Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 64 - Otoño 2021
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El veraneo de Sísifo Raimundo Martín Benedicto

 

Necesito hacer este viaje, cada mañana, desde que hace quince días empecé mis «vacaciones».

Trazado rectangular. Origen: el infierno. Destino: otra vez el infierno.

Me sirvo de un vehículo de cuatro ruedas, no contaminante, con estructura tubular que aúna ligereza y resistencia, según rezaba la página web. La ruta no es nada complicada pero el calor, este verano, es insoportable. Afortunadamente, el carricoche cuenta con una buena capota que impide que mi hija se abrase.

Quien tenga un bebé de veinte meses ya sabe de lo que estoy hablando.

Este viaje no es una opción. Cuando salgo a la calle, lo hago con las ansias de un podenco encerrado en un piso pequeño. No es que babee al cerrar la puerta, ni que mis uñas arañen el parqué, pero las incontables noches en vela por los dientes que no acaban de salir, por los pañales desbordados y por los sudores tropicales, convierten estas salidas en el momento más deseado del día. Me aseguro de que los arneses estén bien abrochados, no sea que mi pequeña villana se escape y agreda a alguien, me pongo unas gafas oscuras que me disimulan las ojeras y comienzo a andar. Las calles de esta parte del pueblo no tienen muchos años. Yo tampoco los tengo, pero recuerdo cuando aquí no había más que tierra, rastrojos y caracoles blancos. Era el tiempo de las bicicletas mal engrasadas.

Giro a la derecha. Mi vecino, que además es mi casero, cuida con esmero sus jazmines. Es un sesentón que nunca habla y jamás te mira a los ojos. Retira con minuciosidad nipona las flores secas de esas plantas cobardes que sólo se atreven a oler cuando empieza a caer el sol. Prefiero otros jardines, que lucen descuidados y casi silvestres y me permiten escapar durante unos segundos de esa uniformidad a la que parece que nos empuja la vida. Ojalá en vez de palmeras hubiera hiedras que acabaran con todas esas filas de casas idénticas que, como orugas, engulleron mi pasado.

Primera parada. Por el tono de la queja, tiene sed. Hoy se ha adelantado un poco: ayer le di el biberón frente a un adosado de dos alturas y su dueña, una mujer joven y rubia, me permitió observar el magnético temblor de sus glúteos mientras sacudía unas toallas en el balcón. Hoy las vistas son más prosaicas: una tapia de granito sin pulir que protege un chalet de lujo. Pertenece a un político condenado por corrupción y cada año que pasa parece más alto y ostentoso. El trago no ha sido muy largo y proseguimos la marcha. Las aceras comienzan a resquebrajarse y el asfalto va necesitando un parcheado, así que la casa del concejal tendrá una planta más el año que viene. Me consuelo yendo hacia la casa de la rubia, pero hoy no tiene toallas que sacudir.

Aprieto el paso. Quiero salir de este dédalo de calles clonadas y llegar pronto al paseo marítimo. Es apenas un kilómetro, así que no tardaré mucho en sentir el fresco del levante secando mi camiseta empapada. La playa es bonita, un arco de arena fina limitado al norte por un pequeño saliente de piedra anaranjada y al sur por una torre del siglo XVII levantada para avisar de la llegada de los piratas berberiscos. Ahora vive en ella una anciana marquesa. Sólo la he visto una vez, asomada a una estrecha ventana con persianas de madera podrida. Miraba de tú a tú al Mediterráneo. Cosas de la aristocracia.

Frente a la torre se conservan algunas casas viejas donde aún huele a cebo y aparejos de pesca. Dispares y coloridas, en ese lado del pueblo donde queda algo de sabor castizo. Segunda parada: el bar de Fabri. Vaso de cristal de media caña, café ígneo y duro, las olas rompiendo debajo. Los poetas dicen que allí huele a sal pero a mí sólo me llega el olor algas podridas. Mi hija me sonríe. «Aquí huele a algo más, papá», me dicen sus ojos. Suspiro justo antes de escaldarme la lengua y de preguntarme por los límites de su maldad. Es hora de volver.

El sol está muy arriba y decido atajar por la calle del cine de verano. Siempre ha estado ahí, con sus fotogramas y altavoces arenosos apuntando hacia un cielo al que yo prestaba más atención que a la pantalla. Queda atrás el salitre y el aire se para.

Las calles vuelven a ser idénticas: muros impersonales que reflejan un sol cegador, casi blanco; persianas de plástico marrón que no evitan esa humedad que se te pega a la piel como un almíbar recién hervido. El canto de las chicharras me acompaña durante todo el camino y las maldigo porque han despertado a mi hija. Su llanto de soprano bien alimentada anuncia a los vecinos que hemos vuelto y que yo, su padre, le aplico las más avanzadas técnicas de tortura. Entro en mi casa de alquiler y busco con desesperación una botella de agua. Dios, no se ha enfriado, y estos berreos me van a volver loco. He vuelto a mi infierno, donde todo está caliente.

Tendré que decirle a mi casero que se ha vuelto a estropear el frigorífico. Espero que lo arregle, si es que le queda tiempo después de limpiar sus putos jazmines.