Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 64 - Otoño 2021
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Ganador foto 2: Migración Eva Lázaro Lafuente

Me he puesto mi traje de buceo y comienzo la ascensión.

No sé cuánto tiempo llevaba en la más absoluta profundidad. Cuando habitábamos en la zona litoral, los días pasaban ligeros pensando solo en el propio gozo de la existencia. No había nada que nos hiciera sospechar la prisa de la caducidad ni los abismos insondables de la zona hadal. A través del reflejo empañado de la escafandra recuerdo aquellas etapas sencillas de alegre ingenuidad. El futuro dibujaba filigranas en aguas alejadas como un delfín vivaracho lleno de tonalidades brillantes y sedosas. ¿Quién nos iba a decir que una grieta enorme te engulliría como una bestia hambrienta hasta hacer desaparecer cualquier resto de tu esencia? Yo te amaba tanto… ¿Qué fue de la sonrisa, los bucles en el pelo, la voz fina y necesaria? Quizás en el fondo abisal lóbrego y perturbador encontraste las respuestas reservadas para los que ya no pueden regresar. Secretos sobre la existencia y los finales que se perderán en tu silencio. No volverás a aspirar la brisa de la playa ni del pinar cercano donde la calidez fértil sigue pariendo primaveras. La vida te dio la espalda porque tú ya no le perteneces, porque solo eres ausencia.

El día de tu eclipse transitábamos confiados cada uno por nuestro camino cotidiano sin sospechar lo que te esperaba horas después de nuestra última conversación. Me distraje entre rutinas y me alejé de tu presencia. Unas voces desconocidas y urgentes me advirtieron de que algo fatal te había ocurrido. Cuando llegué hasta ese lugar, habías desaparecido en una hondura de aguas heladas. Yo te llamé una y otra vez desesperada. No contestabas, no mirabas, no sentías. Tu mutismo penetró en mis oídos junto a las sirenas y a los lamentos que resonaban en el perímetro de aquella sima. Alguien me agarraba para alejarme de allí. En un descuido de los que me tutelaban, me senté en el borde del precipicio y salté. Seguí el rebufo de la espuma que te enredó, de la corriente que desvió las coordenadas previsibles de tu plácido trascurrir. Durante mucho tiempo desde el exterior intentaron convencerme de que emergiera, pero yo te seguí buscando. Buceaba ofuscada entre olas y redes que cruzaban intentando retener mi empeño en traerte de regreso a la superficie. Sumergida en la profundidad límite, el silencio de la inmensidad batía en mis oídos. Creí volverme loca. Seres extraños giraban a mi alrededor, me observaban con curiosidad. Algunos intentaban atacarme, pero mis lágrimas ácidas y oscuras eran mi defensa y mi frontera.

Llegué hasta el final. Aunque sabía que tú no estabas, permanecí en la negrura junto a tu inexistencia. Allí pasaba los días, en el fondo de este océano, en esta inmensidad que era herida y amparo. Al principio, mi propio dolor me envolvió en una coraza de fuerza absurda y vana. Hasta aquí llegaban los sonidos del exterior amortiguados por mi obsesión de no creer en nada más que no fuera mi estéril empeño. Luché contra lo imposible. Lo intenté, juro que lo intenté, pero no pudo ser.

Ahora asciendo sola hacia la zona litoral, allí donde la vida sigue inexplicablemente sin tu presencia. La gente va a comprar el pan, los niños se divierten en el parque, las noticias en la radio hablan de política ajenas a la herida abierta en la casa sin ti, de tu lugar en la mesa de la cocina, de tu risa como melodía. Nadie pudo evitar tu destino. Quisiera hablarte, contarte cómo las algas se enredaban en mis pies, cuánto me costaba avanzar… Busqué algo en lo que creer mientras el agua de la realidad envenenaba mi cuerpo, porque cuando caíste dejó de existir lo que hubiera quedado por decir, por recorrer, por amar junto a ti. Durante este tiempo sumergida solo deseaba ser una hora antigua, un día del pasado, ayer, cuando nada se esperaba, cuando todo aún era posible. Solo deseaba, con todas mis fuerzas, matar la realidad.

Sigo subiendo con lentitud. Mi depósito no se rige por las mínimas leyes de la lógica. Cuanto más tiempo respiro en mi subida, más oxígeno se genera en su interior. Ya no es todo negrura, el sol va filtrando sus rayos hasta mi posición. Algunas lucecitas titilan en mi costado. Son destellos de palabras y sonrisas de las personas que me quieren, que siempre estuvieron contemplando con preocupación mi inmersión desesperada y tendiendo manos amigas. Flotan inquietas y vigilantes, temerosas de que vuelva a hundirme y me acompañan en este lento regreso repartiendo alegría como brillante purpurina. Avanzo cada vez con más fuerza. Bato las piernas, decidida, la cabeza alzada enfocando el camino con mis ojos iluminados. Ya no hay vuelta atrás. El litoral me espera de nuevo.

Me distraigo del estruendo de horas golpeadas que muerde mis labios de cera mientras nado hacia el oxígeno exterior. Voy pensando que ojalá hubiera una forma de saber cuánto se ha sufrido. Una densidad, un área, un volumen, algo… y así poder pactar con el fantasma de lo que somos para vivir consumiendo emociones que abarquen todo lo dañado. Los guardianes de la memoria parpadean y me requieren. Saben que los escucho, por eso siguen tejiendo finas hebras del pasado. Esperan pacientes mi mirada para traspasar su fina membrana y señalar el camino que lleva hasta la extraña belleza de la melancolía.

Cuando haya llegado a la superficie ¿Cómo podré gobernar mi propio oleaje de crepúsculos y lunas, los silbidos agudos de la bruma que aún resuenan? Sostengo un mar entre los brazos, mis palabras se pierden sumergidas en el oblicuo fondo de los viejos cuentos, en recuerdos que muerden el barco errante de lo que no fue.

Ya queda poco, la luz se acerca. Suspiro sobre la herida y continúo ascendiendo hasta la sed del viento. Pero… ¿Podré gobernar ese trozo de agitado cielo? Tengo miedo de la claridad perdida de aquel fondo implacable y frío.

Cuando se nada de espaldas a los amores, dime… ¿Quién gobierna el olvido y los corazones?

Eva Lázaro Lafuente (Cartes, Cantabria)