Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 56 - Otoño 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Pistacius y Lentiscus - Canto II Javier Nieto Roca

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CANTO II

El gigante Lentiscus pasaba las noches en el embarcadero, descolgando sus fuertes piernas mientras el mar lamía sus enormes pies aliviando su calor y refrescando su ardiente seno.

Bajo la luna de Augustus, su mirada perdida en el horizonte salino denotaba su inmensa tristeza.

Hasta sus oídos llegaban los tristes cantos que entonaban las mujeres de los pescadores, pañuelo en mano, mientras danzaban sobre la arena.

Las lágrimas humedecían las mejillas de Lentiscus.

Con la dulzura de sus voces y el ritmo cadencioso de sus canciones consiguieron conmover el ánimo en el pecho del gigante que arrullado por las olas quiso cubrir de besos lo que estaban devorando sus ojos y se dejó caer sobre las aguas henchido de deseo.

-¡Menudo planchazo!

Dijo Pistacius, que aguardaba a su amigo mientras veía cómo Neptuno, sorprendido por semejante intromisión, estrelló al gigante contra el embarcadero.

Las nereidas revolcaron su cuerpo con manos de blanca espuma hasta que, cansadas de jugar con aquel mortal, lo arrojaron sobre la arena, donde las mujeres seguían cantando al Dios del mar.

Llegado Pistacius hasta su amigo, rezongaba contra los dioses; contra Neptuno, contra Apolo, y sobre todo contra Cupido, que aquella nefasta mañana colocó sobre la cuerda la amarga flecha y clavó su agudo dardo sobre Lentiscus.

-¡Qué fácil! ¡Qué fácil!

Gritó el pequeño legionario a los cielos afrentando al travieso Cupido.

-¡Qué fácil acertar a un cíclope! ¡Niño mal criado, atrévete con alguien de tu tamaño!

Gritó de nuevo dándose golpes en el pecho.

La enorme figura de Lentiscus hinchado como un ballenato varado en la playa era presa de los golpes del enclenque soldado que intentaba reanimarlo; sin embargo, sus esfuerzos eran inútiles.

Pistacius, asustado, llamó a algunas de las mujeres, las subió sobre la barriga del descomunal náufrago y les pidió que danzaran. Así lo hicieron, y conforme avivaban el ritmo, la insólita danza hacía temblar al yacente hasta que la boca del legionario devolvió al mar cuanto le había robado.

Una vez vaciado, el gigante exhaló con fuerza, y su pútrido aliento, como si el ballenato varado llevara muerto varios días, cayó sobre la playa. Las mujeres huyeron despavoridas y el pequeño Pistacius, cubriéndose la nariz y la boca con el sagum, exclamó aliviado:

Ya estas aquí, amigo!

Los dos quedaron tumbados sobre la arena, como de costumbre, hasta que el Sol Invictus vino a saludarles.



Para Pistacius el despertar no fue más halagüeño que al quedarse dormido. Abriendo un ojo vio cómo su fétido compañero yacía rodeado de moscas y cangrejos que subían y bajaban por su barriga, que estaba coronada por una pareja de oportunistas gaviotas.

De repente un fuerte varazo retiró ambos láridos de su improvisada atalaya y una lluvia de golpes y patadas levantó a Pistacius de un salto mientras que Lentiscus parecía no sentir en absoluto el duro castigo que le estaba infligiendo el centurión.

-¡Arriba, escoria! ¡Por todos los dioses!

Gritaba el malhumorado y corpulento oficial.

Mientras aún escocían las heridas del vitis, el pequeño Pistacius se interpuso entre éste y su gran amigo a riesgo de ser redimido de nuevo por la vara del centurión. En esto, el severo soldado detuvo su mano y conminó a ambos a presentarse de inmediato junto a la torre.

Entonces Lentiscus, sentado sobre la arena, preguntó:

-¿Volverán?

-¿Volverán? ¿Volverán? ¡Ojalá el agudo dardo se hubiera clavado en lugar mortal! Tu Venus Acidalia tenía una espada así de larga...

Dijo Pistacius señalando con un gesto cuanto abarcaban sus manos.

-¿Es que no lo ves?

Y viendo su cara se dio cuenta que su aflicción no era del cuerpo sino del alma.

Pistacius relató al centurión cuanto había sucedido en la cala de los higos y que desde entonces Lentiscus ni sentía ni padecía, no comía, no dormía, no hablaba, estaba claro que el campeón necesitaba algún remedio para su mal.

-Sus mientes están cubiertas por el deseo. Está poseído de un amor tan insensato hacia su Venus Acidalia que el terrible guerrero se ha convertido en sumiso amador.

Dijo Pistacius.

-¿Tan enamorado está? ¿Tanto le embarga el dulce deseo de aquella espada tan larga?

Así repetía el centurión y, sorprendido, estupefacto, concluyó:

-¡Los hechizos de los dioses sólo los dioses solventarán! No cuentes a nadie lo que me has narrado... Y si la vara de Esculapio no consigue la sanación, yo os redimiré con el vitis.

El centurión era un soldado veterano. Apenas le quedaba un año para terminar los veinte de servicio y finalmente podría establecerse en la colonia, cerca de la Inmensa Palus.

Rhamnus era un hombre austero, duro, alto incluso para Lentiscus, moreno, mas que moreno..., oscuro de piel y de pensamiento.

Vestía de forma impecable siempre su brillante decursio albata bajo la lorica squamata con el único adorno de dos medallones que lucía sobre el pecho, y sobre la cabeza, su casco rematado por una negra cresta lateral, tan negra como él.

El gladius era una prolongación de su brazo, pero para los legionarios a su cargo era más temible el vitis, de los que tenía una buena colección, a cuál más retorcido, y del que todos guardaban... algún recuerdo.

¡Rhamnus el espino!

¡Rhamnus el negro!

Cuando Rhamnus atravesó el umbral de la torre bajo el sígnifer con la cuadriga y el lema CVINK (Colonia Urbs Iulia Nova Carthago), ya le esperaba la dotación al completo de aquel pequeño rincón del imperio: el bello Lucio, el calvo Asteriscus, el inmenso Crassus, el triste Funestus y los inseparables Pistacius y Lentiscus. Su aspecto era bastante deplorable.

-¡Pax, Pax... Pax! ¡Merda!

Comenzó Rhamnus su discurso, como si adivinara lo que iba a suceder.

-¡Pax!¡Si vis pácem, para béllum! -Si quieres la paz, prepara la guerra-.

Aquella sentencia dejó boquiabiertos a los acomodados soldados, aunque el duro oficial no sabía muy bien si era fruto de la sentencia o que aún bostezaban.

Rhamnus les gritaba cada vez más fortius, cada vez más altius, cada vez más citius, y entre palabras de ánimo y numerosos improperios fue despertando su dormido espíritu de legionarios romanos:

-¡Sois hombres a quien la suerte hirió con zarpa de fiera!

-¡Sois novios de la muerte!

Pero viendo sus caras y aquellos cuerpos tan alejados del ideal clásico, mirando a los cielos concluyó:

-¡Sois merda puñetera!

-Orandum est ut sit mens sana in córpore sano.

-Se debe orar a los dioses para que nos concedan una mente sana en un cuerpo sano-.

-¡Mens sana in córpore sano!

Mens sana in córpore sano, aquello empezaba a inquietar a los hombres y no les faltaba razón, porque el espino, el negro, les ordenó rodear la brillante laguna corriendo para fortalecer sus cuerpos y por ende sus almas. Ellos, que hacía mucho tiempo que sólo corrían cuando Rhamnus alzaba el vitis.

A una señal de Rhamnus dio comienzo la carrera. En seguida Lucio, con elegante paso, se destacó del grupo del que se descolgaba el inmenso Crassus.

El triste Funestus no dejaba de murmurar lamentándose mientras el Sol invictus se derramaba sobre todos ellos.

Cuando el ánima insana comenzó a brotar de sus cuerpos, perló la brillante calva de Asteriscus y resbaló por sus sienes y bajo sus pechos.

El camino pedregoso y la tendida cuesta hacían mas penosa la carrera, tornando insoportables los lamentos de Funestus. En esto Pistacius, a quien el trote había comenzado a revolver la tripa, poniéndose delante gritó:

-¡Corre, corre, Funestus, si no quieres ir oliéndome el culus toda la jornada!

Y subió la cuesta propulsado por sonoros truenos.

Aquel esfuerzo terminó por soltar la ligera tripa de Pistacius, y junto a un raquítico pino que sólo prestaría sombra a un hombre de su porte, descargó un truñus impropio de su estatura, aunque perfectamente identificable por su hedor.

Tanto es así que el pinchoso Rhamnus apareció de la nada y marcó, como si de una res se tratara, el culus de Pistacius con un haz de espinos negros de los que abundan en los márgenes de la laguna.

Ahora sí que corría como un lince... y sangraba como un porcus.

Al poco, el grupo alcanzó el alto donde se juntan las palomas, lugar de sanación donde se venera a Esculapio, y advirtieron, como no podía ser de otro modo, la profanación que Pistacius había hecho de tan santo lugar.

Las hierbas aromáticas que suavizaban el duro paisaje meridional hacían más llevadera la carrera, aunque las piernas comenzaban a doler y las suelas claveteadas de sus sandalias no evitaban la tortura de sus pies.

Rhamnus sabía que “lábor omnia vincit” -todo lo vence el trabajo-, por eso los esperaba en cada revuelta del camino, escondido en cada pino solitario, en cada racimo de palmitos. En esto adivinó un brillante objeto entre la intrincada coscoja.

¡No escaparás!, pensó.

El brillante hito no era otro que la perlada calva de Asteriscus. Entonces, sigiloso, el oscuro oficial de un salto asestó un severo calvotasus al desprevenido y satisfecho soldado, que acababa de aliviarse sentándolo en su propia merda y llenando su culus de las numerosas y finas espinas que adornan los bordes ondulados de las hojas de aquella magnífica coscoja.

El desgraciado Funestus gastaba sus fuerzas con sus constantes lamentos y no se había dado cuenta de que ya nadie le escuchaba, pues el Sol de Augustus puso a cada uno en su lugar.

Al límite de sus cuerpos, no queda otra que conversar con sus almas.

Cansado de lamentarse, Funestus cerró su bocaza y sintió la necesidad de evacuar de otro modo. Agazapado en el matorral, apretó y apretó, pero todo lo que soltaba por arriba era incapaz de soltar por abajo.

Finalmente, no obtuvo más respuesta a sus esfuerzos que una retahíla de pedus ventus in crescendo que le provocaron una risa nerviosa.

El centurión, desde su improvisado escondite y sin poder evitar una sonrisa por la ridícula escena, supo que aquella música no procedía de la flauta de Euterpe, sino más bien de las flatulencias de Funestus.

Desde la distancia tomó una piedra del camino y, guiñando un ojo y mordiéndose la lengua, apuntó a su albus culus, con tan buen tino que acertó de lleno en su ojetus y abrió la puerta a sus miserias, que brotaron como la triste sopa con tropezones que a diario entraba por su bocaza, arreciando de nuevo sus lamentos.

Conversando con su alma deambulaba el desmejorado  Lentiscus. El sudor escocía en sus ojos entornados, y el reflejo del sol en la laguna hacía que su corta vista fuera ya poco más que una luz al final del túnel.

De repente, en la orilla adivinó la figura de una escultural danzarina gaditana, morena, torneada, lasciva, agitando en la mano un bello ramo de rosados gladiolus.

El deseo creció de nuevo en su dolorido cuerpo. Su alma, ávida de placer, llamó a voces al toro que habitaba dentro de aquel ser. Su corazón volvió a palpitar llenando su pecho y despertando su virilidad, que alzando su gladius se agitó al ritmo de los rosados gladiolus.

Los pechos brillantes sin mácula, las negras crines al viento, excitaron sin medida la libido del toro, que ahora sí, corrió, corrió mientras oía una dulce voz:

-¡Lentiscus! ¡Lentiscus!...

Cegado y furioso, con una aureola blanca de sal y saliva alrededor de la boca pestosa, embravecido llegó hasta la orilla y de repente, como una nueva burla de los dioses, una fuerza extraordinaria frenó su carrera. Sólo podía ver que delante de sus ojos se agitaban los rosados gladiolus y la dulce voz le decía:

-¡Lentiscus! ¡Lentiscus!...

-¡Que la cagas!

La voz, más que dulce, era amarga. Era Pistacius quien gritaba intentándole advertir de que se estaba hundiendo en el cieno de la orilla, que olía más o menos como su aliento. Que los pechos brillantes eran los medallones que adornaban la lorica squamata; la negra melena, la cresta del centurión; y los rosados gladiolus, un enorme vitis enrojecido por la sangre de la colección de Rhamnus.

  El espino, el negro, golpeó con fuerza, pero ahora el toro sentía cada arañazo en su piel. El sumiso amador se fue tornando en el feroz guerrero con cada acometida. Vapuleado, magullado el cuerpo, fue despertando el alma hasta que, cansado de ver pasar por delante de sus narices los rosados gladiolus, pudo enfocar su corta vista y asestar por sorpresa un certero gancho en la virilidad del oscuro centurión.

 

 

La bestia había despertado. El puñetazo lanzó por los aires al centurión, que quedó en posición fetal revolcando su flamante decursio albata sobre el cieno.

-¡La has cagao!

-¡Tenía razón Rhamnus, no fue la vara de Esculapio sino el vitis quien nos redimió!

Dijo Pistacius desde la orilla mientras reía a mandíbula batiente y ayudaba a Lentiscus a desembarazarse del apestoso lodo que cubría sus piernas.

A pesar, o gracias al escozor de sus cuerpos, corrieron y corrieron sin parar hasta alcanzar la meta, donde se juraron ir un día juntos a las tabernae de Carthago Nova.

Por su parte, el bello Lucio cayó preso como Narciso. Cuando ya regresaba presto a la torre, quedó prendado de unas púrpuras orquídeas; arrancó la más bella de todas y se la puso con mimo entre su pelo anillado. Sin poder resistirse, se miró en la orilla de la laguna, y al ver su reflejo en la lámina de agua ya no pudo dejar de contemplar las bellas facciones de su rostro.

Decidió que él era su mejor compañía, que su cuerpo era el más sano y que conversaría con su alma eternamente, pues ella no dejaría de decirle... lo guapo que estaba.

Ni que decir tiene que la Magnum opus de aquella jornada la firmó Crassus cuando decidió soltar lastre en su penosa cabalgada. El inmenso y esforzado legionario dedicó todo el día a completar el periplo, y cuando el ocaso coloreaba de anaranjados reflejos el paisaje, con la fresca, moldeó un monolito impresionante, un miliario digno de ser colocado en la cercana Vía Heraklea.

Tan ufano y orgulloso estaba Crassus de aquel per altius que se entretuvo en grabar con un palito cinco anillos con la siguiente inscripción:

“Citius, altius, fortius”

Nadie supo reflejar mejor el espíritu de aquel día.

Pese al dolor de sus piernas, el escozor de sus rozaduras y el olor a chotuno de sus cuerpos, aquella noche el contubernio volvió a ser el tótum revolútum donde las risas se mezclaban con las llamaradas azules de sus encendidas flatulencias.

Y aunque el Sol Invictus pronto los secaría y las lluvias de otoño borrarían todo rastro de ellos, de este modo Rhamnus el espino, Rhamnus el negro, consiguió para el Imperio el primer amojonamiento de la redonda de la laguna de La Mata.

Rhamnus, alzando la vista a las estrellas, sonrió... A la luz de la luna no parecía tan oscuro.