Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 22 - Primavera 2011
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El joven discípulo Eliseo Pérez Gracia



 Ciudad de Qart-Hadast (actual Cartagena), capital de los Cartagineses en Iberia. Año 223 antes de Cristo.

 El joven discípulo, vestido con una túnica corta de lino ceñida con un cinturón y calzando unas sandalias de cuero, esperaba impaciente la llegada de su maestro.
 El joven discípulo tenía cerca de diecisiete años, un cuerpo delgado y nervudo, cabello oscuro ensortijado, nariz aguileña y unos profundos ojos negros.
 “¿Cuándo demonios vendrá Sosylos?”, meditaba el joven discípulo. “Sabe que no soporto esperar. Debe haberle sucedido algo inesperado. A pesar de su avanzada edad y de que, en ocasiones, le falla la memoria, es muy extraño que no esté ya aquí. Él es muy puntual”.
 El joven discípulo ardía en deseos de encontrarse con su preceptor heleno, originario de Esparta. La última historia que le había relatado, tras concluir las lecciones, versaba sobre las peripecias de Hannón, el valiente viajero cartaginés que circunnavegó las costas africanas más allá de las Columnas de Heracles. Y para ese día, Sosylos le había prometido que al terminar los pertinentes estudios de Retórica y de Gramática, leerían juntos un rollo de papiro, escrito en griego, que recogía las aventuras de otro bravo e indómito navegante, originario de la lejana patria del joven discípulo, la gran Cartago africana, al otro lado del Mar Interior.
 El joven discípulo, no obstante poseer una férrea disciplina, aprendida de su padre, para no expresar sentimientos ante los demás, sentía auténtica predilección por su admirado maestro. A pesar de sus eternas disquisiciones, y no pocas regañinas, el viejo tenía un corazón de oro. Solo él conseguía que abandonara a diario, por un par de horas, su intenso entrenamiento en el manejo de las armas, a pie de las altas murallas, para acudir al patio de los cipreses del palacio-fortaleza al objeto de recibir las clases del docto anciano, clases que seguía con suma atención, sobre todo cuando, entre el aprendizaje de prosaicos conceptos, Sosylos introducía interesantes historias con su fatigada pero cadenciosa voz. Poseía la rara habilidad de hipnotizarlo y así trasladarlo al lugar, por muy remoto que fuera, en el que el relato acontecía.
 Pero aquel día el preceptor no llegaba. El joven discípulo, aunque en raras ocasiones transigía con los retrasos, aplicó las fuerzas que poseía de autocontrol y que el mismo Sosylos le había ayudado a desarrollar. Ello le permitió permanecer sentado en el banco de mármol en lugar de dirigirse, con paso ligero, a la pequeña estancia que habitaba el maestro en el torreón oeste y urgirle, de manera airada, a atenderlo como era su deber.
 El joven discípulo, aunque irritado por la tardanza, no pudo evitar esbozar una tenue sonrisa, enmarcada en su bronceado rostro, al evocar cuándo, hacía aproximadamente seis años, acudió aterrorizado a la intempestiva llamada de su padre y éste, con su adustez y solemnidad habituales, le presentó a la encorvada figura situada a su derecha, a Sosylos el griego, la persona encargada, desde ese momento, de su formación en los conocimientos necesarios que se le exigían por ser quien era, el hijo de un gran jefe destinado en el futuro a ser impulsor y protagonista de grandes gestas para su pueblo. Pero la sonrisa esbozada dio paso a una expresión de tristeza. Su padre ya no habitaba entre ellos, había traspasado la puerta de la muerte al ahogarse en un río tratando de escapar de una ruin emboscada, traicionado por los que se suponía eran sus aliados. Desde entonces, poco a poco, el sabio había ocupado el espacio de su progenitor, el primer lugar en sus afectos.
 De repente, al escuchar ruido a sus espaldas, el joven discípulo se alzó del lugar en el que se encontraba sentado, esperando vislumbrar, a la entrada del jardín, la enjuta silueta del preceptor aproximándose en su busca. Sin embargo, no era Sosylos quien se acercaba, sino que se trataba del mismísimo Estratega, el señor de Qart-Hadast, la esplendorosa y próspera urbe cartaginesa, habitada por cerca de 40.000 almas, capital de los púnicos en Iberia.
 Aunque parientes, ambos intercambiaron formales saludos, fruto de una disciplina militar que aplicaban incluso en sus encuentros privados. A continuación, Asdrúbal Janto, dueño del imponente palacio-fortaleza que se alzaba en una de las cinco colinas que conformaban la ciudad por él fundada sobre un asentamiento íbero, le comunicó al joven discípulo que el maestro Sosylos había sido hallado muerto en su habitación, tirado boca abajo en el suelo. Con toda probabilidad, un inesperado ataque, súbitamente sobrevenido, produjo un colapso en su gastado corazón.
 Ante la desgraciada noticia, los ojos del joven discípulo a punto estuvieron de dejar escapar una lágrima, pero no podía hacerlo, un guerrero jamás lloraba, y menos delante de un general.
 -Al incorporar su cuerpo inerte -continuó explicándole Asdrúbal- descubrimos que su mano derecha atenazaba un rollo de pergamino. Vengo personalmente a entregártelo. En su inicio, junto al título, Sosylos ha escrito con letra vacilante algo para ti, casi con toda seguridad lo último que ha hecho en esta vida.
 El joven discípulo cogió con manos algo temblorosas el pergamino que le tendía un serio Asdrúbal, el cual, tras posar por unos instantes sus manos sobre los hombros del muchacho, abandonó el jardín de los cipreses con su majestuoso andar.
 El joven discípulo, de nuevo sentado en el banco de mármol en el que había aguardado, inútilmente, la llegada de su preceptor, comenzó a desenrollar, expectante, el pergamino. Apareció, en primer lugar, el título: “Historia de cómo Himilcón, navegante hijo de Cartago, atravesó el proceloso Mar Exterior hasta alcanzar las remotas Egates, las fabulosas e ignotas islas del Estaño”. Y, seguidamente, anotado con una escritura harto irregular, el joven discípulo pudo leer las breves líneas que le había dedicado Sosylos el griego antes de emprender su último viaje: “Para Aníbal Barca, hijo del Gran Amílcar el Rayo, esperando que aprenda del protagonista de esta narración, el perseverante Himilcón, que cualquier meta o empresa, por formidable e inalcanzable que se nos presente, con esfuerzo y entusiasmo, con el esfuerzo y entusiasmo que tú posees, mi joven discípulo, puede ser alcanzada”.
     




(Nota autor)
 Andando el tiempo, ese joven cartaginés, Aníbal Barca, con la resolución y determinación que, quizás, le inspiró aquel relato que le legó su viejo y querido maestro sobre las gestas de Himilcón el Navegante, al mando de un impresionante ejército, compuesto por 43.000 infantes, 7.000 guerreros de caballería y 37 elefantes, partiendo desde Cartagena, cruzó los Alpes y, tras exitosas campañas, consiguió plantarse a las puertas de la mismísima Roma. Pero eso ya es otra historia.

 Este relato fue presentado al II Concurso Literario Tropas de Himilcón (Fiestas de Carthagineses y Romanos), y obtuvo, en septiembre de 2010, el III Premio Centro de Iniciativas y Turismo.