Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 18 - Primavera 2010
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
No puedo evitar dedicártelo Encarna Hernández Torregrosa

 

    Ya ves, amor mío, hoy tengo la necesidad de dedicarte unos segundos para escribir esta carta. Te aseguro que será la última vez que lo haga. Pero hace tanto que te marchaste que precisamente hoy siento deseos de despedirme de quien fue capaz de despertar en mí el amor. Incluso me parece tan extraño que mi corazón aún sienta algo por ti... No somos niños, pero he de confesar que a pesar de los años, no puedo evitar el recordar aquellos días en que te encontrabas a mi lado. Es tan real esa presencia... Tanto, que después de veinte años sigo sintiéndola cerca de mí. Es una sensación real, tanto como la que sentí el día en que a la orilla del mar me dijiste por primera vez cuánto me amabas. Incluso puedo percibir que nada ha cambiado entre los dos, a no ser..., a no ser, amor, el gran vacío que me brindaste al marcharte.
     En ese vacío quedaron mi corazón y mi juventud. Allí sigo notando tus caricias, tus besos y el calor de tu cuerpo junto al mío. Sé que tú has olvidado todo eso. Como ves, yo aún sigo notando la nostalgia de aquel tiempo.
     Sólo a tu lado fui completamente feliz. Sólo a tu lado el amor que nos unió me supo a dulce miel. Tú eras quien me brindaba esa sensación y así llegué a adorarte. Me encontré embriagada con tu esencia, y de esta forma llegué a notar el dulce licor recorriendo mi ser, hasta alcanzar el gozo a tu lado. Fue tan fácil amarte... Tan sencillo ofrecerte mi pasión, que cuando te marchaste me envolvió la tristeza hasta asfixiarme… Sin tú saberlo, te he encontrado. Y, amor, sin desearlo, he vuelto a enamorarme.
     No podía comprenderlo, te hablé y en tu mirada sólo encontré el olvido. Te olvidaste de ese amor de ayer, cuando juntos caminábamos al atardecer por la orilla del mar. Entonces me ofrecías tus abrazos y la cálida sensación de tus besos. Sí, ya sé, aquél fue otro tiempo. Quizás para ti se trató de la práctica natural de un aprendizaje, algo que soñabas encontrar en una mujer (no entraré ahora en divagaciones), pero yo te amé, y en cierto modo no creí que yo fuese tan vulnerable a ciertos vicios. Hoy puedo decirlo, mi gran vicio fuiste tú. Sirva de ejemplo este gran amor que aún siento por ti, y la envidia que despierta saberte en brazos de otra mujer. Me creerás o no (eso, allá tu), pero te aseguro que tras encontrarte, te he observado y me siento absolutamente incapaz de determinar en qué consistió la atracción que me llevó a tener por ti tal pasión. También, y seguramente por el dolor que acompañó a tu marcha, me convertí en una mujer inmune a determinadas emociones, y, por añadidura (aunque podría decir que gracias a ti), a ciertas virtudes.
     Se podría pensar de mí hoy que carezco de lo necesario para lograr ser apasionada. Yo añadiría que en ese vacío no hay lugar para las virtudes, entre la que incluyo el perdón, amor mío (eso, suponiendo que el perdón sea una virtud). Mi insensibilidad me hace afirmar que esa palabra puede ser utilizada como solución o remedio a los grandes daños causados por el dolor de verse abandonada. En cambio, me he preguntado en tantas ocasiones a qué se debió tu marcha que imaginarte pidiendo perdón me subleva. De todas formas, ¿qué significa esa palabra?
     Cuando te fuiste, me quedé rodeada de un pesado silencio. En él se quedó una joven mujer que despertaba ante las emociones. No encontré ni una nota, ni una señal que calmara mi dolor. El vacío fue cuanto me rodeó, un vacío que me separaba del resto del mundo e impregnaba mis ilusiones ante una gran soledad. Mientras yo repetía entre lágrimas una y otra vez: «¡Amor…! ¿Dónde estas?».
     Entonces era una niña, y tú me descubriste el mundo. Comencé a sentirme mujer. Pero aquella mañana, al ver que no estabas a mi lado… Yo te quería. Y tú, sin remordimientos, me dejaste con apenas veinte años y el alma rota. Me olvidaste. Me dejaste en el silencio de la alcoba, sin una explicación, sintiéndome sucia de amor. Repetía entre murmullos: «¡Te quiero! ¡Te quiero tanto…!».
     La primavera se convirtió en crudo invierno. Todo era vacío. En mi rostro, las lágrimas resbalaban sin poderlo evitar. Sólo tenía el recuerdo de los días que pasamos juntos, las tardes en tu compañía, tu imagen en el reflejo de mis horas de soledad. Mientras guardaba tu calor en lo profundo de mi corazón.
     Al caer la noche, te veía en mis sueños. Con el tiempo, se convirtieron en dolorosas pesadillas. Y al fin me rendí a cuanto había de ti en mí. No podía evitarlo. ¡Te quise tanto…! Sin saberlo, estaba atada a esa palabra que no dijiste. Por ello, al encontrarte hoy, creí que escucharía de tu boca cómo me pedías perdón.
     Esa palabra podrías haberla usado para aplacar una ofensa, un delito. Con ella habrías abierto la puerta de la absolución, la clemencia o la compasión. Quizás te resulte confuso todo esto. Lo sé. Como sé que palabras como absolución o compasión puedan ser demasiado serias. O quizás te parezca que no tienen nada que ver con el afecto existente entre personas que han mantenido una relación, donde los sentimientos crecían a cada instante. En cambio, si hablo de clemencia, quizás des demasiadas cosas por supuestas. Quiero decir que puedes pensar que tengo la facultad, además de la posibilidad, de vengarme, y que renunciaré a ello. En tal caso, imaginarás que llegaré a mostrarme clemente ante tu reacción. En realidad, de ser así, estaría yéndome más allá del perdón mismo. Pero no. No puedo hacer tal cosa. Has de saber que se necesita llegar más allá del amor para lograr alcanzar ese perdón. Y tú no sabes dónde está esa línea. Sólo te diré que es necesario dejar de ser uno mismo, y verse reflejado en el otro, para lograrlo.
     En ocasiones he deseado… volver a esos días, cuando estabas a mi lado. Nuestro amor fue un amor de sueños de colegio. Un amor de carreras por el campo, de abrazos de niños, de cafés a media tarde. Para ir más allá del perdón, tendría que ir más allá de esa realidad en la que me dejaste preñada de angustia. Tendría que volver a esa primavera de flores frescas. A las noches en las que susurrabas que me amabas. Y nada de eso puede volver.
     Durante estos años, he tenido las hojas viejas del calendario que guardo como un tesoro, mientras soñaba en aquellos días, cuando todo estaba por estrenar. Recuerdo los domingos, cuando nos reuníamos en la plaza, yo con mi vestido nuevo y tú con esa sonrisa que iluminaba el día. Cuando te veo allí, en mi interior, no cabe represalia alguna. Sin embargo, tampoco la clemencia. Apenas me queda el deseo de engañarme a mí misma fingiendo que estás a mi lado, en ese lugar donde guardo un pedazo del cielo en el que viví contigo. Así te quiero junto a mí. Así te sigo amando. Por ello comprenderás que hoy no puedo hablar de venganza. Quería entregarte en esta carta aquello que dejaste. La bruma con la que me rodeaste y el hielo con el que recubriste tu corazón. ¿Ofendida? Sí, así me siento.
     Quiero que sepas, amor, que si existiera la posibilidad de vengarme, reclamar clemencia sería a mi modo de ver el resultado del perdón, y lo último a lo que podrías recurrir. Te aseguro que no habría perdón, ya que tu súplica formaría parte de tu debilidad. Quizás en ese instante mi clemencia se haría realidad, acompañada y precedida del perdón. Pero en ningún caso sería un autentico perdón. Hoy sé que se puede ser clemente sin perdonar. Y te digo más: al igual que mi amor fue auténtico, así sería mi clemencia, ya que podría, sin ofrecerte el verdadero perdón, renunciar a la venganza. ¿Cómo he llegado a tener tales sentimientos? Sólo hay un camino. El que dejaste ante mí.
     Cuando te fuiste, todo cambió: mi horizonte dejó de ser nuestro jardín. Nuestro hogar se transformó en una habitación con una pequeña ventana y una reja. Mis vecinos se convirtieron en unos extraños con batas blancas que me suministraban medicamentos, y decían que tenía que dejar de pensar en ti. Todos creyeron que estaba loca, que había soñado todo lo nuestro. Yo sé, al igual que tú, que estaban equivocados. Ellos jamás supieron qué era estar a tu lado. Jamás te conocieron, ni alcanzaron a saber cómo se logra poseer el cielo sólo con mirarte.
     Te busqué entre la gente del pueblo. Grité tu nombre. Me olvidé de comer o de dormir. Nada era importante, sólo tú.
     ¿Comprendes por qué quiero escucharte pedir perdón?... Eso significaría que en algún momento sentiste algo por mí. De no ser así, ¿qué mérito tendría cuanto hubo entre los dos? Te he dicho cuánto te he amado. Tanto, que la clemencia que pueda sentir al escucharte sería lo mismo que el perdón. Y siento que mis convicciones religiosas hacen que el amor que siento se convierte en algo equiparable al perdón, incluso semejante al genuino perdón. Lo trágico es que no sabré si te estoy perdonando en nombre propio. Y si no es así, ¿esto me convierte en alguien como tú?
     Pero me gustaría hacerte un retrato de ése a quien he encontrado: un individuo mezquino, indiferente, desconsiderado. Realmente ésa no es la persona a la que yo amé. Sí, ya sé: tras tu ausencia, mi vida la he vivido en un psiquiátrico. Creo, por ello, que hoy me asiste la razón. No se puede pedir comprensión a quien ha vivido olvidada en una pequeña habitación. En esto, como en tantos problemas que ofrece la vida, no caben términos medios. Si la víctima hubiese sido otra, sería inmoral el callar, pero como la víctima soy yo, amor mío, sería estúpida si no dijera ni una palabra. Y por lo tanto, sospecho, amor, que en este caso no puedo (o quizás no debo) perdonar, ya que desde que te marchaste, sin remordimiento por tu parte, me dejaste ante la desesperación. Comprenderás que no quede nada de aquélla que fui.
     ¿Recuerdas el jardín donde crecían las azucenas? Hoy es la imagen del abandono. En la pequeña casa junto al bosque no existen las risas, ni el sabor dulce del amor. Tan sólo el silencio recorre las habitaciones. No he vuelto a sentir la primavera en mi cuerpo, ni el calor del sol ha entrado en nuestro hogar. Desde que me dejaste, sueño con el roce tu boca en mis labios. Incluso apenas he podido llorar tu ausencia.
     Alguien me dijo que se perdona a quien se ama. Hoy puedo asegurarte que eso no es cierto. Se siente tanto dolor que resulta imposible perdonar mientras se ama. Al contrario, resulta difícil perdonar cuando se ama como yo te he amado.
     En ocasiones he deseado no conocerte, así podría haberte perdonado cien, incluso mil veces, sin llegar a sentir esto que siento. En ocasiones he deseado que fueses mi enemigo, un malvado delincuente, un depravado adversario. Yo me habría sentido más tolerante, ya que en realidad no habría nada que perdonar. Después de todo, ése es el cometido de un rival, el castigar al enemigo. Lo verdaderamente doloroso, lo tremendamente ofensivo, es que se pueda recibir un gran daño de la persona que dice amarnos. Y si ese daño es consecuencia de una acción premeditada y consciente, es aún más doloroso.
     Hace cuarenta y dos días que te encontré. Quería saber de ti, cómo era tu vida, cómo son tu mujer y tus hijos, y si realmente te habías olvidado de mí. Al parecer, así ha sido. Ya no existe la niña que dejaste en el pueblo y a la que enseñaste a volar. Ayer, sin tú saberlo, me confesaste de nuevo que me amabas. Se lo dijiste a la mujer que en otro tiempo te entregó su primer beso de niña.
     Cuando noté tu calor en mi cuerpo y tus palabras, no pude decir nada y pensé que sería mejor confesarte mi verdadera identidad en esta carta. Sé que te sorprenderías, aunque no pedirás perdón. En realidad, ¿qué significado tendría para ti que yo te perdonara? ¿Acaso yo sería capaz de olvidar? Quiero decir…, olvidar realmente. Creo que ambos, tu perdón y mi olvido, deberían ir juntos. Pero no existe el olvido. A menos que la amnesia se apodere de mí o que mi locura me impidiera pensar en ti. En ese caso, el olvido no actuará de cirujano extirpando el dolor. Pero fuera de esto, no hay olvido posible, así que tampoco puedo hacer del olvido un acto refinado de venganza.
     ¡Olvidar! He pensado en muchas ocasiones en esa palabra. He desmenuzado cada una de sus letras, saboreándolas, pero en ninguna ocasión he podido dejar de olvidarte. ¿Cómo puedo olvidarme de respirar? ¿Podemos olvidarnos de soñar? Olvidarte, amor mío, es imposible, ya que sería necesario olvidarme de mí. El olvido puede ser un sustituto del perdón, o quizás el perdón mismo… Sé que estoy desvariando y no creo que puedas comprender cuanto digo...
     El recuerdo de lo sucedido y el olvido son dos emociones que no pueden ir juntas. Como no crecieron en mi interior la renuncia y el amor a la vez. ¡Olvidar! ¿Es posible dar marcha atrás en el tiempo? Volver a ese ayer cuando desperté acompañada de tu ausencia, cuando sentí tu ofensa. Cualquier cosa que puedas decir o pensar ahora me sonaría a simple tópico, tan manido como aburrido. Ya no podemos volver atrás. Como no está en mi mano poder apartar la ofensa que sentí, tampoco puedo olvidarme de ella. En cambio, veo en ti a aquél que me ofendió. Un ladrón que me arrebató el corazón. No eres más que la imagen de un sueño, y si siento lástima de alguien, no es de ti. Siento clemencia por aquél que fuiste, no por quien hoy me ha tratado como una mujer a la que se puede comprar.
     ¿Lástima? No, no puedo sentir lástima. Ni tengo capacidad para conocer ese sentimiento.
     Fue tan extraño encontrarte así, de improviso, que por un instante creí volver a otro tiempo. Mi pobre corazón comenzó a latir, con un latido tan débil como alegre. Habían pasado veinte años desde el día en que desapareciste, y ahora tu mirada estaba fija en mí. ¡Dios! No podía creerlo. El mundo se detuvo. ¡Quien estaba frente a mí era el mismo hombre! Tu sonrisa fue la medicina que en ese instante me hizo volver a la vida y de nuevo todo surgió como arrancado del abismo donde había estado escondido durante años. A tus ojos debí parecer una vieja loca. O algo peor. Llegué a creer que volvías a formar parte de mi vida. En cambio, recibí como pago una fría mirada.
     Ahora puedo decirlo, es el momento de cerrar esta página de mi vida. Tú ya no serás un espectador imparcial. El único motivo que he tenido para seguir con vida, la imagen que justificaba mi caminar y quien dañaba mi felicidad, eras tú.
     Yo también puedo seguir sin ti. Hoy sólo eres una sombra. La causa de mi resentimiento. Te imaginé como la suave primavera. En ti quería el cielo y la brisa de abril. Eras la noche serena. Contigo quise estrenarme por fuera y por dentro. Yo fui para ti la tierra fresca, la seda que envuelve y no pesa. Quería ser aquélla que no finge, quien despierta al día y se extiende como la noche en un pedazo de cielo. Así era mi amor. Y a él renunciaste. Ésa era la vida, y el hogar que deseé para los dos. Pero un buen día desapareciste de mi lado.
Me ha parecido lícito explicarte cómo habría sido la felicidad que rechazaste. No sé si ése fue tu mayor mal, pero, en cualquier caso, es cierto que en mí existe un resentimiento cercano al rencor. Esto no es sino una forma de venganza, después de todo es el ejercicio de un derecho. Quizás te parezca todo esto algo perverso, pero al menos no me negarás que me muestro tal como soy, sin cosméticos ni adornos algunos.
     Ya he dicho que carezco de determinados vicios, pero también me ha sido negado el disfrutar de determinadas virtudes, y la del perdón es una de ellas. Sí, digo virtud, porque ahora supongo que lo es. Al menos, así lo afirma la gente. Aunque en ocasiones se trata más de un engaño ofrecido por los que desean engalanarse con el traje de la superioridad. No te engañes, no deseo sentirme superior a ti. Como no deseo sentirme generosa, ya que he dejado de saber qué significa esa palabra. También he dejado de engañarme con falsas palabras vacías, con sueños disfrazados de alegrías. Sólo creo en la niña que caminaba por la plaza en compañía de un joven, ella forma parte de un pasado con imágenes de cuento donde todo es dulce. Sigo creyendo en el tiempo en que podía guardar entre las páginas de un libro una flor seca. Cuanto amé está guardado junto a ese libro de poemas que me entregaste en nuestra primera cita.
     Me doy cuenta de que en realidad no perdonamos tanto, ni tan a menudo como pensamos. Ha pasado tanto desde entonces que me temo que carece de importancia lo sucedido. Pero ya he dicho que apenas puedo sentir algo, y ese algo no sé si es amor o perdón. El perdón —ya te he dicho— significa olvido, y si no existe olvido real no hay verdadero perdón. O lo que es lo mismo: creo que perdonamos aquello que ha tenido muy poca importancia y ninguna trascendencia. Y en este caso, no es así.
     Viví una existencia repleta de felicidad pasando a un mundo oscuro, que llegó a convertirse en una herida que sangra y no cura. Supe cómo el miedo se introduce en los sueños atrapándome entre sus redes. Cómo el calor del amor se transformó en escarcha que ofrece un frío intenso. Llegué a saber cómo se puede estar viva mientras la muerte cala en el alma. No podía olvidarte. Todo me resultaba incompresible. No encontré motivo que justificara tu ausencia. Y me convertí en víctima sin saber la razón. Tú, la persona a la que amaba, fuiste mi agresor. Yo, en cambio, seguí sin conocer el objeto de semejante maldad. Sólo había una explicación: satisfacer tu propio interés. Por lo tanto, no puede existir perdón alguno.
     Aun así, he sobrevivido. Siempre hay algo que nos hace seguir adelante. Me ha faltado la vida, pero he seguido fiel a un único asunto: encontrarte.
     Ya sabes, no es fácil vengarse de quien se ama, y tal hecho es la fuerza para seguir adelante. Esto quizás explique que no se trata de perdonar mientras se ama. Lo que sucede es que, mientras se ama, resulta difícil optar por el perdón. Por ello, al estar frente a la persona a la que se desea castigar, no podemos vengarnos, porque el enemigo es demasiado fuerte, o porque el amor aún sigue vivo en el interior. Quién sabe. Si así lo deseas, puedes revestir mi impotencia con el manto de la virtud.
     Cuando hoy te he tenido frente a mí totalmente vulnerable a mis actos, he hecho del «no puedo» un «no quiero». No te confundas, no ha sido un acto de bondad, es simple sentido común. O quizás un último acto de engaño, con el que deseo creer en un verdadero autoengaño del que obtener una última satisfacción: no puedo permitirme otro placer.
     Y ya que no deseo la venganza, me permitiré, al menos, la dicha de creerme mejor que tú. Después de todo, ¡son tantas las veces que nos engañamos…!
     No sé si estas reflexiones aclaran mis pensamientos. Sólo sé que hoy ya no eres mi compañía preferida. Ni siquiera despiertas en mí ese sentimiento que me puede hacer retroceder antes de acabar esta carta, en la que deseo dejar cuanto he sentido.

     Al margen de las diferencias que la sociedad ha creado en torno a ti y a mí (entre señores y criados, fuertes y débiles y, sobre todo, ante el hombre y la mujer), me pregunto si no será, en efecto, el pedir perdón virtud para un determinado grupo, o en este caso, privilegio de la mujer. Al negar ese perdón, ¿puede dar la imagen de una mujer menos piadosa, menos clemente? En fin, qué más da.
     En realidad, ni se olvida ni se perdona. Creo que uno no es clemente porque olvide la ofensa, sino, al contrario, porque la recuerda muy bien. No deseo vengarme. De esa forma, quizás pienses que intento manifestar algún tipo de superioridad en forma de clemencia. No, creo que a lo que llamamos clemencia es un ejercicio de vanidad. Te quiero demasiado, y por ello no me vengaré. Tampoco voy a perdonar.
     Pero si cuanto digo tiene para ti algún sentido, quisiera que fuese uno muy sencillo: «Quien es capaz de hacer algo por lo que pedir perdón, es dos veces miserable; primero, por hacer aquello por lo que tenga que arrepentirse; y, además, por sufrir a causa de ello. Pero quien perdona es doblemente ingenuo: primero, por creerse con la capacidad de perdonar; y, después, por gozar a causa de ello. Es decir, por complacerse de esa supuesta bondad».
     Tranquilo, nada de esto nos sucede a nosotros. Mi encuentro ha sido parte de una prueba. Quise saber si podía volver a conquistarte y atrapar tu corazón. Sé que lo he logrado. Ahora ya sabes quién soy. Me pregunto qué parte de ti fue la causa y origen de mi amor.
     Antes de decirte adiós, me gustaría decirte algo más. Te conozco y ambos sabemos que realmente no has sentido nunca el deseo de arrepentirte. No te atormentes. En realidad, yo tampoco siento el deseo de perdonarte.