Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 24 - OtoƱo 2011
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Una casa con parra (2) Maribel Roca Hermosilla

Una casa con parra (1)

Ese patio con parra era media vida para Isabel. Aparte de la parra y las macetas, tenía cocina, un rincón para tender la ropa y un aljibe que cada año bajaban a limpiar antes de que empezaran las lluvias. Se fregaba como el suelo de la casa, con cubo y bayeta, para luego, en el verano, disfrutar de agua fresquita. También se utilizaba como fresquera.

En una ocasión, Isabel mató un conejo, pues también junto a la gatera tenían un gallinero y una jaula para conejos (como en casi todas las casas), y también un gato por si entraba algún ratón. Bueno, puso el conejo ya peladito en un paño limpio y lo metió en el cubo, y éste lo dejó a un palmo del agua dentro del aljibe toda la noche.

Por la mañana, sólo quedaban los huesos. Durante la noche, por la maroma habían bajado las hormigas y se lo comieron. Siguieron refrescando fruta, y otros conejos, gallinas y pollos, pero desde aquel día ponían en la maroma trapos con aceite de oliva.

—¿Qué os parece el frigorífico?

Al patio acudía alguna que otra vecina, y cuando bajaba el sol, a la puerta recién rociada. Tenía una vecina mayor, que era del barrio de toda la vida, y ya, avanzada la noche, cuando el resto de vecinos se habían retirado, le chismorreaba los pecadillos del vecindario, que no eran pocos, pero había que guardar la compostura fuera y dentro de casa. Isabel sabía escuchar y guardar el secreto.

La familia crecía, el hijo tenía novia, la hija “pretendientes”, y para tenerlos a la vista, los “guateques” se preparaban en el patio con parra. Ella desaparecía, pero, por la ventana del comedor, bajada la persiana discretamente, vigilaba. Ya tenían frigorífico y pick-up, discos de Tom Jones, El Dúo Dinámico, Elvis Presley y otros de la época. Se pasaba bien y no se estaba en la calle. También había bocadillos, tortillas y limón helado, que a su marido le salía muy bueno. Los chicos ponían los refrescos.

El patio con parra empezó a peligrar. Su marido pensó realizar la ilusión de su vida: sobre la casa, edificar dos pisitos para sus hijos, con la pequeña herencia del campo de su madre y los ahorros de todos. El patio había que reducirlo. Isabel estaba contenta, iba a tener a sus hijos cerca; pero su patio con parra, sus macetas, su cocinica y el aljibe desaparecerían. Se decía el matrimonio que quitaban los gallineros para hacer otros en la terraza para sus hijos.

La boda de su hija, y los bautizos y comuniones de sus nietos, aún se celebraron en la casa, ahora ya en el patio sin parra, pero con muchas macetas.

Un gran disgusto le costó, años después, cuando en el jardín que tenían en la entrada principal de la casa metieron los coches de sus hijos y tuvieron de arrancar su jazminero; eso sí le costó lágrimas. Pero le cogíamos jazmines de los jazmineros vecinos, que eran todos hijos del suyo.

Paco e Isabel seguían felices en su casa y con toda su familia siempre por en medio. Él, ya jubilado, siempre jugando o paseando a alguno de sus nietos, y recibiendo a familiares que venían a visitarlos. Isabel, ya con algunos achaques.

La vida, un principio y un fin. La pareja más feliz y complaciente del mundo se rompió. Paco se fue antes que ella, casi sin darnos cuenta. Salió de su casa. Ella lo veló, sentadita en su silla de ruedas.

Isabel siguió con nosotros, y más de una vez me dijo:

—Hija, no sé lo que hago aquí, pero no me quiero ir. ¡Estoy tan a gusto en mi casa y con vosotros!...

Se fue a los tres años de su marido, y la casa se vació, y su silla de ruedas también se quedó vacía. Para mí..., la llenaba entera.

Paco e Isabel me enseñaron a andar, a hablar, a comer, a beber, a reír y a llorar, a ser limpia y ordenada, y a respetar al prójimo. En fin, a ser una persona. Luego, cada uno elige su camino; pero ellos me dieron la base y también la vida, eran mi padre y mi madre.

Nunca me había separado de ellos, ni mis hijos tampoco, y mi marido convivió con ellos, desde los “guateques”, más de treinta años. Toda una vida.

Esta intimidad mía he intentado narrarla en dos partes, sentada, pero ahora con ventilador, en el patio que ya no tiene parra, pero sí muchas macetas.

La mesa del campo, con un gran cajón, y el arca están en el interior de la casa, junto a muchos recuerdos de Paco e Isabel, mis padres.

Como el ancla, nos agarramos a los escollos de la vida.