Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 64 - Otoño 2021
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Dos rosas blancas Natacha Sánchez Morales

 

Yo no debía haber salido ese día. Me repetía una y otra vez esta idea durante el viaje de ida. Mientras más avanzábamos, más fuerte se hacía esa sensación.

La fiesta estuvo animada. Por alguna razón, yo sentía una extrema felicidad que casi rayaba en la euforia. Bailé esa noche hasta drenar por los poros la última gota de energía negativa y de miedo.

Es más, nunca debí cortar aquellas rosas blancas.

-¿Crees en los santos?

-Si, por supuesto. Estas flores son para la Virgen de la Caridad. Ella siempre me protege.

La máquina en que regresaba no me ofrecía confianza. En realidad, esa noche yo no confiaba en nada. Llevaba asida mis dos rosas blancas, envueltas en un papel húmedo para que no se marchitaran.

Los años del carro chirriaban dando la sensación de que iba a más velocidad que la real, y que pronto se desharía en pedazos.

-Señor, ¿puede detener el carro un momento, por favor?

-¿Que sucede? Vamos, en esta zona no se puede parar.

-Por favor se lo pido.

El auto se detuvo. Yo tenía necesidad de apaciguar mi respiración y mi ritmo cardíaco. Inhalé todo el aire que pude, pausadamente.

-Ya puede continuar, gracias.

-¿Se siente mal, usted?

-Ya estoy bien, gracias.

La vieja máquina prosiguió su marcha. Unos cuantos metros más adelante, una luz inmensa surgió de la nada, el chófer no tuvo tiempo de reaccionar. En ese momento ya no supe más nada.

Mis ojos se abrieron sólo para ver el terrible desastre. La vieja máquina parecía un papel estrujado. Todo era una masa convulsa, y un ir y venir de policías y ambulancias. Yo no entendía nada.

Traté de rodear el lugar para observarlo todo, sin embargo nadie notaba mi presencia. En el pavimento, en medio de la confusión de cuerpos rotos, estaban mis rosas blancas, asidas fuertemente de mi mano ensangrentada.