Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 67 - Verano 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Plomo y albahaca Javier Nieto Roca

 

«Siempre recordaba el aroma a albahaca, esa albahaca fresca, dulce, recién cortada, que mi hermano solía llevar detrás de la oreja. Como un amuleto sagrado, como un preciado tesoro, como una piedra preciosa, así estimaba mi hermano aquel ramillete de albahaca. Nunca entendí por qué aquel hombre robusto, enérgico, curtido, de piel tostada y ennegrecida en cada uno de sus poros por el esforzado trabajo, sentía debilidad por aquel verdoso perifollo, pero ese es el recuerdo que me queda de él, cuando en la alborada, subido a horcajadas sobre sus fuertes hombros, atisbando el campo desde mi altiva atalaya, recorríamos el camino que nos separaba de la mina. La humedad calaba mis huesos y aquel perfume de albahaca llenaba el arca de mi memoria con su adorable fragancia».

 

I

 

Un incipiente siglo xx empezaba a caminar de la mano del progreso, sin embargo, en el caserío de los Segaos el tiempo pareció detenerse: los mismos campos de secano, con higuera y bancalico abrasados por el sol, esos campos batidos por el viento que exige del vago y altivo molino su rutinaria faena, las idas y venidas al exiguo aljibe de media naranja que sediento clama al cielo por esa lluvia que nunca llega, la misma casa solariega, coronada de palomar, en que habitaron sus mayores. En este duro y seco entorno se crió Paco, que, a falta de padre, y con su hermano arrastrado en febril éxodo hacia las minas, fue aprendiendo a batirse en la vida gracias a María, su madre, y sus hermanas. Paco era el cabico tripa de media docena de hermanos, era un zagal enjuto, avispado, desmirriado, no en vano era descendiente de los pulgas de Roldán, pero su menuda apariencia albergaba un espíritu noble, inquieto y sincero.

Desde aquí Paco oteaba el horizonte, donde recortándose en el campo aparecía la imponente mole de la sierra minera, aquello era el progreso para Paco, La Unión, con sus amplias avenidas y aquellos cafés llenos de mineros, en los que mirando por sus ventanales podía ver a los más desgarrados cantaores. O al menos, así lo creía él. Por eso Paco preguntaba a su madre:

—Amaíca, ¿cuándo subiremos a la mina para ver al hermano?

Y madre le contestaba:

—Un día de estos, si Dios quiere, el tío Eustasio nos llevará en la tartana.

Así Paco pasaba los días mirando al polvoriento camino, como si el tío Eustasio elQuincallero fuera a aparecer en cualquier momento.

 

II

 

Aquella mañana el sol parecía más brillante que de costumbre, una leve boria se alzaba sobre el campo y la fuerte ventolera del día anterior había cesado por completo. Paco, sentado a la puerta de casa, comenzó a escuchar el leve tintineo de la quincalla, que mecida por el traqueteo de la tartana del tío Eustasio avanzaba por el camino. Aquel rumor se fue convirtiendo en verdadero estruendo en el silencio del campo hasta que el tío apremió a la mula:

—¡Sooo, Rosica! —que así se llamaba la acémila.

—¡Venga, Paquico, sube, que nos vamos!

Mi madre recogió algunas cosas para darle gusto a mi hermano, y así, con nuestroshatillos sobre el carro, comenzó la jornada que atravesando el campo, este camposalpicado de molinos, balsas, torres y palmeras, nos llevó al encuentro de la mina. El tío nos apeó en el Garbanzal, destino final de su ruidosa carga, aún durantehoras me pareció escuchar el campanilleo de aquellos artilugios, y el resto del camino lotuvimos que cubrir a pie.

 

III

 

Aquel cabezo gris, pelado, con un denso bosque de castilletes y chimeneas, que empezaba a dibujarse ante nuestros ojos, no era el sitio que había imaginado. Conforme subíamos la empinada cuesta me fui dando cuenta de que quizá nunca llegaríamos a las minas que yo había soñado.

Los hombres parecían cansados, abatidos, macilentos, las casas, igualmente mortecinas, no eran blancas como en mi pueblo, y aunque hacía sol, el cielo estaba nulo por los negros nubarrones que escupían las innumerables chimeneas, extraña tempestad recorría la sierra, aunque los truenos no parecían romper el firmamento sino la tierra bajo nuestros pies.

Finalmente, a la entrada de un edificio de ladrillo —como todos los que allí había—, encontramos a mi hermano —y menos mal, porque el hatillo ya me pesaba un quintal—. Con gran júbilo nos recibió, lo encontré más delgado y sucio pero no me extrañó demasiado, visto lo visto.

Mi Pepe me contó todo acerca de su faena, cómo arrancaban el mineral de las galerías a la tenue luz del carburo, el intenso calor que sufrían y que a veces obligaba a los obreros a despojarse de sus atuendos, cómo cegadas mulas por la intensa oscuridad tiraban de negras vagonetas repletas de galena.

—¿Galena?—pregunté.

Pepe me dijo que ese era el mineral de aquellas minas y, anticipándose a mi siguiente pregunta, me explicó que de aquella piedra es de donde sacaban el plomo y la plata. Su rostro se ensombreció, hizo una pausa, y añadió:

—La plata no la verás, se la quedarán los señoritos; en cuanto al plomo, más vale que tampoco lo veas, pues con él se hacen las balas, y las balas, Paquico, son obra del demonio.

—¿Tú crees en el demonio? —pregunté.

—Yo no lo he visto —afirmó Pepe—, pero tampoco he visto a Dios y creo en él. A lo mejor es que el demonio se ha ido a Europa a la gran guerra, donde tanto plomo gastan... Pero algún día terminará la dichosa guerra y se irá a otro lugar, aunque espero que no nos pille ni a ti... ni a mí.

 

IV

 

Aquel día no hablamos, los dos sabíamos que era el último, que cuando él entrara en el pozo yo volvería sobre mis pasos y regresaría al caserío. Él me sujetaba fuerte las piernas y yo, agarrado a su cabeza, miraba al frente intentando recordar todo lo que me había dicho, presentía que confiaba en mí, pero el tiempo se acababa y mañana todo volvería a ser como antes, tan sólo dijo una cosa:

—Estudia, Paquico, estudia y acuérdate que... más vale albahaca que plomo.

Las enormes ruedas del castillete giraban lentamente como si quisieran negar su trabajo, como si el perezoso gigante quisiera evitar a los hombres la ardua tarea, pero mi Pepe y el resto de los hombres, enjaulaos como pajaricos, iban cayendo al profundo averno mientras yo, en pie junto a su boca, podía sentir su frío aliento.

Ya nada podía ver, tan sólo escuchar el leve quejido del castillete y el hondo cantar de los mineros. Hondo pozo, hondo lamento que corría por la sierra, profundo dolor me causaba saber que quizá a mi hermano... no lo volvería a ver.

Mientras deshacía el camino en silencio oía el rugir de los primeros barrenos —que no truenos— que reventaban las entrañas de la montaña, y comencé a comprender por qué mi hermano gustaba de la verde albahaca, esa ramita que le hacía sentir vivo en un mundo de tinieblas, con sabor a plomo en la boca, lágrimas en los ojos y aroma de albahaca. Quizá antes no lo entendí bien, pero ahora lo veía todo claro.

¡Cómo estos hombres no iban a creer en Dios, si vivían tan cerca del infierno!

 

V

 

Al regresar al edificio de ladrillo, en la puerta estaba el hatillo, madre salió y bajamos la cuesta en silencio a coger de nuevo la tartana que nos devolvió a casa. Esta vez no reparé en el ruido de la quincalla, ya no resultaba tan estremecedor con mis oídos, acostumbrados al horrísono bramar de las minas.

Como él había dicho, la gran guerra terminaría, las minas explotadas quedaron yermas como el vientre de una mula. Él marcharía entonces a Francia, como tantos trabajadores que, igual que poblaron estas tierras, las despoblaron agotada la esperanza.

El demonio viajó de uno a otro lugar, incluso por aquí pasó... y me pilló para disgusto de mi Pepe, por eso yo... siempre recordaba el aroma a albahaca, esa albahaca fresca, dulce, recién cortada, que mi hermano solía llevar detrás de la oreja.

 

 

 

Relato ganador del concurso de relato corto histórico, otorgado durante la «Segunda Semana de la Novela Histórica», celebrada durante los días 14 al 20 de mayo de 2001.