Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 64 - Otoño 2021
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Los caballitos Alfonso Pérez Gracia

 

Comenzaban en el mes de noviembre y duraban hasta la primavera. La abuela nos decía que su magia aumentaba cuando soplaba viento de lebeche y era entonces cuando la explanada de tierra que había junto al muelle se convertía en un lugar de fantasía. De un día a otro aparecían luces con los colores del arcoíris, trenes de la bruja que no iban a ninguna parte, barcos de piratas y galeones llenos de tesoros balanceados hacia el cielo por olas invisibles, coches eléctricos que chocaban una y otra vez sin que los detuviera la policía.

Solía oler a algodón dulce y a tostones, a perritos calientes con mostaza, a patatas fritas, a churros con chocolate y a castañas asadas. Era agradable ver gentes de todas las edades haciendo cola para subir a naves que querían surcar el espacio, o a tazas gigantes que giraban como locas, o simplemente para probar suerte en una de las mil tómbolas, «otra muñeca andadora para el marinerito de las gafas. Premio seguro en cada boleto, cinco boletos por un duro».

Mientras tanto, las cestas de la noria ascendían hasta el cielo y el entrañable tiovivo no paraba de dar vueltas subiendo y bajando al ritmo de la música.

A este lugar único lo llamaban «los caballitos», y durante los fines de semana nos gustaba pasear durante largas horas a toda la familia por ese kilómetro y pico lleno de luz y de magia.

Pero también existía un lado oscuro, lo descubrimos un sábado de enero. Mis padres, después de muchos ruegos, consintieron que mi hermano mayor y yo fuéramos aquella tarde solos a los caballitos, prometiendo que a las siete y media estaríamos en casa. El día era nublado y había empezado a chispear. Era la primera vez que iba sin mis padres, pero la presencia de mi hermano me tranquilizaba, y la lluvia no iba a impedir que nos divirtiéramos.

En una esquina, al final de la explanada, vimos una atracción desconocida, La Mansión Embrujada. Era un típico barracón de feria grande y oscuro. Mientras nos acercábamos se escuchaban los acordes de la banda sonora de El exorcista. Había poca gente mirando, quizás porque la entrada costaba dos duros. La escasa iluminación, la intrigante música de Mike Oldfield, y un humo gris con un olor parecido al incienso que rodeaba sus paredes, creaban un halo de misterio que atraía con fuerza nuestra curiosidad de adolescentes.

El barracón simulaba una gran casa con una sólida y oscura puerta en la planta baja. Un único farol de gas de luz mortecina se encargaba de iluminar la imaginaria mansión.

Empezó a llover más fuerte. Mi hermano propuso entrar para no mojarnos y como odiaba que me llamara miedica, accedí. En la taquilla, un hombre muy delgado con lentes redondas y un gorro de lana verde que le daba aire de duende nos saludó.

—Hola, chicos. ¿Cuántos sois?

—¿Por dónde sale la gente? —pregunté.

—Hay un pasadizo subterráneo de un antiguo refugio que se usa para la salida. ¿Cuántas entradas queréis? —volvió a preguntar. 

—Sólo llevamos dos duros —mintió mi hermano.

El duende frunció el ceño.

—Hoy es nuestro último día en la ciudad, os haré precio especial.

Nos dio las dos entradas con una sonrisa burlona, cerró la ventanilla y desapareció.

Fuimos a la puerta y entramos en la atracción. Notamos una corriente de aire helado que entraba desde el techo. Unas manos nos empujaron por la espalda y la puerta se cerró. Nuestros gritos resonaron con un prolongado eco, agarré sin pensarlo el brazo de mi hermano. La estancia estaba iluminada tan sólo por tres velas en un viejo candelabro con un pie de hierro. El humo que cubría el suelo era más denso que el de fuera y olía más a incienso. Un hombre con un traje oscuro sentado en un sillón aparentaba estar dormido y apoyaba la cabeza sobre el respaldo. Sobre la mesa había un revólver. Avanzamos lentamente intentando alejarnos de la mesa. De repente el hombre se levantó y nos apuntó, noté como mi hermano me agarraba el otro brazo.

—¡Habéis venido a por mi tesoro! ¡No saldréis vivos de La Mansión!

Sonaron dos disparos, empezamos a correr en la oscuridad, vimos una luz roja que iluminaba una puerta que no habíamos visto antes. La abrimos y bajamos por unos escalones que nos condujeron a un túnel, quizás el que dijo el duende. Avanzamos por sus recodos perdiendo la orientación, al fin vimos otra puerta. Corrimos hacia ella y tuvimos que subir varios escalones. Mi hermano me apremió:

—¡Vamos, miedica! ¡Rápido, pasa conmigo por esta puerta!

Entonces entramos en una estancia de tamaño similar a la de la entrada, pero totalmente distinta. Una lámpara de diez brazos con bombillas y varias lámparas de pie nos mostraban una gran biblioteca con sus estanterías atestadas de libros. Un gran globo terráqueo ilustrado con mapas antiguos y apoyado en un pie de madera giraba lentamente al lado de una gran mesa de lectura. Había libros de todos los géneros, Historia, Geografía, Química, Leyes, incluso libros del Antiguo Testamento y uno del Apocalipsis.

Sentado en un sillón detrás de la mesa, el hombre del traje oscuro nos miraba a través de los cristales de sus gafas. Sus ojos me recordaron al duende.

—Mocosos, habéis sido valientes, detrás de vosotros tenéis dos puertas con las palabras Pasado y Futuro, elegid una y elegid rápido, antes de que me arrepienta y vuelva a disparar.

No lo dudamos, abrimos la que ponía Futuro. De repente nos vimos en la calle, en la entrada de La Mansión. Ya no llovía. Las luces de las otras atracciones estaban encendidas y varias personas hacían cola para comprar chocolate con churros y buñuelos.

Corrimos a casa, por el camino los dos juramos no contar a nadie lo que había pasado, a cambio mi hermano me prometió no volver a llamarme miedica. Al llegar, la abuela nos recogió los abrigos y guiñando un ojo nos dijo:

—Mocosos, lavaos las manos, la cena se va a enfriar.