Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 64 - Otoño 2021
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
¡Vamos a por ellos! (parte VII) Miguel Navarro Mira

Parte 1 - Parte 2 - Parte 3 - Parte 4 - Parte 5 - Parte 6 -

 

VII


Con la recuperación del cabo Lirola, el patrullero volvió al rumbo dos tres cinco, que era al que se suponía que, viento y mar, habrían hecho derivar al Angélica.

Dado que el segundo se ha incorporado al puente, el comandante entiende que no es precisa la presencia de los tres oficiales e invita al tercer oficial a que se retire a descansar.

-Mira, Gonzalo, no te garantizo que si te necesito no te reclame antes, pero de momento, podrías retirarte un par de horas.

-Lo que ordenes, comandante. Si no me necesitas ahora...

El retintín de la última frase indica al comandante que Gonzalo se ha sentido molesto.

-Entiéndeme, Gonzalo. La noche ha sido larga y todos estamos fatigados. Iremos descansando en función de cómo transcurran los acontecimientos. Si no ocurre nada, cuando subas, nos retiraremos el segundo y yo.

-Claro, comandante. Pues nada; buena guardia y hasta luego.

Cuando Gonzalo abandona el puente, el segundo comenta:

-No parece que le haya hecho mucha gracia que lo mandaras a dormir.

-No lo he mandado a dormir, sino a descansar, y tampoco se lo he mandado. Si hubiera dicho que prefería seguir, no me hubiera opuesto. Lo que ocurre es que Gonzalo es un buen oficial, siempre atento al servicio y, posiblemente, la idea de no estar presente cuando avistemos al Angélica le intranquiliza.

-Pero no lo ha dicho -chincha el segundo.

-No seas quisquilloso... ¿Qué te ocurre con Gonzalo?

Pero la pregunta queda sin contestación por la presencia en el puente del contramaestre, el cabo Lirola y el marinero Jorge. Estos últimos venían abrigados con ropa seca y se les notaba un tanto cohibidos ante la incertidumbre de lo que pudiera ocurrir en aquella entrevista con el señor comandante. Cuando éste los vio subir por la escala, sin dar ocasión al “a sus órdenes, mi comandante: se presenta, etc...”, tomándolos por los hombros, los introdujo en el cuarto de derrota y, viendo que estaban un poco tensos, los tranquilizó.

-Bueno, muchachos, ¿cómo os encontráis?

-Bien, mi comandante -fue la respuesta de ambos.

-Buen susto nos has dado, Lirola, pero supongo que el tuyo habrá sido mayor. ¿Cómo ha sido caerte?

-Es que me mareo, mi comandante, y me acerqué a la borda a largar la maská, ya sabe usted, y en ese momento, el barco pegó dos bandazos y no me pude agarrar y... -con un gesto de cabeza dio a entender que se fue al agua. Luego, añadió-: En cuanto al susto, al principio, creí que nadie se había dado cuenta, y sí, me asusté mucho. Después, cuando vi encenderse las luces y oí la música, supe que se había conocido mi caída y me tranquilicé un poco. Pero ahora, al cambiarme de ropa, he descubierto que me había cagao, mi comandante, y no me da vergüenza decirlo. Ha sido sin darme cuenta.

La brusquedad de la confesión le sorprendió. Aquel hombre, en una sola frase, había resumido todo el miedo que, sin duda, había sufrido durante la traumática experiencia vivida. Sintió un escalofrío y que se le erizaba el vello. Sobreponiéndose a la propia emoción, lo confortó:

-No hay motivo de vergüenza. Has pasado por un difícil trance que no sabemos cómo nos afectaría a cada uno de nosotros. Lo importante es que estás a salvo. Cuando lleguemos a puerto, preséntate al segundo para que te dé unos días de permiso.

-Gracias, mi comandante. Si no manda nada más...

-Nada.

-A sus órdenes, mi comandante.

Desde fuera del cuarto de derrota, el segundo y el contramaestre habían seguido la entrevista. Desde dentro, aunque en silencio, Jorge esperaba expectante su turno. Cuando Lirola salió, el comandante se quedó mirando en silencio a Jorge, como si quisiera leer en sus ojos la respuesta a la pregunta que se estaba haciendo. Jorge se inquietó. Apartó la mirada buscando la del contramaestre como diciéndole: ¿qué hago? Dándose cuenta de su zozobra, el comandante, por fin, le preguntó:

-Bien, Jorge, y, contigo, ¿qué hacemos?: ¿te felicitamos y te proponemos para la medalla de salvamento de náufragos?, ¿o te proponemos para un arresto?

Jorge, en una rápida ojeada, trató de adivinar en la mirada las intenciones de sus superiores. La del comandante le pareció burlona, como si le divirtiera la situación. En la del segundo creyó ver reproche y acusación, lo que le intranquilizó. En cuanto a don Fernando, había fuego en aquellos ojos saltones. Supo que aquél era su más temible enemigo. Que lo que le quedaba de mili iba a ser un suplicio. Pero no se arrepintió de nada. Con la resignación del que sabe que es inútil excusarse, se limitó a un encogimiento de hombros por toda respuesta. Ante tal actitud, el comandante le apremió:

-¿Qué pasa? ¿Te da igual?

-No, señor, mi comandante.

-Entonces, ¿cómo te ves?, ¿como un héroe o como un irresponsable?

-Yo, ni me veo ni soy un irresponsable.

-Pero lanzarse al mar de noche, con temporal, sin chaleco y sin amarrarse el arnés, es una temeridad. ¿Por qué lo has hecho?

Jorge dudó. La actitud del comandante no le pareció de juez dispuesto a condenarlo, sino, más bien, de confidente, interesado en comprender el porqué de su conducta, y decidió sincerarse. Pero, por si acaso, antes hizo un intento de evitarlo.

-Mi comandante, es una historia que no creo a usted le interese escuchar. Permita que me retire.

-¡Ah, pero si hay una historia! ¿Habéis oído? -dijo, dirigiéndose a los oyentes-. Acercarse, acercarse, que Jorge nos va a desvelar el secreto de su heroica actuación. Adelante, Jorge, somos todo oídos.

Jorge se arrepintió. Aquello de “su heroica actuación” le parecíó una despiadada burla, pero ahora no podía dar marcha atrás. Improvisar una historia medianamente creíble no era fácil. Si lo hacía, podía empeorar su situación -que intuía ya no era buena-, así que se dispuso a exponer sus motivos.

-Verá usted, mi comandante; es que, en casa, tanto mi abuelo como mi padre van de héroes.

El contramaestre ya había escuchado aquella expresión y con un leve gesto de cabeza dio a entender que él sabía de lo que el marinero estaba hablando; pero los oficiales, divertidos, se miraron, como si no entendieran. Y, efectivamente, el comandante, con un gesto manual de ¡alto ahí!, dijo a Jorge:

-Un momento, un momento. ¿Qué es eso de que van de héroes? ¿Qué significa ir de héroe?

-Pues eso, mi comandante, que van de héroes. No sé si será verdad o si serán historias, pero lo cierto es que en la familia se les trata como tales y ellos son la admiración de hijos y nietos. Mi abuelo cuenta que se alistó voluntario en la Legión del general Astray y luchó en una guerra que, dice, había en África, contra un rey moro que se llamaba El-Krim, o algo así, y que también, a las órdenes del general Rivera, participó en un desembarco en Alhucemas, que vaya usted a saber si ocurrió, pero parece que lo hubiera realizado él solo, y siempre está contándonos a los nietos sus gestas, y cómo consiguió las medallas que todos conocemos de memoria.

El comandante creyó percibir en el relato de Jorge un cierto resquemor hacia su abuelo y un punto de duda hacia la veracidad de sus historias. Por eso le dijo:

-La que cuenta tu abuelo es una historia real, y la guerra de África, también. El general de la Legión al que has mencionado fue Millán Astray, que la fundó, y el tal rey moro no era rey, sino un cabecilla que se llamaba Abd el-Krim. En cuanto al desembarco de Alhucemas, también es histórico. Pero no fue el general Rivera, sino el general Primo de Rivera, el que mandó las fuerzas. Lo más probable es que los errores en los nombres sean tuyos y no de tu abuelo, que, sin duda, vivió los acontecimientos.

-Entonces -exclamó Jorge-, es verdad que esas cosas han ocurrido.

-Totalmente ciertas.

-Y es posible que mi abuelo sea un héroe.

-Es muy posible.

Jorge se esponjó. Siempre había querido creer a su abuelo y a su padre, pero veía tan difícil eso de ser héroe, que el hecho de tener dos en casa le parecía increíble, y temía haber sido embaucado con fantásticas historias. Ahora, de pronto, ante la afirmación de su comandante, aquellas dudas que le habían atormentado se disipaban, y sentía en lo más intimo de su ser el orgullo de su casta. Una casta de héroes que él acababa de contribuir a perpetuar. Sin darse cuenta, continuó el relato:

-Luego, mi padre luchó en la guerra civil, y también debió destacar, ya que, además de algunas cicatrices, ganó varias medallas, y en cuanto se reúne la familia, ya está contando sus hazañas. Y mi madre y mi abuela, a pesar de haberlas oído cientos de veces, cuando empiezan los maratones guerreros se quedan arrobadas, boquiabiertas, animándolos a que continúen. Al terminar, las esposas los premian con sonoros besos y les llaman “mi héroe”.

Con un encogimiento de hombros, Jorge pareció dar por terminado su relato. El comandante, tras un breve silencio en el que quizá meditaba sobre la pesada losa que sus familiares habían legado a Jorge, dijo:

-Creo que entiendo tu motivación.

Eso impulsó a Jorge a continuar.

-Yo, en la vida civil, soy fontanero, y con este oficio no creo que tenga muchas ocasiones de realizar ninguna hazaña. Cuando vine a hacer la mili pensé que en la Marina tendría ocasión de hacer algo notable, pero hasta ahora, sólo fregar y barrer, y esto no me parece un trabajo muy heroico como para encandilar a mis nietos el día de mañana. Por eso, mi comandante, no podía dejar pasar esta oportunidad. No es un hecho de guerra, pero me la he jugado. Ya podré contarles a mis nietos que un día me jugué la vida para salvar a un compañero.

Al terminar su relato, Jorge quedó todo lo firme que permitían los balanceos del barco, y con la cabeza baja en actitud de humildad manifiesta. Ésa era su verdad. Ahora, si querían entenderla, que la entendieran, y si no, le daba igual.

El gesto entre burlón y curioso con que los oficiales habían comenzado a escuchar el relato de Jorge pronto se tornó incrédulo. Costaba creer que alguien estuviera dispuesto a jugarse la vida sólo para contarles una batallita a los nietos. Pero, no obstante, se sintieron impresionados por lo que significaba aquél no querer “perder la oportunidad”. Eso significaba premeditación y eliminaba la duda de irresponsabilidad. El comandante quiso saber más, así que, con tono afable, dijo:

-Descansa, Jorge, que veo estás haciendo equilibrios. Apóyate donde puedas y dime: ¿no ha sido una imprudencia lanzarte sin chaleco y sin amarrarte el arnés?

-No lo ha sido, mi comandante. Soy buen nadador; sabía que podía hacerlo y había decidido que fuera en esas condiciones. Don Fernando no tiene culpa por no haberme amarrado. Yo no le di ocasión.

Instintivamente buscó la mirada del contramaestre. Quiso saber cómo éste había recibido su exculpación, y aunque el cruce fue fugaz, le pareció percibir una menor dureza en el gesto, al tiempo que, con la cabeza, esbozaba un movimiento afirmativo. Esto lo interpretó como un “te ha salvado la campana”, que lo tranquilizó.

-Nadie ha culpado a don Fernando ni a ti, que bien está lo que bien acaba. Pero hubieras podido contar a tus nietos la misma hazaña sin poner en riesgo tu vida.

-A mis nietos hubiera podido engañarlos, pero yo siempre sabría que los estaba engañando, a ellos y a mí, si les ocultaba que en aquella “hazaña” iba amarrado y provisto de chaleco salvavidas.

-Bien, Jorge, veo que lo tenías todo planeado, y si, además, no ha habido otros voluntarios, la cosa te ha salido redonda.

Fue entonces cuando intervino el contramaestre.

-Perdone, mi comandante -dijo, avanzando un paso-, pero sí había otros voluntarios. Todos los de la sección de cubierta, incluido el cabo Soto, eran voluntarios.

-Caramba, no puedo por menos que sentirme orgulloso de mi dotación. Pero ¿cómo habéis conseguido llegar a un acuerdo?

Entendiendo que la pregunta iba dirigida a él, Jorge respondió:

-No conseguimos el acuerdo, mi comandante. Nos lo tuvimos que jugar a los chinos.

La carcajada fue general. ¡Qué ocurrencia! Jugarse a los chinos quién debía ser el que afrontara un posible riesgo.

Habían escuchado las razones que impulsaron a Jorge, pero ante tanto “héroe” potencial, quizá alguno de los oficiales se preguntaría qué motivos habría tenido cada uno de ellos para desear tan ardientemente ocupar el puesto que, finalmente, la suerte otorgó a aquél. Pero el oficial se equivocaba al atribuir la elección a suerte o habilidad en el juego.

-Y es evidente que fuiste el ganador.

Jorge vaciló antes de contestar. En una rápida ojeada buscó la mirada cómplice del contramaestre, pero éste la rehuyó. Estaba seguro de que lo sabía, pero de lo que no estaba seguro era de que no lo delatara. Optó por una respuesta que no lo comprometiera.

-Conseguí hacerme con el puesto, mi comandante.

Pero el comandante captó la vacilación de Jorge y la furtiva mirada al contramaestre, y supuso que había algo más.

-Bien, Jorge, entonces hoy has conseguido realizar la hazaña que te convertirá en un héroe ante tus nietos, ¿no? Pues que sea enhorabuena. Ahora, puedes retirarte.

-Gracias, mi comandante. A sus órdenes.

El segundo, desinteresado del asunto, se había apartado del grupo y, con los prismáticos, oteaba un horizonte que, pese a la proximidad del alba, seguía oscuro e impenetrable.

Cuando se retiraba el marinero, el contramaestre, que se disponía también a hacerlo, vio el gesto que, con la mano, le hacía el comandante, indicándole que se quedara.

-Usted dirá, mi comandante.

-Mejor dígamelo usted, don Fernando. ¿Qué secretitos se trae con el marinero Jorge?

-Ningún secretito, mi comandante.

-No me mienta, don Fernando, que eso no se lo consiento.

(Continuará)

 

Parte 1 - Parte 2 - Parte 3 - Parte 4 - Parte 5 - Parte 6 -