Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 55 - Verano 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Finalista foto 1. Presencia y ausencia Isadora Willson Gazmuri

VIII "Concurso Una imagen en mil palabras"

 

Una silueta negra que camina, que se recorta contra el brillo del fondo, que mira hacia abajo como buscando algo, probablemente algo en sí mismo que no se ve con los ojos. Todo es luz y sombra, como un sueño de media tarde en primavera. El mar aguarda en silencio y el horizonte se esconde tras el rompeolas impidiendo descubrir su lejanía. Las embarcaciones esperan, sólo esperan. La silueta sigue caminando en la orilla. Un aire melancólico empapa su imagen, una mano hacia el labio acerca quizás un cigarrillo, o apunta una duda, acaso surge una idea, tal vez contiene un remordimiento. La otra, rendida al costado, se detiene en un ínfimo instante extraviado en el negativo. La espalda, levemente curvada hacia delante parece acarrear el peso del pasado, de una historia que no ha sido contada. Las piernas no piensan en el lugar de destino, ni dejan huella sus zapatos. Cielo y mar teñidos de cobalto, divididos por una línea intrusa que cae en una diagonal levemente inclinada hacia la derecha. Ese es el límite, un bloque de irrefutable negrura, que se funde en el contraluz de un velero impertinente. Pareciera ser que no hay nada más allá y sin embargo sabemos que la continuidad del agua se extiende hasta otras costas. Los matices del reflejo parpadean y mis pupilas tiemblan al mirar el monocromo de azules en blanco y negro. Un sonido queda en todo esto, armonizado entre el murmullo del viento leve en las olas, el eco de unos pasos extraviados en el paisaje, el motor de una embarcación que vuelve a puerto, el rumor distante de otras presencias fuera de cámara. La silueta sigue recortada contra el fondo, un delicado halo de luz bordea su cabeza de perfil al mundo, ajena e indiferente a su entorno, anónima en su penumbra, romántica al fin y al cabo. El mar espera, no tiene prisa.

Quietud insolente, espasmo invisible, letargo de tarde de domingo. Me hipnotizo ante olas sin espuma, pequeñas insinuaciones onduladas que se mecen como un bebé en el regazo de su madre.

Olvido los minutos y las horas en la contemplación, voy a tientas posando la mirada en cada fragmento del panorama, en un gesto casi detectivesco, casi obsesivo. Y sin embargo, todo sigue inmóvil. La historia se repite, una silueta a contraluz recortada contra el resplandor. La sigo con la mirada, especulo sobre su próximo movimiento, adivino un nombre entre miles, invento una identidad que se adecúe a los signos, me rindo en la omisión, ¡qué más da si Pedro o Rafael! Él va hacia alguna parte, probablemente sin saber que alguien lo observa desde el objetivo, y que luego otro u otra volverá a ser espectadora de ese paseo, tal vez rutinario, tal vez no. Observo la presencia de su ausencia. Un tiempo a la intemperie, un espacio indefinido, la soledad velada caminando frente a mí. Busco el rastro en la sombra, la certeza en lo que contemplo desde el fondo y me encuentro sumergida en una visión casi lunar que amenaza con llevarme dentro. Me transformo en la observación, hago conjeturas, fantaseo, proyecto historias, invento un relato que ya no sé si habla más de la imagen y ese personaje que la atraviesa, o de mi misma y mis propios desvelos. ¡Qué más da! Fijo la mirada en ese rastro de luz sobre la cabeza del sujeto, única cosa que divide su figura del fondo rectilíneo, parece casi un recorte sobre la imagen y me pregunto si será un encuentro casual o un efecto buscado. Supongo que quien dispara el obturador busca este juego de luces y sombras, de aquí y allá, de ver y no ver. No llegaré a saberlo, pero sí sé que ese pequeño trazo marca una diferencia en la mirada. La figura ignora el fondo, yo no dejo de observarlos a ambos. Imagino que toco su hombro y lo saco de sus cavilaciones, comienzo un diálogo confuso, lleno de supuestos sin evidencias, me dirijo a un callejón sin salida donde pongo al descubierto mi voluntad voyerista. Quizás sería más oportuna una invitación a callar juntos un segundo, o dos, o tres, en la complicidad que encierra un silencio compartido. Para luego, seguir cada uno su recorrido en sentidos opuestos, sin promesas de presente, ni recuerdos de futuro. Como si nada hubiese pasado. Finalmente decido que también quiero ser una incógnita, un punto seguido en el relato. Añoro la visión del horizonte al final del océano, perder la vista en él, seguirlo con los ojos como redibujando el contorno, la línea que divide agua y aire, la curva que nos evidencia una vez más que la tierra es y sigue siendo redonda, o casi. Quisiera atravesar el rompeolas, pararme hacia el frente y contemplar ese infinito, más allá de este ángulo obtuso que no hace otra cosa que obligar a desea otra cosa, a anhelar una perspectiva diferente. ¿Hay alguien en la otra orilla que mira en esta dirección? Un hombre de unos 60 añoscamina junto al mar con la cabeza gacha, mira sus pasos al caminar, prescinde del paisaje que lo rodea, alguien lo observa en su trayecto, pareciera no saberlo o simplemente lo aparenta. De todos modos si girara la vista hacia nosotros, no conoceríamos su identidad, el contraluz lo protege, guarda su anonimato como un misterio que no quiere ser revelado. No hay signos de otra presencia, más que la evidencia de un encuadre fotográfico. ¿Qué será aquello que lo mantiene lejos del presente, de ese ínfimo instante grabado en la imagen?. La captura de ese momento lo vuelve presa indefinida de nuestra mirada, sin embargo no ha sido aún descubierto del todo. Una silueta camina a la orilla del mar, la contemplo desde otro lugar, en otro tiempo. A esta hora en que la ciudad comienza a calmar su euforia cotidiana y da paso a otra posibilidad de reflexión,me convierto en testigo de su paso inmóvil a través de la pantalla llena de pixeles.