Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 56 - Otoño 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Cesare Pavese: poesía italiana para no olvidar (parte I) Jesucristo Riquelme

 

                                                                                                     

e fermarsi sul viale a guardare la luna,

ma trovare al ritorno una donna sommesa,

una donna tranquilla, in atessa paziente,

[perche] uscir fuori alla luna,

se nessuno l’aspetti, non vale la pena.


Cesare Pavese

       

Ha sido, en los países de lengua hispana, el oficio de trujamán –como decía Julio Cortázar–, esto es, la traducción adversa, la que ha desvanecido la relevancia del Pavese poeta. El éxito de sus novelas, además, amortiguó pronto el eco de su primer cancionero –Lavorare stanca (Trabajar cansa)–, único publicado en vida. Asimismo la intrínseca dificultad de su breve producción poética, por la condensación de motivaciones interiores y de valores universales latentes en un arte de laboriosa objetividad, se agrava por el empleo de un riguroso registro idiomático, lacónico y emblemático, basado en la reiteración obsesiva de temas y símbolos, a la búsqueda de una abstracción o conceptualización de la honda realidad para introducirse en ella y juzgarla. El lector, a través de una comunicación indirecta, ha de reconocer y valorar la auténtica realidad. En esto estriba, según Ítalo Calvino, el valor único de Pavese, y a la vez aquí comienza el impedimento mayor de su comprensión...

La poesía, dentro de la obra completa de Pavese, marca el principio y el fin de su vida literaria: etapa preparatoria de la prosa (desde 1931 a 1943, Trabajar cansa) con sus técnicas y sus fundamentos temáticos ya consolidados, y broche o cierre de una producción con sentido completo, que no queda inconclusa por la muerte “pre-matura” del escritor (1950, Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, poemario póstumo).

 

Cesare Pavese funciona en su obra poética al margen de la tradición italiana. Surge sobreponiéndose a la moda retórica del período de entreguerras y de la segunda guerra mundial, esto es, su tiempo creativo: 1930-1950. Indaga sobre lo esencial, lo sobrio, que políticamente representará una contraposición a la estética fascista. Pavese supera el clasicismo arcaizante de los rondistas (Cardarelli, Bachelli, Pascoli, Cecci, Carducci), que han de revitalizar a Leopardi, a Manzoni o a Dante; la elemental tristeza de U. Saba; el refinamiento decadente de G. D’Annunzio y la inmediata reacción antidannunziana de los crepuscolari; el purismo de los ermetici (Ungaretti, Montale, Quasimodo) y la prosa d’arte. Los nuevos tiempos imponen nuevas exigencias y un nuevo rigor poético: se abandonan retoricismos ampulosos que engolaban contenidos exóticos, evasivos o superficiales; se experimenta y se crea sobre temas cotidianos y sencillos, dignificando formas aparentemente elementales: la concisión de la palabra justa, la eliminación de lo superfluo; todo ello a favor de la brevedad elevada a la categoría de gnosis humana –como establece Ayala– con unos mínimos expresivos léxicos. Pocas palabras e invitación a la captación del conocimiento, a la indagación en la realidad como reflejo del ánimo y el comportamiento humanos después de una honda reflexión literaria y moral que el poeta brinda con guisos de simplicidad. 

Este estilo realista, que selecciona y densifica la palabra, con fuerte capacidad crítica y sentido ético recoge los frutos de los patriarcas de la poesía moderna: los simbolistas franceses y Walt Whitman (al que dedica Pavese su tesis di laurea en 1930). Whitman da pie a Pavese para que aprecie las posibilidades de un elaborado lenguaje directo, vivo, palpitante como el extraído de la propia lengua hablada; coloquialismos (más empleado aún por Pier Paolo Pasolini) o el dialectalismo que aparece bajo la jerga piamontesa (en especial en la obra juvenil y narrativa). Pavese pretende que su poesía elimine toda gala externa, para proporcionar la apariencia de verismo en su tridecasílabo, a veces dodecasílabo, para su primera entrega poética), y cuenta, relata, a modo de objetiva contemplación paisajes y hechos, sin claudicar a la impresión de que sojuzga subjetivamente. Esta inquietud ética de la vida cotidiana, de la intrahistoria, de los pequeños pero capitales sucesos de la existencia personal, los que proporcionan la felicidad o la desdicha, se convertirá en la base del neorrealismo de sus novelas.

 

 

No se recuerdan los días, se recuerdan los momentos

En Santo Stefano Belbo, pequeño pueblo piamontés, cerca de Turín, nació Cesare Pavese el 9 de septiembre de 1908. La vida de campo, el sosiego y el respeto de los valores pasados dejarán huella decisiva en su creación literaria. En 1914, cuando Cesare tiene ocho años, muere su padre: será la causa del primer trauma conocido. Su madre compensará la ausencia del marido educando de modo bastante rígido a su hijo. Marcha a la agitada e industrial Turín, donde estudia. Trabaja impartiendo clases en una escuela hasta que, en 1937, ingresa y dirige la editorial Einaudi.(1) Ha sido “traductor del americano” y resulta de enorme importancia este hecho en cuanto que acerca autores de primera fila –Faulkner, Dos Passos, Hemingway, Cummings, Lee Masters, Sherwood Anderson, Gertrude Stein, Steinbeck...) a la cultura italiana de los años 30 del siglo XX y configura su obra –por el uso del objetivismo, del slang, y por el valor del eticismo como cosmovisión–. Pavese, con sus traducciones y su crítica literaria acercó a la cultura italiana temas diferentes, raramente abordados con anterioridad, como el idealismo y el marxismo, o temas etnológicos y psicológicos de nuevos cuños. Ahora bien, todavía de mayor

condicionamiento resultan los episodios amorosos, ya que inciden en el proceso de producción poética. Amores, siempre efímeros y frustrados, que causan una estética, un tono... y una muerte. Entre 1930 y 1936 transcurre su primera gran peripecia amorosa con T. [Tina], «la mujer de voz ronca», estudiante de Matemáticas y afiliada al PCI [Partido Comunista Italiano; siglas pronunciadas “pí-chí”]; por su causa (por guardar la correspondencia con ella) sufre la angustia de ser encarcelado –el 15 de mayo de 1935 en Turín– y confinado a Brancaleone (en la costa sur de Calabria) tres años. Protesta por su apresamiento porque él no se considera político, y es que, en realidad, su única vertiente política radicaba en que sus amigos pertenecían al movimiento de resistencia antifascista Giustizia e  Libertà.102(2) Los poemas de contenido político no son abundantes, pero sí hay en Trabajar cansa algunos versos de protesta y rebelión que no sólo se quejan de las posturas represoras sino que también los hay que no toleran actitudes pasivas o inoperantes de los movimientos de resistencia antifascistas:

 

También él acudió a Turín, para labrarse un porvenir,

y encontró injusticias. Aprendió a trabajar

en las fábricas sin una sonrisa. Aprendió a medir

el hambre de los demás con la propia fatiga

y encontró injusticias por doquier. Intentó hallar sosiego

transitando, soñoliento, en la noche,

por calles interminables, pero tan sólo vio millares de faroles

encendidísimos sobre iniquidades: mujeres roncas, borrachos,...

Aceptaba el trabajo

como un penoso destino del hombre. Mas, si todos los hombres

lo aceptasen, reinaría la justicia en el mundo.

De repente gritó

que, si la luz del sol arrancaba blasfemias

o si el mundo sufría, no era por el destino:

la culpa era del hombre. Si, por lo menos, pidiésemos irnos,

pasar hambre en libertad, decirle que no

a una vida que utiliza el amor y la piedad,

la familia, el trocito de tierra, para atarnos las manos.

(«Fumadores de papel». Traducción de C. José i Solsona).

 

El hombre inmóvil tiene ante sí colinas en la oscuridad.

Mientras estas colinas sigan siendo de tierra,

los aldeanos deberán azadonarlas. [...]

El hombre inmóvil –que estuvo en la cárcel– mañana prosigue

su trabajo con escasos compañeros. Esta noche está solo.

Las colinas le saben a lluvia: es la fragancia remota

que llegaba a la cárcel, a veces, con el viento.

A veces, llovía en la ciudad: una total apertura

de la respiración y de la sangre en la calle desocupada.

La cárcel, a veces, también filtraba el sol:

los compañeros esperaban y el futuro esperaba.

(«Leña verde»)

Pero es que el compromiso político en Pavese no se alza sobre la fe utópica o la confianza consoladora de una mejora moral de la humanidad, sino que más bien el vacío doloroso del porvenir, del futuro de una vida que no encuentra sentido en su parcela personal ahoga toda esperanza y lo hunde en un nihilismo atroz: «La única y exclusiva razón de la moralidad individual es que un día se morirá y no se sabe de después».

       

Merced a una petición de gracia, liberado, regresa a Turín el 15 de marzo de 1936 y se encuentra con la desagradable sorpresa de que T. está prometida a otro hombre: comienza la tragedia íntima de su vida y se sume en la gran amargura de ser un hombre fracasado siempre en el amor; es su segundo gran trauma. Se aísla, no ve a nadie, apenas come y ya piensa obsesivamente en el suicidio: «Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada». Es así como su diario, iniciado precisamente en 1935, racionaliza su corriente misógina y la arguye como justificación del suicidio: «Era necesaria la impotencia, la convicción de que ninguna mujer goza conmigo, de que nunca gozará (somos lo que somos), y he aquí esta angustia... Pero éste es verdaderamente el dolor que mata toda energía: si uno no es hombre... si debemos andar entre mujeres sin poder pretenderlas, ¿cómo darse fuerzas y resistir? ¿Hay un suicidio mejor justificado?» (El oficio de vivir, 23 de diciembre de 1937).

Después, mantiene un idilio con Fernanda Pivano, entre 1940 y 1945: pero ésta se casa con otro en 1946. Su tendencia a vivir su drama individual por encima del colectivo se agudiza.

Era un momento clave: cuando cree haber hallado la felicidad, se diluye. El derrumbamiento es inminente. No obstante, en 1945, su euforia y la fidelidad a los amigos le hacen ingresar al PCI.(3) Finalmente, en 1950, la tragedia se precipita: en enero inicia un romance con Constance Dowling, actriz norteamericana, pero ella ha de regresar a su país en abril; amor y muerte definen al poeta: había sido el desesperado intento, el expectante deseo de aferrarse a la vida. En agosto, el postrero tropiezo con Pierina lo aboca, agotado y sin capacidad de resistencia, a una dosis mortal de somníferos (26 de agosto de 1950) en Turín. La clarividencia de sus últimos instantes es desoladora: Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más (El oficio de vivir, 18 de agosto de 1950). Pavese ha logrado dominar su creación, deja su obra cerrada, sin truncar, sin fisuras. estremece, por fin, la frialdad del suicida que antes de darse muerte visita los archivos del periódico L’Unità ¡para comprobar que disponen de alguna buena fotografía suya!(4)

   
 

Tras los escarceos líricos de adolescencia y juventud, alcanza con el poema «Los mares del sur» (1930) la calma del ritmo ternario en versos de trece sílabas y la claridad de lo narrativo-discursivo que brota con espontaneidad pulida; y con «Antepasados» (1932) abandona el diletantismo e inicia la conciencia poética que recogerá en su primer cancionero. Pavese escribe tan sólo dos poemarios: Lavorare stanca (Tabajar cansa) recoge su producción de 1930 a 1943, y Verrà la morte e avrà i tuoi i occhi (Vendrá la muerte y tendrá tus ojos), con poemas comprendidos entre 1945 y 1950. El debate entre ilusión y desesperación supone la trama interna que da continuidad según una jerarquía de momentos intensivos a toda la obra poética; incluye diversos ciclos dedicados y nacidos del sentimiento de amor-ausencia que conoció: «Poemas de desamor» (1935-1938), por T.; «La tierra y la muerte» (1945-1946), por la Pivano; y «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos» (1950), por Connie Dowling.

     

Lavorare stanca tuvo dos ediciones: a la primera de 1936 sucedió otra, en 1943, ampliada. Trabajar cansa supone un intento de búsqueda y escudriñamiento literario y vital; concluye con una visión engañosamente esperanzadora a veces y siempre voluntariamente ambigua: algunos poemas escritos con esfuerzo para eludir el tedio parecen colmados de futuro halagüeño. El mismo título –‘trabajar cansa’– acopla la exaltación del trabajo y de la vida vagabunda, tal como se aprecia en la obra de Whitman, aunque en Pavese carece de alegría, porque no llega a integrarse en un sistema hostil: adolescente en un mundo de adultos, sin oficios en un mundo de trabajo y dinero, sin mujer en un mundo amoroso y familiar. Se llegan a oponer asimismo la virtud del piamontés despreocupado e inconsciente al formal, trabajador y estoico; la indisciplina a la disciplina, en su acepción de acatamiento del orden diario que obliga al trabajo:


 

                       El trabajo

(el hombre solo no puede dejar de pensar en el trabajo)

vuelve a ser el antiguo destino que es hermoso sufrir

para poder pensar en él.

                       («El vino triste»)

 

                    Dice un obrero flaco

que, de acuerdo, uno deja la piel en el trabajo,

pero lo que es comer, se come. Incluso se fuma.

El hombre es como un animal, que no querría hacer nada. [...]

Todos piensan en eso,

esperando el trabajo, cual rebaño con desgana.

                       («Exterior»)

 

Y eso no es lo peor porque el trabajo aísla –tras reunir– al hombre y no es suficiente:

 

el trabajo atolondra mi cuerpo y también las mujeres

                        («Manía de soledad»)

Porque sólo con el trabajo, los míos y yo no tenemos bastante

                         («Antepasados»)

 

En Trabajar cansa se encuentran todas las constantes del Pavese poeta (y del Pavese escritor): soledad como condena existencial, incapacidad de diálogo, añoranza de la mujer, el campo como mito desde el que se originan las primeras impresiones y la identidad del individuo, la figura del exiliado que vuelve al lugar de origen, buscando su propia infancia, persiguiendo la propia identidad... (5) En general, este libro recoge la aventura del adolescente que, orgulloso de su campiña, imagina que la ciudad es algo parecido, pero encuentra allí la soledad y la remedia con el sexo y la pasión, que únicamente sirven para desarraigarlo y arrojarlo lejos del campo y de la ciudad, a una más trágica soledad que es el término de la adolescencia –se descubre en este cancionero una coherencia formal radicada en la evocación de figuras plenamente solitarias, pero fantásticamente vivas en cuanto están soldadas a un breve mundo mediante la imagen interna.

El silencio es una enfática constancia: estamos ante la poesía del silencio, caracterizada por la falta de comunicación auténtica y sincera, tanto por la educación y la tradición campesinas como por la deshumanización urbana. El silencio, en versos tan amplios, que tanto tienen que decir, es un síntoma y un símbolo de la amargura del tiempo histórico y la fatalidad personal que vive el poeta: desencantos, ausencias, mujeres misteriosas e inalcanzables, toda la existencia contemporánea en entredicho, la espantosa soledad del hombre, en fin, que sabe que

 

Nada hay más amargo que el alba de un día

en que nada ocurrirá. Nada hay más amargo

que la inutilidad. [...]

¿Vale la pena que el sol se alce del mar

y que empiece la larga jornada? Mañana,

con la diáfana luz, volverá el alba tibia

y será igual que ayer y nunca ocurrirá nada.

El hombre solo quisiera únicamente dormir.

                     («La estrella de la mañana»)

 

Sólo nos falta un mar que centellee mucho

y que inunde la playa con un ritmo monótono.

Sobre el mar, ni sobresalen plantas, ni se mecen hojas:

cuando llueve sobre el mar, se pierde cada gota,

como el viento en estas colinas, que busca las hojas

y no halla más que piedras. Hay un momento, al alba:

en el suelo se dibujan las siluetas negras

y las manchas bermejas. Después torna el silencio.

                     («Paisaje V»)

 

Callar es nuestra virtud.

Algún antepasado nuestro debió encontrarse muy solo

un hombre entre idiotas o un pobre insensato–

para enseñar a los suyos tanto silencio.

                  («Los mares del sur»)

 

Mas, aunque el poeta simula aceptar la vida / como hay que hacerlo, en silencio («Mujeres perdidas») y conformarse,

 

Todas las cosas quedan aisladas ante mis sentidos,

que las aceptan sin desconcertarse: un rumor de silencio. [...]

                   Aquí solo y a oscuras,

mi cuerpo está en calma, se siente todo un dueño,

 

esa “manía de soledad” y ese silencio se deben a la alienación y a la deshumanización de la vida –de la cultura– actual, que le insta a refugiarse de los estruendos y la aceleración del ritmo urbano que no se preocupa de nadie:

 

También de noche circulan vehículos, si bien en silencio,

de modo tal que que el beodo, en su hoyo, ni siquiera despierta.

                  («Atlantic Oil»)

 

Esto deviene en un futil intento de escapar de la necesidad de lo que no se tiene –amor, casa...–

 

[¿]Vale la pena estar solo para seguir siempre aún más solo?

                   («Trabajar cansa II»)

 
       

La tristeza y la desesperanza que nutren el aliento del poeta es paliada por medio de la técnica de la regresión temporal: tan sólo el mito de la adolescencia y de la juventud perdidas, el de la constante y eterna colina, el del mismo mar contemplado al alba, hieren el tiempo y conjuran poética (anímicamente) las pesadumbres del devenir; un tiempo cuyo paso no logra que nada cambie en la explotación socio-laboral:

 

Un muchacho acudía a jugar a los prados

donde hoy se extienden las avenidas. [...]

Una tarde de luces lejanas retumbaron disparos

en la ciudad y por encima del viento llegó, pavoroso,

un clamor entrecortado. [...]

(Al día siguiente, los niños deambulan de nuevo

y nadie recuerda el clamor. En la cárcel

hay obreros silenciosos y alguno ya ha muerto.

En la calle han cubierto las manchas de sangre.

A lo lejos, la ciudad despierta bajo el sol

y la gente sale a la calle. Se miran la cara). [...]

Los muchachos pensaban en la umbría de los prados

donde alguna niña acudía. Era bello hacer llorar

a las niñas en la umbría. Éramos los muchachos.

De día, nos gustaba la ciudad: de noche, callar

y contemplar las luces, distantes, y escuchar los clamores.

Aún acuden muchachos a jugar a los prados

donde llegan las avenidas. Y la noche es la misma.

Al pasar por allí, se siente olor a hierba.

En la cárcel están los mismos. Y, como entonces,

están las mujeres que tienen hijos y que no dicen nada.

                      («Una generación»)

 

La comprensión y la delectación del pasado, los recuerdos, los retornos... son los mecanismos adecuados para alejarse de un destino fatal, obteniendo así la sensación de poseer la vida y fomentar la esperanza.

Pavese no cesa de emitir su mensaje a través de temas recurrentes, repetidos obsesivamente una y otra vez: esa “espléndida monotonía” convierte la vida en poema y logra su realce y su dignificación, amortiguando las siempre presentes sugerencias de cansancio, hastío y desolación finales. La recuperación nostálgica del tiempo y del paisaje conlleva en el fondo evocaciones de dolor, patentes en descripciones preñadas de ausencias, calladas mujeres, seres marginales (desclasados o no integrados). Ahora bien, la técnica literaria de Pavese evita la introspección tradicional y los recursos sentimentalistas, la plasmación completa e inselectiva de la campiña piamontesa: Describir paisajes, además, es cretino, confiesa a F. Pivano en carta de 1942; el poeta no presenta una descripción real o exhaustiva, sino que dirige su escritura a la inteligencia por medio de la abstracción, de la simplicidad de que dota a sus parcos elementos léxicos (colinas, campo, alba, piedras, mar...). Esta apropiación tan personal de la realidad descrita la erige no en marco de un suceso sino en protagonista viva, que es tanto como decir origen y destino del drama interior del hombre. Si esa realidad ha cambiado o se ha perdido se habrá de recurrir a la memoria, al regreso en el tiempo:

 

                     Cada aroma es un recuerdo.

De la oscuridad más lejana, surgió este viento

que se precipita sobre la ciudad: allá abajo, por prados y colinas,

donde todavía hay pastos que el sol ha caldeado

y una tierra tiznada por humores. Nuestro recuerdo

es un áspero olor, la parva dulzura

de la tierra destripada que en invierno exhala

el hálito de su interior. En toda la oscuridad,

se esfumaron los aromas y a la ciudad no llega más que el viento.

                      («Placeres nocturnos»)

 
       
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(1) Pavese se unió en 1937 a Giulio Einaudi y a Leone Ginzburg, cofundadores de la editorial Einaudi en 1933. Trabajó con un rigor exigente y exquisito, y permaneció como editor decisivo hasta el final de sus días, ya que Ginzburg, lamentablemente, murió torturado por los nazis en 1944.

(2) Así y todo, Cesare Pavese, sin dudas, tomó partido: de hecho, sus escritos antifascistas, publicados en la revista La Cultura, lo condujeron a la cárcel en 1935, antes de cumplir los 27 años. Además, durante la II Guerra Mundial formó parte de la Resistencia antifascista.

(3) Pavese fue llamado a filas para ser movilizado en la II Guerra Mundial, pero es dispensado por la enfermedad asmática que padecía. Refugiado en la retaguardia, no tiene contacto con los acontecimientos que sacuden Italia. Sin embargo, muchos de sus amigos, comprometidos activamente con la Resistencia partisana, mueren. Se produce una nueva crisis afectiva, pero esta vez también se extrema su conflicto intelectual, existencial, social y político: Pavese narrará estas circunstancias en su novela La casa en la colina, escrita entre 1847 y 1948.

(4) Pavese vivía con una hermana: Se suicidó en una habitación de hotel en Turín, después de haber recibido un premio literario por su libro El bello verano (1949).
(5) Según Pavese (al modo freudiano), en la infancia se crean mitos y símbolos que forman una especie de memoria atávica, memoria que determina (fatalmente) su personalidad y su destino.