Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 33 - Invierno 2014
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Una nubecilla Conchita Moreno Alonso


Los ventanales están cerrados.

Desde el lugar que él ocupa en el comedor no se puede ver el parque. Reina en este espacio una leve penumbra, acompañada de cierto silencio que a él le agrada.

Él observa todo lo que le rodea: personas que entran al comedor, mesas ocupadas, mesas desocupadas...

En un ángulo del salón, cercano a su mesa, está ella.

Ella es una mujer de mediana edad, en cuya mirada se adivina un carácter serio. Sus ojos transmiten cierta serenidad.

Ella sí, ella ve, ella mira. Su mesa toca el borde de los ventanales.

A causa de la luz molesta entrecierra los ojos. Su mirada va y viene. Otros clientes también miran esos partidos de tenis que él no ve.

Él no quiere ver los partidos. No le interesan.

Es la hora del desayuno. Este momento para él es casi el mejor del día. Come despacio, piensa despacio, la mira despacio. Oye sin escuchar los ruidos de la mañana.

Él no ha pedido que le cambien de mesa.

Ignora que la miran.

Esta mañana llovió hacia las cinco.

Hoy las pelotas rebotan en un tiempo blanco y pesado.

Ella lleva un vestido de verano.

La lluvia ha refrescado el ambiente y la mañana se siente como nueva, como recién lavada.

El sonido monótono de las pelotas, la suave brisa que penetra por algunos ventanales abiertos y el murmullo de los pájaros en el parque contribuyen a crear una atmósfera de tranquilidad en el comedor.

Delante de ella está el libro, ¿empezado después de que él llegara?, ¿o ya antes?

Cerca del libro hay dos frascos de píldoras blancas. Las toma en cada comida. A veces abre el libro. Luego lo cierra casi enseguida. Mira el tenis.

En otras mesas, otros frascos, otros libros.

Él acude allí cada mañana para verla y comprobar que está viva. Aunque sus ojos no tengan ya aquella brillante mirada.

Aunque su memoria se haya ido lejos. Sin regreso.

Al igual que la memoria de casi todos los que entran y salen del comedor.

Él la saluda al llegar cada día.

Ella le espera, aunque no le reconoce, ni sabe quién es él. Ella espera su llegada cada mañana.

Aunque ella no sepa quién es él, él sí sabe muy bien quién es ella y sobre todo sabe quién ha sido. Esto le basta.