Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 55 - Verano 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Ganador foto 1: Remembrar el mimbre José Antonio Martín Viñas

 

Del salón en un ángulo con penumbra estuve durante muchos años acogiendo las añoranzas de la abuela. Pero cuando la abuela murió, ya nadie estaba dispuesto a sustituirla. Poco a poco me fui llenando de polvo y de recuerdos. Los nietos me pisoteaban y me zarandeaban sin miramientos hasta dejarme coja de una pierna, bueno, de una pata. Y un buen día decidieron echarme, porque los padres de aquellos niños habían resuelto sustituirme por un mueble más moderno, inútil, sí, pero moderno. Y así fue como a uno de los niños se le ocurrió llevarme a la orilla del mar. Durante aquel verano, aún me utilizaban para sentarse y tomar el sol, pero el verano pasó y, como un perro abandonado a su suerte, me quedé aquí, olvidada y solitaria, de espaldas al mar.

Todavía recuerdo cómo me moldearon, hace ya más de setenta años. Cada vara de mimbre se engarzaba con sus hermanas y poco a poco aquellas venas de madera me iban dando forma. Cuando me acabaron, me sentía viva. Si alguien se sentaba, yo rugía, me estremecía y mis venas soportaban el peso con valentía. Con el tiempo fui una silla de mayores, de respeto, y a ella se acercaban los niños y yo los acogía con cariño en mis brazos, mientras escuchaban con atención las historias de sus abuelos.

Las sillas de antaño veían en mí una elegancia inusual, por mi acabado perfecto. De hecho, estuve al servicio de una condesa. Pero, como sucede con los objetos, me fui quedando obsoleta y poco a poco me fueron degradando. Hasta incluso una silla de construcción rápida y eficaz recibía más admiraciones que yo, que había sido construida con mucha paciencia y labor. Pero con todo, era una silla cómoda para los ancianos y siempre los recibía con cariño, porque mis años y los suyos se aproximaban.

Aún puedo evocar mis primeros pasos, cuando el artesano introducía el mimbre en el agua y me iba construyendo y me daba flexibilidad. Todavía recuerdo aquella agua fresca y las horas que cada una de mis venas pasaba en el barreño.

Ahora me encuentro junto a la orilla de mar, pero nadie me da el último empujón para zambullirme de nuevo en el agua de mi niñez, para sentir por mis venas el frescor de la humedad. Hasta el momento solo mi sombra, cuando el sol se levanta por la mañana, bebe de esa agua y parece que a través de ella me llegara algo del rocío del alba.

Sé que, si nadie se sienta y activa mis venas, moriré acompañada con el silencio del tiempo, pero antes de que esto suceda, quiero hacerlo mirando al mar, mirando al agua de mi infancia. Por eso, si hay alguien cerca, por favor que me gire para contemplar el mar y olvide de una vez por todas los salones y los ángulos de penumbra en los que viví.

Aunque, si lo pienso mejor, tal vez con el tiempo unos ojos de artista me observen y sepan ver en mí muchas posibilidades estéticas, como las vio Van Gogh o Gauguin en sus sillas destartaladas, porque el paso de la edad viste de añejo lustre los objetos y le dan el sabor de lo eterno, de lo inmarcesible. Quizá con un título como “Soledad de silla con fondo de mar” o “Sombra de silla buscando el mar” un pintor se sentiría orgulloso de su obra. El arte me haría imperecedera y entonces no estaría sola en esta playa, porque, cada vez que alguien me viniera a visitar a un museo y comentara mis matices, me sentiría como si sobre mi mimbre una abuela se sentase, mientras sobre mis brazos los niños escuchasen un viejo cuento, el cuento de una silla de mimbre.

Elucubrar no me sirve de nada, pero, al menos, me distraigo. Sigo esperando. Estoy en la frontera del mar, entre el cielo y la tierra. Si alguien me gira, comenzaré a contarlo todo. Me convertiré en la abuela y mi nieto, el mar, escuchará con atención mis vivencias y con su lengua de espuma las llevará a otros lugares, a otras orillas. No quiero morir de espaldas al mar. Que alguien me arroje al fondo para que, en un último suspiro, sea, al menos, asiento del viejo dios Poseidón.

Soy consciente de que las sillas hechas con mimbre llevamos en nuestras varas, en nuestras entrañas, muchas historias narradas por el bardo viento. Mientras, cual bebés, crecemos en los cañaverales y antes de que los artesanos nos moldeen para infundirnos una existencia digna, las suaves brisas nos van musitando palabras lejanas, ancestrales. En la mayoría de estas historias aparecen nuestras hermanas, las cestas. Algunas de estas historias están llenas de riqueza, pues en ellas la abundancia se derrama en cestas cargadas de perfumes y aromas que se pasean por Oriente, pero en otras cestas se depositan niños cuyos destinos cambiarán la historia de los pueblos. Me vienen a la memoria las historias de Moisés, de Rómulo y Remo o de Perseo. La flexibilidad y a la vez la fuerza de unas ramas de mimbre o de junco hacen del viaje una metáfora que explica cómo los héroes y los reyes surgen de la supervivencia y se enfrentan a su propia realidad desde un origen humilde. Desamparados, construyen su camino desde la incertidumbre. Por eso, seamos cestas o sillas, el viento y el agua nos preparan para ser dóciles, para servir y para viajar de unos lugares a otros, porque somos muebles movidos por el viento humano que se desplaza. Como cestas, somos el suministro de vida y como sillas, somos el descanso. Mientras con una mano alcanzan la fruta, el queso o las viandas que rebosan sobre las cestas, con el resto del cuerpo se reclinan entre nuestras varillas, que en un duermevela les vamos recordando tradiciones de épocas nómadas.

Y ahora, lejos de salones en penumbra, a cielo abierto, junto al mar, mi mimbre rememora, retiene y susurra historias eternas, perpetuas, sin fin...