Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 54 - Primavera 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Torrevieja y el mar: recuerdos y fuente de inspiración Antonio Luis Galiano Pérez

Conferencia V Ciclo Torrevieja y el Mar

Siempre he considerado el mar como un motor generador de riqueza, al igual que la tierra que da sus frutos tras la siembra de la cosecha, el agua da su provecho.
El mar, en masculino como vigor y temido; la mar, en femenino, como amorosa y delicada doncella salada.
El mar, la mar torrevejense ha sido el alma de esta tierra, con la pesca y la sal, y sobre todo con su mejor ganancia, la generosidad de sus gentes que han sabido y saben sacar de él lo mejor que tiene, el sudor que se funde con los grumos salinos y se desliza entre las escamas de sus pescados.
El olor y la aroma a mar, entre lo salino y la vida, entre la constancia y la lucha, entre la pervivencia y supervivencia, entre las dificultades, con la imaginación de sus comerciantes que han sabido sobrevivir en los momentos difíciles cuando en tres meses había que atesorar lo que permitiría la subsistencia de todo un año. Con sus gentes que renunciaban a las paredes de sus casas en época estival para cobijarse entre mantas y sábanas colgadas a modo de tabiques, para dejar sus domicilios en alquiler y así ayudarse a sufrir menos en inviernos de pocos recursos.
Salineros de ayer y de hoy, salineros de barcazas y cubos de hierro elevando el albo salado hacia las entrañas de embarcaciones de banderas lejanas, en las se fundían como en un babel bíblico las lenguas de otras gentes.
Salineros de ayer, con un trenecito que surcaba la población con diminutos vagones rebosantes de granos salinos.
Salineros del ayer, en unas legendarias eras desde las que un río de sal colmaba hasta la saciedad a las barcazas.
Salineros de la Torrevieja de mis recuerdos, en aquellos años de niño, en los que siempre supe que la sal era una fuente de vida y de riqueza para las gentes de esta tierra. Sal que generosamente entregaba el mar, que afloraba desde los tonos rosáceos de las aguas en la evaporación provocada por un astro que sólo aquí en Torrevieja reina como sol.
La sal, sal de Torrevieja, que arriba hacia la playa como dice el poeta Manuel Molina:


Por la brisa del agua
la sal navega
y brilla en la mirada
que se le entrega.
El mar y el cielo
y la tierra redonda
como un pañuelo.
Desde el mar a la tierra
hay cuatro pasos,
dos noticias de verde
y dos de barro.
Ay quién pudiera
desde la mar a la tierra
ver la ribera.
Desde la vela blanca
el sol es blanco
y la barca dorada
y gris el barco.


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Marineros, de piel curtida por el mar, que en su singladura de más o menos cabotaje, buscaban el sustento de su familia, arribando a puerto con las cajas empapadas de agua marina que desprendía el pescado.
Marineros que calaban sus redes aguardando que se vieran henchidas de especies para ser subastadas y a la espera de su rancho que, después de camino a su casa, o ya en ellas, sus mujeres ofrecían a los vecinos a un precio más económico, pero con toda la frescura del pescado recién extraído de la mar.
Marineros que surcaban mares lejanos dejando mujer e hijos durante meses en busca de su sustento, y que cuando llegaban acudían a la tertulia, siempre al amparo y cerca del muelle.
Aquellos hombres del mar, como los veía y a los que escuchaba el profesor y ensayista  Antonio Sequeros:

“Me gusta hablar con estos hombres vecinos del mar, que el mimetismo ha impreso en ellos una especie de fisonomía, que se expresa, sobre todo, en el verde azulado de sus pupilas. Y me gusta hablar con ellos por la amplitud y anchura de su mirar, por el rumor contagioso y fértil de su palabra. Y, aún más, por su fantasía, maravillosa y fecunda, como el mar inmenso de su horizonte.”

Aquellos marinos torrevejenses que sabían permanecer en silencio, soportando las extensas noches entre levantes y lebeches, entre buena y mala mar, conservando siempre presente a los suyos, que en tierra esperaban su regreso.  

“No sintiendo el vértigo del mar, siente en cambio, el del silencio. Resulta sobremanera difícil tenerle callado por mucho tiempo, y, con el más ingenuo pretexto -en todo él hay mucho de ingenuidad- espeta el hilo de su palabra, cálida, contagiosa y apasionada, entretejida de metáforas y rápidas evocaciones.”
“A veces, estos hombres vecinos del mar, parece como caen en un profundo sopor, dando la sensación de estar dormidos, y, es, entonces, cuando está más al vivo su fantasía, que, cual alado clavileño, corre volando tras la dorada ilusión.”

Continúa Sequeros y prosigue definiéndolos:

“Son activos y emprendedores. La pereza en ellos es sólo una apariencia o un compás para el ensueño. Aspiran a la riqueza y a la fama, y no regatean ningún esfuerzo, por arriesgado que sea, para lograrlo. El mar es para ellos la invitación a la aventura, como un camino, familiar y compañero, siempre abierto a todos los rumbos, que ellos surcan una y mil veces, con ansia de novedad y de sorpresa. Y, derrotados o triunfadores, vuelven siempre al punto de partida, gozosos de remozar, continuamente, en sus charlas, salpicadas de chispeante imaginación, la empresa vivida o imaginada allá en la ausencia.
Así son estos hombres del litoral levantino, como espíritus en luz, viviendo hasta el fin su vida presente, no sólo como instante actual, sino como suma de todos los instantes vividos por ellos y, también, por todos sus predecesores.”

Aquellos marineros, en los versos de Arturo Serrano Plaja:

Los marinero son trabajadores
del mar. Al sol se curten de bahías
y huele a nudos de cordel mojado
la mano que a diario los maneja.
Suena su voz a jarcias sacudidas
por ácidos mechones de tormenta
y sus pupilas miran entornadas
las azules distancias peligrosas.
Cualquier puerto del mundo era su patria
y llevan melancólico en los ojos
un signo de ocio triste por los mares
y de duro trabajo desgarrado.
Son los hijos del mar. Nacieron libres.
Ni la miseria consiguió cadenas,
ni el temeroso mar embravecido
para su roja sangre marinera.

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Salineros y pescadores, que ellos saben bien del sudor, saben adornarse como nadie, como dice el poeta Miguel Hernández, con esa “vestidura de oro de los trabajadores”, que,

“En el mar halla el agua su paraíso ansiado
y el sudor su horizonte, su fragor, su plumaje.
El sudor es un árbol desbordante y salado,
un voraz oleaje.”

Esa, al igual que lo es el de los salineros, es mi remembranza de niño que, todos los años acudía como en una obligada cita al amparo de Torrevieja y de sus playas, de sus fiestas de verano, de los juegos infantiles, de las excursiones anuales a las Salinas, de los paseos de adolescente, de las tertulias de adulto, entre amigos de mi tierra, y de esta tierra, amigos de siempre.
Gran parte de mi vida, la he pasado y disfrutado aquí en Torrevieja, en esta tierra. Hasta hace algunos años, eran de dos a tres meses los que vivía aquí, y aquí, fui recorriendo el mar y sus playas, desde el Acequión hasta La Mata, en una progresiva distancia que iba paralela a mi edad. Era como si a medida que me iba haciendo mayor, fuera madurando en mi singladura a través de las playas y me hubiera envalentonado en mi trato con el mar, desde sus pacíficas aguas del Acequión, hasta las traidoras de La Mata.
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Nací un 20 de julio, festividad de San Elías, y me contaban mis padres que a los ocho días me trajeron a Torrevieja, en la que todos los años alquilaban una casa procurando que estuviera a levante, que dispusiera de aljibe y pozo, y que el número de mecedoras fuera suficiente para toda la familia. En distintos años estuvimos en las calles del Loro, del Clavel, Orihuela y Campoamor.
Mis primeros pasos fue en la Playa del Acequión a la que llegábamos tras dejar a un lado la explanada del matadero partida por las vías del tren de las Salinas, dejando a un lado el taller de Chacopino.
A la izquierda, ya con los pies en la arena, unos pequeños astilleros desde los que percibíamos el calafateado y tras el que se divisaban las Eras de la Sal, en cuya cúspide las vagonetas arrojaban el tesoro blanco a las barcazas varadas a los pies de la misma.
Nos adentrábamos por la arena, tras dejar los baños de “El Carmen”, y después de cruzar el canal del Acequión, en el que veíamos algunos pescados en sus entonces aguas transparentes, alcanzábamos el balneario de “La Pura”. En éste y en aquél, se servía el mar y sus aguas calientes y frías para aquellos que el pudor les impedía sumergirse sin recato en las aguas, aunque con bañador de faldilla las mujeres.
Desde la barandilla de los balnearios, lanzábamos nuestras cañas de pescar con sus traicioneras poteras, cebándolas con masilla de Guardiola, esperando conseguir alguna lisa o algún raspallón, aunque la mayoría de las veces eran las sarpas las que aunque sin morder, eran traidoramente pinchadas en el anzuelo.
En la parte más alejada de la arena, casetas viviendas en las que muchos veraneantes de la Vega Baja pasaban el estío, en condiciones que ahora no comprenderíamos, como la de fregar la vajilla en el mar o utilizar como retrete un bidón enterrado en la arena.
Así llegábamos hasta la caseta y el toldo que se le había alquilado a “El Puro” tocado con su gorra de marinero.
Era la playa de juegos infantiles y de constructores de castillos de arena, que el poeta Joaquín Más Nieves describe:


“Dos niños construían
castillos en la playa;
el sol de las arenas,
mezclado con el agua,
robada del pasado
sus formas legendarias:
almenas, torreones,
troneras y murallas.
El niño que en mí vive
brotó dentro del alma:
el niño que nos ciega
el tiempo con sus zarpas;
se derramó mi llanto
hasta mis duras plantas:
lloré por no ser míos
los juegos de la playa,
los juegos imposibles
de playas ya lejanas.”

Eran aquellos años de, para mí, arriesgadas incursiones en el mar, adentrándome hasta los secos, luchando con los amigos navegando en cámaras de camión. Era la época de partidos de fútbol en la explanada del matadero, con dos grandes piedras como porterías y de encuentros en el Campico de San Mamés, feudo del “Hueso” con su césped de arena, con sus vallas de cuerda, sin entradas y con una bolsa blanca que se pasaba entre los aficionados para que dejasen su óbolo. Y con un extremo, el Isla, que nos hacía disfrutar con sus carreras por la arena, al igual que nos regocijábamos con la rivalidad del “Remiendo”. Años de la Unión Musical Torrevejense, con Manolín con su vara de alcalde encabezando el cortejo.
Aún se sufría una luz eléctrica, que iba y venía, y que a los niños nos decían que sopláramos a la bombilla para que no dejara de dar luz. Se vivía con un agua corriente que brotaba sin fuerza y que no se podía beber: para eso estaban los aljibes y los aguadores.
Las calles se regaban todas las tardes con “la rosiaera” que hábilmente manejaba Pepe Bernal “el huertanico”, y se podían comer los mejores berberechos en el Bar del Ché. Estaban casi a punto de desaparecer las fresqueras y se comenzaba a comercializar aquellas neveras con un serpentín y un grifo exterior que facilitaba agua fresca, gracias a las barras de hielo que se compraban en la fábrica que existía junto al Cine Gloria.
Eran aquellos años primeros de las habaneras, en que en cada edición se construía un arco en la entrada del Paseo, que quedaba cercado por cañizos, fuera del cual nos situábamos los que no pagábamos portando desde las casas las sillas. Eran los momentos de Ricardo Lafuente, de los maestros Hodar y Vallejo, del “Alpargate” y del “Zapato”, de las habaneras Torrevieja y Tú, del locutor de Radio Murcia Elías Ros, de los maestros Romo, Luna y Parada. De aquellas habaneras clásicas como El Negro, que vendía flores, La Paloma de Iradier, De Colores que vestían los campos en la primavera, de una Golondrina de amor que se dirigía hacia Torrevieja, de Era una flor, atesorada entre las páginas de un libro, y de El Abanico, del que siempre me quedó impreso parte de su letra, en la que se nos pregunta para qué sirve, y se nos responde:

“Sabéis para qué.
Para ocultar el rostro de una mujer.
Y si con disimulo,
queréis mirar,
por entre las varillas de abanico,
veréis la mar.”

La mar de Torrevieja, y allí en la bahía vapores y pailabotes; veleros para Conchita Martínez Marín:

“El blanco de un velero
Entre el azul del mar
y del cielo.
Mi corazón
entre el amor y el deseo.
Mar y velero.”


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Fueron aquellos años de amigos como Manolico Pamies, que ya por entonces tenía a su hermano Antoñico en el Seminario de Orihuela, del malogrado José María Vera Francés, de Eduardo Faus Casanova, de Sirvent, Olegario y de Rufino. Era el momento del robo de terreno al mar y el ocaso de la playa del puerto, con la desaparición del muelle del Turbio junto a la caseta de los carabineros, donde se celebraban las cucañas marítimas y los concursos de pesca infantiles, en los que siempre ganaba, aquel niño o niña pescador a quien su padre le “angüaba” el territorio, sustrayendo los clientes a los vecinos del concurso.
Por las mañanas, por las calles se pregonaba “el agua de sebá” y el “limón helado”, y por las tardes “el bollero”, ofrecía los palos catalanes, las costillas y las milhojas de tamaño gigante.
Momentos en que, el mar y el cielo torrevejense era, según Sequeros:
 
“Por todas partes azul: azul pálido de cielo, arriba; azul plata de las salinas, junto a mí; azul intenso, marino, del mar latino, hacia el fondo lejano, infinito.”

Pero que todavía no había logrado por la edad alcanzar el horizonte del mar, en la que cualquier distancia era infinita, en la que lo cercano se fundía en lo distante, sin valorar lo que nos dice Conchita Martínez Marín.

“No pretendas mirar el mar
de cerca.
Extiende la mirada.
Que es delito
mirar solo a la orilla,
cuando tienes delante
tanta agua, tanto mar,
tanto azul, tanta Vida.”

Mi perspectiva quedaba cercenada por un mutilado puerto, en el que como señuelo se había fabricado un paredón, y únicamente se veía en la lejanía la línea del horizonte, cuando nos llevaban a merendar a un banco de las rocas, que, entonces, desde el Acequión la distancia nos parecía interminable para recorrerla andando. Allí, en las oquedades de las rocas, el salobre se acumulaba cuando la mar estaba en calma varias jornadas, ribeteando de albo sus bordes, apareciendo, de vez en vez, algunos cangrejos y crancos.
La feria estaba protagonizada por unas cuantas casetas, en la que si tenías suerte tus padres te feriaban, y un par de paradas de tiro al blanco y de barcas. Allí, se vendían las más exquisitas patatas fritas que he conocido, y casi al inicio del Paseo se instalaba una tómbola de caridad, en la que con suerte además de la no obtención de un premio, y sí de “un consejo”, podrías lograr una opción para el sorteo al cierre de la misma, de una máquina de coser Alfa, o una sala de estar o, una moto Lambretta, o un enorme aparato de radio Telefunken con ojo mágico y siete lámparas, que uno de esos veranos le cayó en suerte a mi padre.


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Pasan los años y los veranos eran de suspensos y academia de don Romualdo Ballester y don Antonio Soriano, el cual siempre nos contaba cómo se encontró un reloj junto a la Basílica del Pilar de Zaragoza, y que después sería reforzada por don Rafael. La Academia, sucesora de la llamada “Himaro”, estaba en un local próximo a la iglesia de la Inmaculada, en el que se encontraba la emisora de radio local. En las mañanas los alumnos suspirábamos porque el levante acelerara las agujas del reloj de la iglesia para que se adelantara la hora, y así poder ir antes a la cita con el baño. Creo recordar que algún verano, como me castigaban en la academia por no rendir lo exigido, mi encuentro con el mar fue escaso. Pero ello, no era óbice para que por las tardes, mis amigos y yo, viviéramos la aventura del “chaneo”, alquilando un bote o una “jarbeta”, en la que bogábamos hasta la escalera de los vapores fondeados en la bahía, y que tras pedir permiso al carabinero de guardia, nos enseñaban el buque por dentro, nos regalaban algunas monedas y cajas de cerillas que coleccionábamos. Aún conservo algunas de aquellas monedas, procedentes de barcos con bandera italiana, japonesa y danesa.
El “chanear” era un arte, que además nos permitía aprender alguna palabra de otras lenguas, y después cuando en tierra veíamos a los “chanes” con los que habíamos coincido en el vapor, se paraban a hablar con nosotros y nos regalaban cajetillas de cigarros vacías para coleccionar.
Otras veces, dirigíamos nuestros pasos en aventura hasta el faro, al cual sólo podíamos acceder cuando el mar estaba en calma, a través del maltrecho puerto, en el que en los últimos tramos prácticamente debíamos sortear las piedras por el agua.
Eran aquellos años, que rememoraba Justo García Morales en su cuento “La Tía Remedicos”:

“Por las tardecicas, cuando sobrevenía el lebeche y era el cielo una delicia rosa, la mar lo llenaba todo de frescor. Era entonces la hora en que la tía Remedicos sacaba a la puerta de su casica, que por su parte posterior era una auténtica, una vieja barraca, la mecedora enfundada de gris ribeteado y punteado de rojo con las iniciales blancas bordadas por ella misma. Ponía en torno suyo a la chiquillería desgreñada y polvorienta de la vecindad torrevejense y de los veraneantes. Allí permaneceríamos sentados sobre el santo suelo, terrizo y polvoriento o sobre unas lascas aplanadas y brillantes, mitad de un moreno rosado y amariluzco, mitad blancas, desprendidas de las próximas, achatadas y corroídas rocas vecinas al mar.”

De la calle Ramón Gallud número 1, pasamos a otra casa  cerca de la iglesia. En la primera de ellas, se disponía de una terraza que permitía ver las películas que se proyectaban en el Cine Gloria. Eso sí, a medias, puesto que sólo se veía la mitad de la pantalla, lo que hacía que al día siguiente preguntáramos a los amigos, a Manolico o a José María cuyo padre era uno de los porteros, junto con Manolo, qué era lo que pasó con el resto de la imagen. De esta forma, si era una cinta del oeste, y se producía un tiro, hasta el día siguiente no me enteraba, si el que lo recibía había sido alcanzado, y si había muerto.
Como decía de la calle Ramón Gallud, alquilamos en la calle Hermanos Bazán muy cerca de una funeraria y de la carpintería de Viuda. Detrás de la iglesia, haciendo esquina, vivía Andrea, la hermana de Marco Davó, familia lejana de mi padre, a la que era obligada la visita todos los veranos. En esos momentos se oía la música de Renato Carosone en los primeros tocadiscos, en los bailes que organizaban mis hermanas.
El programa de fiestas era amplio, casi abarcaba los meses de julio y agosto, que como siempre tenía por buque insignia el Certamen de Habaneras y la festividad de la Virgen del Carmen. En esta última, todo el pueblo torrevejense se congregaba al igual que hacía con la Inmaculada, en torno a la Madre del Carmelo, que recibía culto en la parroquia. A hombros de soldados de Marina y de infantería de Marina, la imagen era llevada en procesión, hasta llegar al muelle del Turbio, en el que era embarcada en una mamparra, no recuerdo si de los Valero o de la Juárez o “Tabardos”. Uno de esos veranos, mi padre, que había sido marinero de segunda en Cartagena, o como él decía, “marinero de agua dulce”, se le ocurrió incorporarse a la comitiva embarcándose en uno de los barcos que acompañaban a la Virgen, con tan mala fortuna, que al salir de la bocana del puerto, el mar se puso fuerte y se las vieron y desearon para poder regresar. Son recuerdos, que han quedado en mi memoria y que me hacen revivir años de infancia.
Recuerdos de aquellas, como decía interminables y densas fiestas, con carreras pedestres y ciclistas, partidos de fútbol en que los equipos alineaban a los mejores jugadores de entonces de Murcia, Orihuela y la Vega Baja; gincanas de bicicletas para niños y de automóviles, que se realizaban en el Paseo, con difíciles pruebas que había que superar. Recuerdo, en las de los automóviles la presencia de los biscuter, algunos de ellos, sin marcha atrás y que para hacerlos retroceder los ocupantes debían descender y maniobrarlos manualmente. A ellos, se agregaban vehículos de otras marcas, como los PTV, asemejando a un deportivo de familia pobre, y los Isettas, con forma de huevo y a los que se accedía entrando por delante.
No faltaban los Festivales de España, con la presencia de primeros actores como Carlos Lemos y Luisa Sala, dirigidos por Manuel Tamayo, y con obras clásicas y modernas, con El Avaro de Moliere; En Flandes se ha puesto el sol, que me dejó impresa aquella frase de “España y yo, somos así señora”; Fuenteovejuna con sus todos a una; Las tres etcéteras de Don Simón, que la censura no terminaba de ver con buenos ojos, por aquello de “etcétera, etcérera, etcétera” en referencia a una, dos y tres señoritas de vida distraída; Un balancín para dos, algo subida de tono. Todas ellas contribuyeron, en gran parte, a fomentar mi afición al teatro, pues, después de preguntar en la taquilla que se encontraba en los bajos del templete de la música, si eran toleradas o no, acudía con mi boleto y ocupaba mi localidad con mis pocos años. De igual forma, que potenció mi afición a la zarzuela, con voces como la de Pedro Lavirgen, dando el do de pecho, con “costas la de Levante, playa la de Lloret” en Marina, y José Peromingo, el mejor bajo al que he oído interpretar La Tabernera del Puerto, en aquellas estrofas: “la luna es blanca, muy blanca/ la noche es negra, muy negra”.
Con estas opera y zarzuela, continuará me encuentro con el mar, que me llevará en Torrevieja a sumergirme en sus aguas, donde dejó de ser protagonista el Acequión, pero se mantuvo en las pacíficas aguas del puerto, con el relleno del mismo ultimado, saltando desde los bloques una y otra vez, bañándonos con la colchoneta de mi primo Angelito, o avanzando hasta el paredón, al cual, los días de levante el mar no respetaba la altura y saltaba por el antiguo puerto. Había que controlar el paso por la curva, y correr cuando el agua tras romper las olas se retiraba, hasta volver a recuperar su fiereza, reflejándolo así, Más Nieves:

“La eterna mar cosecha,
desde su boca,
estériles bramidos
hechos con olas,
olas que son tan breves
en su derrota,
que pronto son gemidos
dados por otras.”

Casi enfrente de la curva del puerto, los restos de un barco hundido, del que se decía que se asemejaba a un santo. Era, la mamparra San José, cuyos restos nos recordaba los versos de Juan Sansano Benisa:

En las desiertas playas, carcomida,
por el rayo y el trueno amenazada,
yace la vieja nave abandonada
y es acabado emblema de la vida.
Por los zarpazos de la muerte herida,
llevando su bandera desplegada,
fue por todos los vientos azotada
y por todos los mares combatida.
Por hondas inquietudes abatida,
así mi vida, ayer fuerte y serena,
cruzó los mares y se hundió  vencida.
Y  hoy, de congoja y de pesares llena,
yace desmantelada y dolorida,
con las entrañas rotas por la pena.

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Eran los últimos años de baños en el puerto, y de alquiler en la calle Caballero de Rodas.
Después, en la edad de las pandillas y guateques serían las calles de Ulpiano y Gumersindo en Las Puntas. De bailes en el Tintero, El Caliche y el Perrogordo, de bailes de disfraces, de guateques en los Tres Cerditos y Villa Ofelia. De Verbena de la Sal en el nuevo puerto de carga con sus montañas blancas, con las verbenas de la terraza del Casino, y con algún que otro suspenso en los exámenes de junio en la carrera. Y el baño en las aguas de la Playa del Cura, en las rocas del Chalet del Notario. Con aquellos primeros artilugios en forma de patín. Incluso, el baño desafiando lo bravío del mar, aprovechando sus golpes fuertes, en su ruptura contra las rocas, era desafiante.
Y Torrevieja comenzó a llenarse de suecos, venidos de tierras lejanas.
Eran aquellos primeros escarceos con las chicas de la pandilla, que me traían a la mente aquellos versos del inmortal poeta Miguel Hernández, en su Cancionero y romancero de ausencias:

“Cerca del agua te quiero llevar
porque tu arrullo trascienda del mar.
Cerca del agua te quiero tener
porque te aliente su vívido ser.
Cerca del agua te quiero sentir
porque la espuma te enseña a reír.
Cerca del agua te quiero mujer,
ver, abarcar, fecundar, conocer.
Cerca del agua perdida del mar
que no se puede perder ni encontrar.”

Aún estaba en pie el templete de la música en el Paseo, y las idas y venidas desde éste hasta el Tintero por el Paseo de las rocas; los bailes del “chachapoga”; los helados de Sirvent; el pulpo seco, las palomas y los canarios en el bar de los pescadores, en el que en una pizarra quedaba apuntado el consumidor que no llevaba para abonar su consumición, y que luego, con disimulo, como broma, a la cantidad le añadíamos uno o dos ceros, con el consiguiente disgustos del interesado moroso.
Era el momento del Cine Las Rocas, que comenzaba a alternar con el Cinema Gloria y con el Cine España. Habían quedado atrás aquellas superproducciones como Japón bajo el terror del monstruo, Joselito y El pequeño ruiseñor, El mayor espectáculo del mundo o las españoladas, como decíamos, pero de gran calidad cinematográfica como Marcelino, pan y vino, interpretada por Pablito Calvo, que luego se afincó en Torrevieja, y por el oriolano torrevejense Marco Davó, que siempre la consideró como suya propia. Había quedado atrás, el Cine Gloria de Venancio Sansano, con una pantalla malintencionadamente iluminada desde arriba por el vecino de la fábrica de hielo. Ahora, eran noches de cine en pandilla, con merienda cena, con pipas, muchas pipas de girasol, con Ama Rosa, Quince bajo la lona, Éxodo y El álamo.
Era momento de disfrutar de los programas de televisión en blanco y negro, con La tortuga perezosa y Discomanía. Y con los toros, con “El Caracol” y “El Cordobés”, con los detallados comentarios de Matías Prats y Manuel Lozano Sevilla.
Era el momento, en que la caja de la televisión se transportaba hasta la puerta de la casa y todos los vecinos espectadores se ubicaban en la acera sentados en mecedoras y sillones de mimbre, manteniendo a la vez que se visionaban los programas conversaciones sobre lo acontecido en el día.
Era aún, la Torrevieja de la fresca en las puertas, de la tertulia familiar con algún arranque por habaneras. Todavía en esta tierra de la sal se vivían escenas como las que nos describe García Morales:

“El padre, después de haber pasado toda la noche en la mar, llegaba poco después que ella se levantara, sonriente y descalzo, empapado de agua, portando un cuévano aforrado de hojas de higuera, entre las que temblaban –algunos vivos- los peces de la jornada nocturna de pesca: lisas, soreles, bogas, agujas, caballas... En la mano traía como trofeo una sonora e irisada caracola, oliente aún a la carne rosa del molusco.”

Eran esas conchas enormes que permitían posar los pinceles sobre su nácar y de esas caracolas gigantes, que una vez limpias, desde hacía muchos lustros, en la huerta oriolana servían con su oscuro sonido para avisar de barraca en barraca el peligro que traían las aguas del Segura cuando su nivel amenazaba a inundación.
Era como un reproche, que los moluscos hacían al hombre, al igual que un niño indefenso lo hacía a su padre, como nos lo refleja Rafael Alberti:

“El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!
¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?
¿Por qué me desenterraste
del mar?
En sueños, la marejada
me tira del corazón.
Se lo quisiera llevar.
Padre, ¿por qué me trajiste
acá?”

Y aún era el rancho del marinero que en un caldero vendía a los vecinos. Entonces, más fresco no podía ser el pescado. Tras una noche de faena en la mamparra, o en aquellas barcas con grandes luciérnagas en la proa, como dos ojos luminosos a cuyo amparo acudían las sardinas, y que luchando contra viento y marea, buscaban al final de la jornada el arribo al puerto, en esos momentos en que, tal como nos dice Su Tong Pog:

“Bajo el viento, ligero,
el agua dibujaba finísimos encajes
en miradas de arpentas.”

Esa misma mirada que elevaba una tierra, Torrevieja, hacia el progreso. Dejando atrás el sacrificio familiar por el alquiler de la vivienda en el estío. Por ofrecer mayores servicios y una mayor capacidad de acogida. Torrevieja comenzaba a ser la ciudad de la segunda vivienda de oriolanos, murcianos, madrileños y otras gentes de la Vega Baja.
Y mi peregrinar por las playas de Torrevieja, me hará permanecer algunos años en la del Cura. Ya no era verano de pandilla, eran veranos de ausencias y de trabajo en La Manga del Mar Menor, en Madrid, y en Orihuela, con la nostalgia del mar, de las playas y de los amigos y las gentes de esta y otras tierras. Pero, de nuevo, la cita en la calle Gumersindo me regresaba al encuentro de recuerdos y nostalgias, y me hacían buscar nuevas esperanzas, con la perspectiva de una estabilidad afectiva, en la que levantar un nuevo edificio en mi vida.
Eran las cero horas cincuenta y cinco minutos del día 23 de julio de 1971, tenía veinticinco años, y hace tanto tiempo...: tres hijos y cinco nietos.

“Estrellas parece que rozo
cuando mis labios te besan
y el mundo creo que tengo
si mis brazos te cercan.
Vivir siento mi alma,
si junto a ti me sujetas.
Morir veo mis risas,
si de ti, tú me alejas.
Alegro me dulcemente,
si de esposa te tuviera.
Llora mi corazón de congoja,
si por algo te perdiera.
Lucho por tu cariño,
como tu guerreas con fuerza
por cimentar duramente
edificio con descendencia,
Por lograr sembrar
con fruto mi sementera.
Sementera echada con fe,
cariño, amor y entrega.”

Uno, dos, tres, cuatro años más y mis pasos en la mar se vuelven sobre sí mismos, para llevarme desde la calle de la Huerta de nuevo al Acequión, en cuya playa ya no existían balnearios ni casetas. Ahora eran sombrillas y silletas plegables, las hamacas había pasado al olvido. Y las pacíficas aguas acogían el baño de mis dos primeros hijos:

 

“Ni principio ni fin te halla la nave,
cuna de luz y luz de tu elemento
¡mi Mar apasionado, mi Mar suave!
De ti a trasladando vas tu acento,
y tú, tu resultado y tu problema,
eres tú concepción y nacimiento.
Algo de pronto, idea de Algo, esquema
de la nada, después nada salada,
la espuma luce rápida y suprema.”

Era una perspectiva hernandiana sobre la vida, que va y viene, de la ola que se acerca y se retira, ante la inmensa mano creadora de Dios, de principio y fin, de alfa y omega.
Y aquellos lejanos años de niño, volvían a recrearse en mi mente en otros nuevos niños, en los se perpetuaba el mar y Torrevieja, Torrevieja y el mar, con castillos en la arena, con pequeños pozos horadados en la playa hasta alcanzar brotando el agua del mar, como si éste quisiera salir impetuosa y demoler las paredes que había sido logradas con una pequeña pala de plástico. Las palas ya no eran de madera y los pozales habían dejado de ser de zinc. El corcho de los salvavidas había dado paso al plástico hinchable.
Se repetía la historia. Pero, ahora sin el decorado de aquellos años. Ya no atracaban los pailabotes y los vapores en la bahía, ahora quedaban amarrados al puerto de la sal. Ahora, las eras eran templo de cultura y las habaneras habían dejado el paseo en el que se abría el Club Náutico, para adentrarse hasta donde antes se emprendía la aventura de la exportación salinera.
Poco duró esa incursión y el regreso al Acequión, pues al año siguiente una nueva aventura guió mis pasos por las playas de Torrevieja, hasta llevarme a la de Los Locos, feudo hasta no hacía muchos años de una gran colonia de oriolanos. Allí ya no estaba el manicomio, los chalets de la primera línea habían sido materialmente absorbidos por bloques de edificios que desafiaban, eso sí, bajo la protección de San Emigdio, la sismicidad torrevejense. Pero, aún permanecían algunos kioscos donde se rendía culto a la  hueva, al bonito, a la mojama, a la paloma y al canario.
La fisonomía de las nuevas edificaciones estaba restando el carácter nostálgico de aquella Torrevieja de entonces, algo que no sólo había acaecido en Los Locos, lo había sufrido el Cura y el Paseo de Las Rocas, en éste, qué lejos estaban aquellos edificios con forma oriental, de techos altos inalcanzables, con amplias terrazas en las que el saludo a los paseantes era continuo. Habían desaparecido en el Cura, los palomares, siendo sustituidos por bloques de hormigón.
Torrevieja había cambiado una ermita por un edificio moderno, y su veraneo tradicional de puerta y mecedora, por un laberinto de automóviles que impedían caminar u ocupar las aceras por parte de los que buscaban tertulia nocturna o la siesta en un levante.
Torrevieja, empezaba a dejar de ser mi Torrevieja de niño, aquella, que en algunas mañanas y tardes se veía a las mujeres recomponiendo las redes en el Paseo de la Feria, aquella que olía a brea.
Y, Torrevieja, comenzaba a ser otra Torrevieja de progreso, en la que su mar quedaba estrecho y escaso para tantas gentes. Añoraba ese mar de entonces; mar casi vacío, con caras todas conocidas en las aguas. Todo empezaba a ser como un sueño, tal como nos diría Pablo Neruda:

“Necesito del mar porque me enseña
no sé si aprendo música o conciencia
no sé si es ola sola o ser profundo
o sólo ronca voz o deslumbrante
suposición de peces y navíos.”

Y mis pasos, en mi peregrinación por playas torrevejenses hacia la mar, me llevaron hasta La Mata, en la que el agua podía traicionar. En la que se rendía culto y mimo al cuidado del vino, criado en cepas sobre la arena. En la que, aunque con barreras que entorpecían a los ojos la vista de las olas, éstas, en continuos levantes, algunos veranos disminuían los baños. Pero, siempre, las olas iban y venían, y los juegos de mis hijos tenían por escenario las dunas y la playa, en la que siempre, como un efímero legado, quedaba la espuma, que era vista por Vicente Valls González:

“Al fin queda en el viento
la burbuja del agua y su figura
redonda en soledad:
veloz arquitectura de la noche
que encierra a la inocencia
en la cárcel del mar,
en el asombro
que invade el desamor
como un trasmundo
que ensancha la pupila algunas veces.
Y nos deja
como una perla azul entre los ojos,
el gesto del amor y este milagro
silente como un labio perfecto sobre el agua.”

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Si tengo un recuerdo grabado en mi memoria de aquellos años, aquél me dirige hacia las noches en los días de levante, viviendo desde la terraza el negror de la noche y el rumor del mar, hasta altas horas de la madrugada. Sentía, su vida, la vida del mar. Sentía, que estaba vivo allá abajo, más allá de la arena de la playa. Pero, no lo veía, sólo lo oía, sólo me dejaba constancia de su viveza y de que algo me seguía sujetando a ella, a la mar, pues ese amor es en femenino. En el otro género, en el masculino, es brío, es dádiva generadora de riqueza.
No sé, es posible que me confunda, pero, no sé, si es el mar o la mar. A la mar la adoro, al mar lo respeto.
Era aquella luna brillante, oronda, completa, que con aguas calmadas se reflejaba sobre las mismas brillando y rompiendo pequeñas luces que denotaba la presencia de tareas de pesca.
El mar, como nos dice Miguel Hernández:
“también elige puertos donde reír como los marineros. El mar de los que son. El mar también elige puertos donde morir. Como los marineros. El mar de los que fueron.”
Y siempre, en La Mata también, el marinero pasaba la noche en vigilia en las aguas de Guardamar, portando a primeras horas de la mañana los prohibitivos langostinos, de los que apenas llegaban a la tabla del puesto no más de medio kilo, siendo un manjar prohibido. Sin embargo el pescado era asequible, llegando vivo hasta la cocina, hasta el punto que, a veces, al echarlo en la cazuela saltaba y se escapaba del agua hirviendo.
Pero, la distancia hasta Torrevieja era corta, y las mañanas y muchas tardes, e incluso algunas noches, era el obligado desplazamiento. Las tertulias en el José María, con mi padre y sus amigos por la mañana, en las tardes con los de siempre, en las noches con matrimonios ya con hijos, con el recuerdo de Pepe Muñoz Garrigós, con María José y con su tía Carmita Pastor, oriolana y toda una institución en esta tierra, en la que siempre ví a la mujer que fumaba con más estilo de todas las que he conocido.
Las tardes en La Mata, pasaban a veces por “El Paloma”,  “La Galleta” y por el kiosco del “Dulce”, por los juegos en la placeta, por los largos paseos hasta las dunas o hasta lo más lejano de la playa de los suecos.
Y, siempre, a la ida y a la vuelta: el mar, la mar, en compañía de la familia.
La Mata conservaba entonces, muchas de las cosas que se habían perdido en Torrevieja. Era frecuente la invasión de las aceras por las mecedoras y las tertulias, que obligaban respetuosamente a descender hasta la calzada. Y este ritual, había que respetarlo, era de los pocos eslabones que aún mantenían el veraneo tradicional sujeto a lo que en mi memoria me traía el recuerdo de mi infancia. De igual forma, que las idas hasta Torrevieja y a las tertulias, me trasportaban a las que conocí en mi infancia, en el Bar del Ché en las que veía a Marco Davó y a Venancio Sansano, o aquellas otras mañaneras de la Cuatro Puertas, cuando se iba hasta la puerta de “la Plasa” a comprar los higos de pala, que “desespinados o despunchados” eran llevados hasta la casa para su consumo. Me traían el recuerdo de aquellas mañanas del mercado de los viernes torrevejenses, que a modo de zoco, se ofrecía de todo lo impensable.
Cuánto distaba esta Torrevieja de aquella nostálgica de los
años cincuenta, de bicicleta, de barras de hielo, de correrías infantiles, de academia veraniega. La Mata conservaba aún muchas de aquellas cosas que quedaron impresas indeleblemente en mi memoria. Desde el Acequión, al Puerto con su paredón y su faro, hasta La Mata, pasando por el Cura con su chalet del Notario y con Los Locos en el Torrejón.
Pero, entonces, ayer, y después, de ese ayer, pretérito cercano; siempre el mar, la mar de Torrevieja, con sus gentes acogedoras, que dan y ofrecen lo mejor que tienen: la amistad, el trabajo, el tesón y la lucha por el progreso.
Esa Torrevieja que cantaba César Mateo Cid:

“Tal vez esa ancestral torre moruna
que airea su leyenda en la colina
por un hado fatal fue tu madrina
y ese nombre te puso sin fortuna.
Pues debieron nombrarte en la cuna
por tu sal y tu belleza ambarina
con algún nombre de mujer divina,
suave como el azul de tu laguna.
Aquí canta el mar con voz de plata
en la tarde recóndita y morena
cercada del horizonte escarlata,
y la brisa rizada la melena,
las olas, en brillante cabalgata
galopan sobre el oro de tu arena.”

Siempre, para mí, será Torrevieja y el mar. Será Torrevieja y la mar. El mar y la mar y Torrevieja, en mi recuerdo, en mi vida, y en mi inspiración, y en la de aquellos que me invitan a soñar sumido en los recuerdos.

Torrevieja, 4 octubre 2013