Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 25 - Invierno 2012
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Un bolero especial Maribel Roca Hermosilla

 

 

Aquella mañana, Carmen se despertó con el tiempo un poco justo para ponerse en marcha, ella y sus hijos. Ya eran las siete y cuarto, pues remoloneó un poco sintiendo aún el agradable calor y olor que había dejado su marido en la almohada.

Se acordó de cuando se conocieron, fue en un grupo de amigos aficionados a los boleros que organizaron una fiesta en la casa de campo de una de ellas. Lo pasaron muy bien y desde el principio se fijaron el uno en el otro.

En la mini-cadena empezó a sonar ese tan bonito que se titula Solamente una vez y canturreándolo se fueron acercando el uno al otro, mirándose a los ojos:«...se entrega el alma, solamente una vez y nada más». Verdaderamente fue así, se habían entregado el uno al otro y a nadie más.

—¡Mamá, mamá! ¿Qué pasa? ¿Estás enferma? Vamos, mamá, que llegamos tarde.

—Voy, hijos, ya voy. Estaba soñando. No sé lo que me ha podido pasar.

Les puso el desayuno a los nenes, se dio una ducha rápida, tomó un café cargadito con unas galletas y salieron todos de casa cerrando la puerta tras ellos.

—Hoy no he podido ni estirar el edredón. Y vosotros, ¿habéis hecho vuestras camas?

—Sí, mamá, pero date prisa, que vamos muy justos, tenemos gimnasia y es un cuarto de hora antes.

Llegaron a tiempo. Se bajó, les dio un beso y los vio entrar en el vestíbulo del colegio.

Algo más tranquila, continuó para su trabajo, pero se le había metido en la cabeza la canción de su primer baile con su marido Solamente una vez... ¡Era tan bonita esa canción! Y le traía a la memoria tantos felices momentos y tan cortos que empezó a llorar estrepitosamente sin poder parar. Puso el intermitente y se detuvo en el arcén con las luces de emergencia. Alcanzó el móvil y marcó un número.

—Construcciones Sánchez Mateo. ¡Dígame! —respondió una voz amable.

—Federico, ¿está Carlos?

—Carmen, por favor, sabes que no está Carlos. ¿Necesitas algo? Sabes que me tienes a tu entera disposición para lo que quieras. ¿Dónde estás?

—Llegando a mi trabajo, en el kilómetro 26; gracias, perdona.

—Espera. ¿Quieres que comamos juntos?

—Bueno.

—¿En la cafetería de siempre, junto al supermercado?

—Sí, a las tres y cuarto. Hasta luego.

—Adiós, Carmen, hasta luego.

La mañana pasó tranquila y lenta, sólo se animaba un poco cuando recordaba el Solamente una vez y sonreía tímida y tristemente.

A las tres terminó su jornada de trabajo. Se introdujo en su vehículo y puso dirección a la cafetería en la que había quedado con Federico. No tenía apetito ninguno y sentía la inmensa tristeza y soledad que la invadía desde el trágico accidente de Carlos, que truncó su vida. Fue inesperado y cruel, deshizo su vida, sus hijos eran lo único que la ayudaba a vivir con sus risas y palabrerías.

Pero su soledad más absoluta era muy difícil de sobrellevar. Lo veía, lo sentía, y percibía su olor y sus caricias... ¿Se estaba volviendo loca? Quería ser fuerte, alegre, sólo para sus hijos, y no podía, caía en el desaliento y la desesperación.

Federico era un buen amigo. Desde los bailes de jovenzuelos y junto con Carlos fundaron la constructora Sánchez Mateo, la cual regentaba él solo desde el accidente de Carlos.

Cuando aparcó, Federico estaba esperándola en la puerta con cara de preocupación. Se saludaron y entraron en el establecimiento. Pidieron el plato del día a la camarera y esperaron en silencio.

Ella lo rompió pidiendo disculpas.

—Carmen, por favor, no digas eso, ya sabes que nada me hace tan feliz como ayudarte en todo lo que pueda.

—Ya lo sé, pero lo de esta mañana ha sido demasiado fuerte. Verdaderamente creía que Carlos se encontraba contigo en el despacho.

—Tienes que ir superándolo. Sé que es duro, durísimo, para todos. Yo también lo echo de menos. Algunas veces pienso meter a alguien que me ayude, pero no puedo, es algo que me sobrepasa. Lo siento; en vez de animarte...

—Ya sé que tú también lo estás pasando mal, pero eres el único al que puedo acudir, y sé que me comprendes.

—Por eso debo animarte en vez de contarte mis preocupaciones. Por los chiquillos y por ti me siento obligado, perdón, obligado no, quiero ser vuestro apoyo y consuelo. ¡Por favor! No dejes de llamarme cada vez que lo necesites.

Llegó la camarera con los servicios y comenzaron a degustarlos, sin prisa. Hablaban y hablaban, se fueron desahogando y cuando llegaron al café sonreían tristemente.

Quedaron para comer al día siguiente y al siguiente también. El sábado llevaron a los niños al zoo. Eran ahijados de Federico, le llamaban padrino. Federico nunca se había casado, no se sabe por qué.

Quedaban para comer. Los fines de semana los pasaban los cuatro juntos, y hasta alguna noche Carmen lo invitó a cenar, y en la mini-cadena sonaba el final del bolero: «...la esperanza que alegra el camino de mi soledad...».