Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 55 - Verano 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Ganador foto 2: La recta de Tucacas Carlos Javier Arencibia Castro

 

Por su mente pasa todo lo bonito que inexorablemente quedará atrás, sobre todo aquellos viajes a los cayos de Chichiriviche donde el camino es lo que más disfruta. Saca la cara por la ventana del auto en el camino de palmeras entrando a Tucacas para que el viento alborote sus cabellos; luego se sume en un silencio contemplativo para gozar de la grandeza que representan unos cocoteros que parecen ir contigo para nunca dejarte en soledad.

María, nacida un 5 de enero de 1967 bajo el cuidado de una partera que no pudo evitar la muerte de su madre en el esfuerzo de traerla al mundo, crece en medio de la frugalidad austera que es capaz de proporcionar su padre, un trabajador de la Empresa Eléctrica Nacional. Nada falta y nada sobra: tiene tres comidas diarias, educación de calidad con útiles nuevos cada año escolar, el vuelto del mandado a la bodega, regalo de cumpleaños y, su favorito, viajes en Navidad para las costas de oriente.

No puede sacar la imagen de ese hermoso pasillo de palmeras de su cabeza. Se presenta como un recordatorio de que haberse ido es una circunstancia transitoria. Seguir siendo libre no fue una opción. Solo había dos prisiones posibles para ella: tras las rejas de la tortura en un centro de reclusión húmedo y oscuro, o lejos del lugar donde la felicidad conquistó su lealtad y el trinar de un pájaro amarillo con negro le enseñó que solo tiene un hogar, pues ningún cielo, mar, sonido, sabor u olor, pueden despertar sensaciones similares ni un amor tan puro como el de su terruño.

A muchas marías les ha tocado migrar a suelos extranjeros por distintas razones: desempleo, hambre, miseria, guerra… pero a esta María, nuestra María, la que ve entre el enrejado de su conciencia todo aquello que, a pesar de estar en el mismo lugar, nunca será igual porque ella es solo un atisbo de sí misma, le tocó tomar una decisión difícil: una suerte de destierro inevitable que se acompaña de tanta tragedia como de la gloria del que se siente libre cuando hace lo que está a su alcance por lo que considera justo; también de la belleza del recuerdo entre la sublime presencia de un paisaje, de una grata palabra, de sendos amores inolvidables.

En la madrugada del 8 de abril de 2017, como cada mañana está pelando verduras y llenando potecitos de agua para el sancocho y la hidratación que repartirá a los jóvenes de las barricadas cercanas. Su pequeña y humilde casa en el barrio Santa Eulalia de Los Teques, es un centro de acopio de la Resistencia. Tiene escudos de madera, resorteras, bombas molotov, cauchos y escombros guardados en el patio, pero ese día no los quiere sacar. Tiene un mal presentimiento, así que pide a los guerreros que se enfrentan con estos artefactos a guardias armados y entrenados, que solo tranquen la calle, cuiden la defensa un rato y se replieguen. “Mañana será otro día”, les dice severamente.

Ninguno hace caso. Quieren su dosis de adrenalina. Cierran el paso en una de las vías más importantes de la ciudad, la Avenida Bertorelli Cisneros, sin contar que las fuerzas represivas esperan para emboscarlos. En menos de dos minutos son rodeados y arremetidos a punta de plomo y peinilla. Solo unos pocos logran escapar. Suben al barrio resguardados por el laberinto de callejones que solo quien habita estas selvas de cemento conoce a perfección. Avisan inmediatamente a María que José Rafael y Miguel Alejandro, sus hijos, han quedado atrapados en la sampablera. Es muy tarde. Al bajar, consigue dos cuerpos desparramados a pocos metros de distancia con su sangre vertida sobre la calle: ambos fueron asesinados. La injusticia contra la que luchaban y que ya había cobrado la vida a miles de coterráneos, tocaba su puerta de forma despiadada, sin compasión, inclemente.

La mañana siguiente, cuando los jóvenes aun no han sido siquiera velados, el luto se convierte en huida: la comunidad es allanada en busca de María. Un vecino policía le alerta y escapa sin rumbo fijo, pero sabiendo que ya no tiene chance de dar un último adiós a los cuerpos de sus hijos y que debe tomar una gran decisión: el exilio o la cárcel.

Para ella, la muerte es un estado más del ser cuyos recuerdos los mantiene vivos en el espacio y lugar donde quien los evoca puede asirse de sus almas y tenerlos allí, en energía, en fortaleza. Duele profundamente la pérdida de su única familia. Jamás será la misma persona. Sin embargo, es obligada a luchar una vez más por la suya, aunque su vida ahora parece perder cualquier sentido sin la fuerza de bregar por la descendencia.

Sin la ayuda de un esposo y en medio de una crisis económica ineludible, una serie de carencias hicieron que se refugiara en dos causas que se convertían en una sola: la Resistencia y sus hijos. Con el hambre susurrándole el oído y el estomago, la tez marchita gritando miseria, sin oportunidades de crecer ni de dejar al menos una herencia parecida a lo que a ella tocó, pues aquella casa modesta es solo una parte de todo lo que nunca le faltó. Su consuelo es que hizo todo lo posible para darles una buena vida, pero solo era una posibilidad si luchaban juntos para cambiar al Gobierno y con ello la situación del país y la suya. Así les llegó la muerte y, en el fondo, es un honor del que se siente orgullosa.

Ha sido sacada de su espacio, de la zona que, a pesar de las privaciones, le brindó tanta felicidad. La reja de la muerte, la encrucijada de problemas y la persecución le impiden correr directo al regazo de esas palmeras en las que todo el que ha debido alejarse quisiera volverse a refugiar.

Decidió irse a una tierra extraña, desde donde estoica observa esperando un día regresar y que la Libertad permita recorrer nuevamente la recta de Tucacas.