Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 63 - Verano 2021
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Un día de no invierno Gabriel Estañ Cerezo

 

El invierno mediterráneo no es tal, pensaba Carmelo mientras sorbía poco a poco un café demasiado aguado y demasiado caliente. De fondo, sonaban de manera cíclica las noticias del día gracias al televisor que le había regalado su cuñado. Apenas había amanecido y él tenía el día libre. Y pensaba pasarlo criticando la falta real de un invierno como dios manda. Con frío de verdad, hielo por las mañanas y las calles llenas de nieve. En Torrevieja no nevaba desde hacía un siglo.

Y aunque algunos señalaban que tal vez podía llegar a ocurrir, Carmelo estaba seguro de que el invierno de 2017 no iba a depararle semejante sorpresa. Enero había sido un mes frío, decían, pero él no entendía por frío nada por encima de 0 ºC e incluso esa temperatura le parecía llevadera. Había pasado todos los inviernos de su infancia a varios grados bajo cero y echaba de menos aquellos años.

Tal vez fuese porque lo que añoraba era ser un crío y no un hombre de mediana edad al que le faltaba algo de pelo y le sobraba bastante perímetro abdominal. Demasiado tarde, murmuró y trató de terminarse el café. Levantó la vista hacia el televisor y no pudo evitar acordarse de la mirada arrogante que le lanzó Paco, el marido de su hermana, cuando le dijo que se lo iban a dar «porque ellos acababan de comprarse otro más grande y ese ya no les hacía falta». Su cuñado podía llegar a ser detestable, casi tanto como los informativos. La mayoría de las noticias hablaban del Brexit y de los líos en Cataluña, la verdad que para ver esto se lo podía haber quedado, dijo en voz alta antes de que empezasen los deportes. Esa noche había Copa del Rey y jugaban el Celta de Vigo y el Real Madrid. Carmelo, fiel seguidor del segundo, tenía la intuición de que su equipo iba a caer derrotado. Acostumbraba a ver los partidos en el bar de siempre con su grupo de amigos y ese duelo copero no iba a ser una excepción. Lo malo era que también acudía su cuñado, barcelonista acérrimo, quien aquella mañana estaba fuera de Torrevieja y llegaría con el tiempo justo para sentarse ante el televisor para criticar de forma feroz al equipo blanco. Por un segundo, se planteó no acudir esa tarde al bar con cualquier excusa.

Apuró el café y se fue a darse una ducha. Era la única manera de despejarse por las mañanas. El agua caliente era un bálsamo para él. Se recreó bajo su efecto revitalizante durante más tiempo del que acostumbraba desentumeciendo sus agarrotados músculos. En cierto momento, mientras trataba a conciencia de esparcir el champú entre su poco abundante cabello, le pareció escuchar la vibración insistente de su móvil, pero no le dio importancia. Al salir se miró en el espejo y, ante semejante visión, se apresuró a vestirse.

Tal y como le había parecido, su móvil había vibrado como consecuencia de la entrada de algunos mensajes de WhatsApp. De hecho, seguían llegando nuevos avisos. Tenía más de cuarenta mensajes entre contactos y grupos. Había muchas fotos y, para su sorpresa, en ellas se observaba nieve en diversos puntos de Torrevieja y de Orihuela Costa. Incluso en algunas playas. Presa de la más absoluta incredulidad, se asomó a la ventana y efectivamente, contempló la nevada. En el centro urbano caía ligera sin apenas cuajar. Por un momento, contempló la taza de café que se había bebido y se preguntó si no habría alguna sustancia alucinógena en ella. Era algo que sencillamente no podía saber en aquel momento, así que empezó a reír y se decidió a tratar de disfrutar al máximo de aquel día. Además, intuyó que no iba a ser una nevada copiosa y que, como el invierno mediterráneo no es tal, la nieve se derretiría en pocas horas.

Salió sin apenas abrigo y entonces se sintió como cuando era joven. El frío le golpeó en la cara y las manos. Iba a ser un día de invierno de verdad. O casi. Se decidió por coger el coche e ir hasta Cala Ferrís, donde tenía claro que la imagen sería sencillamente espectacular, ya que la nieve junto al agua del mar y entre palmeras iba a resultar algo único.

De camino hasta allí, se acordó de que su cuñado, fanático de los fenómenos meteorológicos, se encontraba aquel día fuera de Torrevieja y se dio cuenta de que iba a perderse algo único en la ciudad en más de un siglo. Entonces volvió a sonreír y, desde que puso un pie en aquel fabuloso espectáculo, no hizo sino mandar fotos y vídeos al grupo de WhatsApp de la familia donde su cuñado no paraba de maldecir su propia suerte por haberse perdido un espectáculo como ese. Le mandó un audio de casi dos minutos diciéndole que sentía mucho que se estuviese perdiendo todo aquello. Le costó no dejar escapar una risa. «Lo mismo cuando llegues todavía queda algo», remató a sabiendas de que era imposible.

Ferrís parecía una postal de película y Carmelo observaba su belleza caminando de un lado a otro, tomando docenas de fotos u observando cómo la nieve caía directamente sobre el agua para desaparecer para siempre. Había caído un fino manto, pero él pasaba su mano sobre esa alfombra blanca y recordaba su más tierna infancia.

Carmelo bailaba al son de una música imaginaria y ya estaba practicando mentalmente para cuando su cuñado llegase al bar para ver el partido. «Paco, ¿has venido a ver al equipo blanco? Blanco como la nieve que te has perdido esta mañana», practicaba distintas voces todas cargadas de retintín e ironía para saludar a su cuñado. Al final se quitó los zapatos, se arremangó los pantalones y se introdujo en el agua del mar con cierto cuidado. La sensación le pareció increíble. Su mente se quedó completamente en blanco. ¡En blanco como la nieve que te has perdido esta mañana, Paco!

Aunque el verano mediterráneo no sea tal, a veces tiene su punto, reconoció Carmelo.