Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 67 - Verano 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Lluvia sobre los tejados Rodolfo Carmona Rodríguez



Se escucha demasiado amortiguada por la lluvia una melodía de Elton Jhon, Sorry seems to be the hardest word. Se han vaciado de pronto las nubes sobre mi ciudad y han quedado tendidas en las aceras todas las palabras del mundo. Burbujean las vocales en el instante en que un diptongo se deshace y se trastornan los pronombres cuando aparece un adjetivo con pretensiones literarias.

Es ocasión de mojarse y salir tras ellas. A la literatura o se le entra sin complejos o te quedas sin metáforas. Llueve con ganas y resbala el agua entre mi pelo escaso. No entiende la lluvia de estéticas publicitarias.

Y si bien, reconozco, haya perdido algo de pelo, todavía ando fino en cuestión de reflejos. Atrapo con un gesto felino la palabra palangrero y saco en un último suspiro el verbo insacular. Meto en los bolsillos presura, enyuntar, venustidad. Adivino el griterío del adjetivo casquiderramado y el gesto de satisfacción de las voces debelar, enza y pajarel cuando consigo evitar el término desolación. De la punta de los dedos me cuelgan pudelar, singulto y tinge. Y antes de resbalar con sinécdoque y desgajar las sílabas de avergonzado, he podido agarrar con los dientes los nombres de Carmen y Rebeca.

Diluvia. Y naufraga el abecedario entero por las rejillas del alcantarillado. Regreso a casa y reparo en que llevo marcado en la cara los restos de un vocablo terrible: Holocausto.

Dice el escritor Julio Llamazares que toda la literatura es la historia del paso del tiempo. Que sin el transcurrir del mismo no existiría el afán por contar historias. No sé. Tengo una visión más oriental de las cosas. Creo en el presente continuo. En que todo pasa en el mismo segundo. Que lo ido, lo presente y lo por venir ocurren siempre en el aquí y ahora inmutable. En definitiva, que no podemos separar el ayer, el hoy y el mañana con esa precisión tan cirujana. Me quedo con la idea que transmitió Einsten a la viuda de un íntimo amigo suyo: «Para nosotros, físicos convencidos, el tiempo no es más que una ilusión».

Sospecho que la vida es algo que sucede siempre ahora. Y esta sospecha casa a la perfección con el adagio budista de: «Eres lo que has hecho. Serás lo que haces ahora».

Pero ni las certezas propias o ajenas consiguen evitar el peso del pasado. Y Holocausto es una palabra que sobrepasa cualquier ejercicio literario al uso. No me atrevo a entrar al trapo. Sin embargo, sé que el hecho de su presencia no es una casualidad, sino una causalidad que no admite cobardías. Pero las tengo.

Y las tengo porque, a pesar de que los nazis construyeran gruesos muros de hormigón en sus cámaras de gas para que no se oyeran los gritos agónicos de los prisioneros, aquellos gritos traspasaron con creces esos gruesos muros. Y no hay silencio mayor que esos alaridos. Callo. Suena Paco Ibáñez. Hermosa canción esta Palabras para Julia.

Se entremezcla el ayer con este hoy. Aquellas infames escenas con esta mañana de lluvia. Y encuentro que hay algo obsceno en todo esto. Una fría sensación de impureza, de banalidad extrema, se instala en la humedad de la calle. Ahora entiendo por qué no anidan los pájaros en Auschwitz.

Pasamos de puntillas por la Historia. Bebemos en fuentes agotadas cuando no cínicamente inventadas. Los rebaños necesitan de pastores que los guíen. Y lo saben bien nuestros políticos, que se improvisan cualquier media mentira disfrazada de gran verdad, jaleados alegremente por todos aquellos que persiguen su In pártibus infidélium, su estar a la sopa boba del poder y sus favores.

Abre el viento la puerta de este estudio donde Blas de Otero recita que aún nos queda la palabra. Y veintiuna palabras tenían los prisioneros de los campos de concentración para comunicarse con sus familiares. Veintiuna razones para estirar la esperanza, para decir amor sin pronunciar la palabra muerte. «No espere a padre ni a Francisco. Un abrazo». Escribió un prisionero a su madre. No se puede definir más gráficamente el horror.

Llueve. Pongo a Bach en el compacto y contemplo el aguacero sobre los tejados.