Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 64 - OtoƱo 2021
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Las palabras de la mar Amparo Moreno Viudes

 

LAS PALABRAS DE LA MAR, ORALIDAD Y PATRIMONIO EN LA COMUNIDAD DE PESCADORES DE TORREVIEJA

1. Introducción

Las palabras de la mar navegan en la memoria de los torrevejenses. Forman parte de esa herencia de lo intangible, legado inmaterial que llega a través de las generaciones. A veces a pesar del cambio de los tiempos y de las economías. A veces también a pesar del cambio de las gentes. Las palabras forman el tejido que articula la existencia de cualquier comunidad, explican su historia, desarrollan su forma de vida. Son la clave de su visión del mundo y de cómo se ven en ese mundo, y a través de las palabras se establecen las conexiones entre el mundo sensorial y el universo simbólico y metafórico de cualquier existencia humana.

En Torrevieja, todo ese patrimonio cognitivo que llega a nosotros bajo la forma de lo ya conocido por anteriores generaciones de torrevejenses, lo encontramos entre las cuadernas de los barcos y enredado en las artes de pesca. Porque Torrevieja, que se hizo grande con la sal, surgió con la gente del mar, con pescadores y comerciantes de navegación que, al menos desde la Edad Media, encontraron en las costas de esta parte del sureste peninsular su modo de vida. La de los primeros pobladores de Torrevieja es una economía marítima, extractiva y de transporte de mercancías. El mar marcaba el ritmo de la vida diaria. Sus espacios, sus tiempos, sus formas de expresión, sus palabras. Incluso sus canciones, porque la habanera, convertida en canto y seña del torrevejense, nacería en los salones de la sociedad, pero se popularizó en las tabernas de los marineros, y en sus voces nos llegó.

Para seguir la trayectoria de la oralidad que ha llegado hasta nosotros es necesario recurrir a la historia de la gente que las utiliza y a su territorio. Algunas son préstamos de lugares cercanos. Otras son palabras vivas que se cambian, se adaptan y se modifican con perspectiva diacrónica. Descubrimos nuestro patrimonio léxico en las voces de la gente de Torrevieja, esa que se autodefine como «pata negra», para establecer el rasgo cualitativo que los distinga respecto a los nuevos torrevejenses, que también lo son pero con una inevitable alteridad diferencial. Y aquí, las palabras que nos llegan de la mar, las que nos hablan del sustrato cognitivo que forjó la identidad de la comunidad de pescadores, las encontramos en la toponimia que utilizamos a diario, en frases hechas y expresiones populares, en un léxico variado y característico que forma parte de lo que podríamos denominar «lo típicamente torrevejense» repleto de referencias a la actividad pesquera (incorporados a la vida de tierra) y a una lengua, el valenciano o catalán, que fue habitual en la comunidad de pescadores de este litoral como demuestra su extensa permanencia en el lenguaje torrevejense. Y las encontramos también en las breves narraciones populares que han perdurado en la memoria de sus habitantes, entre la que tal vez la más conocida sea la leyenda de la Tía Roqueta, pero que ponen a la gente de la mar como epicentro identitario local con una mezcla de realidad y fantasía que trasciende el tiempo.

La pesca y la sal fueron actividades básicas en esta población durante siglos. Las tierras que hoy son torrevejenses llegaron a ser el destino de gentes que se instalaron aquí procedentes de lugares de la comarca del Bajo Segura y de otras como el corredor del Vinalopó, el Campo de Cartagena o la costa septentrional alicantina. La inmigración es una constante a lo largo de la historia de Torrevieja, una ciudad que no ha dejado de reinventarse. Foco de atracción para nuevas gentes desde su nacimiento como entidad administrativa, su vocación parece haber sido ser grande, y la gente que ha ido llegando siempre ha encontrado la forma de ganarse la vida.

Una de estas formas fue la pesca, hoy residual en un puerto que mandaba sus barcos a la Mar Grande mientras su flota de traíñas era referente en el Mediterráneo. Con una historia de siglos, la comunidad de pescadores gozó de una homogeneidad cultural y de un sentimiento identitario que quizá ha faltado en otros colectivos como el de los salineros. Pese a ser más numerosos, su condición de jornaleros y el trabajo estacional de la extracción de sal los obligaba a simultanear otros trabajos para ganarse el sustento, incluida la pesca. De ahí la eterna diferencia establecida por la gente de pesquera entre «pescadores» y «gente que va a la mar».

Somos lo que otros han sido antes que nosotros. Esos otros torrevejenses nos legaron el lugar donde habitamos, nuestras formas de vida, nuestras costumbres, nuestras creencias y el vasto conjunto de referencias que constituye nuestro patrimonio cognitivo. En tiempo de transformaciones aceleradas y de cambios no sólo es tiempo de recuperar esa memoria que nos une a esa comunidad de pescadores primigenia sino, sobre todo, de descubrirla.


2. La marginalidad de lo pesquero

Cierto halo de marginación y desconocimiento parece haber rodeado siempre a las comunidades de pescadores. Incluso en el ámbito académico. A excepción de algunos trabajos sobre gremios o cofradías de mareantes de la costa atlántica peninsular o de la Corona de Castilla en la Edad Media (Solórzano, 2016; Aznar, 2004), los colectivos de pescadores, como comunidad humana y como actividad económica, suelen estar excluidos de las líneas de investigación. Sociólogos como Manuel García Ferrando, José Manuel Montero Llerandi (1985) o Begoña Marugán (2013) hablan incluso de cierto grado de marginación con respecto al resto de la sociedad. Actividades desarrolladas en tierra como la agraria, la comercial o la artesanal/industrial cuentan con una secuenciación diacrónica gracias a las fuentes documentales o arqueológicas. Pero los pescadores parecen pasar de largo por la historia percibidos como otro más de los elementos bióticos del ecosistema litoral, como parte del medio natural costero.

El espacio liminal que ocupaban las comunidades de pescadores, establecidos en la misma línea de costa, entre la tierra y el mar, los situaba también en los márgenes de la sociedad. Su trabajo está fuera del territorio de fácil acceso, donde las leyes físicas y normativas que rigen la vida en tierra dejan de regir. Su sistema de relaciones sociales, de relaciones económicas, de referentes culturales e incluso de relaciones con el medio natural es específico, y diferente de otros. Han sido además comunidades fuertemente endogámicas donde el reclutamiento de trabajadores y de parejas se efectuaba dentro de las propias familias de pescadores, una estrategia de supervivencia porque permitía la transmisión del oficio y el mantenimiento de un patrimonio material y cognitivo (sistema de conocimientos y experiencias de la pesca) que era de gran valor. Las condiciones materiales de vida eran duras, de autosuficiencia y de autosubsistencia. Las de trabajo, extremas. Se trabajaba en pequeños barcos, pequeñas plataformas inestables sobre el mar, en ausencias continuas y prolongadas. Con tripulación reducida, en total aislamiento, y siempre bajo la amenaza de que la meteorología pusiera en peligro su seguridad. Aislamiento físico, social y laboral. La diferencia mar-tierra imponía una marginación desde dentro de la comunidad de pescadores. Pero también desde fuera: los pescadores no estaban en tierra y para la gente de tierra no existían. Es la no existencia de las comunidades de pescadores.

También en Torrevieja son los grandes desconocidos de la historia local. Resulta paradójico que el puerto ocupe el espacio central del entramado urbano, de hecho la ciudad se proyecta hacia su periferia, y sea casi invisible el mundo pesquero, a excepción de la festividad religiosa que se ha mantenido pese a la evidente pérdida de presencia económica del sector, aprovechando su vertiente «de tradición» en una ciudad especializada en la explotación turística. A falta de estudios concretos, aprovechamos referencias indirectas en las fuentes documentales de otras investigaciones para aventurar que desde los primeros años del siglo XVIII y en siglos anteriores, la pesca fuera la actividad económica principal del lugar que hoy es Torrevieja, y pequeñas comunidades de pescadores establecidas en aldeas, sus primeros pobladores permanentes.

Pescador torrevejense a principios del siglo XX (archivo familiar de A. Moreno)

 

3. Comerciantes y pescadores en la costa de la Gobernación de Orihuela

Nos vamos al siglo XIV. En pleno auge del comercio internacional euromediterráneo, la larga franja costera de la Gobernación de Orihuela ofrece sus embarcaderos o cargaderos a las embarcaciones que trabajan las rutas de intercambio. Se establecían allí donde un recorte de la costa y las condiciones de tierra permitían ciertas condiciones de abrigo y estabilidad para embarcar y desembarcar mercancías. En su estudio sobre el comercio bajomedieval en la costa levantina, Juan Leonardo Soler (2007) destaca la importancia que tuvieron estos pequeños embarcaderos y cita como fondeaderos específicamente oriolanos, salida natural de sus productos, a los de Guardamar, La Mata y el del Cap de Cerver (2007:211).

Una precisión: el lugar que hoy conocemos con el nombre de Cabo Cervera no parece corresponderse con el paraje conocido por el nombre de Cap Cerver en época medieval. Este accidente geográfico se extendía a lo largo de unos 6’5 km de litoral, toda la extensión de tierra comprendida entre el acequión y el comienzo de la playa de La Mata (PUJOL, 2020:69), y el embarcadero o puerto de Cap Cerver que aparece en las fuentes documentales realmente se localizaba al sur del cabo homónimo, esto es, donde surgió el poblado que posteriormente sería conocido como Torrevieja.

No hay datos de siglos anteriores, pero como apunta José Hinojosa, cabe pensar que en el siglo XIII el embarcadero del Cap de Cerver, la actual Torrevieja, fuera utilizado como salida de productos comarcales de acuerdo con anteriores prácticas mercantiles que se remontarían a la anterior etapa islámica (1995:192). Servían de soporte a la actividad pesquera, eran puntos de abastecimiento de agua y víveres para los navíos y eran utilizados como bases de operaciones de actividades no tan legales como la piratería. No cree que por los datos y las referencias se constate un núcleo poblacional en el Cap Cerver con carácter jurídico propio, pero sí habla de la posible existencia de algunas viviendas humildes, cabañas en torno a las cuales se reunieran de forma más o menos temporal las gentes vinculadas al mar como los pescadores, marineros y corsarios (1995:192-220). La fachada marítima de Orihuela propiciaba las actividades pesqueras, y no debió de ser mal negocio cuando el abastecimiento de pescado era una de las principales preocupaciones de las autoridades de Orihuela en tiempos en que ser católico se demostraba también en la mesa. En el Cap de Cerver (junto a otra en Cala Cornuda y la de Guardamar) cita una de las pesquerías importantes de la Gobernación. En 1415, Jaume Tora, alcaide de la torre de Cap Cerver, avisó a los jurados de Orihuela que tres embarcaciones musulmanas habían apresado a unos pescadores y pidió socorro. Aunque la inseguridad venía también por parte de cristianos: en 1435, un tal Mateo Bechí, de Cartagena, después de un ataque frustrado a unas barcas en la desembocadura del Segura, robó unas barcas y aparejos en el Cap Cerver (1995:200).

Es evidente que faltan datos sobre el mundo de los pescadores, pero pescadores (y familias de pescadores) habría establecidos en este litoral que hoy es torrevejense. Eduardo Aznar (2004) dice que durante el reinado de Isabel I la actividad pesquera se encontraba en pleno crecimiento por un aumento cuantitativo y cualitativo de la demanda. Se mejoran los aspectos organizativos de la pesca, su comercialización, el alejamiento progresivo de los lugares de pesca, y yo añadiría que la puesta en valor de pesquerías nuevas como la que se intentó en la laguna que hoy es de Torrevieja después del intento fallido de 1389, con la construcción del acequión para convertirla en albufera. También Ramos Gorostiza sostiene que el sector de la pesca tuvo una notable importancia económica en la España de la Edad Moderna, tanto en lo referente a la vertebración de las economías litorales, como en la ocupación de población activa (con porcentajes significativos en la periferia peninsular) y en la producción de alimentos de consumo obligado en un país católico (2011:199).


4. Pescadores en la costa de la Torre Vieja

Con el siglo XVIII llegan la modernidad y las nuevas oportunidades. Importantes cambios se producen en la vida colectiva de estas tierras donde van poblando los terruños de secano, antiguas áreas semipantanosas y el litoral para el fortalecimiento de la costa con el objetivo de repeler la amenaza de corsarios y piratas, como nos dicen Gregorio Canales y Remedios Muñoz (2012:33). Es el caso de La Mata, donde frente al mar se emplazaba un núcleo protourbano compuesto básicamente por una torre de defensa, la casa del administrador de las salinas y una pequeña ermita. Hasta allí se desplazaban como temporeros de la sal trabajadores procedentes de poblaciones cercanas, como Guardamar, el lugar de Rojales o parroquias de Orihuela como San Miguel de Salinas, pero también de lugares más alejados como Alicante, Mutxamel y poblaciones del eje del Vinalopó (Aspe, Monóvar, Novelda) hasta Elda o del vecino Campo de Cartagena. Ante la prosperidad comercial del complejo salinero la Corona, a instancias de la Iglesia, se preocupó de su afianzamiento de modo permanente (2012:33-41).

Un crecimiento similar tuvo como protagonista al territorio aledaño a la Torre Vieja, otro grupo protourbano donde residían soldados guardacostas y trabajadores empleados en las salinas de Orihuela. El boyante futuro del sitio fue vislumbrado pronto por la Iglesia al darse cuenta de las óptimas condiciones que reunía la agrupación de casas que estaban surgiendo en las inmediaciones de la torre vigía. La franja litoral se encontraba en un momento de auge, era una tierra de oportunidades y el desarrollo de la población se produjo de forma espectacular en muy poco tiempo. Un crecimiento de la envergadura del que se produjo doscientos años después, en las últimas décadas del siglo XX, con la actividad turística inmobiliaria como protagonista. Hacia 1788, el número de habitantes del caserío ya era superior al de La Mata. La sal de esta laguna más grande era de mejor calidad y contaba con un embarcadero cerca de la explotación más protegido para los barcos que el de La Mata, cuya sal debía llevarse a Santa Pola o Alicante para su comercialización (2012:42-43).

Como suele ocurrir en los movimientos migratorios de motivación económica, serían hombres solos quienes se desplazarían buscando trabajo. Vistas las oportunidades, muchos se establecerían con sus familias y otros regresarían a sus parroquias de origen en busca de pareja con la que iniciar una nueva vida en un nuevo lugar. El árbol genealógico de los torrevejenses de varias generaciones se nutre de antepasados de las parroquias de Alicante, de la demarcación oriolana y de poblaciones del Vinalopó.

Pero con anterioridad al boom económico salinero que se produce en la segunda mitad del XVIII y que se acompaña no sólo del crecimiento en habitantes sino del mismo nacimiento administrativo de la población de la Torre Vieja, los pescadores siguen siendo los moradores habituales de estos parajes. Paños Serna, en su artículo sobre el origen de las poblaciones de Torrevieja y La Mata, apunta que en 1754 los parajes que circundaban la antigua Torre Vieja, lejos de estar despoblados, tendrían una vida «animada», mencionando expresamente a «pescadores de jarcia gorda, de bou o de palangre», además de «trajineros y arrieros de pesquera» que acudían a diversos puntos de la costa a recoger el pescado que luego transportaban a los pueblos del interior (2006: 29-30).

Años antes, en 1749, ante los intentos de las autoridades de Guardamar de obligar a los moradores de La Mata a comprar los víveres en los establecimientos abiertos en Guardamar (puesto que el cortijo y la salina estaban en su término), y tras la oportuna protesta ante el ministro marqués de la Ensenada del administrador de las Salinas, aquél dictó providencia ordenando que los habitantes de La Mata podían comprar los comestibles que necesitasen a «las personas que acostumbran pasar a vender estos géneros a la Torre de las mismas salinas», especificando quiénes eran los habitantes beneficiados: «...los ministros y dependientes de dichas salinas: los pescadores matriculados en ella: tragineros» y encargados del transporte de la sal (op. cit. 50). Estos pescadores que menciona Paños eran pobladores que continuaban con una tradición pesquera establecida desde siglos atrás bajo la forma de pequeñas comunidades de pescadores diseminadas a lo largo de la costa oriolana.

De la mano de la mar, a veces disfrazada de actividad pesquera y a veces combinada con la actividad pesquera, venía otro de los trabajos históricamente tradicionales en estas que hoy son nuestras costas. Paños hace referencia a que también frecuentaban la zona ladrones, contrabandistas y corsarios, y menciona la detención el 23 de abril de 1749 de las tripulaciones de dos barcos de pesca alicantinos que, según testigos, se habían reunido en alta mar con «un navío y otra embarcación gruesa» para regresar a la «Punta Prima», donde desembarcaron «ocho ombres (sic) armados» (p.31). El comercio al margen de los cauces legales fue también una forma de ganarse la vida en estas costas.

Del mismo modo que las nuevas poblaciones de La Mata y la Torre Vieja recibían inmigrantes de poblaciones del interior, también las comunidades de pescadores se abrían a la recepción de nuevos miembros llegados de otras poblaciones del litoral alicantino que se establecieron al amparo del auge que experimentaban los enclaves salineros. A mayor cantidad de población que alimentar, más pescado se puede vender. Pescadores de Guardamar, pero también de otros puntos de la costa como Alicante, El Campello, Benidorm, Moraira, Jávea o Calpe, fueron estableciéndose trayendo su propia lengua, el valenciano. Estos flujos de población pescadora migrante ha sido también una constante a lo largo de la historia de la ciudad y han llegado hasta nosotros en forma de apodos o sobrenombres como el Moraira, el Guardamarenco, el de la Isla o la Campellera (algunos ya desaparecidos).

Pescadores había establecidos con sus barcos en los alrededores de la Torre Vieja cuando el 4 de diciembre de 1767 un fuerte temporal arrasó la costa convirtiéndola en zona catastrófica: las instalaciones de la Renta en La Mata quedaron arruinadas y los barcos que se encontraban varados cerca de la Torre Vieja, destruidos. Paños también cita la reseña histórica de G. Hogston sobre los orígenes de la población de Torrevieja y sobre sus salinas: «Con motivo de los primeros trabajos de explotación en la nueva salina (antes propiedad de Orihuela pero que había sido revertida al Estado en esos años) por el año 1766 se construyeron las primeras casas, que con algunas de pescadores que habitaban al amparo de la Torre de la costa fueron el fundamiento de esta población» (2006:81-85).

Se utilizaba gran variedad de artes de pesca: nasas o trampas, poteras para la pesca del calamar, el palangre, el cerco, el boliche (empleado para la pesca de la boga o el sorel); peculiar de esta parte del levante peninsular era la pesca «a la encesa» o pesca con luz, la del bou, parella o pareja, o una muy popular en la época por estos lugares: la pesca de rama de pino. De ella nos explica el ilustrado Sáñez Reguart que sobre todo en las costas de Alicante «...se han dedicado a establecer una pesquera constante y lucrativa, para cuyo efecto hacen acopio de ramas de pino bastante crecidas, que (...) van calando a alguna distancia de la costa, según la suerte que haya cabido a cada uno», «...la aplicación industriosa de aquellos hombres discurrió cierto género de red que abarcando en distancia proporcionada y ciñendo el ramo del pino conforme a su posición flotante, cogiese los peces amparados en su recinto, siendo entre ellos el más principal la llampuga» (1793: 39-40). Esta pesquera debía de ser muy empleada entre los pescadores de Torrevieja y La Mata cuando en el capítulo dedicado a Penas y Multas de la Demarcación de las salinas, se disponía que: «Al que se aprehendiere cortando, o conduciendo pies, o ramas de pino, que haya cortado en la Redonda (...), se le exigirá un real de vellón por cada rama...» (1763:201), en un intento de la autoridad por evitar la deforestación del lugar.

                       

4.1. En los siglos XIX y XX

Con el inicio del siglo XIX y el traslado de la Administración de las Reales Salinas a la recién constituida población de Torre Vieja, la comunidad de pescadores del lugar va saliendo del anonimato y adquiriendo entidad propia.

La primera relación de vecinos de Torrevieja y La Mata que se conserva, según Pérez y Cerezuela (2001), es el padrón de cabezas de familia de 1833. Su estudio, cuatro años después del terremoto que arrasó gran parte de la población en 1829, es de especial interés por ser posiblemente el primero que se realizó tras la catástrofe, cuando la población salía del desastre. Hay datos que nos hablan de la dificultad de aquellos años para los torrevejenses. Como ejemplo, de un total de 658 cabezas de familia censados, el 11’2% son mujeres solas, la gran mayoría (el 10’7% de la población) viudas, y de ellas, más de la mitad destacadas como «pobres». Sólo seis varones se apuntan en el padrón con esta misma calificación.  El resto se empleaban en su mayoría (alrededor del 40%) como jornaleros en las salinas, incluidos tres menores que constaban en el padrón como cabezas de familia. Más del 20% de la población activa se dedicaba a las faenas de la mar, patrones, marineros y calafates, a ellos se añadían otras ocupaciones relacionadas con el sector en tierra como armadores, rederos o los arrieros de pescado que lo distribuían por el interior de la comarca.

En su análisis del callejero histórico de 1844, Casas Aranda menciona la plaza de las Barcas, localizada en su parte norte por la actual calle Pedro Lorca, y por el oeste, la actual María Parodi. De ella dice que siempre estuvo habitada por marineros y debe su denominación a la construcción de barcos localizada en ese lugar. También se conocía por el nombre de playa el sitio donde se ubicaban once viviendas, siete casas y cuatro barracas que cobijaban a 54 personas. Sus habitantes eran mayoritariamente pescadores y marineros, y por ello se conoció a esta zona como barrio de Pescadores. Tuvo el apelativo de barrio hasta 1859, en que pasó a llamarse calle Pescadores, y en 1921 la calle pasó a denominarse Diego Hernández (2001:60-61), en una de cuyas esquinas se encuentra todavía la Cofradía de Pescadores de Torrevieja.

Lámina XXXIX, coleccionable del semanario Vista Alegre «Torrevieja, un siglo de historia gráfica, 1884-1984».

Benigno Rodríguez Santamaría, militar y escritor que recorre desde finales del siglo XIX todos los puertos de mar más importantes de España, «que ascienden en junto a 265», menciona al hablar del número de pescadores que tienen los de la Provincia Marítima de Alicante, que Torrevieja y Guardamar (incluida la población de La Mata) contaban con 1000 pescadores (1923: 641). Teniendo en cuenta que Alicante contaba según el mismo autor con 1500 y la potente Santa Pola alrededor de 800, la cifra puede resultar excesiva, pero sí es reflejo de la importancia del puerto torrevejense en los últimos años del siglo XIX y primeras décadas del XX. Otro autor contemporáneo de Rodríguez Santamaría, Felipe Franco, habla sin embargo de 80 embarcaciones pertenecientes al distrito marítimo de Torrevieja en 1919, que comprendía también La Mata y Guardamar, y aporta unas cifras de trabajadores en el sector algo más ajustadas a la realidad sin restarle importancia a la demarcación pesquera torrevejense: 360 hombres y 50 niños dedicados a la pesca, concretando además la existencia de ocho parejas especializadas en el arrastre con 56 artes de bou.

En 1933 cuenta con 206 embarcaciones, entre motor, vela y a remo, con 430 embarcados, y 44 trabajadores y trabajadoras en tierra (14 hombres y 30 mujeres) entre ventas y composturas de redes. Un año después había 225 barcos que daban trabajo a 446 hombres embarcados y a 45 trabajadoras y trabajadores en tierra. No es extraño en estos años encontrar a mujeres como armadoras de barcos de pesca en Torrevieja, y aparecen registrados hasta cuatro talleres de construcción de barcos de pesca, mientras otros calafates de la localidad se especializan en la construcción de embarcaciones para el comercio de cabotaje. La actividad en playas y calas es frenética y la demanda de construcción de un puerto necesario para la comercialización salinera y para su potente flota pesquera, la prioridad de toda la ciudad. La flota de traíñas local llegó a ser una de las más importantes y numerosas del Mediterráneo en la primera mitad del siglo XX y su volumen de desembarcos en especies pelágicas como la sardina y el boquerón, los más importantes de la provincia en los años 40. En 1971 se contabilizaban todavía 32 embarcaciones en este puerto y 230 tripulantes (Camarasa, 1975: 63-64). El declive del sector comenzaría a llegar a mitad de esos años 70. El número de unidades de la flota pesquera se fue reduciendo progresivamente en paralelo al ascenso de una actividad económica diferente, el turismo, que en su versión inmobiliaria y residencial transformó por completo no sólo su geografía física y humana, sino también sus referencias culturales, comunes hasta ese momento.


5. Las palabras

Con la especialización turística del municipio se instala entre nosotros la fascinación por los cambios, por la novedad y por la desmesura de un crecimiento explosivo. Nuevos espacios, nuevas gentes con nuevas lenguas, nuevas formas de vida, incluso nuevas fiestas y tradiciones. El mar se convierte en otro recurso turístico más y una casi extinta actividad pesquera local combina su faceta extractiva con la de activo cultural para el ocio de los visitantes. Se parcela —en la bahía, en las playas—, se privatiza y se capitaliza como la misma línea de costa, con puertos deportivos y negocios que tienen en el mar su indispensable materia prima. Los pantalanes se llenan con embarcaciones de pescadores aficionados que salen los fines de semana a un nuevo tipo de pesquera, la pesquera de ocio, que explota la falsa concepción del mar como recurso de libre acceso. Cambian sus usos, cambia su valor y la percepción que del mar tiene ahora la ciudad.

Pero las palabras que nos legaron aquellos que nos precedieron siguen aquí, entre nosotros. Son muchos los que acostumbran a hacer gala de su identidad, con comentarios o historias en las redes sociales, utilizando y dándole vida virtual al lenguaje popular torrevejense. Son palabras que se utilizan todavía en frases hechas y conceptos que no se pueden expresar de otra manera; que nos remiten a antiguas historias, asombrosas y fantásticas, pero creíbles como testimonios de vida en la voz de nuestros abuelos; o las que nos muestra la cartografía actual de la costa del término municipal. Y todas llegaron de la mar.


5.1. Toponimia marinera

Los lugares los nombra la gente que los frecuenta. Los incorpora a sus vidas, a sus quehaceres diarios o extraordinarios. Un accidente del terreno, una peculiaridad física, un acontecimiento destacado, un rasgo distintivo, una planta, un animal... La toponimia evoluciona y cambia, porque también cambia la gente que la utiliza. Muy pocos sabrán dónde está la cala del Gambote aunque aparezca todavía en los mapas del servicio cartográfico nacional. Su transformación va unida a los cambios de usos y costumbres de los habitantes de un lugar. De ello tenemos sobrada muestra en la costa de este municipio, sujeta a la explotación residencial, cuya toponimia se adapta en ocasiones a nombres puestos o impuestos por los promotores inmobiliarios en sus planes parciales como laplaya de Rocío del Mar, la zona de Mar Azul. Aunque al contrario, también las hay que adoptan la denominación topográfica del lugar: urbanización Cabo Cervera, La Torreta...

Puede intervenir a su vez en este dinamismo toponímico la aparición de nuevos hitos espaciales. Dos ejemplos: lo que en los mapas aparece todavía como punta Carral o punta Margalla, la mayoría de los ciudadanos de Torrevieja lo identifican como «las columnas» desde la instalación de un monumento conmemorativo; o la zona del Hombre del Mar, rincón urbano donde antaño surgía la llamada punta Cornuda y que da inicio desde el dique de levante al céntrico paseo de las Rocas. Como la vida de estos nombres suele ser larga, la toponimia se convierte en una de las formas mediante las que llegan a nosotros las palabras de vocación marinera.

Las encontramos a lo largo del litoral torrevejense. Alguna como la playa de los Náufragos, nos trae a la memoria tragedias que no hemos conocido pero que nos podemos imaginar, porque la desgracia es intemporal. Otras nos hablan de la misma actividad pesquera, como la cala del Palangre, quizá también la llamada punta del Salaret, que bien pudiera llamarse así por deformación de salabret, un utensilio sencillo pero muy utilizado para la pesca.

La cala del Gambote nos remite a las piezas de popa de una embarcación. Y qué decir de la cala de la Tía Roqueta, protagonista inmortal de una de las leyendas más conocidas de Torrevieja con origen en la comunidad de pescadores, que mantiene su nombre en la cartografía local aunque cada vez son menos los que saben situarla. Encontramos más ejemplos en costas oriolanas o de Pilar de la Horadada: cala de las Estacas (probablemente en relación a un arte de pesquera conocido como estacada), cala Capitán, cala del Cargador, playa del Puerto.

No sólo se puede hablar de toponimia geográfica, aunque es de importante lectura histórica y documental. También en el callejero tradicional quedan reminiscencias de la actividad pesquera. El barrio de pescadores que situamos frente al centro cultural Virgen del Carmen conserva sus nombres originales con la calle del Mar como puerta de entrada; la pequeña calle Balandro (entre la plaza Capdepont y la calle Diego Hernández); también encontramos la calle Fragata, calle Goleta, calle Navegantes, calle Bergantín, calle Timonel y la avenida de los Marineros por la zona de la playa del Cura; existe a su vez una calle Palangre; y en uno de los rosarios de nuevas construcciones que nos dejaron los años 80 y 90, se adoptó una serie de antiguos barcos de cabotaje locales para nombrar sus calles, Joven Pura, Joven Trinidad, Los Emilios, Bella Antonia, Parodi Hermanos, Virgen del Mar...

Al amparo de la historia del municipio y de su pasado marinero y jugando con el valor de «lo tradicional», encontramos por la ciudad otras referencias bajo la forma de nombres de establecimientos de restauración sobre todo, que incorporan a su producto económico el rasgo cualitativo de lo marinero: el que probablemente sea el establecimiento más antiguo de la hostelería local, el barLa Marina;o el también famoso kiosko El Tintero, ineludible hito espacial para varias generaciones de torrevejenses en la separación entre el paseo de las Rocas y la playa del Cura. Su nombre hace referencia a uno de los lugares habituales donde los pescadores realizaban una de las faenas de tierra, el tintado de los artes. Se empleaba para ello un tinte hecho de cortezas de árbol o de alquitrán que impermeabilizaban las fibras vegetales, prolongando así la vida útil de las redes. No con tanta solera como los dos anteriores pero también destacables son el Isla, El Pescador, Barlovento, El Tiburón (establecimiento que fue tradicional ya desaparecido como el Miramar), El Muelle, el Bahía, el Nuevo Bahía o el Mar de Levante.

Desde el popular y céntrico paseo de las Rocas todavía es posible observar a simple vista el trabajo de alguno de los pescadores de tresmalle que todavía mantienen su actividad en Torrevieja y conservan sus caladeros tradicionales a pocos metros del paseo y de los bañistas.


5.2. Tres leyendas de la mar

Las palabras de la mar nos llegan también en forma de cuentos o leyendas, narraciones breves que enfatizan el valor, la fuerza y la importancia de la comunidad de pescadores para la construcción de la identidad colectiva torrevejense. Son historias fundacionales que sirven para crear conciencia de cohesión social, de pertenecer a una misma colectividad y a un mismo lugar, y se transmiten de forma oral enriqueciéndose cada vez que cobra vida en la voz de una generación. Los protagonistas y las protagonistas de todas ellas son gente de la mar, y dos de las actividades marineras más destacadas en este lugar antes de que la sal y su comercio la convirtieran en población: la pesca y el contrabando.

Como sugieren M. Carmen Serra y Juan Luis Román, las leyendas y los cuentos populares no son simples historias para niños. Tienen un fundamento en la tradición de los pueblos y son expresión elaborada y metafórica de su concepción del mundo, elementos sencillos y de fácil asimilación que se crean para explicar sus orígenes y sus transformaciones, y a veces, lo que no se puede explicar. A través de ellas se justifica la existencia de determinados fenómenos y constituyen un documento inestimable para desentrañar la historia de los pueblos (SERRA y ROMÁN DEL CERRO, 1986:11).

Son tres las leyendas que nos hablan de lo que sería este lugar en sus orígenes, y fueron recogidas por ambos autores al comienzo de los 80 dentro de su estudio sobre leyendas en la Vega Baja, obra de destacado valor patrimonial al recoger de forma documental estas narraciones cuya transmisión oral se ha interrumpido. Es el caso de las tres que conocemos: La Leyenda de la Tía Roqueta, la de La bruja y el pescador y la leyenda de Pedro el Pirata. Las dos primeras, de temática de pescadores; la de Pedro el Pirata, de un contrabandista ateo. Todos son seres marginales que viven fuera de la comunidad asentada en tierra, apartados del resto por su peculiar modo de vida. La Tía Roqueta, pescadores que viven en una de las cuevas que se forman en los acantilados de la costa. Pedro, un contrabandista que vive solo pero que acabará siendo respetado y querido por la comunidad gracias a una intervención divina. De seres mágicos se nutre la historia de la bruja y el pescador, y del paso del tiempo, diferente en la dimensión en la que viven y trabajan los hombres de la mar. Cualquier leyenda es un juego de oposiciones: vida/muerte en la Tía Roqueta, sueño/realidad en la bruja y el pescador, el bien y el mal en la de Pedro el Pirata. La eterna dialéctica de los opuestos que aporta en cada narración toda su complejidad simbólica.

Estos cuentos expresan lo que Torrevieja quería ser, lo que quería conservar de su historia transformando lo ordinario y cotidiano en extraordinario. Suelen tener una base real (unos personajes, unos hechos) sobre la que se elabora la narración con elementos fantásticos o sobrenaturales. Fue la gente de tierra, esas personas que fueron llegando desde otros lugares de la comarca y de comarcas vecinas para construir sus vidas en el territorio que se llamó Torre Vieja, quienes eligieran esas historias y no otras para dejarlas como herencia a las nuevas generaciones. Tal vez reconociendo el aporte fundacional que los miembros de la comunidad de pescadores tuvieron en este lugar. Tal vez eligiéndolos como representantes de su propia identidad.

           Ilustraciones: Borja Cabezas

A) Leyenda de Pedro el Pirata

Dos versiones ofrecen Serra y Román del Cerro de esta historia, recogidas en 1979 en la voz de dos narradores: Concepción Soria Neri y José María López Dols. De ella dicen que el personaje es algo conocido, pero su historia sólo es recordada por dos o tres personas (1986: 92-94).

Resumen:

Se localiza en los alrededores de lo que hoy es la plaza de Oriente, zona tradicional de viviendas de pescadores. Cuenta que había una barraca que había sido ocupada por un hombre que vivía solo, al que la gente llamaba Pedro el Pirata porque decían que había sido contrabandista.

El hombre no creía en Dios y un buen día acogió a un perro al que todos en la aldea maltrataban porque pensaban que estaba rabioso. Recogió al perro, lo curó, y a través del agradecimiento del animal y de su compañía llegó a convertirse y a creer en Dios. Muerto el perro y por el cariño que le tenía, quiso enterrarlo en el patio de su casa, y sobre la tumba siempre crecían preciosas flores pese a las tierras secas y al agua salobre de la zona. Estas flores, que volvían a crecer de forma instantánea aunque se hubieran cortado el día anterior, eran regaladas por Pedro a los vecinos del lugar en los tristes momentos en los que debían enterrar a un ser querido. Todos en el pueblo pensaron si aquel animal que había ayudado a convertir a Pedro sería un espíritu de bondad que había bajado a la tierra para su salvación. Y cuando Pedro falleció, lo veló todo el pueblo y todos acompañaron su cuerpo hasta el cementerio.

Pedro, un contrabandista. Como tantos hombres que a lo largo de los siglos tuvieron su sustento en el comercio ilegal en nuestras tierras, ya fuera vendiendo sal u otros productos fuera del estanco. Un comercio que tenía en el mar y en las barcas de los pobladores de la costa las principales herramientas para su desarrollo con éxito. Y bajo el modelo de ese Pedro que difumina la separación entre el bien y el mal, quedó reflejado como un héroe en la memoria popular.


B) Leyenda de la bruja y el pescador

Sobre la leyenda de la bruja y el pescador ofrece la única versión de José María López Dols en enero de 1979, y nos dicen que su ámbito es muy reducido incluso entre los torrevejenses (1986: 75-76).

Resumen:

Había un pescador que un día, en un momento de descanso, se quedó dormido en la cubierta de su barca. Al despertar descubrió que no estaba en la playa que conocía, sino en una playa de la vecina costa africana. Al poco vio acercarse a una mujer joven y muy hermosa de la que se enamoró perdidamente. El pescador estuvo viviendo con ella meses, años quizás, o quizás fueran sólo unas   pocas horas, hasta que un día la mujer tuvo el capricho de regresar con el pescador a la playa donde se habían conocido.

Allí seguía estando su barca. El amor trajo de nuevo el sueño para el pescador, pero al despertar se encontró de nuevo sobre la cubierta de su embarcación, solo, y en la playa donde se había quedado dormido la primera vez. Se dice que aquella mujer era en realidad una bruja que, como deseo, había pedido un tiempo para experimentar los sentimientos humanos, y cuando este tiempo se le acabó, devolvió al pescador a su lugar de origen en la costa de enfrente.          

C) Leyenda de la Tía Roqueta

La más conocida sin duda es la leyenda de la Tía Roqueta. Muchos hemos crecido con esta heroína torrevejense y con el misterio de la cueva donde vivía. Perdura en la cartografía dándole nombre a una cala de nuestro litoral, lo que le da todavía más visos de credibilidad a la historia de esta mujer y a la tragedia que envolvió su vida.

La narración se circunscribe al ámbito geográfico torrevejense, si bien los autores que la recogen apuntan que en Guardamar también suena el nombre de la Tía Roqueta de un modo vago y difuso. La versión que nos ofrecen es la que dio Concepción Soria Neri en 1979, cuyo resumen se transcribe a continuación:

«¿Por qué se llama cueva de la Tía Roqueta? (...) Roqueta era una mujer alta, sarmentosa, casada con un hombre al que amaba con locura. Como siempre había vivido en esta cueva, su color era igual al de las rocas. Su marido era pescador, tenía una pequeña barca con la que todas las noches salía a pescar. Al otro día, Roqueta venía al pueblo a vender el pescado (…) estaba formado por unas barracas y ella vendía el pescado para llevarse de una tiendecita muy pequeña los alimentos que necesitaba.

»Roqueta cantaba muy bien (...) Los pescadores creían que eran sirenas, pero su esposo decía: “No son sirenas. Es mi Roqueta”.

»Todas las noches encendía Roqueta su candil, que servía de faro a los pescadores. Pero una noche su marido no volvió. Arreció el levante y no pudo llegar a la orilla. El mar lo sepultó.

»Ya no cantó más Roqueta (...) Y no la vieron más. Noches más tarde, un pescador en sus redes encontró el candil de Roqueta, el que le sirvió de faro tanto tiempo. Se descubrió y rezó por ella. Y aquí termina la historia de Roqueta tal como me la contó mi abuela hace muchos años» (1986: 72-73).

Al igual que Pedro el Pirata, la protagonista de esta historia pudo ser un personaje real. Paños nos dice que la loma y los campos inmediatos a la zona E de la Laguna de La Mata, en la parte más próxima al cortijo, se conocían por el nombre de Roquetas, y las calzadas que delimitaban las parcelas para la explotación de la salina eran conocidas también por el nombre de calzadas de Roquetas, como la torre de resguardo cercana (2006: 51-52 y 60), lo que le da todavía más visos de verosimilitud a nuestro personaje legendario.

El mar y la pesca, elementos centrales de esta leyenda, reflejan la permanente lucha del ser humano frente a la fuerza destructora de la Naturaleza, patente en la vida de los pescadores y en la desgracia que siempre los acompaña. Sólo el amor unirá a Roqueta con la tragedia, y es a través de la muerte que los torrevejenses la hicieron inmortal. Una heroína, marginal por mujer y por pescadora, que exalta valores como la lucha, la fidelidad, el amor y la valentía, posiblemente la mitificación de un personaje real.

5.3. Las palabras

Las palabras de la mar nos llegan por último a través de una riqueza léxica, original y popular, que entronca directamente con la lengua que hablaban muchas de las gentes que fueron llegando mientras crecía el lugar de la Torre Vieja: el valenciano y/o catalán. Un lenguaje variado y de uso extendido que tiene en el ambiente marinero y de la pesca su fuente de construcción y transmisión. Valenciano o catalán sería la lengua de sus primeros pobladores en la Edad Media, pescadores y marineros que dejaron nombres en los mapas con su propio sustrato lingüístico, como los de Cabo Roig, Punta Prima, Punta Margalla o Cap de Cerver. Montoya Abat dice que la parte más meridional del Reino de Valencia mantuvo el catalán desde el siglo XIV, aunque posteriormente desaparecería de la Gobernación de Orihuela en el XVIII (1995:1049), afectando en su retroceso a la zona del Bajo Segura —menos a Guardamar— y a las localidades de Monforte, Aspe, Elda y Salinas en el Medio Vinalopó (1998: 93).

Cuando una lengua deja de ser hablada, sin embargo no desaparece por completo de las generaciones sucesivas, y sus huellas permanecen en la nueva lengua mediante un mecanismo de asimilación natural. En el léxico torrevejense estas huellas se pueden encontrar desde el típico seseo del habla hasta la permanencia de gran cantidad de lexemas, algunos intactos. Palabras como angrunsar o espolsar siempre suelen aparecer al mencionar nuestra peculiaridad lingüística, pero desde luego hay muchas más.

Con las palabras elaboramos nuestro sistema de creencias, y con su significado nos definimos a nosotros mismos en el mundo diferenciándonos de otros grupos, por ello el habla torrevejense ha sido y es, mientras perdure en la memoria, un código lingüístico propio que en gran medida contribuyeron a construir las gentes de la mar. Este extenso vocabulario, que bebe directamente del valenciano y abarca todos los ámbitos de la vida cotidiana (no sólo el mundo de la pesca), espera todavía ser objeto de estudio por especialistas.

La historia lingüística de Torrevieja y La Mata es también la de sus cambios económicos y sociales. Con el despegue de la industria salinera a finales del siglo XVIII la población aumentó de manera exponencial. La actividad extractiva necesitaba gran cantidad de mano de obra, y muchos de los que llegaron buscando los jornales de la sal procedentes de poblaciones del interior tenían en el valenciano eso que se da en llamar lengua materna. También la comunidad de pescadores vio aumentar su población con marineros procedentes de otros puntos de la costa alicantina. La permeabilidad entre ambas lenguas, castellano/valenciano, dio como resultado un lenguaje típico torrevejense en el que terminaron yuxtapuestas ambas. Y hay una expresión popular local que puede ilustrar no sólo la convivencia, sino el mimetismo entre las dos: No son ocho, que son huit, tú estás diciendo de otra forma lo que estoy diciendo yo, pero los dos decimos lo mismo.

El mundo de la pesca y de los pescadores conserva un rico vocabulario que todavía trasciende los límites de la comunidad de pescadores. Las gentes de Torrevieja las fueron adaptando a fonéticas propias y a veces también a sus propios significados. Se muestran a continuación algunos ejemplos: en negrita la palabra utilizada en Torrevieja, en cursiva en valenciano.

Arronsar (plegar),

arrosegar/rosegón (rossegar, arrastrar), también con significado de restregar/restregón,

estriar el pescado (de triar, escoger, seleccionar),

enlestir (enllestir, dejar lista o preparada alguna faena),

escopiña (escopinya, berberecho, y por similitud al chorro de agua que lanza el molusco, escupitajo),

ormeo (ormeig, aparejos de pesca),

llimacre, en definición de Pérez Maeso, sustancia gelatinosa que se pega a las redes (llimac, babosa),

posal (poal, cubo),

tocatoni, pago en especie que se llevaba cada pescador a casa (tocatoni, a tocateja)

chorrar el arte de pesca (xorrar, salir, chorrear —un líquido—, y efectivamente el arte sale chorreando),

salpar (levar algún objeto del fondo del mar),

gaña (ganya d'un peix, agalla),

suro/surar, corcho/flotar,

punchón (punxó, punzón); puncha (punxa),

gavinas (gavina, gaviota).

Del tiempo: boria (boira, niebla), ir emboriao (mareado, aturdido),

foscor (fosc, oscuro, sombrío), 

llampos (llamps, rayos),

reós o a reoso (redòs -pl. redossos- de recer, abrigo, cobijo, refugio),

foral (fora, fuera).

Especies de consumo:  bonítol-bonitolico (bonítol, Sarda sarda),

cranco-cranquico (cranc, cangrejo),

llampuga(de llamps, Coryphaena hippurus),

llobarro (llobarro, lubina, Dicentrarchus labrax),

llus (lluç, pescadilla, Merluccius merluccius),

pesigué (pessigar, pellizcar, pessic es el cangrejo real, Calappa granulata),

sipia (sípia, Sepia officinalis),

sorel (sorell, Trachurus trachurus),

araña (aranya, Trachinus draco),

espetón (espet, Sphyraena sphyraena),

móllera (mòllera, Trisopterus minutus),

mabre (mabre, Lithognathus mormyrus),

palaya (palaia, Lepidorhombus boscii).

Es sólo una pequeña muestra de la riqueza del lenguaje torrevejense, que tiene también gran variedad de  frases hechas:

Estar amerao o ameraíco de sudor: estar empapado.

Ir de pitifoque (por petifoque, vela triangular de pequeño tamaño y lona más fina que el foque, pero también petate del marinero que sale del barco con permiso): ir bien vestido, como normalmente no se va, ir vestido para fiesta.

Estar hecho un esquifete: el esquife es un barco pequeño que se lleva en los navíos para saltar a tierra u otros usos (RAE). Pérez Maeso destaca que se usa para referirse a una persona impertinente y fisgona (2010: 96); también se utiliza como condición que tiene una persona muy espabilada que no pierde detalle de lo que la rodea.

Estar hecho un punchonico: estar encogido, aterido de frío, por ejemplo.

Irse con to el ormeo,o recoger todo el ormeo: en catalán hace referencia al conjunto de herramientas e instrumentos necesarios para la pesquera (por extensión, también para desempeñar un oficio).

Ser la enviá o una enviá: originalmente, barco destinado a seguir a los barcos de la antigua pesca del bou a fin de transportar las capturas del día a tierra para su venta mientras las otras dos embarcaciones continúan faenando; se emplea en personas que se dedican a transmitir mensajes o a realizar acciones de parte de otras.

¡Arronsa pa'cá!: arronsar en valenciano es plegar, en Torrevieja tiene el sentido de llevar alguna cosa al terreno de alguien, de acercar algo a alguien, y viene de las órdenes marineras de plegar ordenadamente los artes de pesca cuando se saltan al muelle.

Quedarse sin escopiña: quedarse con la boca seca, sin saliva.

...y el barco hecho astillas, patetiqui: expresión irónica o de chanza para certificar una realidad desastrosa.

De aquí a la mar... tó es tierra, que expresa la ausencia de complicaciones ante una determinada empresa.

Irse pa poniente: morir. El cementerio está a poniente; la mar, a levante.

El catálogo es más extenso, se pueden añadir también las que destaca Pérez Maeso en su Diccionario Torrevejense (tercera edición, 2010), algunas de uso muy extendido:

¡Al gato..., boga!: dar largas.

¡Amolla el mabre!: paga lo que debes; o, dame lo que me tienes que dar. O simplemente, ¡Amolla!

Eres más agarrao que las lapas, en el sentido de avaro que destaca Pérez Maeso; pero también pegarse como las  lapas, en el sentido de algo de lo que no puedes separarte.

No me líes el palangre: no enredes, no me enredes.

Pisá de patrón no mancha la vela: quien manda puede hacer las cosas como quiera, aunque no estén bien.

¡Has caído como un pesigués!: te han timado sin grandes dificultades.

No tomar cabos de cuerda: no darle más vueltas a un tema que suele ser incómodo.

Salpa y veste, que echas peste: sal corriendo, que aquí no eres bienvenido y si me enfado va a ser peor.

¡Use, gaviota, que se acabó el pescao!: márchate, que aquí ya no hay nada que hacer.


6. Conclusiones

Torrevieja se hizo grande con la sal, pero fue siempre tierra para la gente del mar, pescadores y comerciantes de navegación que al menos desde la Edad Media encontraron en ella su modo de vida. El mar marcaba el ritmo de la vida diaria, el espacio y el tiempo, sus formas de expresión, sus lugares y sus historias. Con el gran despegue social y económico de lo que hoy es término municipal torrevejense en el siglo XVIII, las comunidades de pescadores de La Mata y de la llamada Torre Vieja se abrían a la recepción de miembros llegados de otros lugares del litoral alicantino que se establecieron de forma paralela al auge que experimentaban los enclaves salineros. Pescadores de la vecina Guardamar, pero también de otros puntos de la costa como Alicante, El Campello, Benidorm, Moraira, Jávea o Calpe, se instalan en las nuevas parroquias con una lengua, el valenciano, que cohabita en igualdad de condiciones con el castellano en los estratos más modestos de la población. La yuxtaposición de ambas lenguas fue conformando un lenguaje típico y original del que todavía podemos rastrear su presencia en Torrevieja.

Son las huellas de estas palabras que llegaron de la mar en la voz de marineros y pescadores, en la voz de sus mujeres y de sus familias, las que nos hablan del sustrato cognitivo que forjó la identidad de las gentes que vivieron aquí antes que nosotros. Las encontramos en una parte de la toponimia que todavía utilizamos a diario, en la curva del Palangre, en la playa de los Náufragos, en el Tintero. También en frases hechas o expresiones populares (¡amolla el mabre!, arronsa pa'cá, estoy ameraíco), en un léxico variado y característico que forma parte de lo que podríamos denominar «lo típicamente torrevejense», y en narraciones como la leyenda de la Tía Roqueta o la de Pedro el Pirata, que, desde las casas y desde el puerto, fueron pasando de generación en generación manteniéndose como tradición oral en la memoria de los habitantes de esta tierra.

Tras la etapa de cambios acelerados del final del siglo XX que con la explotación del turismo inmobiliario transformaron por completo la ciudad (fenómeno similar al producido doscientos años atrás), y el extraordinario crecimiento demográfico al que se vio sometida con la llegada de población de amplio espectro, la peculiaridad lingüística torrevejense está en proceso de desaparición. Frente a la extraordinaria diversidad cultural que compone hoy nuestro mosaico social, y la ruptura en la transmisión generacional de este patrimonio oral que vino desde la mar, a los torrevejenses (viejos y nuevos) toca decidir si se acepta como parte viva de nuestras señas de identidad o se dejan para la historia.

 

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