Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 56 - Otoño 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Ya no cantan las nereidas Encarna Hernández Torregrosa



Si tuviera que elegir ese rincón donde descansar y dejar que la vida corriera delante de mis ojos, sin dudarlo elegiría este pueblo. Cuanto me rodea tiene la esencia de esos lugares en los que la naturaleza corre en libertad por calles y plazas: sol, aire y sabor a mar. Todo ello se cuela por los rincones de sus casas impregnando las paredes, reposando en las alcobas y ocupando hasta las entrañas de sus moradores. Es difícil sustraerse a las maravillas de estos encantos, como fácil es dejarse llevar por los pensamientos melancólicos, al contemplar el ir y venir de las olas que te arrastran hasta dejarte en las más oscuras profundidades.

Sentada a la orilla del mar, cierro los ojos por un instante y aspiro la esencia que viene de las profundidades, como si se tratara de una droga, dejándome atrapar por ella. Al abrirlos miro al cielo, y como un saludo, una blanca gaviota en lo alto bate sus alas mientras se aleja de la costa.

Mi amiga Loli diría: "Eso es señal de mal tiempo", y seguiría con su trabajo en la casa como si lo dicho fuese un hecho irrevocable por la ciencia. Y es que, a fuerza de escuchar el viento y el mar, cuando se aprende a leer en el color del cielo, se llega a poseer la experiencia en los asuntos de la meteorología, y los pronósticos son tan acertados como los de un estudioso de la materia.

Pero aquí y ahora esa gaviota tiene la fantástica belleza de mil imágenes, aquellas que guardan los pinceles de un pintor. Sobre el gigantesco lienzo azul, ella, la gaviota, resplandece como única estrella. Esa gran mancha celeste le sirve de escenario. El blanco de su cuerpo gira en mil piruetas sin horizonte, sin mar, siendo en sus acrobacias faro para el marino, canto de poetas, inspiración de artistas, y para los enamorados, versos arrancados de su belleza.

Pero mi pensamiento hoy es más melancólico, y al igual que la paloma de Rafael Alberti, pienso que esta gaviota parece haber equivocado su vuelo.

Sigo mirándola, y ella parece que me observa despreocupadamente. Sí, se equivoca.

Por ir al mar, fuiste al lago.

Creíste que la espuma de sal era la marejada.

Te equivocabas.

Creíste que el aire era mi caricia;

que el atardecer, tu casa.

Te equivocabas (...)


Sigo pensando en los versos como en una visión del vuelo de la gaviota. Y pienso que la vida no es otra cosa que giros sin sentido. Volamos y giramos sin detenernos a mirar cuanto nos rodea. En ocasiones creemos viajar por nuestra existencia guiados por la visión concreta de ese Norte, que no es otra cosa que una fantasía.

Ella, en el azul del cielo, parece entender mi pensamiento... Hace una pirueta en su vuelo y de nuevo danza frente a mí.


Te equivocaste, gaviota.

Te equivocabas.

Pensaste que el ocaso era el día.

Que el acequión, mi garganta.

Te equivocabas.

Que mi mirada era un espejo;

que tu palpitar, una sonata.

Te equivocabas.


(Ella se detuvo sobre la sal.

Yo alcancé el cielo con mi alma)


Describir el vuelo de la gaviota y llevarlo a la forma de arte. Sugerir la suavidad de las alas cuando roza una nube entrometida es únicamente posible en la voz de un poeta. La poesía de Rafael Alberti describe los sentimientos que me sugiere el majestuoso vuelo de esa gaviota. Con esos versos ha quedado su imagen plasmada en mi mente, pero sin esperar un ¡adiós! se aleja de este escenario para seguir su representación en otro cielo, con otro mar.

Me pregunto: ¿realmente se está sola frente al mar?

Miro al frente y esa imaginaria quietud es rota por el chapoteo que provocan las olas al estrellarse en las rocas. Junto a la orilla del mar todo me parece tan cambiante... Mi intención en este día es descubrir si quizás el horizonte ofrece otra realidad, aquella que no se encuentra en los libros pero que se transmite a través de la sangre, dejando una huella de coraje y sensibilidad en las gentes pegadas a la mar.

En estos momentos, toda la calma que me rodea parece concentrarse para facilitar mi búsqueda. La brisa arrastra el aroma de los moluscos y las algas. Tengo una sensación extraña: ¿es éste el medio en que han nacido y viven las fuertes, enérgicas, pero amantes, silenciosas y solitarias nereidas? ¿Es en esta tierra donde el trato íntimo, sensible, se transforma en melodía convirtiendo el pueblo en un susurro de canciones propias de mil sirenas?

Pensaréis que en mi locura he imaginado ver entre las olas a esos seres mitad mujer, mitad pez que con sus cantos arrebatan la lucidez de las mentes de los navegantes. No os equivoquéis. Os aseguro que a lo largo de mi vida las he visto, he compartido con ellas momentos de felicidad y de tristeza, han sido mis maestras, las que me brindaron la oportunidad de ser yo misma, siendo al mismo tiempo parte de la realidad cotidiana en esta tierra. Únicamente, y a diferencia de las protagonistas de las fantásticas epopeyas de griegos y romanos, estas nereidas guardan silencio... y esperan. En ocasiones me he preguntado si yo misma soy una de ellas. Aunque lo que deseo descubrir es el secreto que guardan en su interior. Desprovista de cualquier prejuicio, éste es el momento de enfrentarme al presente y pasado de esta tierra. Arropada por el brillo debilitado del atardecer y perseguida por el aroma a brea, la veo venir, en ella se advierte la serena tranquilidad que da la vejez.

Dejé pasar el tiempo, temerosa de enfrentarme a esta verdad con forma de mujer que guarda entre sus años pasados un bagaje de recuerdos sólo comparable a la sabiduría que encierran los tomos de cualquier biblioteca. Sólo por esta ocasión os pido una licencia: ¡descubríos! ante la ilustre mujer de Torrevieja.


Ella va caminando lentamente, tanto que se podrían perfilar sus contornos enmarcados por la delicada sumisión a una palabra, “el destino”, como si estuviera encadenada a él. Guarda en su interior el furioso grito de deseo por cambiar su mundo, siendo la única dueña de las horas que marca el reloj de su vida. Sólo que su condición de mujer la ha tenido sujeta a esta orilla, sin otras miras que la línea llamada horizonte, sin otros pensamientos que volar. Mitad mujer, mitad sueño.

Al principio la veo venir y no es más que una pequeña figura oscura. Camina despacio, pero con la temblorosa firmeza que dan los años a quien ha vivido tanto como ella. Cuida detenidamente dónde poner los pies mientras adivina el lugar en el que apoyar su gastado bastón de madera. La cabeza gacha parece mirar cada piedra del camino (aunque sus ojos hace tiempo que no ven la belleza que le rodea). El moño, en lo más bajo de su cabeza, recoge una oscura cabellera; las blancas canas se olvidaron de cubrir esta anciana testa. Nadie sabe a ciencia cierta su edad. Pero al verla, pienso que es precisamente la gran cantidad de primaveras pasadas lo que la obliga a ir encorvada, casi pegada al suelo, como si la tierra quisiera apoderarse de ella.

Tal vez respondería al nombre de Concepción, Pura o Conchita, incluso Inmaculada; todos esos nombres servirían. Aunque... ¿se trataría de la misma mujer? ¡No! No sería ella. En esta ocasión quiero hablar de quién es mitad raza, mitad sabiduría; os presento a “la tía Concha” (así quiere ser llamada y así la conoceréis).

Se trata de una mujer de ojos negros, no muy grandes pero expresivos. Aún conserva la hermosa vivacidad de otro tiempo. Aunque carece de una clara visión, ella acierta..., más bien adivina si quien le habla es gente del pueblo o forastera. Aunque su pregunta siempre es la misma: "Perdone, usted no es del pueblo, ¿verdad?".

En la mayoría de los casos se trata más de una afirmación que de una pregunta, ya que la respuesta la conoce perfectamente. El asunto es que a su corta visión habría que añadir un oído perfecto que sorprende a propios y extraños. A pesar de todo ello, esta anciana no ha dejado de hacer su habitual recorrido por las calles del pueblo, a no ser que el “levante” le impida caminar con seguridad.

Cuando se la ve por primera vez, se comprueba que la tía Concha es una pequeña mujer de delicado tratamiento con cualquiera que se acerca a ella. En sus palabras guarda la suavidad que poseen las melodías de esta tierra con aire seductor, en las que se relatan historias de soledades y alejamientos, con aire caribeño y sabor marino.

Esta mujer pudo ser la protagonista de alguna de esas habaneras que se cantaban al anochecer junto a la reja de la amada. En ella aún se ve esa gran hermosura y hechicera mirada. Sus pómulos redondeados enmarcan un rostro amable que, unido a una barbilla proporcionada, ofrece el inconfundible perfil de mujer mediterránea, en la que se entremezcla el olor a flores, con el sabor a tierra salina, todo ello junto a su menudo cuerpo.

Pero a diferencia de las canciones, ella supo lo que significó luchar. Su frágil cuerpo se creció ante las dificultades, sus manos conocieron como lavandera el frío que se cuela en la piel los días de invierno, mientras reservaba las suaves caricias para su familia. Esto hace de ella que posea la imagen tierna de la vejez levantina, la que a orilla del mar habla de su pasado como madre y padre a la vez, porque su hombre tenía que navegar.

Sigue caminando penosamente hacia mí con sus ochenta y muchos años apoyada en su frágil bastón. Se ve en ella esa mezcla de seriedad y rectitud, transmitida por esas ropas eternamente negras que comenzó a usar cuando faltó su marido hace... tantos años que son pocos los que recuerdan el naufragio. Una severidad propia de quien se enfrenta a la vida sin más ayuda que su decisión y una gran voluntad. En el caso de “la tía Concha”, la decisión se la dieron unos brazos huesudos y su voluntad, ésta tenía la forma de tres niños que apenas levantaban un palmo del suelo. Por aquel entonces Concha pasó de ser una joven, casi una niña felizmente casada, a una viuda sin tiempo para llorar. Y es que, según confesó al enterarse de la muerte de su marido: "Quien tiene como rival a la mar no puede llorar, sería señal de debilidad".

Y Concha demostró no ser una persona débil. En algunas ocasiones se la veía pensativa, con el gesto triste, aunque reaccionaba sin tardanza cuando la reclamaba alguno de sus hijos. En su trabajo, remendando redes en el puerto, se distraía contemplando la mar pensando... El ir y venir de las olas era como un dulce bálsamo que la acogía ofreciendo calma.

Las otras mujeres miraban y susurraban. Concha tenía su cuerpo en esta tierra y su espíritu en la mar. Durante esos segundos su amor surgía de las profundidades para arrebatarle el débil aliento de mujer del que estaba falto. Ella miraba los barcos y un suspiro se escapaba de lo más profundo de su interior. Sobre sus piernas, que deseaban correr hacia esa mar que tanto le robó, las redes, en las que estaba atrapada como si fuese un mítico animal marino. Miraba aquella confusión de agujeros, en ellos dejaba su dolor, junto a una gran rabia en cada puntada. En silencio movía sus manos mecánicamente, remendando, cosiendo… día tras día. El luto de sus lágrimas se mezclaba con el aire de la mar. Pero nadie la vio llorar.


Apenas la separan de mí unos cincuenta pasos, que se alargan en el tiempo. En su figura veo a cuantas generaciones de mujeres que como ella han pasado por esta tierra dejando un rastro de duro trabajo, de fortaleza y soledad. Hoy mi cita es con todas ellas y con esta anciana. Sí, quiero hablar con todas las que paseasteis en otro tiempo; con vosotras, que derramasteis vuestros encantos en forma de sonrisa seductora por las calles de este pueblo. Con las que apenas salisteis de vuestros hogares cumpliendo religiosamente con los deberes de una buena esposa y madre, atendiendo a maridos embrutecidos y a niños que colgaban de vuestros delantales. Desearía hablar con las que remendabais redes con puntada certera a la orilla de la mar o las que salabais el pescado que engordaban las redes, dejando la suavidad de esa piel joven entre el blanco de los grumos salinos. Y con vosotras, las modistillas que terminabais con el cuerpo encorvado, no por los años, sino porque la aguja os tenía cosidas a los paños, en los que uníais vuestros sueños de niñas a esos vestidos que nunca serían vuestros. Quiero dirigirme a quienes fuisteis atrapadas entre la orilla del mar y esta tierra, como sirenas de un mar contradictorio que os arrebató a vuestros hombres, dejando para vosotras el silencio de las olas, el canto de vuestra tristeza en forma de serenata a la orilla del mar. A vosotras me atrevería a deciros, sin temor ni reparo, que en este pueblo las mujeres han poseído un espíritu fino, sutil, incluso intuitivo, sin llegar a la bobería, pero con ese toque de discreción que da esta tierra bañada por el Mediterráneo. Todo ello sirvió para identificaros ayer y hoy como mujeres en las que se une la esencia de esta tierra y la fuerza de su mar. La nostalgia de otros tiempos parece renacer en cada una de vosotras.

Si los pueblos situados al borde de este mar han sido el comienzo de numerosas civilizaciones, sus mujeres forman los pilares de ese desarrollo. En otros pueblos, podemos ver a otras mujeres que ríen y sueñan, con las que hablamos, observamos su forma de comportarse y miramos cómo se sientan, como caminan, hacemos amistad sincera con ellas. Pero a pesar de toda esa sencillez, de sus encantos, de cuanta amabilidad transmiten, como recuerdo, nada de ese aroma a Mediterráneo.

A lo largo de siglos de historia, el hombre ha luchado en estas aguas, ha emigrado, ha creado culturas y ha fundado otros pueblos, y sus mujeres, como Penélope, esperaban. Aunque el tiempo corra rápidamente para todos, existen cosas que no varían en absoluto. Si alguien se aproxima hasta la orilla del mar, siempre podrá encontrar a una muchacha que, sentada en silencio, espera.

Contemplará su quietud, acertará a ver la resplandeciente luz del amanecer en su piel dorada. Unido a ello, descubrirá el perfume mezcla de jazmín y salitre, y junto a la languidez de sus formas, la melancolía de mil atardeceres rojos. Tal vez al verla se pregunte: "¿Quién es ella? ¿Qué secreto guarda?".

Pero esta visión de la muchacha confundirá sus pensamientos, mientras ella, callada, ausente, con la única intención de seguir viviendo en un mundo aparte, será rodeada de cuantos paseantes caminen por su lado. La mirada de esa mujer estará perdida entre el blanco de la espuma del mar y las nubes, donde creerá descubrir una vela que en el horizonte hace años desapareció.

Ella, día tras día, sigue sentada junto al mar, esperando.

Se dice que a los marinos la mar los enloquece, que al dejarse acariciar por estas aguas pueden perder el sentido como si fuera posible el embrujamiento de alguna diosa mitológica que tiene como dominio las profundidades. Quizás esto sea cierto. En el caso de las mujeres, su realidad es otra, y ante los deseos de esos marinos sólo pueden hacer una cosa, callar, callar ante esa atracción que los lleva a estar lejos de casa. Todas ellas saben muy bien cuál ha sido su deber, podrán ser dueñas de cuanto posean en sus hogares, serán quienes eduquen a sus hijos y vigilen las casas. ¿Y los hombres...? Ellos son de la mar.

La tía Concha es claro ejemplo de ello. A lo largo de los años ha sido la Venus de clara belleza, la Penélope sin Ulises, el pilar que mantuvo en pie su hogar; y hoy, a orillas de este mar, sus días son como la laguna donde reposan las aguas dejando en el fondo su esencia. Ella, la tía Concha y todas aquellas que vieron nacer sus días en esta tierra, dejan plasmada en nuestra retina la imagen de la mujer mediterránea, y en nuestro ánimo la esencia de esta tierra.

Como nereidas sin voz nadarán entre el día y la noche, entre el deseo y la pasión. Como mujeres seguirán mirando la mar envidiando a quien sigue embrujando a sus hombres. Como esposas, soñarán con mil noches de placer que ya no volverán. Por mi parte, observo en silencio a cuantas son hijas de esta tierra, mientras desearía poseer esa esencia que guardan todas ellas en su interior. A cambio, ahí va mi saludo como reconocimiento. La respuesta de la tía Concha a mis palabras no es otra que la eterna pregunta que sirve de cumplido para los desconocidos: "Chicona, ¿tú no eres de este pueblo?".

Miro curiosa su rostro, y una suave sonrisa la delata. Como siempre, ya conoce la respuesta.