Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 67 - Verano 2022
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
ParĂ¡bolas parabalas: para nenes y para nanas Jesucristo Riquelme

 

Parábolas parabalas: para nenes y para nanas

 

A la generosidad de mi amigo Andy Ormiston,
periodista británico en Torrevieja 

 

Un libro, dos cuentos, tres corazones

Un librito como éste que ves en la imagen [Dos cuentos para Manolillo, Murcia, Pictografía ediciones, 2010] –pequeño y compuesto artesanalmente– fue el regalo que hizo el poeta Miguel Hernández (1910-1942) a su hijo Manuel Miguel para celebrar el tercer cumpleaños del pequeño, Cuqui de mis entrañajones en la intimidad de las cartas. Con un pincel escribió paciente y primorosamente estos Dos cuentos para Manolillo. A la caligrafía de cartilla, añade hermosas ilustraciones pintadas con acuarelas y ceras. Dos cuentos... para cuando sepa leer. ¡Qué mejor regalo de un padre a su hijo!

Manolillo preguntaba mucho por su padre ausente. Obligaba a la madre a decirle que pronto vendría, que estaba de viaje, que andaba por ahí haciendo turismo –turismo carcelario–. Nos imaginamos a Josefina Manresa conteniendo la erosión de la ausencia y amagando el dolor del alma: «Tu padre está conociendo España como un turista, hijo, y gratis. Cuando regrese, lo vamos a abrazar y a besar mucho». La realidad era que Miguel Hernández había sido apresado al terminar la guerra civil en abril de 1939: Manolillo tenía entonces apenas cuatro meses. Conoció Miguel Hernández trece cárceles: lo llevaron a lo largo y ancho de la piel de toro que es la Península: «Como el toro he nacido para el dolor y el luto», había escrito el poeta en El rayo que no cesa. Fue condenado a muerte por un tribunal militar del Gobierno del general Franco acusado de “adhesión a la rebelión militar”. Acusación incompatible con el lema insobornable que había esgrimido Miguel en toda su vida: «Sólo por amor», y lo había exhibido pública y solemnemente con la única arma que sabía utilizar: su poesía.

Un frío 4 de enero de 1939, en plena guerra civil, nació Manolillo en la diminuta Cox, en el talón de la sierra de Callosa, sierra conocida como la leona dormida, aunque hay quien ve en ese pellizco divino a la Vega Baja del Segura una abadesa o rinoceronte hembra tendido. En Cox, en la provincia de Alicante, a unos once kilómetros de la monumental Orihuela, la ciudad natal de Miguel Hernández, habían fijado Miguel y Josefina su domicilio conyugal cuando se casaron el 9 de marzo de 1937. Y allí vieron la primera luz sus dos retoños. El primero, Manuel Ramón, sólo sobrevivió diez meses y falleció en octubre de 1938. A los tres meses tenía Josefina a un nuevo bebé entre sus brazos con quien intentaron los jóvenes padres paliar la tragedia de sus vidas. Era Manolillo. Manolillo, el Cuqui de mis entrañajones, creció con mejor salud que su hermano ya difunto, pero no se escapó de penurias y hambres. La madre confesó en una carta a su esposo que sólo comía pan y cebolla, y que casi sin fuerzas tenía que amamantar al niñito.

Desde el Reformatorio de Adultos de Alicante, la última estación del turista carcelario Miguel Hernández, el poeta escribe en diciembre de 1941 a su esposa (a la que llama cariñosamente hija): «Yo quiero ver a mi hijo y a mi hija y dar al primero un caballo y un libro con dos cuentos que le he traducido del inglés». Pero los carceleros de la prisión del general Franco no permitieron que entregara en mano el libro, encuadernado con tapas duras, un libro similar al que tenemos abierto ahora, con «El potro obscuro» y «El conejito» entre sus guardas. Un libro, dos cuentos, tres corazones: los de Manolillo, Josefina y Miguel, o sea, los nuestros... Ahora tú, lector, eres Manolillo, o eres la persona que lee con ojos vidriosos y cara forzadamente sonriente estos cuentos a tu hijo, a tu nieto, a tu hermano menor o a un renacuajo que ha caído sobre tus rodillas, otro Cuqui de mis entrañajones.

 

Pasiones de libertad por medio de las palabras

En el momento en el que Miguel confecciona este hermoso objeto para ver y leer, o para ver y escuchar, el poeta sufre una condena de treinta años de prisión, una vez conmutada la amenazante pena de muerte. En ese contexto fatal, pensando en la inocencia, crea una estrategia en la que sublima el poder protector de la literatura y el poder redentor de la imaginación. Por un lado, el modelo protector de la vida lo tomó Hernández de la Sherezade de Las mil y una noches: una mujer que, a base de cuentos literarios –de breves textos o textículos– salvó su vida del macabro mandato del sultán Shahriar, que, por haberle sido infiel su esposa, decide matar a todas las mujeres de su reino después de haberlas poseído durante una noche. ¡Sherezade resistió, porque fue una mujer con muchos textículos! Su intención es explicitada al principio de esta saga de relatos: «Yo narraré cuentos que, si quiere Alá, serán la causa de la emancipación de las hijas de los musulmanes». ¡Curioso e interesante testimonio literario del siglo XIV! Por otro lado, el modelo redentor lo tomó Miguel Hernández de don Quijote, el personaje cervantino a través de cuya imaginación –la fantasía esporádicamente enajenada del hidalgo– podía el autor denunciar y desenmascarar el poder y denunciar una sociedad injusta. En ambos casos, en los mundos literarios de Sherezade y de don Quijote, y en el mundo vitalista y real de Miguel Hernández, pasiones de libertad por medio de las palabras.

Cuando estalla la guerra civil, Miguel se encuentra ante una realidad desmesurada y amenazante; cuando se ve recluido en presidio, sus temores se acrecientan. Para poder combatir esa realidad descomunal, el poeta (y el hombre, en sus cartas y en su intimidad familiar) debe empequeñecerla y hacerla resistible, o fantasear y hacerla incluso deleitable pensando en los seres más vulnerables. Don Quijote había actuado al contrario: deformó la realidad –la realidad menuda y cotidiana– engrandeciéndola para poder responder como un héroe en un marco de gigantescas adversidades; por eso en su demencia transforma ovejas en ejércitos y molinos, en gigantes.

En la correspondencia con Josefina Manresa, Miguel decide aliviar penalidades a su mujer e inventa una realidad para proteger a los seres queridos de sus penurias. ¿Qué gana con transmitir su tragedia y sus dolores y sus penas a Josefina? A ella jamás confesará que está condenado a muerte y, cuando la pena es de treinta años, los convierte, en sus cartas, en doce y añade casi jubiloso que está muy bien, que son frecuentes las fiestas y las comilonas entre los reclusos, que saldrá pronto y que saldrá gordo... Son mentirijillas piadosas. Si Josefina no puede creer esa fantasía, sí puede transmitirla al hijo. El 12 de septiembre de 1939, con un Manolillo de poco más de diez meses, Miguel envía un poema a su esposa; con ese poema, unas famosas nanas –«Las nanas de la cebolla»–, el escritor había reinventado un estilo literario redentor haciendo poesía de su propia vida y, a la vez, defendiendo la vida con su propia poesía: el poeta desea proteger a su hijo y mantiene todavía el ánimo suficiente como para advertirle afectuosamente de las adversidades del mundo. ¿Cómo lo hace? Previene al bebé y contrasta la apenada vida del padre con la existencia feliz del pequeño:

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.

Y cierra el poema con estos siete versos:

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

¡«No te derrumbes»!, dice al niño: ¡qué verbo tan desorbitado para dar un consejo a un infante, a un niño que no sabe hablar –«No te derrumbes»–, y al que faltan años «para cuando sepa leer»! Y añade protectoramente, sobre todo, “No sepas lo que pasa / ni lo que ocurre”.

 

El potro obscuro: un cuento-nana

«El potro obscuro» es un cuento acumulativo que tiene semejanzas con el de «Los músicos de Bremen», de los hermanos Grima de mediados del siglo XIX. Los cuentos de los hermanos Grimm se habían difundido abundantemente en inglés y en español ya en la época de Hernández. Hoy conocemos la versión televisiva de «Los trotamúsicos». Miguel convierte este cuento de nenes en un cuento-nana.

El argumento de «Los músicos de Bremen» es muy sencillo: cuatro animales (un burro, un perro, un gato y un gallo), por viejos, son despreciados y condenados a muerte por sus amos, humanos, en lugares distintos, pero próximos. Los animales huyen y se salvan. Van formando un grupo cada vez más numeroso para ganarse la vida cantando. En el cuento original se respira ironía –como la de formar un grupo musical iniciado por el entonado rebuzno del burro, y la de pensar que en Bremen, la capital hanseática, iban a triunfar, puesto que allí no entendían nada de música y sólo aplaudían lo vulgar o esperpéntico, frente a Hamburgo, donde sí eran auténticos entendidos en música–. Así y todo, los valores de solidaridad entre los expulsados compiten con su sentido burlón. Según el cuento de los Grimm, los cuatro animales encuentran una casa con ladrones: atacan, meten miedo a los moradores, los alejan y toman el lugar; comen y pernoctan plácidamente allí. Se satiriza el comportamiento humano: los hombres se presentan como injustos y malvados, frente a un bestiario unido y leal, sabedor de que la unión hace la fuerza.

Miguel Hernández simplifica el texto, lo despoja de elementos superfluos y resalta los motivos que le resultan de verdadero interés: convierte el exilio en un viaje al paraíso, en una especie de viaje a El Dorado –la Gran Ciudad del Sueño–, y elimina toda alusión a la segunda parte y todo brote o alusión de violencia. Es un sueño reparador, protector, no aliena. Entre los personajes de «El potro obscuro» se respira confianza: se mezclan niños y animales, y todos a un mismo nivel, montados sobre el potro, forman un grupo compacto. El potro es un elemento mágico y salvador, es un caballo joven –más infantil–: el Manolillo de hoy que lo lea o a quien se lo lean imaginará la apacible silueta del potro con el reflejo lunar al fondo y la jovial figura de sus huéspedes en su grupa. En el cuento de los hermanos Grimm, se forma un monstruo con los animales uno sobre otro: Hernández no quiere monstruos ni temores. Más bien nos recuerda el dibujo con el que acompaña al dorso su poema «Rueda que irás muy lejos», en el que pinta un niño cabalgando sobre la Tierra, en un vuelo de la imaginación, un vuelo cósmico que conjura el peligro representado por la falta de luz –la noche–, lo bajo, lo descendido y la ausencia impuesta. La ardilla de la nana hernandiana de «El potro obscuro» pide que le lleven a la Ciudad del Sueño, «donde no hay dolor ni pena», y de esta manera no sabrá «lo que pasa ni lo que ocurre». El potro ha de interpretarse como la liberación, una metáfora del mundo personal de Miguel Hernández, que está en la cárcel con escasa probabilidad de salir en libertad; simboliza, pues, la huida, la protección del peligro.

 

El conejito: un cuento-fábula

El segundo cuento, «El conejito» es una fábula. Su redacción es todavía más sencilla e infantil, para que el niño extraiga con facilidad su enseñanza. El texto del que lo tomó Miguel para su traducción-versión tiene como fuente «El cuento de Perico, el conejo travieso», el Peter Rabbit de la británica Hellen Beatrix Potter, publicado por primera vez en 1902. El argumento es conocidísimo: Perico tiene tres hermanas y, aunque la madre les advierte que no salgan de su territorio, sucumbe a la tentación de entrar al cercado vecino del señor Gregorio (mister McGregor): allí come y come hortalizas hasta engordar tanto que no puede salir por el agujero por el que entró; al verlo el dueño –otro humano opositor–, intenta cazarlo. Perico huye alocadamente y se mete en una regadera, donde Gregorio casi lo captura; las nuevas carreras desorientadas hacen que tropiece y vaya perdiendo su chaqueta, sus zapatos, hasta que, desnudo de ropas, logre apretadamente escapar por el mismo orificio por el que había asaltado la propiedad vecina. Regresa a su madre, que le conmina su desobediente e irrespetuosa acción. Los harapos de su vestimenta sirven a Gregorio para hacer un espantapájaros. En la versión de Hernández, de nuevo, todo se simplifica: se elimina la figura humana y se añade un invitado a su bestiario: un perro, un perro bromista que persigue al ladronzuelo conejito que ha invadido un cercado ajeno y que, al no poder regresar por el mismo agujero por el que entró, ha de buscar salida por la ventana. El receptor del cuento es sabedor de que el perro bromea, de que no hay peligro, y eso congratula en su inocencia a quien lo lee o lo escucha, pues es consciente de que sabe más que el propio protagonista, sabe más que el conejito travieso. El infante, de esta manera sensible por parte del autor, no se asusta, pero sí capta la lección moral de la fábula: no se ha de meter en campo ajeno y no ha de abandonarse al egoísmo y la gula, es decir, al goce personal irresponsable. Hernández elimina otra vez todo atisbo de violencia explícita. El cuento, en su sencillez, y sin dramatismos, resalta la figura protectora de la madre, a la que se debe obediencia y respeto.

Subyace también el recuerdo de los personajes del cuento «Hansel y Gretel», de los hermanos Grimm: el monstruo que engordaba niños para matarlos y comérselos. Tremendos modelos de una ficción literaria descomunal que Miguel Hernández simplifica cariñosamente en escudos vivificadores. Cuando leamos los dos cuentos, reconoceremos sus fines morales y, a la vez, sus fines recreativos: una historieta ingenua, una visión maravillosa de la realidad, una finalidad lúdica y pedagógica, la de entretener y adormecer a niños, para que estén siempre alerta a la vida. Y nos fascinarán las ilustraciones.

 

Los hombres se les mueren a los cuentos. El arte inmortaliza

Este juego protector de la imaginación contra la realidad temible y amenazante que hace que nos aferremos a la vida a través del inconmensurable amor a los hijos y de la imaginación se ha llevado al cine recientemente en una película inolvidable, de éxito mundial: La vida es bella (1998), de Roberto Benigni, donde Guido logra que su hijo no sufra el terror constante de una muerte acechante en un campo de concentración nazi, es decir, logra que su hijo “no sepa lo que pasa ni lo que ocurre”. En otra reciente película, El laberinto del fauno (2006), de Guillermo del Toro, la niña protagonista, además de defenderse de la hostil realidad con la fantasía, no sucumbe a la indigna tentación del fauno creado en su mente que formula promesas indecorosas incluso para una situación imaginada que a nada compromete en nuestra moral del día a día. Miguel Hernández había sido pionero en esta declaración de amor por su hijo, ofreciendo incluso la vida, sin someterse a chantajes de privilegios que le hubieran salvado de un cúmulo de enfermedades mortales e inminentes. Por ello podemos afirmar que Miguel Hernández consigue, por una parte, la creación de un mundo imaginario para protegerse y redimirse de la vida hostil, tanto en sus cuentos como en la elaboración poética de Cancionero y romancero de ausencias, un libro de espléndida poesía escrito tras las mismas rejas; por otra parte, consigue la creación de un mundo ético, en su vida y también dentro de la propia imaginación literaria, ya que no sucumbe a la tentación de la salvación individual y egoísta: Hernández no cedió para salvar su vida a las presiones de los poderes de la época –el Ejército franquista, la Iglesia cómplice de la dictadura, el Funcionariado fascista– y jamás renunció a sus ideas progresistas y democráticas, aunque lo murieron con tan sólo treinta y un años, después de casi tres años de penoso presidio.

 

 


 

 

Josefina Manresa leyó muchas veces estos cuentos a Manolillo. Los borrones que el nuevo lector comprobará en las ceras y acuarelas de este librito son gotas de lágrimas del hijo de Miguel Hernández, el de las nanas de la cebolla.

He aquí, entre tus manos, dos parábolas parabalas: para nenes y para nanas. Es parte del legado universal de un Miguel Hernández para niños y para jóvenes de todas las edades.

 

Jesucristo Riquelme

La Habana (Cuba), marzo de 2010