Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 55 - Verano 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
¡No soy un cobarde! Miguel S. Juaneda

 

Nunca se atrevió a cruzar el Orwena. El agua no era su medio, prefería correr con las cabras por el monte y atravesar junto a las ovejas los verdes pastos myrthyanos. El río le atraía como el siseo de las serpientes a sus presas, pero se mantenía alejado. Temía que lo engullera, como había hecho con otros muchos. Nunca aprendió a nadar y le parecía absurdo que los hombres quisieran dejar la tierra, para la que estaban realmente preparados.

Cada mañana lo saludaba desde la ventana de su habitación, como si de un viejo conocido se tratara. Creció junto a él, entre sus piedras lavaron su ropa y muchos días se alimentaba de los peces que nadaban entre las aguas.

Pero algo en su interior se turbaba conforme sus pies se acercaban a la orilla. Un relámpago cruzaba su vientre, un terremoto se adueñaba de sus brazos y piernas, al tiempo que una fina lluvia salada perlaba su frente de pequeñas gotas. Las fuerzas de la naturaleza se aliaban para dominar su cuerpo y dejarle claro que su lugar estaba lejos de aquel embaucador río.

Pero esa mañana se levantó con una sensación diferente. Abandonó el jergón y no se dirigió a la ventana como cada día. No deseaba saludar en la distancia a su compañero, quería hacerlo cara a cara. Necesitaba demostrarse que era capaz. Estaba harto de escuchar las bromas de sus amigos tachándolo de cobarde, pero sobre todo le importunaba su propia insatisfacción. Siempre se vanagloriaba de conseguir todo lo que se proponía, de ser atrevido, osado y, sobre todo, valiente. Y así era en todo, salvo en lo que al Orwena se refería.

Pero eso terminaba hoy. El bravo río no sería nunca más un límite para Radsall. Decidido, dirigió sus pasos hacia el agua. Lento pero convencido de lo que hacía. Llegó el relámpago, removiendo su estómago y convirtiéndolo en un volcán a punto de explotar, y lo obvió. El terremoto provocó que sus piernas temblaran tanto que apenas podía caminar, pero siguió avanzando hasta que se calmaron. La lluvia de sudor llegó y no se conformó con su frente, como era habitual, sino que también se adueñó de sus manos. Las secó en su camisa y continuó.

Había tomado una decisión. Los lamentos no sirven para nada. Sólo la acción nos libra de las heridas que la cobardía causa en nuestra alma. Así que allí estaba, en la misma orilla del Orwena, que lo recibía con su mayor virulencia. En las últimas semanas las lluvias habían sido prolíficas y el río lucía esplendoroso, con su máximo caudal y una corriente que arrastraba troncos y animales como si de plumas se tratara.

Radsallse descalzó lentamente. No pensar era la única opción, ya que si permitía que su mente funcionara, el miedo la conquistaría. De un tirón abandonó sus calzones y su camisa y se introdujo desnudo en la orilla; con calma. Paso a paso fue ganando la zona más profunda y sin apenas darse cuenta, se relajó y disfrutó de la frialdad del agua. El Orwena lo acogió como una dulce amante transportándolo corriente abajo.

Radsallse sintió reconfortado y eufórico por haberlo logrado. Después de años de temor infundado, había conseguido vencer al miedo y ganar al río la batalla más importante de su vida. Ahora tocaba disfrutar y sentir cómo las aguas lo envolvían convirtiéndolo en rey de un territorio conquistado...

...No contaba con el remolino que lo arrastró a las profundidades, donde quedó sin respiración. Antes de perder el conocimiento, levantó la vista para ver brillar el sol por encima de la superficie del Orwena. Luego cerró los ojos para siempre mientras un último pensamiento lo acompañaba a la eternidad:

—Ahora ya nadie podrá decir que soy un cobarde.