Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 54 - Primavera 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Los poetas no sueñan Modesto González Lucas

 

Los poetas no sueñan, los poetas ven. Todos somos poetas, pero no todos nos atrevemos a ver. Miramos, pero no vemos; vemos, pero no miramos. Necesitamos aprender el arte de la contemplación, que no es otra cosa que mirar, ver, desde dentro, desde nuestro interior, desde el corazón.

Un poeta japonés escribió:

Debajo de los cerezos

en flor nadie

se siente un extraño.


Bajo la flor del cerezo, nadie es forastero, extranjero, extraño. Todos somos lo mismo. Todos somos hermanos. Es más, todos los seres vivos formamos parte de una comunidad insalvable. Inclusiva. Universal.

La flor del cerezo anuncia que ha llegado la primavera. Que todo renace de nuevo. Entonces, todo nos parece posible, aunque eso no deje de ser una ilusión. No se cierra el círculo vital para volver de nuevo desde el principio. Nada muere para volver a nacer, sino que comienza un nuevo ciclo en la evolución de la vida, de nuestras vidas, del universo entero.

El poeta japonés viene a decirnos que todos los seres vivos formamos parte de esa naturaleza que nos envuelve, que nos sostiene como afirmaba el filósofo holandés Spinoza: Naturaleza creadora y naturaleza creada. La naturaleza nos envuelve, nos conforma y nos sostiene, con los frutos que nos alimentan, con el agua que bebemos, con el aire que respiramos, con la tierra que pisamos, con la armonía que nos ofrece y, en ocasiones, con la paz que nos trasmite, que tanto anhelamos.

Esto es lo que vinieron a buscar en la sierra de Gredos algunos poetas españoles. Necesitaban encontrar paz en sus vidas, sosiego, y lo encontraron. Alguno, incluso, no podía vivir lejos de esta sierra, como fue el caso de José Somoza de Piedrahíta y del salmantino José María Gabriel y Galán. Otros, como Miguel de Unamuno, Dionisio Ridruejo, Ramón de Garciasol..., vinieron buscando esa paz, ese descanso del alma, ese encuentro consigo mismo... Andrés Sorel escribe en el único poema que este novelista ha publicado: «He vuelto a Gredos / y en mis cansados días se ha instalado la paz». Es decir, no sólo la encontraron o como poco la intuyeron, sino que también esa experiencia la pusieron por escrito y surgió el poema.

José Somoza de Piedrahíta, hace poco más doscientos años, escribió:

Parece cosa imposible decir: ¡Vi a un dichoso! Mas es porque le oscurece su retirado vivir silencioso...

Las artes y la lectura, los campestres ejercicios provechosos, son de posesión segura, no caros como los vicios, no azaroso.

Dado es al sabio un placer de más estima, nobleza y calidad: el estudio de su ser, el de la naturaleza y la verdad.


Repito: «Dado es al sabio un placer de más estima, nobleza y calidad: el estudio de su ser, el de la naturaleza y la verdad».

Miguel de Unamuno, durante su exilio en París, la ciudad de la luz, no era capaz de apaciguar la nostalgia que le atormenta lejos de su familia, lejos de España. Siente que nada supera en belleza a las cumbres del macizo central de la sierra de Gredos. A su amigo, Vicente Blasco Ibáñez, se lo dejó meridianamente claro. Paseando los dos por París, el novelista le preguntó al contemplar los Campos Elíseos: «¿Ha visto usted, don Miguel, un espectáculo más hermoso?». Él contestó: «Sí, Gredos».

¿Qué escribió Miguel de Unamuno sobre la sierra de Gredos? Después, como cuando coges unas cerezas de un cesto, iban surgiendo otros poetas que un día vivieron, vinieron y escribieron sobre la sierra de Gredos. Morir, no; porque los poetas de verdad nunca mueren. Cada vez que abrimos uno de sus libros y leemos uno de sus poemas, vuelven a la vida.

El rector de Salamanca solía repetir que «España está por conocer para los españoles», y uno de los mejores medios para conocerla es «hacer correrías» con amigos como solía hacer en cada temporada de vacaciones. Podemos leer en el libro Por tierras de Portugal y de España. Estas excursiones, afirmaba a continuación, son algo más que «un consuelo, descanso y una enseñanza». Para él, eran, antes que nada, el mejor medio de «cobrar amor y apego a la patria». Con este fin deberían afirma reiteradamente«formarse y crear sociedades de excursionistas, clubs alpinos y toda asociación análoga». Pensaba lo mismo que los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza.

Miguel de Unamuno se consideraba a sí mismo, con más mérito que justicia, «poeta mayor de Gredos» aunque había nacido en Bilbao. Unamuno no es a Gredos lo que Antonio Machado es a Soria. El rector de la universidad de Salamanca pasó algunos veranos de los primeros años del siglo XX por Becedas, desde entonces llevaría esta sierra abulense muy dentro metida en el fondo del alma. «Mientras viva —escribía en su libro Por tierras de Portugal y de Españame quedará recuerdo de mis correrías por las faldas de Gredos».

El paisaje de la sierra de Gredos estaba muy presente en el sentimiento de Miguel de Unamuno. Para el rector de Salamanca era algo más que un simple decorado sobre lo que escribir con más o menos tensión emocional. A veces, el paisaje hacía referencia a ese lugar donde retirarse o tal vez escaparse en busca del sosiego interior. Él, Unamuno, escribía en su retiro, en Becedas:

Noche de orilla del río,

chopo ceñido de estrellas,

santo silencio que sellas

la quietud del albedrío,


por poner un ejemplo entre muchos.

Otra dimensión del paisaje en Unamuno, no menos importante, era la resonancia histórica o literaria, como deja patente en el soneto que comienza con estos endecasílabos:

Desde Gredos, espalda de Castilla,

rodando, Tormes, sobre tu dehesa,

pasas brezando el sueño de Teresa

junto a Alba, la ducal dormida villa.


La tercera dimensión del quehacer poético de Miguel de Unamuno frente al paisaje era él mismo. En el poema A mi hermana la montaña llega incluso a afirmar con toda rotundidad que la montaña y él son la misma cosa:

Yo como tú, montaña, soy montaña

y siento que eres, como yo, persona,

nos cubre el cielo con igual corona

y ambos salimos de la misma entraña.


Más aun, la contemplación de un paisaje le lleva a plantearse, casi sin apenas esperarlo, las últimas preguntas que Unamuno, que el hombre que es Unamuno, viene haciéndose desde no se sabe cuándo:

¿Será el dormir morir

y un sueño de vacío el porvenir?

… Buscad confianza, pero no evidencia.

Sueño nos da la fe, muerte la ciencia.


Lo cierto es que Miguel de Unamuno siempre es Miguel de Unamuno con todas sus luces y sus sombras, con todas sus razones y todas sus sinrazones.

Para José Somoza, el enclave en el que se asienta la Laguna Grande de Gredos produce en el poeta de Piedrahíta el sentimiento de lo sublime:

Ruedan las olas dentro,

la salida buscando,

y en derredor bramando

de su eterna prisión;

pero luego en su centro

cesa el ruido espantoso;

silencio pavoroso

sigue a su agitación.


La angustia de lo terrible permanece por encima de cualquier otro sentimiento. Aun así, está como latente en la vida de José Somoza el ideal de la vida retirada, la de seguir «la escondida / senda por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo / han sido», que cantara fray Luis de León, sobre todo en la oda que dedica a la casada de la Pesqueruela, la finca que poseía a las afueras de Piedrahíta. La felicidad como fundamento ético está sólidamente asentada en el centro de su pensamiento.

El paisaje para José María Gabriel y Galán era el que era sin más en la mirada del poeta de verdad que era el salmantino. «Una noche solemne de junio, una noche de junio muy clara... », leemos en Mi vaquerillo. Rara vez dejaba traslucir sus propios sentimientos en primera persona. Su poesía era una poesía fotográfica, objetiva, sin dejar de ser nunca jamás poesía, estamos en pleno naturalismo literario. Salvo excepciones, en la poesía que escribe tras su frustrada experiencia de la ciudad y cuando el ayuntamiento de Guijo de Granadilla le nombra hijo adoptivo, Gabriel y Galán nunca habla de sí mismo. La inmensa mayoría de su producción poética es un reflejo poético de lo que ven sus ojos y sostiene su mirada.

En la poesía de Víctor Pérez, el ser humano llamado Víctor Pérez, por el contrario, no deja de estar presente sufriendo lo indecible. A veces nos habla del paisaje que le rodea, de la gente con la que vive, de la fe religiosa que profesa, nada más. Pero, sobre todo, tuvo el acierto de escribir la letra de una canción que el pueblo ha hecho suya como hubiera deseado Manuel Machado:

Hasta que el pueblo las canta,

las coplas, coplas no son,

y cuando las canta el pueblo,

ya nadie sabe su autor.


Esto es algo que el bueno de Víctor Pérez ha logrado con su Casita blanca, que cantan todos los barcenses.

La casita blanca. Canción del ribereño del Tormes:

Dicen que no me quieres,

serrana mía, porque soy pobre,

y puede ser que un día,

serrana mía, todo te sobre.

Una casita blanca

tengo yo en la Ribera

y un corazón muy grande,

serrana mía, que a ti te espera.


Para la visión poética de Dionisio Ridruejo, la sierra de Gredos es la del puro granito de las cumbres como una metáfora de la España verdadera en consonancia con sus ideas falangistas, la «España de piedra vista en su impresionante orografía». Tal vez, la España eterna, de la que hablaba también Miguel de Unamuno después de haber subido al Almanzor aquel verano de 1911.

Frente a esta visión mítica de la sierra de Gredos, la de Ramón de Garciasol se sitúa en las antípodas. La de Dionisio Ridruejo está en las airosas cumbres rocosas, la de Ramón de Garciasol, el veterano de Albatera, en la suave calma del valle, y la sierra de Gredos, sin más, aparece «en frente», escribe en el soneto que lleva por título Perplejidad. Por eso en un Anochecer frente a Gredos, título de otro soneto, el poeta alcarreño escribe:

Y nos hemos callado. Algo se muere

con lenta majestad. Tienen las cumbres

un resplandor frutal de últimas lumbres.


Es difícil ponerle palabras a un sentir poético tan entrañable, tan humano, tan hondo, en toda la obra de Ramón de Garciasol.

Para el poeta periodista Santiago Castelo, el paisaje se hace sentimiento y el sentimiento, al mismo tiempo, se hace paisaje. Por eso la sierra de Gredos no puede ser contemplada si no es desde Extremadura, su tierra, desde la ladera sur.

Todo Gredos es una calentura

de pasión y de nieve colocada

sobre la frente azul de Extremadura,


escribe en el soneto que lleva por título Gredos.

Con José María Muñoz Quirós el paisaje está en el aire, lo respiramos. Sin saber cómo ni por qué, a veces la melancolía puede con nosotros, también con un poeta con la emocionadasensibilidad de José María Muñoz Quirós y un paseo al atardecer en solitario —los lobos de la tarde / gimen entre los pinos— a las orillas del Tormes por entre los pinares del puente del Duque, puede resonar como:

...un desdén impreciso, una redonda

marca de soledad, un duro abismo

donde se escucha la palabra

de los sueños que mueren.


Y es que la poesía de este abulense, ya digo, más que para ser leída es para ser respirada. Lo que ocurre es que, si no la lees, no la respiras. La poesía es palabra en el tiempo, pero también en el papel. Pide ser respirada como sucede en este pequeño poema en el que nos sumergimos en una Tormenta. En la sierra de Gredos, las tormentas a mediados de agosto anuncian el final de verano:

He escuchado el ruido que provoca

la tormenta en el alto

sendero de la sierra. Golpeaba

la lluvia en los tejados.

Un quejido de somnolientas aves

envolvía el camino,

el rayo encendía entre sus dedos

la turbulenta sombra de los árboles

envueltos en la plata de sus lágrimas.


Y para terminar, los versos de un poeta japonés contemporáneo, Makoto Oaka:

Como el aire,

la gran poesía no se ve.

Aunque se pueda escribir,

nadie

la ve.

Porque todos nosotros

la estamos respirando.