Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 64 - Otoño 2021
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Ganador foto 1: El último pasajero Fernando Callegari

Tras cuatro días de navegación, ya casi extinto y al borde de la locura, Caronte por fin me habló:

—Llegaremos en la madrugada.

Desde el momento en que abordé la barcaza en el puerto de Lapad, solo se había dirigido a mí en ocasión de solicitarme el óbolo correspondiente al pago, pero incluso en esa circunstancia no había emitido palabra. Luego ocupó su lugar en el puente, del que ya no se movió.

Busqué un rincón sobre la cubierta, apenas cobijado por unos rollos de amarre y los desechos de una vieja lona roída, y me acurruqué de lado, a la espera de mi destino final.

No he sido un hombre bueno, lo sé. La ambición y la avaricia fueron comensales habituales a mi mesa, y soy consciente de que muchos de mis actos fueron causales de incontables sufrimientos y miserias. Todavía puedo escuchar en mi mente la súplica desesperada de aquellos desdichados a los que desoí y dejé hundir en el fango sin el menor remordimiento.

No exijo misericordia, no la merezco. Cualquiera sea el infierno que me esté reservado, no puede tratarse más que de un acto de estricta justicia, pero el suplicio de la incertidumbre se me hace insoportable.

Los dedos descarnados de Caronte manipulan el timón con pulso firme, con la férrea determinación de quien ha realizado el mismo recorrido durante siglos. El rostro pálido bajo la túnica y los ojos vacíos de vida no dejan escapar ni el mínimo atisbo de emoción. Solo la mirada al frente, hacia un horizonte que solo él percibe, y su silencio, el exasperante silencio que lastima mis oídos y amenaza con precipitarme al abismo de la demencia.

Le he preguntado una y mil veces a dónde me lleva, pero él parece no percatarse de mi presencia. En más de una ocasión, durante la travesía, fantaseé con la idea de trepar al puente y aprovechar algún momento de distracción para arrojarlo por la borda y hacerme así cargo de mi propio destino. Pero él nunca duerme.

Tras día y medio de navegación con rumbo al sur, la desembocadura del río Aqueronte se presentó ante nosotros con sus fauces descaradamente abiertas. Así como el licor esconde tras su inocente dulzor sus verdaderas intenciones, el delgado hilo de aguas diáfanas murmuraba seductor y nos invitaba a adentrarnos hasta sus propias entrañas.

Hice bien en no dejarme seducir por falsos encantos: tras remontar unas pocas leguas, la vista amigable a ambos lados del río comenzó a mutar en un paisaje mucho más agreste, dominado por hileras de interminables árboles calcinados y espinillos de mirada amenazante. Un manto gris de cenizas concedía a la costa un dejo de postal anacrónica.

Como herida de muerte, el agua se tornó de repente rojiza y adquirió una consistencia viscosa. Un murmullo incesante brotaba del lecho y cada tanto sentía el cimbronazo de objetos que chocaban contra el casco.

Me asomé por la cubierta, esperando encontrar troncos de árboles boyando a la deriva, pero lo que vi en aquellas aguas amplió hasta el infinito el concepto que tenía acerca del horror: centenares de cadáveres flotaban arrastrados por la corriente, con los ojos abiertos de par en par dirigidos hacia mí y siguiendo cada uno de mis movimientos.

Incliné mi cuerpo, solo para comprobar con espanto que el murmullo que había escuchado no era más que el sonido de mi nombre, repetido una y otra vez por el infame cortejo. Y tanto mayor fue mi pavor al lograr reconocer entre los cuerpos semideshechos a varias víctimas de mi destrato en vida. No me extrañaría saber que había sido yo verdugo de todos ellos.

Con el coraje que da la desesperación, trepé al puente de mando e increpé nuevamente a mi conductor.

—¡A dónde me lleva! ¡Exijo una respuesta!

Caronte giró la cabeza hacia mí y por primera vez habló, pero la voz viscosa y estertórea no provenía de sus labios yertos, sino más bien de algún sitio en mi interior.

—Llegaremos en la madrugada.

La cercanía y la claridad propiciada por la luna nueva me permitieron apreciar por primera vez lo que se escondía debajo de aquella vieja túnica. Aún dominado por el miedo y la angustia, cierto dejo de lástima por aquel infeliz logró colarse en mi alma. Siglos enteros conduciendo a desdichados hasta las puertas mismas del Averno, atravesando una y otra vez ese mar de espanto sobre el que estábamos. ¿Qué terrible crimen podría haber cometido para merecer semejante castigo?

Bajé a cubierta y volví a acurrucarme en mi rincón, intentando abstraerme del rumor que seguía ascendiendo desde las profundidades y a la espera de mi último amanecer. Supongo que el germen de la resignación finalmente brotó en mí, porque la aurora me sorprendió, por primera vez desde el comienzo de la travesía, dormido.

Las primeras lumbres del día contorneaban un paisaje totalmente diferente. La embarcación estaba fondeada frente a un espejo de agua, delimitado por dos lenguas de tierra que casi se tocaban entre sí y una pequeña isla al fondo, poblada de tupidas palmeras y arenas bermejas. El agua estaba tan serena que reflejaba cada nube, cada matiz, como si cielo y río fueran un solo paño.

Recién entonces caí en la cuenta de que Caronte había bajado a cubierta y se hallaba parado frente a mí. Un hilo de hielo corrió por mi espalda cuando lo vi arrojar su vieja túnica a mis pies y dejar expuesta su exigua desnudez. Avanzó con infinita desidia hasta la barandilla, bajó por la escalera y comenzó a caminar sobre el agua hacia la isla, sin hundirse, como si se tratara de un ente carente de peso.

No dio ninguna explicación; pero tampoco me hacía falta para terminar de comprender cuál era finalmente el eterno infierno que me estaba reservado.

Ya tenía colocada la túnica cuando eché una última mirada hacia la isla y alcancé a ver a Caronte perderse entre las primeras hileras de palmeras.

Luego, solo levé anclas y apunté la proa hacia el poniente.

Fernando Callegari (Villa Constitución, Santa Fe, Argentina)