Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 28 - OtoƱo 2012
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
A mi padre Maribel Roca Hermosilla


Ayer regresamos de un corto viaje por Andalucía, una semana en las playas de Torrox, en Málaga. Aparte de sol, baño y descanso, para mí ha sido muy enriquecedor e impregnado de recuerdos infantiles hacia mi padre.

Hemos pasado por Almería y Granada, recorriendo sus serranías y cortijos. Aunque no había estado nunca, me eran familiares los pueblos y sus nombres.

Mi padre los había recorrido mucho en tiempos difíciles, y siempre nos lo contaba, casi sin darle importancia; pero pensándolo, y ahora viendo los caminos por donde “pateaba”, creo que tenía más de la que él le daba.

Mi padre entró a trabajar en la Empresa Nacional Bazán, como tantos y tantos cartageneros, en plena posguerra, sobre el año 1940. Como había sido comerciante de alimentación, le encargaron la formación de un economato dentro de la misma empresa. En un principio sólo conseguía bacalao y patatas de mala calidad. Visto lo cual, el director le llamó a su despacho, y hablando de qué podrían hacer, acordaron salir a comprar por dichos cortijos de Andalucía habichuelas, garbanzos, lentejas y, a poder ser, aceite y buenas patatas. Y así se vio metido en aquel no pequeño y arriesgado lío.

Salió con un camión; claro está, de aquella época. El chófer, cinco o seis hombres todos a su cargo y, como es natural, un sobre con mucho dinero. Así, por las buenas, con un trato de hombres, entre don Luís Díaz de Viar, el director, y mi padre, Francisco Roca Martínez, un hombre honrado donde los hubiera.

Se encaminó por las sierras de Granada, Almería, Jaén y Málaga, a la busca de sustento para los empleados de la empresa, y llenar, a poder ser, las estanterías del pequeño e incipiente economato.

Logró llenarlo. Más tarde, otro más grande en el centro de Cartagena, y, faltándole poco para la jubilación, un tercero en el Ensanche de Cartagena, tipo “supermercado”.

Continúo con mis recuerdos. Ahora ya hay autopistas y carreteras de montaña bastante buenas, pero muy peligrosas por sus curvas cerradas, donde se pueden ver viviendas nuevas y sorprendentes, y cortijos viejos pero muy encalados, el monte muy verde, parece un palomar. Ahí me imagino yo a mi padre, metido en una fonda con algunos quinqués y lámparas de aceite sobre las mesas, pues los “tratos” siempre se hacían de noche, cuando los tratantes del “estraperlo” podían zafarse de los “civiles”.

Aunque iban más hombres, todos de confianza, el trato lo hacía él solo, para que el negocio se mantuviera en el máximo secreto. Él solo se iba con el estraperlista que le ofrecía mejor precio, sin saber dónde se iba a meter o qué le iba a pasar, siempre en la clandestinidad, a ver la mercancía y hacer el pago con el dueño, algún señorito. Sin factura, sin albarán, ni nota de entrega. De esta forma, iba al día siguiente con el desvencijado camión, su chófer y sus hombres, que siempre viajaban en la caja descubierta, lloviese, tronase o nevase, que por aquellos contornos no era extraño. Pero los hombres siempre querían viajar aunque fuese en aquellas condiciones, porque sabían que esos días comían caliente y bien. Mi padre iba alternándolos en cada salida.

De vuelta a Cartagena, entregaba cuentas al director. En un papel de estraza detallaba lo que había pagado por la mercancía que había sacado a mejor precio: la cuenta de la fonda, camas, comidas y bebidas, gasolina para el camión, que tenían que comprarla con latas donde podían, y al precio que le pedían. Y todo era válido entre dos hombres que confiaban el uno en el otro.

Por eso, durante estos días, al visitar esos pueblos, que son preciosos y están bien conservados y muy cuidados, recordaba y por esos caminos de Dios veía a mi padre, que era pequeño, pero muy grande y valiente. Nada le parecía imposible. Y me he sentido orgullosa de ser su hija, porque esto es sólo un episodio de su larga vida, y no hubo nadie que no lo apreciara y reconociera su trabajo.

Adiós, papá, hasta la vista.