Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 55 - Verano 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Era uno de ellos Encarna Hernández Torregrosa


(...) caminaba despacio. Se burlaba de aquellos que corriendo iban al trabajo. Había quien decía de Pedro que se le había soltado un tornillo.

¡Pobre diablo!

En realidad era como si se le hubieran soltado todos los cables en su cabeza.

-¡Miradlo! –se burlaban los niños cuando lo veían como un poseído bailando en mitad de la calle, haciendo cabriolas el muy idiota.

-¡Fijaos! -decían las mujeres cuando discutía con aquél a quien sólo él podía ver. De pronto, toca el tambor haciendo el sonido con su voz ronca, mientras sus manos golpeaban sin parar una caja que sólo él ve.

Bom, bom-bom, bom, se le oía retumbando. Tras él se amontonaban los niños, que se burlaban formando una grotesca comitiva. Pedro, como si no le importara nada, seguía su camino al tiempo que se le oía: bom, bom-bom, bom.

En ocasiones se le podía ver arrodillado frente a un banco del paseo con actitud devota. Susurraba con voz triste. Y en otros momentos, Pedro, con aspecto miserable, caminaba sin rumbo, como buscando un rumbo perdido. Pedro no pasaba de los cuarenta años. Entre su desvarío pronunciaba un nombre de mujer. En ocasiones se le podía entender, en su jerga de chiflado, que cansado de buscar a María hablaba de suicidarse.

De pronto se paraba, hacía una reverencia y de nuevo bailaba calle arriba, brincando calle abajo. Perdido y empampado por el rocío, andaba buscando algo que no encontraba por ninguna parte. Y los niños seguían riéndose de él. La gente lo insultaba. Recibía empujones. Sus piernas larguiruchas le flaqueaban de cansancio, se dirigía de un lado a otro con risa histérica y de su garganta salía un nombre: ¡Maria! ¡María!

En mitad de la oscuridad de la noche veía cómo ella a lo lejos se acercaba hasta él. Casi podía notar el calor de aquel beso que lo llevó a caer derrumbado en el suelo. Los niños en corro le gritaban: "¡Míralo! El muy idiota se ha caído". Pero Pedro sólo se había tomado un respiro.

Después de aquel tormentoso suceso, Pedro desaparecería. Nadie llegó a saber nada de él. Nadie supo qué sucedió. Simplemente, desapareció.

-De aquel Pedro que fui, poco o nada queda. Hace años que no hablo con nadie. Pero necesito contarte, decirte lo que siento en estos momentos. He de marcharme y estas van a ser mis últimas palabras. En este lugar, donde nada me es familiar, cuanto me rodea es frío, tétrico y a la vez posee cierta hermosura. Lo siento… Me desvío del propósito que me ha llevado a elegirte como confidente antes de que todo se precipite.

Yo estaba inmerso en una terrible locura. Ahora, aunque algo tarde, he podido descubrir que mi visión de la realidad era confusa. Es más, nunca intenté profundizar en aquellas creencias que me conducían a aceptar los reveses que da la vida, arrancándome el amor que sentía en lo más profundo del alma. Fue difícil, pero al fin lo acepté. Aun así espero que comprendas cómo se puede llegar a estar terriblemente afligido y a la vez infinitamente feliz. La razón es sencilla: he alcanzado a descubrir cuál es mi condición.

Sí, el día en que lo descubrí no fue un día especial, todo era igual como hacía tiempo. No sé cómo, pero supe que había abandonado mi locura. Me encontraba observando mucho, platicando poco y oyendo lo menos posible. Sin esperarlo, fui asaltado por uno de los seres más especiales que se me habían acercado en los últimos siete días. Ese era el tiempo que llevaba sentado mirando aquella puerta enrejada del cementerio, intentando imaginar que mi suerte era mejor que la de aquellos que estaban allí dentro. Aunque los cipreses y el silencio del lugar me llevaban a estar inmerso en el más profundo hastío y desesperación que jamás hombre alguno había sentido. Mi nuevo compañero se quedó mirándome.

No puedo olvidar su imagen. Llegó hasta mí sin hacer ruido, simplemente se sentó en silencio a mi lado. En sus anchas mejillas se dibujaba una boca bien marcada. Su dentadura blanca resaltaba en su rostro oscuro. De su nariz vi caer un hilillo blancuzco y observé extrañado cómo se lo retiraba con un sonoro lengüetazo. Aquello me produjo una asquerosa sensación y pensé: "Qué repugnante".

Y de nuevo continué inmerso en mis pensamientos con la más intensa crisis de infelicidad que jamás he sentido. Amargado. Ofuscado y con un profundo hastío (esto creo que ya lo he dicho), tuve la sensación de ser el más pobre de los desgraciados.

Aún guardaba en mi memoria los años cuando mi vida estuvo llena de momentos de esplendor y felicidad. Pero el destino, o una fuerza superior, quiso que una rara enfermedad se llevara a mi amada. Esto me llevó al desorden y de éste a la desesperación, conduciéndome a la más absoluta de las miserias, económica y moral. Para evitar la humillación de mi condición de pobre, abandoné mi hogar y fijé mi residencia en este rincón cerca del cementerio. No es que me guste el lugar, pero era lo único accesible a mi nueva vida.

Tras mi desgracia (y de eso hace... unos quince años) hasta este día, no tuve a nadie a quien llamar verdaderamente amigo. Por lo que me encontraba solo. Enfrentado al desaliento, la pobreza y la enfermedad que me recome por dentro. Yo, que había vivido rodeado de todos los lujos. Yo, que fui un hombre feliz que disfrutó de las más buenas y ricas compañías. Me veo acompañado del ser más bajo de la escala social. En su triste mirada adivinaba el abatimiento que yo mismo sentía. En cambio, él había evitado que cometiera la más atroz de las locuras, la más dolorosa de las tragedias, mi último acto de cobardía (si por cobardía se tiene el querer abandonar esta vida).

Pero lo observé, y en un lapsus de racionalidad comprendí que él dependía de mi. Y no pudiéndolo remediar me cayeron las lágrimas (lo suyo sí era una vida de perros). Después de todo, mi vida aún tenía un punto de dignidad, yo no me comía como él la basura que tiraban otros. Quizás por eso preferí quedarme a su lado por el momento, o hasta que pudiese adoptar otra idea que me alejara del terrible pensamiento de abandonar esta vida miserable.

Ahora creo que en realidad me faltó la decisión de atarme una cuerda al cuello y colgarme del árbol más alto. Pero en torno a mí todo el campo estaba seco. Imaginé que un tiro en la cabeza sería más rápido. Sólo que no tenia dinero para desempeñar el rifle que me dejó mi abuelo. También existía la posibilidad de acostarme en las vías del tren y dejar hacer, pero no había tren en el pueblo. En fin, ante mi tragedia comprendí que el silencio de mi compañero y mi angustia parecían necesitarse.

Mientras divagaba en todo esto, comencé a sentir una cálida sensación de... ¿pasión? ¡Qué más da! Lo miré y vi su hermosa figura. ¡Su pecho! ¡Su perfil! Todo en él era perfecto. Vi la nobleza de su mirada, su porte. Lo imaginé moldeado en bronce o mármol sobre un pedestal a la manera de los dioses griegos. Por un momento fue algo más que un compañero, sólo que, sobresaltado, me pregunté: "¿Qué demonios está pasando?".

Rechacé rápidamente esos pensamientos. Sentí miedo. Miedo de no saber qué ocurría en mi interior. No sabía si eran esas extrañas ideas o el estar frente al cementerio lo que a continuación provocó en mí una gran angustia.

Nos encontrábamos a finales de abril y yo notaba frío. En cambio, me pareció extraño que cuantos caminaban por aquel lugar dijeran que el calor era sofocante. Yo sentía como una gélida brisa interna que atrapaba mi alma.

-¿Tienes frío? –le pregunté a mi compañero.

Se puso en pie, dio vueltas, miró a un lado y otro y de pronto volvió a tomar asiento a mi lado. Era como si hubiera dejado de ser mi leal compañero. Lo observé. Él me miró y agachó su cabeza. Y allí estábamos los dos solos, en la soledad que nos proporcionaba aquel paraje desértico (si exceptuamos el interior del cementerio, donde la frondosidad de los árboles y el oloroso mirto ofrecían una agradable sensación). Fuera del cementerio, las miserables casuchas, como la mía, mostraban un paisaje trágico tanto como nuestra condición. Y por primera vez en compañía de mi amigo, me pareció tan agradable el interior del cementerio que tuve la intención de decirle que entráramos. Lo acaricié y le hablé con suavidad. Su serenidad y su atención me dieron la confianza necesaria. Escuchaba cada una de mis palabras con total atención. En realidad fue más que una confesión. Fueron cientos de confesiones.

He de decir que siempre había pensado que el orden en la vida era necesario e imprescindible. ¿Que por qué digo esto? En mi vida anterior viví obsesionado por ser perfectamente sensato, antes que no ser yo mismo. Entonces existía un motivo, una mujer que era mi centro. En cambio, ahora todo parecía distinto junto a mi nuevo amigo. En ese instante tuve una amarga sensación en mi estomago y recordé que hacía varios días que no comía. Pero… no, no era eso, era como si me quemaran las entrañas. ¿Se trataba de remordimientos? ...No. Recordé a cierto medico que me aclaró qué era ese dolorcillo: aprensión. Y por su diagnostico me pidió veinte mil pesetas. ¡Maldito! Salí de la consulta sin solucionar mi problema y con otro añadido. Me había quedado sin dinero.

Le contaba todo esto a mi amigo mientras él me miraba atentamente. Era la primera vez en mi vida que alguien me escuchaba de esa manera. Sin inmutarse. De nuevo se limpió la nariz de esa forma tan grosera. Lo miré y pensé que había algo familiar en él que no lograba saber qué era.

Sentados los dos a las puertas de ese siniestro lugar, me vi como peregrino en busca de mis deseos más ocultos. Pensé que algo en mí estaba tomando una nueva inclinación. Como si un nuevo “yo” creciera y quisiera salir. Me abrasaba. Me encontraba confuso, necesitaba la compañía, el amor, la esperanza perdida, el estímulo necesario... Estaba en esas divagaciones que me conducían a la locura de otro tiempo cuando descubrí la mirada cálida de mi compañero. Y por un instante la profundidad de esa oscura mirada me tranquilizó.

Sólo que a medida que avanzaba la tarde también avanzaba mi confusión. Estaba con esas divagaciones cuando volví la cabeza y vi media docena de coches negros que acompañaban un féretro. Las numerosas coronas de flores competían en brillantez con el sol del atardecer. En la comitiva las mujeres vestían rigurosos lutos, los hombres trajes oscuros, y alguna anciana lloraba desconsolada. Me dirigí a su encuentro. Parecía que nadie se molestaba con mi presencia, por lo que continué, siendo uno más entre todos ellos.

Hacía tiempo que vivía frente al cementerio, pero, como he dicho, no por eso había entrado. No me gustaba el lugar, aunque me atraía de una forma especial. La fría sensación del mármol de sus lápidas, los panteones con sus ángeles de piedra, las flores marchitándose bajo el sol, y ese olor a muerte que se respiraba, contrastaba con el verde intenso de sus árboles. Cuando quise darme cuenta, me vi poniendo el pie en el umbral del camposanto.

En ese instante todo giró a gran velocidad a mí alrededor. Las personas, los árboles, las lápidas se deformaron con gran rapidez. Las formas naturales desaparecieron y como en un torbellino formaron un caos de colores y formas que me envolvió a mí también. Pero tas la rapidez con que comenzó aquella sinrazón, se detuvo bruscamente y me encontré encerrado en medio de aquel cortejo. Sólo que no era un cortejo fúnebre. Todo había cambiado. Era frío, oscuro, con un olor nauseabundo, intenso. Quise moverme, pero algo me lo impedía. Mis manos no me respondían. Mi voz no quería salir de mi garganta. Y esa oscuridad. Cada vez más densa, más profunda. Al fin, algo semejante a una pared detuvo mi camino. Estaba encerrado, prisionero en algún cuarto oscuro y pequeño. Unos muros limitaban mi movimiento. Estaba aterrorizado.

No recordaba cuándo fue la última vez que sentí miedo, pero en aquel momento, la angustia y el terror me llevaron a experimentar el deseo de gritar y pedir auxilio. ¿Cómo había llegado hasta allí? Apenas podía moverme, aun así intenté encontrar una salida, pero todo fue en vano. Aterradoramente angustiado, escuché una voz que me llamaba, al tiempo que una débil luz alumbró un pasadizo frente a mí. Noté que podía moverme y salí rápidamente de ese angosto lugar dirigiéndome a la voz.

Para mi sorpresa, me vi de repente en el cementerio. Un grupo de gente caminaba cerca de mí. Me tranquilicé y decidí seguirles. Todos parecían alegres, hablaban y reían unos con otros. Quise comprobar qué sucedía. Me sorprendió. Era como un baile de disfraces. Había gente con ropas actuales y de época. Me dirigí a un caballero con levita y sombrero de copa (esto me hizo sonreír) y le pregunté: “Perdón, ¿puede decirme quiénes son ésos?”, señalando al resto de personas que parecían pasear por el cementerio. Él me miró y me dijo muy serio: "¿Acaso no lo sabe? Querido amigo, aquí estamos al fin buenos y malos, sabios y locos, indecentes y ridículos, honestos y viciosos. Somos parte de este hormiguero, y todos parecemos virtuosos, sólo que en vida lo disimulamos como nadie, ja, ja, ja”.

¿Cómo que en vida? Su risa me estremeció. ¿Qué estaba diciendo ese insensato? (Reconozco que me encolericé). Seguro que se trataba de un desvarío de ese viejo. Hacía unos segundos estaba allí fuera, sentado con mi compañero, hablando con él, y decidí entrar a...

“...No, un momento. Así no puede ser este asunto. Éste no es mi sitio. No se llega aquí porque decidas entrar o porque se tenga un mal momento. Tengo que salir de aquí”.

Grité: "¡Tengo un amigo que me espera fuera! ¡Tengo que salir!".

Entonces lo descubrí. Era su mirada. Sí, se trataba de él. ¡Estaba allí! Corrió al verme y se lanzó sobre mí haciéndome caer. Su larga y fría lengua me lamió todo el rostro dejando un rastro pegajoso.

"Está bien, vamos, quieto", le dije. Y sin dejar de mover el rabo, se pego a mí. Una vez más, los dos juntos. Me dirigí a la puerta. Quería salir. Me lo impedía la gente que nos rodeaba, señores con libreas y jóvenes que correteaban por las calles que formaban los nichos. Las damas con chales hablaban con las jóvenes con pantalones vaqueros. Se les veía muy complacidos a unos y otros. Mi compañero correteaba sin cesar. Pero yo no sentía deseos de quedarme. Allí estaba la puerta y quise salir. Alguien cogió mi mano y me giré. Se trataba de una bella dama con largo vestido de gasa blanca y una cordial sonrisa en su rostro de porcelana:

-¿Al fin, cariño, te has atrevido a entrar?

-¿Qué quiere decir? –respondí.

-Llevaba esperándote hace tiempo –me contestó-, te veía allí fuera sin decidirte a entrar y por eso te envié a Sultán.

-¿Que me esperabas?

-Sí, cariño –dijo ella-, aquí todos estamos esperando a alguien. Hace años que te veo ahí sentado, desde el lejano día en que, en mitad de tu locura, me acerqué y te besé...

-No comprendo. ¿Que me besaste? ¿Cuándo fue...? No, yo sólo me desmayé...

-Lo sé, no es fácil, pero… déjate guiar por mí, te prometo que será divertido.

Y cogiendo mi mano. me llevó con toda suavidad hacia uno de los pasillos. Al fondo, un hermoso panteón. Entré con ella. Estábamos solos, cuando aproximándose me acarició los labios con sus frías manos. Me susurró unas palabras al oído, en las que me indicaba que me dejara llevar. Obedecí. Ella acercó sus labios a mi cuello, donde dejó su mortal beso. El mismo que sentí aquel día en la calle. Noté la presencia de alguien más en aquel lugar, entonces no pude ver quién era. Sólo recuerdo que, al sentir una aguda punzada en el cuello, me vino a la mente como un relámpago, algo que había leído de Lord Byron.

“(...) enviado a la tierra como vampiro, tu cadáver escapará de la tumba y rondará cual fantasma tu pueblo, chupando la sangre de todos los tuyos, hija, hermana, amiga, esposa, secando la fuente de la vida (...)”.

Fue entonces cuando lo comprendí: ¡yo era uno de ellos!