Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 60 - Otoño 2020
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Artesanía salinera de Torrevieja Ana Meléndez Zomeño

 

Figura 1. Barcos cuajados en sal en la orilla de la laguna rosa de Torrevieja. Foto: Ana Meléndez Zomeño

 

El canto de la habanera es una tradición con la que se identifica de inmediato a la actual ciudad de Torrevieja, pero no podemos olvidarnos de otro patrimonio inmaterial único, peculiar y gravemente amenazado de desaparecer. Se trata de una actividad etnográfica que se identifica inequívocamente con el pueblo y con su origen, vinculado a la actividad cosechera de la sal: la artesanía salinera.


¿Qué es la artesanía salinera?

De gran arraigo y tradición entre los trabajadores de las Salinas de Torrevieja (Alicante)consiste en la elaboración de barcos veleros u otros objetos decorativos en sal, no sólo de tema marinero, como puedan ser un timón o un ancla, sino también grumos, cruces, cetros, coronas, anagramas, escudos, etc.

Para ello se elabora la maqueta o estructura de dichos objetos con esparto, madera, caña y juncos, en la versión más tradicional, y se forran con tiras de tela gastada de algodón blanco atadas con nudos marineros hechos con hilo, también de algodón egipcio blanco.

Forrados en tela, los objetos se sumergen en la laguna salada de Torrevieja durante unos dos días, en torno al mes de junio, con viento de Levante, modificando la posición de los objetos según sea necesario, y en unas condiciones especiales de salinidad, en torno a 27° Baumé. Al precipitar la sal, ésta cristaliza en estructuras cúbicas de unos milímetros y, gracias al batimiento de viento sobre la superficie de la laguna rosa, queda adherida uniformemente a las estructuras de los objetos sumergidos en una capa fina.

Cuando los artesanos consideran que el cuaje es idóneo, los objetos se extraen de la laguna salada y  se dejan al sol para secarlos y para que pierdan el color rosáceo, hasta que adquieren el definitivo y característico color blanco.

 

Vídeo. Miguel Pérez Muñoz: qué es la artesanía salinera de Torrevieja (duración: cuatro minutos) https://www.facebook.com/368312283377134/posts/1068224756719213/

 

El funcionamiento de las salinas de Torrevieja y La Mata y el origen de la artesanía salinera  

Para comprender cómo surgió esta original artesanía, es imprescindible explicar el procedimiento por el cual se obtiene la cosecha de sal en la laguna de Torrevieja desde mediados del siglo XIX. El origen de la tradición artesanal está vinculado al sistema de extracción de sal en húmedo, teniendo en cuenta que en salinas convencionales se realiza en seco, es decir, se deja evaporar el agua por acción del viento y el sol, y después se recoge la sal depositada en el piso de las balsas.


Figura 2. Imagen del satélite Sentinel-2 L1C a 768 km de la Tierra, tomada el 24 de agosto de 2019. Imagen cedida por Nahúm Méndez Chazarra

Salinas de Torrevieja. http://www.senderosdealicante.com/delasal/torrevieja00.html

 

Siendo el máximo responsable de las Salinas de Torrevieja el marqués José de Salamanca y Mayol (1841 a 1846), se comenzó a idear un sistema que tenía como objetivo obtener una mayor rentabilidad económica con el ahorro de costes. Poco después es Sergio Suárez, director facultativo de las Salinas, quien pone en práctica la mayoría de propuestas ingeniosas y visionarias que conformaron este peculiar  sistema de extracción de la sal en húmedo.

Consistió, entonces, en hacer lo contrario que en las demás salinas: evitar que la laguna se evaporase manteniendo la entrada constante de agua de mar por el canal medieval del Acequión (1482) y manteniendo la lámina de agua permanentemente con una profundidad estable durante el verano, para que se pudiera navegar por la mayor parte de ella con barcas de muy poco calado y empujadas con perchas o a vela. En estas barcas de madera los salineros depositaban las lajas de sal arrancadas del fondo para ser transportadas hasta la orilla. El sistema de extracción de sal en húmedo se mantiene en la actualidad con las sucesivas y lógicas mejoras tecnológicas. Se trata de un sistema excepcional del que sólo podemos establecer algún paralelismo con las Salinas de Araya en Venezuela (a donde viajó personal de las Salinas de Torrevieja para asesorar en un sistema de extracción entre 1959-1962) y con el Lago Rosa (Lac Retba) de Senegal.

 

Vídeo. Sistema de extracción de sal en húmedo de unas salinas únicas (duración: 1.20 minutos)

https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=975799769295046&id=368312283377134

 

Figura 3. Esquema de funcionamiento de salinas costeras o marítimas convencionales

Figura 4. Esquema del actual sistema de funcionamiento en las Salinas de Torrevieja y La Mata


Así informaba Sergio Suárez del procedimiento de extracción en 1860:

«Cuando a fines de junio o principios de julio, por efecto del sistema que dejamos explicado, se ha depositado en el fondo de la laguna una capa de sal de unos 5 cm de espesor que representa por su gran extensión más de 30 millones de quintales, se da principio a la recolección, comenzando por tener expedito el cequión que conduce  el agua de mar y bordea la laguna en una extensión de 4 km por la ribera del Este. En la época que se dice, la muera (salmuera), que durante el invierno mide 80 cm de espesor, quedó por medio de la evaporación reducida a unos 30 cm, cuyo espesor se procura sostener invariable, pues que tiene el doble objeto de mantener en suspensión las sales delicuescentes, conservando a la vez el espesor de muera necesaria para la flotación de las barcas con que se hace la conducción de sal dentro de la laguna; lo cual, además de abaratar extraordinariamente el transporte, permite el ir a buscar la sal a cualquiera de los puntos de la laguna en donde se encuentre de mejores condiciones (...)». Suárez, S.: «Memoria acerca de las salinas de Torrevieja», en Revista Minera, año XXIV, núm. 552, Madrid, 1873, pp. 256-259 (Martínez, C., 1998).


Figuras 5 y 6.  Extracción de las glebas o lajas de sal por los salineros y trasportadas por la laguna de Torrevieja.


En las salinas convencionales, las balsas tienen muy poca profundidad y se va decantando la salmuera por un circuito según precipitan diferentes elementos y aumenta su salinidad, lo que impide realizar el cuaje característico de nuestra etnografía salinera, aunque se han realizado intentos en otras salinas del entorno con resultados fallidos. Por tanto, este excepcional sistema de cosechar la sal, sin desecar la laguna de Torrevieja y manteniendo agua hipersalina, incluso en los meses más calurosos del año, es el que permite realizar el llamado cuaje o cristalización de objetos que se sumergen en dicha  laguna.

Se tiene constancia de que a finales del siglo XIX, los grumos que se cuajaban en torno a juncos se tenían como artículos curiosos y se regalaban como recuerdo (Martínez, C., 1998). A partir de la elaboración ex profeso de los  populares grumos de sal, se debió concebir la idea de cuajar en sal las maquetas de barcos veleros, siendo este  el origen de la artesanía salinera de Torrevieja.

 

Vídeo. Las salinas y el nacimiento de un pueblo: Torrevieja, por C. Martín Cantarino (duración: una hora). https://youtu.be/ZOfQWIIPLXc

 

Primeras referencias de la etnografía salinera torrevejense

La referencia escrita más antigua de que se tiene constancia acerca de la artesanía salinera de Torrevieja (hasta el momento, abril de 2020) aparece en el periódico El Constitucional Dinástico de Alicante en 1883. Se trata de una crónica donde se cuenta una excursión de un grupo de amigos de Alicante, entre los que se encontraba el periodista y autor del texto. A la vuelta de visitar San Pedro del Pinatar y el Mar Menor, y de su estancia en la Dehesa de Campoamor a finales del mes de julio, pasan nuevamente por Torrevieja a coger un barco. Mientras esperaban a que el temporal de Levante amainara,  fueron invitados  por Vicente López Zapata, administrador de las Salinas de Torrevieja, a su casa, donde su mujer les mostró un gabinete absolutamente sorprendente.

«(...) Nos acompañó a un gabinete cuyo techo, piso, paredes, muebles y cortinajes, era todo de sal; el arte y el ingenio habían creado aquello, era una habitación cuadrilonga en donde la luz jugaba con millones de facetas, producto de aquella cristalización que resplandecía a los ojos de una manera deslumbrante.

Del techo pendían unas cuantas arañas sobrecargadas de bujías, las cuales inundaban de reflejos y de destellos aquel gabinete, obra del capricho y de la más feliz de las extravagancias. Todos aplaudimos el pensamiento del señor [Vicente López] Zapata, puesto que de él había sido la iniciativa y bajo sus auspicios y dirección se fabricó todo aquello.

Omitimos describir punto por punto cuantos objetos causaron nuestro asombro, basta decir que si nos propusiéramos hablar de aquella consola de una piedra de sal más fuerte, mucho más fuerte que el cristal de roca, si intentáramos analizar el techo y las paredes sobrecargadas de adornos y rosetones, y luego hablar de aquel cortinaje y de aquella profusión de muebles salpicados de diamantinas chispas, y de aquel piso del que al crujir a nuestros pies surgían luminosas fosforescencias, en una palabra, si tuviésemos intento de hacer un sucinto relato de la habitación de sal del señor [Vicente López] Zapata, muchas páginas tendríamos que invertir para llenar nuestro cometido, y aun así, sería pálida la narración para expresar la admiración y la sorpresa que tuvimos a vista de tanta luz y de tan deslumbrantes destellos».

El director del periódico y autor de la crónica, Juan Pérez Aznar, la reprodujo por entregas entre el 11 de marzo y el 7 de abril de 1883, con el título «La Dehesa de Campoamor». Los cronistas oficiales de San Pedro del Pinatar y de Torrevieja, Rafael Mellado Pérez y Francisco Sala Aniorte respectivamente, tienen constancia de la veracidad de esta excursión.

                                       

Figura 7.  Nota preliminar de Juan Pérez Aznar al texto titulado «La Dehesa de Campoamor», publicado el 11 de marzo de 1883 en el periódico El Constitucional Dinástico de Alicante.

 

Además de la referencia que aparece en una novela de Gabriel Miró (Nuestro Padre San Daniel-El obispo leproso, 1921-1926), también el cronista oficial de Torrevieja ha encontrado un anuncio en el periódico local El Torre-Vigía, fechado en 1887, referido a la venta de barcos de sal, que se situaba en la calle Progreso (actual Canónigo Torres), en una tienda en la que se ofrecían otros trabajos cuajados en sal como jarrones, lámparas, imágenes, etc.

En la prensa de 1914 se recoge un acto benéfico para recaudar fondos con el objeto de acometer el enlosado del paseo Vista Alegre de Torrevieja. En dicho paseo se instaló una gran estructura de madera, a modo de quiosco-tómbola, cuajada en sal. Como responsable de tal montaje se nombra a Francisco Carratalá. Incluimos aquí un fragmento del artículo publicado por el cronista en el diario Información de agosto de 2018.

«Una estructura original cuajada en sal, un «Kiosco-Tómbola», se alzó en el paseo de Vista Alegre con motivo de la celebración de la Fiesta Eucarística Provincial, en los días 8 y 9 de agosto de 1914, con la finalidad de recaudar fondos, pero un cúmulo de concurrencias hicieron que, además de montarse con retraso, fuese un estrepitoso fracaso. (...)

El «Kiosco-Tómbola», al no disponerse de los operarios necesarios, fue imposible terminarlo a tiempo para su inauguración el 8 de agosto. (...)

El mal aún estaba por venir, aquel «palacio de cristal», convertido en tómbola, se convirtió en poco tiempo en un aparato para producir lluvia, a especie de gran irrigador, cayendo agua incesantemente desde su cúpula salina que  se fue diluyendo irremediablemente, y el viento húmedo empezó a ejercer su acción sobre aquel kiosco repleto de regalos.

Los costes de su construcción habían sido leoninos, habiendo estado dirigidos por el maestro artesano salinero Francisco Carratalá, además cobraron jornales, entre otros, los operarios Carloto, Perico, «el Compadre» y «el Caliche». Antonio Samper, transportó gratis las piezas a la laguna para su cuaje; y la Compañía Salinera regaló el trabajo de varios días de los obreros encargados de colocar, vigilar y sacar de la laguna las piezas».

 

El quiosco de sal de Francisco Sala Aniorte (2018) en

https://www.diarioinformacion.com/vega-baja/2018/09/16/kiosco-sal/2063341.html


Figura 8. Quiosco-tómbola cuajado en sal. Paseo Vista Alegre, 1914. Foto cedida por el Estudio Darblade-Conesa.


Después de meses entrevistando a familiares de artesanos, he podido recoger el testimonio oral del nieto de José Carratalá Sala, hermano menor de Francisco. Manuel Box Carratalá recuerda cómo su abuelo hacía y vendía barcos en sal en la casa donde vivían (Canónigo Torres, 21), y que antes de cuajarlos en sal «los hacía con cañas, recubiertos de tela blanca». También tiene el recuerdo de un  «hombre muy recto que iba siempre del trabajo a casa, que no jugaba a las cartas ni iba al bar».

José Carratalá Sala trabajaba como ebanista en las Salinas y era apodado el Pandorgo, término que en el Diccionario torrevejense aparece definido de la siguiente forma: «En la Vega Baja dícese, en sentido peyorativo, de un individuo muy conservador y beato».


Figura 9. José Carratalá Sala (1871-1949) con su hija Concepción en los años 30; es la referencia más antigua de un artesano, junto a la de su hermano Francisco. Foto: Darblade-Conesa, cedida por la familia.


El proceso artesanal

En la artesanía más tradicional se empleaba esparto, tiras de cañas (mojadas para darles forma), juncos y maderas.

«Los barcos de sal son simples de hacer. La quilla se hace de madera; las piezas, con esparto y trapo liado; el cuerpo, con una caña doblada; y después se amarran las piezas a las cañas. Una vez hecho el casco, se le hace la cubierta con hilos, se le colocan sus palos con su maniobra. Y una vez listo, se lleva a las salinas a que cuaje. Cuando ya están secos, se vuelven a meter en el fondo de las salinas con un ladrillo encima y, según la temperatura, han de estar sumergidos unas 48 horas, aproximadamente. Sólo necesito navajas, tijeras y un punzón». Pedro Vidal Vicedo, el Pato, artesano. Artículo publicado en el semanario Vista Alegre de Torrevieja núm. 1417, con fecha de 6 de julio de 1985 (entrevista de Óscar A. Claramunt).

Los artesanos Manuel Sala Campos, el Pijote, y Miguel Pérez Muñoz, el Gavilán, son los dos únicos artesanos que mantienen viva la tradición en la actualidad (abril de 2020). Recibieron máximo reconocimiento del pueblo torrevejense al ser galardonados con el Premio Diego Ramírez Pastor en 2019.

 

Manuel Sala Campos, el Pijote

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Miguel Pérez Muñoz, el Gavilán

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Ellos emplean un tablero marino de 7 mm para las dos peanas (los antiguos las llamaban patarraes) y para quilla, roda, codaste en una sola pieza. El timón es de nylon grueso; para las cuadernas, la regala o borda; y el forro del casco, tiras de PVC. En mástiles, bauprés, botavara, trinquete y travesaños de la arboladura, se pueden emplear palos de bambú, palillos chinos, mondadientes o palos de pinchos morunos, según el grosor que necesite cada pieza; la cubierta, las jarcias y las velas se simulan con los hilos de algodón.

Figura 10. Maqueta elaborada a la manera antigua con cañas, maderas y juncos forrados en algodón y atados con hilo de algodón con quilla, roda y codaste en tres piezas de madera. Desconocemos el nombre del artesano.


Puede sorprender el tipo de materiales. Antaño recogían trozos de desecho de maderas de las salinas o de los calafates, y juncos en las cercanías de la laguna. Ahora ¿qué hacen? Lo que se ha hecho siempre, echar mano de lo que se tiene al alcance y adaptarse a la realidad del siglo XXI, sin perder el carácter artesanal.

Para elaborar una maqueta de barco velero, que es el objeto más tradicional de la artesanía salinera torrevejense, primero seleccionan un modelo de embarcación con dos, tres o cuatro palos: goleta, pailebote, bergantín, etc. Uno de los más repetidos entre los artesanos y los maquetistas ha sido el Pascual Flores, botado en Torrevieja en 1918, siguiendo una arraigada tradición de calafatería, además de otros barcos que forman parte de la historia náutica de lugar, como el Hernán Cortés, el Salinero o el Emil.

Diseñadas las piezas de la maqueta, seleccionan la tela usada de algodón blanco que sumergen unas horas en sosa cáustica rebajada con agua. Luego se aclara y se seca: «Si al romper la tela no deja pelillos, está buena», afirma Miguel. Después hacen tiras de un centímetro o menos de ancho, según el tamaño de la pieza que vayan a forrar. Al final, toda la superficie de la maqueta debe quedar cubierta por ella, sin dejar ningún hueco. Donde no hay granos de sal adherida, queda sucio.


   

Figura 11. Piezas de maqueta de barco según la práctica actual

Figura 12. Maqueta de barco con piezas forradas con tiras de algodón blanco desgastado

Fotos: Ana Meléndez Zomeño


Con todas las piezas ya forradas de tela, comienza a armarse la maqueta atándose con nudos marineros (sobre todo ballestrinques) realizados con el hilo. Para aquellos que no estén familiarizados con el mar o si uno no es muy hábil con ellos, siempre se puede reforzar el encastre echando una gota de pegamento rápido o de cola de madera. Un detalle fundamental a tener en cuenta en este montaje es que para evitar que se cuaje como un todo, es decir, por completo dando lugar a un bloque, las piezas deben de no tocarse entre ellas y quedar separadas por al menos un centímetro (figuras 11 y 12).

Con los barcos terminados, toca esperar el momento de que la laguna cumpla todas las condiciones para sumergirlos y que se cristalice la sal en ellos: el grado de salinidad y viento de levante.

 

Para quienes quieran saber algo más de la artesanía salinera de Torrevieja resulta imprescindible este artículo de Francisco Sala Aniorte y Juan Antonio Pujol Fructuoso: «Etnografía salinera: la artesanía en sal de Torrevieja». https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2547682

 

Antiguamente los salineros se dirigían a cuajar los barcos en el Ilo-Ilo, en la orilla oeste de la laguna de Torrevieja. Era el lugar preferido por todos. El levante tiene mucho recorrido hasta llegar allí y la sal se cuajaba muy dura y blanca. Pablo, el nieto de Antonio Cerdán Hurtado, el Pajalarga, cuando era niño (hacia 1965) le acompañaba en barca atravesando la laguna: «Es inolvidable el ruido de la percha cada vez que la hundía en aquellas aguas rosáceas, y la sensación tan placentera de llevar la mano metida en agua salada y lo suave que se quedaba después». También el Moya tenía arrendada una parcela junto a lo que conocemos como Punta de la Víbora, al este de la laguna, donde se iba a vivir con la familia en verano para recoger su cosecha de melones y cuajar sus barcos. Allí también los cuajaba Juan Paredes.


Figura 13.  Cuadrilla de salineros recogiendo grumos de sal, encargados por la empresa salinera, frente al Ilo-Ilo, en la orilla oeste de la laguna de Torrevieja. De izquierda a derecha: Dámaso Andréu Peñalver, Jerónimo Huertas Lorenzo, Florián Murcia Mínguez, Ángel Sáez Huertas, José Córdoba Vidal (Pepe, el Moya), Manuel Fernández Quesada y Tomás Ortega López, el Serrano, o Juan el Moro. Foto: Ángel Andréu Huertas, el Cano.


Por entonces se cuajaban dos veces. Después de la primera vez se quitaba con los dedos la sal de la arboladura y se sumergían en la laguna rosa, de manera que el casco daba un aspecto de más robusto. «Qué penica, cómo se le ponían las uñas y los dedos de quitar la sal de los cabos, para el segundo cuaje. Hacer barcos era muy duro, pero no podía vivir sin hacerlos». Así lo recuerda Charo, la hija de Alfonso Hernández Sánchez».

Para la cristalización definitiva, y siguiendo el sistema tradicional, colocaban los barcos uno a uno en el fondo de la laguna, dispuestos de costado, cada uno con su piedra de fondeo y un ladrillo encima. Al día siguiente se le daba la vuelta, tocando el fondo el otro lado para que cuajase por todas partes igual. Estos ladrillos se recogían de una antigua fábrica abandonada, cercana a las instalaciones salineras, o de la Tejera, una fábrica de tejas en donde más tarde se hicieron ladrillos. Los defectuosos o los recochaos (requemados) se echaban en una escombrera de donde, seguramente, los recogían algunos  artesanos.


Figura 14. Alfonso Hernández Sánchez, recogiendo barcos cuajados con su lastre. Junio de 1976.

Foto: Ángel Andréu Huertas, el Cano


Figura 15. Alfonso Hernández Sánchez, recogiendo sus barcos cuajados y los ladrillos que los fondean. 25 de junio de 1975. Foto: Ángel Andréu Huertas, el Cano, cedida por la familia.


Figura 16. José Córdoba Vidal, Pepe el Moya, recogiendo sus barcos cuajados (a la derecha, Dámaso Andréu Peñalver). Foto: Ángel Andréu Huertas, el Cano, cedida por la familia.


Antonio Fructuoso Ballester, el Monra, no es, exactamente, artesano salinero, ni siquiera es salinero, pero sus aportaciones en los años 80 a la historia de la artesanía salinera torrevejense, junto a su cuñado y artesano Juan Pujol Torremocha, son revolucionarias.

Antonio diseñó moldes de piezas. Por ejemplo, uno de acero con forma de tapón con hendiduras cortantes con las que, al colocarlo en la boca de la caña, de un golpe, se obtenían ocho tiras de idéntico grosor. Emplearon madera muy fibrosa y porosa, que permite que se adhiera la sal con mucha facilidad en el proceso de cristalización, y durante el invierno llegaron a hacer cientos de barcos que luego, entre todos los miembros de la familia, forraban con telas recogidas de donde se les ocurriese: hospitales, lavanderías, etc.

La otra gran revolución vino en la manera de fondear los barcos en la laguna. Siendo su producción anual mucho mayor que antes, necesitaron mejorar esta parte del proceso. Terminaron por atar los barcos en tablas de una manera muy ingeniosa y práctica.

Sólo faltaba idear una forma de presentar sus obras de arte en sal de forma atractiva y protegidos de la humedad y los roces. Primero idearon una especie de burbuja de plástico y luego urnas de madera de sapeli y cristal, que son la manera habitual en que se presentan los barcos de sal en la actualidad. Todas estas innovaciones en la elaboración de barcos de sal no restaron autenticidad al original proceso artesanal.

        

Figura 17. Barco de Antonio Pujol Campillo, realizado en 1967, como regalo de bodas a Antonio Ballester Fructuoso

Figura 18. Barcos en urnas y en una burbuja según sistema de protección que  idearon Juan Pujol Torremocha y su cuñado el de la inventiva, Antonio Ballester Fructuoso, el Monra. Foto cedida por la familia

Figura 19. Maqueta de Juan Paredes Espinosa, el del Agua. 1970. Foto: Ana Meléndez Zomeño.


Según los ingenieros de la empresa arrendataria Norberto E. Pérez y Juan Antonio Bilbao, que tienen una larga experiencia de trabajo en las lagunas, en el funcionamiento de las salinas se han ido realizando modificaciones y adaptándose con ingenio, porque no hay otras iguales como referente. Por ejemplo, los remolques, la máquina extractora o volvedora están diseñados ex profeso con las aportaciones de todos los empleados. Cuando se puso en marcha el salmueraducto en 1972, se alargó el periodo de extracción de sal a once meses al año (se detiene en julio). Aporta salmuera a la laguna de Torrevieja con aprox. 256 g/l (Martí, C. M., 2008) desde el diapiro salino de Pinoso. La salinidad se intenta mantener estable entre 22° y 28’5° Baumé. Si aumenta la salinidad, precipitan sales indeseadas. Ya contaba S. Suárez que el magnesio aporta un sabor amargo. Si baja de los 22°, el fondo de sal depositado en la laguna  comenzaría a disolver. Sólo se arranca una capa anual de unos 10 cm, el resto de la sal depositada se acumula. Se calcula un depósito de ocho millones de toneladas. La laguna de Torrevieja se termina de regular con la entrada de agua de la laguna de La Mata. Además, las extractoras van cambiado de zona de trabajo por meses. Todos estas operaciones las tienen en cuenta nuestros artesanos antes de comenzar la temporada del cuaje.

 

Vídeo. Reportaje a los artesanos salineros de Torrevieja realizado en agosto de 2019 para el programa Aquí la Tierra de RTVE: http://www.rtve.es/m/alacarta/videos/aqui-la-tierra/barcos-sal-torrevieja/5377361/?media=tv

 

Manuel y Miguel, cada año, hacia el final de la primavera y durante el verano, siguen montando unas estructuras para sumergir los barcos, que se pueden ver cerca de la orilla de la laguna y junto a las instalaciones salineras. Se clavan verticalmente piquetas en el fondo, entre las cuales se fijan unas tablas, a las que previamente se han atado los barcos boca abajo con una separación entre ellos de 20 cm. Y lo más importante, estas tablas deben permanecer en perpendicular a la dirección del viento de levante, y ser rotadas 180 grados para que el viento bata en el otro lado del barco u objeto, según lo consideren necesario los maestros artesanos.

La empresa salinera facilita, de manera excepcional, el acceso libre de los dos artesanos a las instalaciones y a la zona elegida para cuajar los barcos.

Figura 20. Manuel Sala Campos, el Pijote. Clavadas las piquetas, se dispone a coger las tablas con barcos para sumergirlas durante unos dos días para su cristalización

Figura 21. Miguel Pérez Muñoz, el Gavilán, después de sumergir las maquetas para que la sal cristalice en ellas

Figura 22. Miguel Pérez Muñoz, el Gavilán, recogiendo barcos cuajados

Fotos: Ana Meléndez Zomeño. Junio de 2019


En el primer cuaje de la temporada, cuando empieza a precipitar la sal con una salinidad aproximada a 26° Baumé, se produce un cristal opaco. Ellos prefieren esperar un par de semanas, porque se obtienen unos granos traslúcidos y brillantes. Y si se sumergen los barcos en la laguna rosa con más de 28’8° B (aprox.), el grano sale fino y blando y tampoco interesa.

Si el proceso continúa sin incidentes, en dos o tres días se sacan definitivamente los barcos y objetos, y se dejan secar al sol para quitar humedad y para que pierdan el característico color sonrosado de la sal.

Si calmara el viento o refrescara en exceso, se retiran inmediatamente las tablas, protegiéndolas de la humedad de la noche. Cuando las condiciones sean idóneas, se vuelven a introducir en la laguna vigilando la calidad del proceso de cristalización.

El cuaje o cristalización de mayor belleza y calidad se obtiene en las salinas de Torrevieja cuando la sal precipita uniformemente sobre la superficie del barco, sin que se creen formas irregulares o  alargamientos; como dicen en su argot, no se pueden arrosariar ni empiojar. Los cristales de sal deben ser trasparentes, brillantes y consistentes.

 

Cristalización de la sal: https://www.facebook.com/368312283377134/posts/1073711486170540/

 


Figura 23. Foto: Ernesto Navarro Alba (2010), para el artículo titulado «Barcos de sal-Salinas de Torrevieja».


Hasta inicios de los años 90 del siglo pasado, la propia empresa arrendataria tenía empleados encargados de hacer una gran cantidad de barcos y grumos para luego obsequiarlos, al tiempo que los salineros hacían los suyos por su cuenta, para regalarlos o para venderlos, y así obtener un dinerillo extra para mejorar la economía familiar.

Los barcos de sal se han vendido en tiendas del pueblo como Verdemar o Baeza, y han viajado por toda España. Por ejemplo, cuando los llevaban al norte del país con las giras de conciertos de las tradicionales masas corales torrevejenses. O bien se vendían directamente, como en el caso de Rafael López Gómez, el Pelayo, que los exponía en la terraza de una entreplanta en el mismo paseo Vista Alegre a la vista de todos los transeúntes. Asunción, la hija de Alberto Ros Ferrer, el Uvas, recuerda a su padre sentado en una silla en el patio de casa con todas sus cosas para hacer los barcos, y, cuando llegaba alguien para comprar uno de ellos, se quedaban solos a sus negocios. Los de Juan Paredes  llegaron a venderse en una conocida tienda de souvenirs de la calle Mayor de Cartagena. Juan Pujol y familia llegaron a organizarse de tal manera que incluso editaron un folleto en forma de cuadernillo publicitario en cuatro idiomas.

      

Figura 24 y 25. Folleto explicativo de la artesanía salinera de Torrevieja editado por Juan Pujol Torremocha y Antonio Ballester, el Monra


Mari Luci, hija de Antonio Buades Ayala, cuenta que su padre sólo los hacía para regalarlos: al doctor Javaloy, de Orihuela, que le cuidaba la vista; o al doctor Carratalá, de Alicante, que salvó la vida de su nieto Carlos al nacer. El caso que más nos ha llamado la atención es el de Antonio Cerdán, que vendía algunos barcos, aunque la mayoría de ellos los terminaba regalando, como las porras de juncos que hacía para los niños. Su nieto cuenta de él que, además de salinero, trabajaba y vivía en el hotel Gómez, y obtuvo el permiso de la propietaria para hacer las maquetas de los barcos en la sala de planchado, donde había una gran cristalera, a través de la cual los hospedados se ponían a ver cómo ensamblaba las piezas. ¿Qué mejor estrategia publicitaria para que le compraran los barquitos de sal? Dicen que cuando le preguntaban aPelayo por el precio de un barco para regalar que fuera barato, éste respondía: «¿El regalo lo vas a hacer tú o yo?».

Fotos de la temporada de cuaje de 2019: https://www.facebook.com/368312283377134/posts/1050675288474160/

Todos llevaron el nombre de Torrevieja por todo el mundo gracias a sus bellas obras de arte en sal: a la Casa Real española, al País Vasco, a Asturias, a Cádiz, a Cuba, a EEUU y, me aseguran, que hasta Australia han viajado en forma de artesanía salinera.


Otras artesanías en sal

Como ya hemos comentado en otra publicación, es posible encontrar otras formas de artesanía elaborada con sal. Es el caso de salinas donde se hace una pasta de sal que se moldea. En las Salinas Grandes de la provincia de Jujuy (Argentina), se cortan bloques de sal de un metro para luego moldearlas a pico y pala, lo que también es un arte. En Israel, una artista conceptual crea sus obras de arte sumergiendo en el Mar Muerto vestidos, botas, sandalias, bicicletas, violonchelos, etc. La artista las mantiene bajo las estables aguas hipersalinas fijadas a una estructura metálica y con contrapesos. En la Salinas de Margarita de Saboya (Italia) se realiza una tradicional artesanía en sal. Sin embargo, son evidentes las marcadas diferencias entre ambas en la calidad de la cristalización y en la perfección final.


Figura 26. Comparativa de las características entre la artesanía de las salinas de Margarita de Saboya (Italia) y las salinas de Torrevieja (España)


Los maestros artesanos salineros de Torrevieja

Según los datos que he podido recopilar, éstos serían artesanos que han cuajado barcos en sal en la laguna de Torrevieja:

•    Francisco Carratalá Sala. Torrevieja, 1855

•    José Carratalá Sala, el Pandorgo. Torrevieja, 1871-1949

•    Alberto Ros Ferrer, el Uvas. San Miguel de Salinas, 1901- Torrevieja, 1965

•    José Antonio Andréu Moya, el Arnao. Torrevieja, 1901-1980 

•    Pedro Vidal Vicedo, Perico el Pato. Torrevieja, 1902-1991

•    Antonio Cerdán Hurtado, el Pajalarga. Torrevieja, 1903- 1979

•    Antonio Buades Ayala. San Roque, Cádiz, 1905-Torrevieja, 1989

•    Alfonso Hernández Sánchez. San Miguel de Salinas, 1913-Torrevieja, 1993

•    Antonio Pujol Campillo. Torrevieja, 1914-2002

•    Francisco Hernández Sánchez, el Gordo. San Miguel de Salinas, 1916-Torrevieja, 1991

•    José Córdoba Vidal, Pepe el Moya. Torrevieja 1917-1986

•    Rafael López Gómez, el Pelayo. San Miguel de Salinas, 1919-Torrevieja, 1995

•    Juan Paredes Espinosa, el del Agua. Los Montesinos, 1920-Torrevieja, 2002

•    Antonio Ros Pardo, el Poli. Torrevieja, 1924-Torrevieja, 2009

•    Antonio Ros Fructuoso, el Poli. Torrevieja, 1953

•    Juan Pujol Torremocha. Torrevieja, 1941

•    Antonio Fructuoso Ballester, el Monra. Torrevieja, 1943 

•    Manuel Sala Campos, el Pijote. Torrevieja, 1947

•    Miguel Pérez Muñoz, el Gavilán. Torrevieja, 1949


No podemos olvidar a todos aquellos que, de una u otra manera, participaban en el proceso artesanal salinero. Los que elaboraban las maquetas, como Joaquín Montero, José Vilella, Matías Antón, Evaristo Valentí, Manuel Vidal Vicedo, José Hurtado el Felisia o Pedro Nuñez. Los que hacían urnas para proteger los barcos a partir  de los años 80, los propios artesanos (como Antonio Buades, Juan Paredes) y los calafates Lorenzo López Pareja el Serapio y su hijo, José López Pérez.

Los artesanos son salineros y algunos seguían la tradición de longevas estirpes. El entrar a trabajar en las salinas como sus padres era casi como un derecho no escrito. Salvador, que cierra la cuarta generación de salineros, cuenta de su padre, José Antonio Andréu Moya, el Arnao, que con unos ocho años ya comenzó su vida laboral en las salinas. Era un trabajo realmente duro, bajo un sol de justicia y todo impregnado de sal. Los salineros temían las heridas porque se ulceraban con el continuo contacto con el agua salina. Manuel Sala Campos cuenta que casi prefería llevar sólo alpargatas antes que ponerse las botas de piel de vaca sin curtir que hacía un zapatero del pueblo. Él también pertenece a una extensa tradición familiar de salineros: «En mi casa se respiraba sal por mi padre, mis tíos, mis abuelos».

Figura 27. A la derecha, Juan Paredes Espinosa, el del Agua, trabajando en las garberas el 22 de abril de 1954. Foto de autor desconocido aportada por la familia.


Aprendieron el arte de hacer barquitos en sal de sus compañeros, aunque Juan Pujol se muestra muy  orgulloso de ser el único que aprendió de su padre, Antonio Pujol Campillo: «Siendo yo muy niño, ya conocí las salinas, donde trabajaba mi abuelo, como manijero, y donde trabajó mi padre, quien me enseñó a cuajar los barcos en sal y los grumos. Yo también he trabajado allí desde los 17 años». Antonio Ros Fructuoso, el Poli, no aprendió de su padre sino de su suegro, El Pajalarga.

 

Juan Pujol Fructuoso

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En su mayoría vivieron y viven en el barrio del Acequión, el Sequión, tradicional barrio de salineros, y en muchos casos, hablamos también de hombres de mar. Antonio Buades permaneció enrolado de marinero unos tres años navegando por todo el Mediterráneo. Juan Paredes estuvo enrolado por temporadas en el Hernán Cortés. Pedro Vidal navegó durante muchos años, incluso hasta el otro lado del Atlántico, y, después de trabajar como temporero en las campañas de verano, terminó  jubilándose en la fábrica de productos químicos. Rafael López viajó por América, África y Europa, incluso por los países del Este, en la época de la Guerra Fría, y llegó a trabajar como capitán de embarcaciones de recreo. Así lo prueba el pasaporte que muestra con emoción su hija Juani.

Recorrerás el mundo entero en barco,

visitarás el Japón y la China,

pero al final, vendrás a morir

al charco de las salinas.

                                                                                                (Rima popular torrevejense)


Muchos ya demostraban su habilidad con las manos trabajando la madera, como el citado ebanista José Carratalá, como Antonio Ros Pardo, calafate que siempre es recordado por el tamaño impresionante  de sus barcos de más de un metro de eslora, o José Córdoba, carpintero que «hacía lo que hiciera falta», según recuerda su mujer, Jesusa.

     

Figura 28. Barco de Antonio Buades Ayala, de 1979

Figura 29. Barco de Antonio Ros Pardo, el Poli. Eslora de 1’20 m

Fotos: Ana Meléndez Zomeño (2018)


Gran parte de ellos llegaron a participar y obtener diferentes premios en el concurso y exposición de artesanía salinera (1970-2014), que organizaba el Grupo de Empresa de las Salinas, unas veces haciendo en sal barcos históricos como el Pascual Flores, construido en Torrevieja, y el Juan Sebastián Elcano, y otras con réplicas muy originales de la Torre Eiffel, de molinos, de la parroquia local de la Inmaculada, la fachada del histórico Casino, etc. El concurso realmente dejó de tener sentido porque los que cuajaban los barcos sólo eran dos personas, aunque todavía algunas más hacían maquetas. Una pequeña parte de aquellas obras ganadoras, que se quedaba la asociación organizadora, no se ha perdido y se expone al público en una sala provisional.


Figura 30. Artesanía salinera en el Museo del Mar y de la sal de Torrevieja. Foto: Ana Meléndez Zomeño (2019)


«Y qué trajín con las sábanas». Así lo recuerda Asunción, hija de Alberto Ros. Buscaban con inusitado afán sábanas ya desgastadas para forrar las piezas, en casa o entre los convecinos. «Llevaba loca a mi madre», afirma la hija de Buades. Otra vez el Pajalarga parece que fue quien lo tenía más fácil, al vivir y trabajar en el hotel junto a su mujer: el suministro de sábanas estaba garantizado.

Otra de las cualidades que se repiten a menudo entre los artesanos es la del cuidado y esmero que ponían en hacer sus barcos. Charo, hija de Alfonso Hernández Sánchez, lo repite muchas veces: «Era muy especial, muy cuidadoso y perfeccionista».

No se puede olvidar el papel de las mujeres, que siempre pasa inadvertido. Sólo por poner un ejemplo, Mari Luci y su cuñada hacían las maquetas para Antonio Buades cuando éste ya había perdido la vista. Hijas y mujeres de los artesanos me han contado sus recuerdos, evitando que una parte de la historia de la artesanía salinera se pierda para siempre. No puedo desaprovechar la ocasión para hacerles un homenaje: recupero el artículo «Pasado y presente de la mujer salinera», de Antonio García Ferrández, que se publicó el 5 de febrero de 1967 en el semanarioVista Alegre:

«(...) la mujer del obrero salinero estaba impregnada de sal, sus manos manipulaban en el lavado de ropas salitrosas (...) Se levantaban las primeras para preparar el café, que hacían en la olla de barro. El combustible era la leña del saladar, sosa o collejas, usar carbón representaba mucho gasto (...)».

Por cierto, hay constancia de dos mujeres que han tenido el interés por hacer los barcos y cuajarlos en sal, y ninguna de las dos son salineras, lo que también es un hito: Nazaret Fructuoso, en los años 80, y quien suscribe este artículo.

Estos maestros llevan el arte en la sangre,y no lo manifiestan únicamente a través de la sal. Hay músicos como Antonio Buades, a quien le gustaba bailar, cantar, tenía un gran oído, tocaba la guitarra, la trompeta y la armónica, y perteneció a diferentes agrupaciones musicales locales. O como Juan Pujol, que tocó la batería con la Unión Musical Torrevejense, Los Players, las orquestas Pensilvania y  Medianoche; hasta el propio Machín, a su paso por el pueblo, «me quiso fichar», cuenta él. Hay pintores como José Antonio Andréu, de quien se conserva un cuadro de enorme valor documental en el que pinta las instalaciones salineras con todo detalle en el año 1946.


Figura 31. Salinas de Torrevieja. Cuadro pintado por José Antonio Andréu Moya, el ArnaoFirmado el 14 de mayo de 1946.

 

Hay también un actor, Rafael López, quien participó en varias películas de figurante (con Emilio Gutiérrez Caba). Hasta encontramos entre los artesanos un poeta: Juan Paredes.

 

«¡Cuántas fatigas pasaban

entonces los marineros!

Aún recuerdo algunas madres

que lloraban sin consuelo.

(…)

Aquellos hombres curtidos

por la brisa de la mar,

con manos encallecidas

que venían de navegar»

(fragmento del poema Torrevieja, de Juan Paredes Espinosa, el del Agua, 1971).



Un patrimonio cultural en peligro de desaparecer

Artesanos de la sal es el título del cortometraje documental dedicado a la artesanía salinera de Torrevieja y a sus artesanos, producido por el Ayuntamiento de Torrevieja y realizado por el Taller de Imagen de la Universidad de Alicante. En él he podido colaborar, como representante de la Asociación Cultural Ars Creatio, en el asesoramiento, en las entrevistas a los artesanos y en la coordinación entre éstos, el equipo de grabación y la empresa salinera. Se estrenó el 16 de enero de 2020.

Vídeo promocional del documental: https://youtu.be/Nl__Urt2BpI

En la entrevista que realicé a Manuel Sala para el documental hay sentencias definitivas, como ésta: «Hacer un barco lo hace cualquiera. Ahora, la perfección de la naturaleza es lo que a mí me ha llamado la atención siempre, siempre..., siempre. Las salinas son la naturaleza. El verdadero cuaje, la verdadera artesanía salinera es la naturaleza».

La maestría de los artesanos se fundamenta en la sabiduría que da la experiencia de muchos años sumergiendo en una laguna salada (a merced de las condiciones meteorológicas y de la actividad industrial) sencillos objetos para convertirlos en pequeñas joyas.

El sistema nada convencional de extracción de la sal en húmedo hace, ya de por sí, excepcional esta artesanía. La población de Torrevieja tiene un origen muy salado, y un patrimonio cultural tan valioso no se puede dejar perder para siempre. El relevo generacional es complicado. Hay que dedicarle muchas horas sin horario, estar pendientes de la naturaleza como ninguna otra artesanía, hacer un seguimiento diario de las condiciones de salinidad de la laguna y de la entrada de agua de menor salinidad de la laguna de La Mata durante los meses del cuaje, entrar en una zona de trabajo y conocer el funcionamiento de las salinas.

En dos colegios locales se organizan, para sus alumnos, talleres de artesanía en los que se puede  aprender a hacer las maquetas. Ésta es una iniciativa maravillosa y necesaria para que nuestros hijos conozcan el lugar donde viven, sus tradiciones y la esencia de este pueblo salinero, pero no es suficiente para mantenerla viva.

Como en todos los grandes retos a los que se enfrenta la sociedad, hace falta la cooperación de diferentes instituciones. En este caso, la empresa arrendataria, el dueño de las salinas (Patrimonio del Estado) y el Ayuntamiento de Torrevieja. Y, como casi siempre, hay que tener una visión práctica que tiene que ver con la rentabilidad, con lo económico, y encontrar interesados en invertir, para ganar todos. Con las posibilidades que ofrece el arte contemporáneo y el demostrado interés de artistas por esta artesanía, con las nuevas formas de llegar al público y con el valor propio que atesora esta etnografía salinera, no tengo ninguna duda de que podemos cumplir con la obligación de preservar elementos identitarios de la cultura local para las generaciones venideras.

Manolo el Pijote y Miguel el Gavilán son salineros jubilados y algún día, no muy lejano, se jubilarán como artesanos. Ya llegamos tarde para que alguien aprenda de su experiencia cuajando barcos porque, como ellos afirman, «lo difícil es lo del cuaje».


Figura 32. Manuel Sala Campos, el Pijote, y Miguel Pérez Muñoz, el Gavilán, saliendo de la laguna salada de Torrevieja. Foto: Ana Meléndez Zomeño. Junio de 2019.


Las salinas de Torrevieja y la etnografía salinera me fascinan, y a ello se debe mi dedicación por conocerlas en profundidad desde 2015. Presento aquí un amplio resumen de lo que he podido recoger sobre la artesanía y sus maestros para que pueda llegar a otras personas, y con el convencimiento de que merecen un mayor reconocimiento, como Patrimonio de la Humanidad.

Según la Convención del Patrimonio Mundial Cultural y Natural (1972) de la UNESCO, el paisaje cultural es el resultado del desarrollo de actividades humanas en un territorio concreto. Sus componentes son: sustrato natural, acción humana y actividad desarrollada. Se trata de una realidad compleja, integrada por componentes naturales y culturales, tangibles e intangibles.

La artesanía salinera de Torrevieja es un elemento más que enriquece los extraordinarios valores históricos, paisajísticos, ecológicos y culturales de las salinas de Torrevieja y La Mata, legado cultural de nuestros antepasados.

 

Salinas de Torrevieja y La Mata: «Extracción de sal en húmedo y otras singularidades». Meléndez Zomeño, A. (2018). Revista El Alfolí 22. Instituto del Patrimonio y los Paisajes de la Sal. https://www.academia.edu/36703237/El_Alfolí_22_2017


Figura 33. Foto Ana Meléndez Zomeño

 

Quiero agradecer la imprescindible ayuda de los artesanos Juan Pujol Torremocha, Manuel Sala Campos y Miguel Pérez Muñoz, así como la de todos los familiares con los que he podido conversar de aquéllos que también cuajaron barcos e hicieron maquetas y urnas, por prestarme su tiempo y atención tan amablemente.

Mi agradecimiento a Francisco Sala Aniorte, a la empresa arrendataria Salins y al semanario Vista Alegre.


 

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