los latidos del corazón. Mostraba descaro y respeto mientras bordeaba el área donde se encontraba la manada. Al llegar al otro lado, se agachó y sacó de entre las pieles que cubrían su cuerpo un pequeño cuchillo. De un solo movimiento y sin perder de vista al lobo, que continuaba mostrando altanero sus colmillos, cortó un pequeño tallo que guardó con recelo. Luego se incorporó y regresó sobre sus pasos alrededor del extrañado animal, que había comenzado a relajarse escondiendo parte de la mueca de ferocidad.

Una vez se alejó de los lobos, Vargán corrió colina abajo tan rápido como sus piernas podían. Al entrar en la zona de rocas, el joven resbaló y cayó al suelo clavándose un afilado fragmento de hielo que asomaba entre dos riscos. A pesar de la herida y la sangre, Vargán no paró hasta llegar al poblado, donde lo esperaban exultantes el resto de sus amigos.

Exhausto, dolorido y herido, el niño, que el día antes había cumplido ocho años, se fue abriendo paso entre la multitud hasta llegar a una hermosa muchacha de cabellos rubios y ojos verdes. Luego rebuscó entre sus ropajes y sacó una pequeña flor de color violeta, la flor del hielo, que sólo crecía en Kalandrya durante la temporada de más frío. Extendió la mano y se la entregó a la joven, que correspondió el regalo con un beso en la mejilla de Vargán. Todos los presentes vitorearon la acción mientras el héroe del momento agachaba la cabeza sonrojado y cruzaba sus manos tras su espalda haciendo dibujos en la nieve con una de sus botas.

Sin lugar a dudas, el esfuerzo y los peligros sufridos habían merecido la pena por tan maravilloso premio.