Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 64 - OtoƱo 2021
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
La isla de A'llyon Miguel S. Juaneda

 

El cielo se tiñó de violeta, algo insólito en aquel ciclo solar. Las nubes bailaban una danza macabra envolviendo a los pájaros que osaban retarlas con su vuelo. El viento avanzaba con furia conquistando cada rama y cada tejado, amenazando con arrastrarlos consigo, como fieles amantes en su caminar por los senderos del cielo.

La tierra quedó desierta; animales y humanos se ocultaron en sus madrigueras porque conocían su furia y no deseaban enfrentarla. El mar ascendía violento. Las primeras aldeas fueron arrasadas en apenas unos instantes. La desolación anidó en el alma de A’llyon con la misma potencia con la que el azul marino se apoderaba de las plantaciones de los hombres. Ella lo abandonó en la fría noche y dejó el lecho que compartían caliente por el roce de su piel. Las palabras no lo habrían consolado, pero ella ni siquiera las pronunció. Le escupió sus silencios a la cara, como el más doloroso de los reproches. Su ropa quedó allí, como mudo testigo del dolor que a partir de entonces anidaría en sus sueños e ilusiones de un futuro compartido.

Ella ansiaba lo desconocido, perseguía quimeras en forma de viajes y territorios inexplorados. Él estaba atado a aquella isla, que respiraba a su compás. Si A’llyon era feliz, las plantaciones crecían con frutos espectaculares. Cuando él estaba cansado, una bruma gris se apoderaba del cielo y los arroyos ralentizaban sus corrientes dejando a los peces sin fuerza para avanzar en su peregrinar hacia el mar. Los días en que A’llyon se enfadaba, la tierra dejaba de producir, los animales se ocultaban en sus cuevas y el sol era sustituido por negras nubes de tormenta.

Nunca le explicaron los motivos de su especial vínculo con la isla, pero sí le advirtieron que si un día partía, el volcán que dominaba aquel pequeño archipiélago estallaría destruyendo todo lo que encontrara a su paso. La lava lo perseguiría allí donde se ocultara, amenazando la estabilidad de Mundo Conocido.

Por mucho que A’llyon trató de explicárselo, ella se negó a escucharlo. Quería irse a pesar de que nada le faltaba en aquel maravilloso rincón. Los habitantes de la isla les regalaban lo mejor de sus cosechas y de sus producciones de pan y de ropa, porque sabían que dependían de él.

A’llyonnada les pedía porque le bastaba su compañía para ser feliz. Sin embargo, hoy nada lo consolaba. Su vida escapaba con cada paso que ella daba hacia lo desconocido. Las lágrimas brotaban de sus ojos lentas y acompasadas, nada que ver con la torrencial lluvia que estalló cuando la primera gota se derramó por su mejilla.

Muchos llamaron a su puerta para tratar de calmarlo, sin éxito. A nadie quería ver, no deseaba esperanzas infantiles que a nada conducían, sólo ansiaba ahogarse en aquel dolor y que la vida acabara de una vez por todas.

Y, cuando todo parecía perdido, la puerta de su hogar se abrió. No, no era ella quien cruzó el umbral, sino una anciana de pelo cano y mirada perdida. No parecía desvalida. Sus piernas eran fuertes, aunque su espalda estuviera encorvada, y su caminar era decidido. Se dirigió hacia A’llyon y, con un fuerte golpe de su bastón, lo dejó sin sentido. La tormenta cesó, el viento se calmó y el mar retrocedió dejando tras de sí una estela de destrucción.

La anciana pronunció un conjuro ancestral en un susurro negro y sucio, dejando a A’llyon atrapado en el mundo de los sueños.

Ahora, el destino de la isla dependía de ellos. Si las pesadillas eran dominantes, el tiempo se torcía y las cosechas no fructificaban; cuando los sueños eran dulces, la tierra lo agradecía y el sol lucía firme y feliz...