Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 54 - Primavera 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El dilema del colchón Fernando Ugeda Calabuig

Este relato ha obtenido el Primer Premio en el XXII Certamen Literario Villa de Almoradí. (Alicante)

 

He vuelto a hundir el cuchillo en su pecho. Hay noches que lo clavo hasta el mango, mientras que otras veces tropiezo bruscamente con un hueso. Será una costilla, me digo, y me quedo tranquila, sentada en el borde de la cama, contemplando cómo brota la sangre y resbala por su torso desnudo. En ese momento pienso: las sábanas las tiro, pero ¿qué hago con el colchón? Lo he matado tantas veces que debería estar acostumbrada a hacerlo; aun así, cada noche sigo empuñando el cuchillo con el mismo temblor con el que ahora remuevo el café con leche de las siete de la mañana. Cuando lo apuñalo me pregunto por dónde se escapa el alma. ¿Sale por la boca, por los poros de la piel o abandona el cuerpo a través del ombligo? ¿Me contemplará entre brumas sabiendo que fui yo quien le expulsó de la vida? Siempre ha tenido el sueño profundo. Pasar del sueño efímero al sueño eterno le resultará un trance apenas perceptible. Aunque para ser justos debería procurarle algo de dolor, al menos una infinitesimal parte del que él me ha infligido.


La primera vez me sentí conmocionada. A pesar de mi turbación, confié en que no volviera a repetirse. El terror comenzó a partir de la segunda paliza. De ahí en adelante él se convirtió en cazador, yo en presa. Mi castillo se transformó en celda, las rosas del jardín en cadenas. Reflexiono y me doy cuenta de que todo empezó mucho antes de la primera bofetada. Recuerdo cómo fue cambiando la palabra “cariño” por la de “inútil”, y el modo en que fue acotando mi autoestima hasta no caber ni un pie dentro de ella. Cuando se arrepiente llora ante mí igual que si fuera un niño. Me pide perdón, jura que no volverá a hacerlo y me cuenta que su falta de control está motivada por el inmenso amor que me tiene. Después me explica que es un hombre de fuerte carácter, él utiliza ese eufemismo para describir la mala leche que nace en la negrura que tiene por entrañas. Pero ya no me engaña. Yo sé que el amor no puede herir de esa manera, no puede golpear con tanta saña. He amenazado con dejarle, y me ha jurado que si lo hago me matará. Temo que ésta sea la única promesa que convierta en realidad. Por eso sigo durmiendo a su lado, aguantando sus malolientes jadeos cuando decide utilizar mi cuerpo, sin consentimiento previo, igual que si fuera una burda posesión más. Él ignora que desde hace tiempo tomo anticonceptivos en secreto, ¿qué oveja en su sano juicio tendría descendencia con un lobo hambriento?


Al principio me sentía impotente ante esta situación. Maniatada por cuerdas invisibles, me creía prisionera de su incontenible violencia. Ahora sé que la prisión que habitaba era la de mi propia conciencia. Hace tiempo me propuse no soltar ni una sola lágrima en su presencia. Mi fingido estoicismo le hace creer que soy una mujer fuerte, que sus golpes no duelen, por lo que cada vez me sacude con mayor dureza. Y aunque arrastre dolorida la condena que pesa sobre mis tristes huesos, en cuanto le oigo llegar simulo entereza, todo con tal de robarle la victoria de verme temerosa y vencida por su crueldad.


Cuando me miro al espejo me pregunto qué fue de la niña que soñaba habitar un país exótico, ser un poema inacabado y cabalgar abrazada a su héroe rumbo a la puesta de sol. Y lo peor de todo, lo que más lamento, es que le he querido con locura. De novios nunca me importó que en su balanza pesaran más los amigos, ni que coqueteara abiertamente con otras mujeres. Era tan ingenua que me bastaba con quererle, por eso odio que se haya hecho merecedor de mi olvido. Pienso en las palabras de amor que fuimos ahorrando como verdaderos usureros de cariño, y aún recuerdo cuando las manos que ahora son látigos rociaban mi piel de caricias. Tonta de mí, a veces echo de menos el veneno y la aspereza de sus labios. Quizá por eso, por cobarde y estúpida, a menudo creo merecerme parte del castigo. Pero cuál ha sido mi ofensa..., ¿tratarlo a cuerpo de rey? Contadas han sido las ocasiones en que no he tenido la mesa puesta, la muda limpia y la cama dispuesta. Sí, mi árida piel se agrietó, mi amor se secó y no queda en mi boca saliva suficiente ni para lanzar un escupitajo. Maldigo las alas que nunca tuve para volar lejos de este desierto, y sospecho que su frontera bordea con otro más arenoso e implacable. A partir de ahora, ¿cómo confiar de nuevo en un hombre? ¿Cómo creer en las huecas palabras que todos pronuncian en balde? Quisiera gritar la verdad para que todos sepan de una vez por todas de qué pasta está hecho ése que algunos creen mi salvador. Detesto el secreto y las mentiras, la forma en que me abraza delante de la gente, cómo me alaba ante mis padres y el modo en que pronuncia la palabra “cariño”, tan empalagosa que llega a desgastar las consonantes. ¡Hipócrita! A la postre siempre hay una amiga resuelta que dice: “¡Ay, nena! Ya me gustaría a mí tener un marido la mitad de atento que el tuyo”. Entonces noto cómo su ego se infla y se deforma, iluminando su ladina sonrisa, reverberando en el hielo de sus pupilas. He descubierto que el ego no ocupa espacio. De no ser así, él habría reventado hace tiempo expandiéndolo mezclado con sus tripas.


No me permite maquillarme, ni siquiera componerme discretamente para salir a la calle. Insiste en que el arreglo me convierte en una mujer superficial. “Recógete el pelo en un moño, o hazte una cola de caballo, que una mujer decente no necesita más que ir peinada y llevar la cara lavada”. Con frecuencia recurre al alcohol para ahogar al diablo que lleva dentro, y después de la paliza intenta justificar sus actos a media lengua. ¿A quién pretende engañar? Para él no existe más razón que la fuerza. A medida que esta situación se prolonga, me veo cayendo en un abismo en el que la luz se aleja a cada metro que desciendo.


La última Nochebuena, durante la cena familiar en casa de mis padres, mi madre se dirigió a mí y me preguntó con gesto entrañable:

-¿Habéis pensado en tener hijos?

-No ponemos impedimentos, pero la Naturaleza es muy sabia -respondí con ironía.

La velada transcurrió entre risas y alharacas sin que yo pudiera presagiar que la mar pronto perdería su calma.


Lo primero que hizo al llegar a casa fue quitarse la chaqueta y colgarla en el perchero del recibidor. Lo siguiente, lanzarme una sonora bofetada que dio inicio al ritual de golpes.


-¡Así que la Naturaleza es sabia! –sus ojos centelleaban.

-¡Ha sido una broma!

-He de reconocer que cuando quieres eres muy chistosa. Has insinuado que si la Naturaleza es sabia no me permitirá reproducirme.

-¡No lo expresé con esa intención!

-¡Todos se han reído a mi costa!


Si me protegía la cara el golpe iba derecho a las costillas, y si bajaba las manos entonces estaba realmente perdida. De improviso, me agarró del pelo y me condujo a rastras hasta el dormitorio. Allí me lanzó sobre la cama, me arremangó el vestido y, forcejeando, me arrancó las bragas.


-¡No, por favor! –grité presa de la histeria-. ¡Ahora no!

-¡A ver qué tiene que decir la Naturaleza acerca de esto! -Se bajó los pantalones y se desplomó sobre mí.

Cerré las piernas de forma instintiva. Su respuesta fue levantar el puño y mantenerlo en alto sobre mi rostro. ¿Me resistí acaso? En absoluto. Claudiqué al instante con los ojos anegados de lágrimas. De esta guisa aguanté pacientemente sus embestidas, los resoplidos en mi cuello, la pestilencia que procedía de su aliento. Una vez se hubo vaciado dentro, se apartó de mí y me ordenó que fuese a dormir al sofá. Y allí fui, obediente como un perro, sumisa como una esclava, al destierro del diván. A cada paso sentía cómo el lento reguero de esperma resbalaba muslo abajo por la cara interna de mis piernas. Debería haberme duchado, lo sé. Pero en aquel momento yo sólo deseaba encontrar un rincón desconocido de la casa, un escondrijo donde arrugarme y empequeñecer hasta quedar convertida en un punto invisible a sus ojos. Desaparecer, sí, ésa es la palabra. Ahora solamente pido que alguien escuche mi silencio, ya que gritar se me tiene prohibido.


Le oigo levantarse, así que he de apresurarme y prepararle el desayuno. Supongo que esta noche el sueño se repetirá por enésima vez. Cogeré el mismo cuchillo y volveré a clavarlo en su pecho, sin emoción aparente. Y así he de seguir, hasta que un día de estos sepa qué narices hacer con el condenado colchón.