Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 64 - OtoƱo 2021
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Narices de colores Rafa Caricio

 

Año 2525 de nuestra era

En Venus y Marte se estaban ultimando las numerosas ciudades presurizadas y climatizadas, en cada planeta, para ser habitadas por los humanos de la Tierra. Previamente hubo que eliminar la densa atmósfera de dióxido de carbono que producía el terrible efecto invernadero en Venus.

Una tarde estaba el buen Dios sentado en una nube blanquísima observando la Tierra. Tenía un codo apoyado sobre la rodilla y su barbilla descansaba en la palma de su mano derecha. Su cabeza negaba lentamente y su expresión era una mezcla de disgusto y paciencia, al tiempo que observaba a los seres humanos. En su mente, un pensamiento iba y venía: «Cuánto de malo hay ahí abajo, pero también cuánto de bueno». Después se levantó y comenzó a pasear lentamente por la nube con las manos en la espalda. Su mente no dejaba de trabajar y los pensamientos se sucedían unos a otros mientras reflexionaba y los enumeraba comentándolos en voz baja:

Pensamiento primero: «No estoy dispuesto a que esto continúe así por más tiempo, han pasado muchos siglos y la humanidad evoluciona hacia el bien demasiado despacio. Hay mucha gente buena pero se ve obligada a vivir bajo el imperio del mal y poco a poco acaba maleándose».

Pensamiento segundo: «No quiero esperar más, esto lo voy a solucionar de inmediato».

Pensamiento tercero: «¿Enviar una lluvia de fuego y azufre como hice con Sodoma y Gomorra? Eso ya no tiene sentido, entonces allí no vivía ni un solo justo, pero actualmente en la Tierra hay muchos justos y tendrían que sufrir el mismo castigo que los malos».

Pensamiento cuarto: «¿Otro diluvio? No. Entonces sólo estaban Noé y su familia, pero ahora hay muchas familias buenas, y por otra parte hay malos a los que les sobran barcos, yates y cruceros como para reírse del diluvio».

Pensamiento quinto: «¿Confundir y dividir sus lenguas? Eso ya lo hice en Babel y no dio mucho resultado; además, con la tecnología que tienen los de ahí abajo, eso no les supondría demasiado problema y sería una pérdida de tiempo para mí».

Pensamiento sexto: «¿Enviar de nuevo a mi Hijo? Ni soñarlo. No estoy dispuesto a que le vuelvan a hacer la salvajada que le hicieron».

Pensamiento séptimo: «Entonces ¿qué? Tengamos paciencia, algo se me ocurrirá».

Pensamiento octavo: «Bueno, los humanos se empeñan en dividir a la humanidad en varias razas, ¡qué borricos!; no comprenden que no hay más que dos razas, los buenos y los malos y nada más. Y por si fuera poco, los malos piensan que la calidad de una persona depende del color de su piel, atribuyendo a los blancos la primacía sobre los demás, y consideran a negros, amarillos, mestizos o mulatos de orden inferior».

Pensamiento noveno: «Pues bien, con esto me habéis dado la solución al problema. Si, según vosotros, el color de la piel define la valía de una persona, sea como vosotros queréis. Eso sí, para colores, los míos».

Pensamiento décimo: «En de siete días empezaré a separar el grano de la paja».

Durante siete días y siete noches comenzaron a llover sobre todas las ciudades, pueblos y aldeas de la Tierra millones de octavillas cuyo contenido era el mismo en todas, según el idioma del país donde caían. Las gentes, extrañadas, pensaron que se trataría de algún grupo organizado de individuos chiflados que las lanzaban desde las azoteas de los edificios.

El contenido de las octavillas era verdaderamente extraño. Su diseño era como sigue. A modo de encabezamiento, el siguiente enunciado: «NARICES DE COLORES». Más abajo aparecían siete filas encabezadas por un recuadro de color seguido de unas palabras. Fila 1, recuadro rojo; palabras: asesinos, torturadores, terroristas, violadores, pedófilos, crueldad, narcisistas, machistas violentos. Fila 2, naranja: traficantes de armas, traficantes de drogas, traficantes de mujeres, mafiosos, blanqueadores de dinero sucio, falsificadores, chantajistas. Fila 3, amarillo: ladrones, corruptos, estafadores, pirómanos, traficantes de influencias. Fila 4, verde: maltratadores de cónyuges, de padres, de hijos, de ancianos, de animales, del medio ambiente, acosadores sexuales. Fila 5, azul: grandes mentirosos, falsos que se lucran con su falsedad, egoístas patológicos, ausencia de compasión, ausencia de bondad, avidez del dinero. Fila 6, lila. fanáticos, intolerantes, rencorosos, vengativos, murmuradores malintencionados, violentos, soberbios, envidiosos, amigos de vivir a costa de los demás. Fila 7 (un texto escrito), color natural de la piel; palabras: honrados, honestos, muy de fiar, solidarios, compasivos, bondadosos, muy respetuosos con el medio ambiente, gran sentido de la justicia.

Aquella mañana, Laura bajó pronto a la panadería para comprar el pan y pastas para el desayuno. Le llamó la atención ver tanta octavilla por el suelo. Se inclinó para recoger una y la leyó. Encontró curioso lo que allí decía, pero no le dio mayor importancia. Guardó una en el bolsillo para enseñársela a su marido cuando subiera a casa. Ya de vuelta, en la cocina comenzó a preparar el café con leche y distribuyó las pastas en un plato. Era sábado y ese día Pedro no trabajaba, por lo que pensó darle una sorpresa llevándole el desayuno a la cama. Mientras organizaba la bandeja, volvió a leer la octavilla que había dejado sobre la mesa de la cocina.

No comprendía lo que quería decir aquello, tal vez se tratara del anuncio de una obra de teatro. Antes de llevar el desayuno a su marido, entró en el dormitorio y abrió las cortinas para que entrara la luz de la mañana. Pedro dormía con la cabeza bajo las mantas.

—Despierta, chaval, que hoy te voy a servir el desayuno en la cama como a los señoritos —dijo Laura.

Ella volvió a la cocina a por la bandeja con el café con leche y las pastas. Últimamente las relaciones con su marido no eran buenas, aparecía poco por casa sin dar explicaciones; pero hoy se sentía generosa. Tomando la bandeja con ambas manos y despacio se dirigió al dormitorio y empujó la puerta con el pie.

—Despierta y siéntate en la cama, que te voy a poner la bandeja —dijo a su marido.

 Pedro, alto ejecutivo de una gran empresa de tecnología punta, se removió entre las mantas. Acabó emergiendo entre ellas y se sentó mirando somnoliento a su mujer. Laura miró a su marido y se detuvo. Sus ojos se abrieron de par en par.

—¿Qué te ha pasado en la nariz? —preguntó confusa.

—¿A mí? Nada. ¿Por qué? —La nariz de Pedro era de un rojo brillante. A Laura la bandeja se le cayó al suelo—. ¡Pero qué haces, coño! —gritó su marido.

Laura volvió corriendo a la cocina y leyó de nuevo la octavilla. Se le puso la piel de gallina, tomó la octavilla, volvió de nuevo al dormitorio y se la entregó a su marido en silencio. Pedro, extrañado, la leyó.

—Pero ¿qué chorrada es esta? —preguntó a Laura.

—No sé, pero toda la calle está sembrada de ellas —contestó afligida la mujer—. La tienes completamente roja —añadió señalándole la nariz.

Pedro, llevándose la mano a su nariz, la palpó sin notar nada especial. Frunciendo el ceño, volvió a leer la octavilla, y saltando de la cama fue corriendo al baño. Al verse en el espejo quedó petrificado. Su nariz era intensamente roja. Sin terminar de creérselo, recordó una palabra de la octavilla: «pedófilos». Muy nervioso, abrió el grifo, se mojó y enjabonó la nariz frotándosela vigorosamente. Todo fue inútil, seguía siendo roja. Lleno de rabia, pues aquello lo delataba descaradamente, descargó un fuerte puñetazo al espejo, que saltó en mil pedazos.

Laura recogió la octavilla del suelo, se encaminó hacia el recibidor de la entrada, donde tenían un espejo, y se miró en él. Su nariz tenía el color natural de su piel. Después volvió a leer la octavilla en la fila donde decía «color natural de la piel», y las palabras «honrados, honestos, muy de fiar»... Volvió a mirarse en el espejo. Estaba desconcertada y angustiada. ¿Sería una broma de Pedro? Entró en el salón y abrió la puerta acristalada que da al exterior, apoyó las manos en el enrejado de la terraza y miró a la calle. No se veía a muchas personas. Unas pocas caminaban rápidamente con el cuello de sus abrigos levantado, llevaban gafas oscuras y sujetaban con la mano un pañuelo sobre sus caras.

A esas horas todos los establecimientos de su calle estaban abiertos, sólo unos pocos permanecían cerrados. Era algo muy poco habitual.

Desde aquel día muchos individuos no acudieron a sus lugares de trabajo. En cada país, cierto número de políticos, funcionarios, policías, militares, profesionales libres, artistas, religiosos, empleados, miembros del crimen organizado y muchos más, permanecieron ocultos. Los internos de las cárceles también vieron coloreadas sus narices, excepto unos pocos casos que conservaban en su nariz el color natural de su piel. Evidentemente, eran casos que había que revisar con urgencia.

En muchos hogares de la Tierra se vivieron escenas semejantes a la de Pedro. Todos los naricolores permanecieron ocultos. Salir al exterior suponía proclamar al mundo su condición. Sus narices los delataban sin piedad. Ya no podían engañar a nadie. En un solo día habían sido marginados de la sociedad honrada y de mente sana. Las agencias de viajes interplanetarios vieron desbordarse sus ventas de billetes para los vuelos a Marte y Venus, ante su masiva demanda. Las oficinas gubernamentales de expedición de pasaportes interplanetarios también estaban desbordadas. Los naricolores querían huir de una sociedad a la que ya no podían engañar y donde no se sentían seguros. Marte y Venus eran los lugares ideales, allí no se sentirían marginados, pues todos estarían marcados en sus narices.

Durante meses, las naves interplanetarias realizaron constantes viajes a Marte y Venus con sus cargas multicolores. A los que carecían de suficiente disponibilidad económica, los gobiernos de sus países les financiaron gratuitamente el traslado. En estos planetas, muchos de ellos ya empezaban a agruparse según el color de sus narices, para unirse y defenderse de los otros naricolores. Iban a vivir un verdadero infierno.

Marte y Venus recibieron toda la escoria de la Tierra.

Finalmente, en la Tierra, todos los seres humanos que quedaron lucían en sus narices el color natural de su piel, negros, mestizos, blancos, mulatos, etc., para pasar a ser una sola raza, una auténtica comunidad de hermanos dispuestos a organizarse en base a una verdadera justicia y libertad, a un reparto justo de los recursos naturales, a una asistencia médica y farmacológica absolutamente solidaria y accesible, a un profundo respeto por el planeta Tierra. Sin los naricolores, eso había dejado de ser una utopía.

Aquel día, en cada una de las ciudades, pueblos y aldeas de la Tierra había aparecido un bellísimo arcoíris, y en su centro del podía leerse en letras blancas: «De ti depende ahora el color de tu nariz».

Laura se sentía increíblemente feliz. Hacía tres meses que Pedro se había ido a Marte y los trámites de su divorcio habían quedado resueltos. Aquella mañana lucía un cálido sol de primavera y Laura decidió pasear por el gran parque próximo a su vivienda. Se sentó en el césped y apoyó la espalda en un árbol que proporcionaba una suave sombra. Recogió las piernas y las rodeó con los brazos, apoyando su barbilla sobre las rodillas. Sus ojos eran soñadores. Miraban a otras personas que también paseaban. Todos eran sus hermanos y se sentía segura y confiada. Un día alguno de ellos sería el compañero de su vida sin temor a engaños, miedos ni traiciones. A su mente acudió el recuerdo de una frase que hace tiempo había leído en un libro: «Y el grano será separado de la paja».


Año 2021. Planeta Tierra

Un gruñido y un empujón la despertó. Pedro rebullía irritado bajo las mantas.

—¡Hazte más para allá, coño! —oyó refunfuñar a su marido—. ¡No me dejas sitio en la cama!

Laura abrió los ojos. Durante unas décimas de segundo todavía llegó a ver los colores del arcoíris que se desvanecían. Permaneció quieta en la cama. La tristeza la iba envolviendo poco a poco. Al final logró incorporarse. Sacó las piernas de entre las mantas, introdujo los pies en las zapatillas y se dirigió a la cocina. Empezó a preparar el desayuno y su mirada tropezó con la bandeja donde, a veces, hace ya bastante tiempo, se servían el desayuno en la cama. Su cara fue adquiriendo una expresión de indignación y mentalmente exclamó: «¡Que se lo sirva el orangután del zoo!».

Laura se detuvo ante el despacho de Pedro. La puerta estaba abierta y sobre la mesa del escritorio estaba el portafolios de su marido. Se acercó y vio que, cosa rara, lo había olvidado abierto. Movida por un presentimiento, rebuscó entre los papeles del maletín. Allí estaba. Era un sobre malva abierto. Extrajo su contenido y lo esparció sobre la mesa. Contenía fotografías de porno infantil. Su mente volvió a exclamar: «¡Qué bien estarías en Marte, cerdo!».

Laura salió a la terraza y miró a la calle. Había personas que iban y venían, pero no se veía ni una sola octavilla. De pronto tuvo una idea. Fue al baño y entre sus cosas cogió un pintalabios de color rojo intenso. Volvió de nuevo al dormitorio y tiró, indignada, de las mantas de la cama, hasta que apareció la cara dormida de su marido. Rápidamente le untó la nariz de carmín.

—¿Qué haces, imbécil? —gritó Pedro al despertarse bruscamente.

Laura lo miró sonriendo satisfecha. Después se borró la sonrisa de su cara y su mirada se oscureció.

—Hoy es el 28 de diciembre, ya sabes, celebramos los Santos Inocentes, cosa que no va contigo. Y ésta es mi manera de hacerlo —susurró a Pedro con los dientes apretados.

Laura salió del dormitorio. Al cabo de un rato, Pedro la oyó ducharse. Después estuvo un tiempo trajinando en el baño. Finalmente, escuchó su taconeo y un portazo. Pedro se encogió de hombros. Pensó que su mujer no estaba muy bien de la cabeza y acabó incorporándose. Se dirigió al baño y del portarrollos arrancó un buen trozo de papel con el que limpiarse la nariz de carmín. Después se limpió los dedos manchados y se dio la vuelta para lavarse en el lavamanos. Mientras se enjabonaba, se miró en el gran espejo que había sobre la pila.

Quedó estupefacto. Todo el espejo estaba cubierto por sus fotografías de pornografía infantil.