Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 53 - Invierno 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Prepárense para el terremoto Ana Meléndez Zomeño

 

Ars Creatio os invita en marzo a dar un paseo por Torrevieja. Saldremos desde la plaza Mayor para cruzar la arteria principal del pueblo, la calle de D. Simón Cánovas Manzanares, y coger la calle de Atanasio. Después de girar por el Tío Juan Pérez, llegaremos a la calle de la Muñosa y, de ahí, a la plaza de la Torre. Luego, bajaremos hacia las Eras de la Sal para continuar a lo largo del Malecón y del paseo de las Delicias hasta el barrio de los Pescadores por la calle del Huerto de D. Pedro. Regresaremos pasando por la plaza de las Barcas y de las Frutas y ya, de nuevo en la plaza Mayor, comprobaremos el estado casi ruinoso de la iglesia de la Inmaculada.

Sí, ésta es nuestra Torrevieja, Alicante, España, pero de los años 30 del siglo XIX, cuando aún  estaba recuperándose de unos de los sucesos más dramáticos acaecidos en toda la Vega Baja del río Segura, el conocido como «terremoto de Torrevieja de 1829». J. A. de Larramendi afirma en su memoria que los pueblos enteramente arruinados fueron Torrevieja, Torrelamata, Guardamar, Rojales, Almoradí, Benejúzar, Rafal y San Bartolomé.

«No pasó ni un solo día ni una sola noche en que no aparecieran los terremotos (…) las casas se derrumbaron, las torres se abatieron, así todos los altos (…) el mayor centro de devoción (…) se derrumbó junto con su torre, la tierra  se abrió y muchos manantiales desaparecieron bajo la tierra y surgieron otros que manaban agua hedionda (…)».

Este texto podría ser uno de los cientos que describen el terremoto de 1829, pero no lo es. Está escrito por el geógrafo andalusí Al-Udri casi 800 años antes. En él relata las consecuencias del seísmo de Orihuela del año 1048.

La historia se repite y ésta es una de las motivaciones que lleva a Ars Creatio a proponer: 1829, Torrevieja tiembla.

Fig. 1. Grabado de la época. Una de las imágenes icónicas del terremoto es la de las torres de las iglesias caídas. En Torrevieja causó la muerte del cura párroco José Sánchez, junto a su padre y a su madre.

 

Cada mes de marzo se rememora el aniversario de la catástrofe que asoló lo que era un pequeño, próspero y joven municipio. José Montesinos, clérigo ilustrado, tras sus estancias por Torre Vieja, la describió (1787) como

«una cosa maravillosa, y muy digna de ver, como una campiña (…) se viene a criar sal (…) se hallan grandes llanuras pobladas de higueras, almendros, olivos, algunas moreras, algarrobos, pinos y muchas viñas (…) que producen especial vino, que embarcan para Francia, Alemania, Génova, Italia, Nápoles, Portugal (…). Producen sus fecundas tierras trigo, cebada, centeno, panizo (maíz), sosas y barrillas (…)».

La localidad de Torrevieja, como tal, tenía un origen muy reciente. El plano de la nueva población dándole su nombre actual fue aprobado por Carlos IV en 1803 (Hogston, 1874), apenas 26 años antes del gran terremoto. Sebastián de Miñano y Bedoya, en su diccionario geográfico-estadístico de 1828, dice de Torrevieja y La Mata que

«disfrutan de tierra y aires muy sanos, y de cielos alegres (…) que la planta de la población es moderna y de gusto, sobresaliendo entre sus edificios la casa administración por su buena arquitectura y capacidad, construida, como otras muchas para los empleados de las salinas (…). Existen vicecónsules de casi todas las nacionalidades».

Según el padrón de vecinos de 1829, contaría con 2.455 habitantes, quienes vivían de la cosecha de la sal y su embarque en la bahía, adonde llegaban barcos de todas las procedencias, muchos japoneses. Además, vivían de una pesca rica y abundante, y del contrabando, especialmente de tabaco, incentivado tras la Guerra de Independencia (1808-1814), por el bloqueo económico en Europa a Napoleón y por las prohibiciones reales en cuestiones de comercio exterior, de dudosa efectividad. Esta práctica ilícita por parte numerosos vecinos, como «complemento» a la economía familiar, nos ofrece una imagen menos idílica y más ajustada a la realidad. La agricultura debía de una actividad menor: Miñano recoge en su diccionario que se plantaba trigo y se recolectaban unos 500 quintales de sosa en torno a la laguna de La Mata, donde estaba estrictamente prohibido plantarla (datos correspondientes a 1800).

Para tener una percepción más objetiva de cuál era la dinámica de desarrollo en Torrevieja entre 1820 y 1825, se le calcula un crecimiento demográfico anual del 4’13% (Blanco, Galant y Sala, 1997), es decir, una tasa espectacular (la media de la Vega Baja o de Alicante no llegaba al 0’6%).

«Desde tiempo inmemorial, como se ha dicho y se colige de su propio nombre, es muy divertida con una buena alameda, circundada de hermosos y vistosos árboles. A esta torre acuden innumerables gentes de Orihuela, Murcia, Callosa, Catral y otras villas y lugares a bañarse, de suerte que en los meses de julio, agosto y septiembre, es regular juntarse a este pueblo sobre dos mil personas, por ser este mar muy limpio, muy tranquilo y muy apacible». Compendio histórico oriolano (1791-1816), de José Montesinos.

Las extraordinarias perspectivas económicas de las poblaciones de Torrevieja y La Mata y las vidas de sus moradores, al igual que en el resto de la comarca, se quebraron brutalmente el 21 de marzo (Sábado Santo) de 1829, a las 18.15 horas.

«No es fácil pintar la espantosa catástrofe de Torrevieja: cerca de setecientas casas formaban esta hermosa población, y todas fabricadas poco tiempo hace; ninguna ha quedado en pie, todo el pueblo ha sido asolado (…) los que la habitaban, no ya dentro de sus casas, sino ruinas de ellas, vertiendo lágrimas, buscando cadáveres y algunos enseres (…)».Relato confeccionado con testimonios de supervivientes. 11 de abril de 1829, en La catástrofe sísmica de 1829 y sus repercusiones, en Canales, G., (Dir.), 1999.

Fig. 2. Terremotos de la Vega Baja del Segura de intensidad superior a VII y localización de las fallas activas presentes en la zona según QAFI (IGME, 2017).(Martínez y Batlló,1988)

Fig. 3. Mapa de peligrosidad sísmica en España.

 

Debemos ponernos en el sentir de aquellas humildes gentes ante el más profundo desamparo, en una época donde no existía el 112, los protocolos de actuación, Protección Civil, el teléfono, las redes sociales, el Samu, hospitales de campaña, bomberos con perros adiestrados en busca de víctimas bajo los escombros, etc.

«Mi querida madre: Jamás he deseado cosa alguna con tanto fervor como deseo ahora salir de estos contornos, en donde (…) se experimentan los tristes resultados del temblor de tierra ocurrido el pasado mes de marzo (…) Cuando ya nos hallábamos algo sosegados por la lentitud de los pocos terremotos que se notaban y cuando creíamos que concluirían nuestras agitaciones, nos asaltan de nuevo los temores (…) Se ven entre las aguas negras y hediondas que arrojan las diferentes bocas que ha abierto la tierra (…) qué penosa situación: Quiera Dios consolarnos y poner término a estas angustias». Carta publicada en el Diario de la Ciudad de Valencia del 21 de abril de 1829.

¿Cómo se sobrepusieron a la catástrofe? Tuvo que ser demoledor el impacto emocional que provocó la tragedia. La mayoría de la población tuvo que vivir a la intemperie y lo habían perdido todo. Pudieron abastecerles de víveres llegados desde las zonas menos afectadas, como Orihuela: tocino, huevos y abadejo para cumplir con el precepto cuaresmal, arrobas de chocolate o legumbres. También los barcos extranjeros que se hallaban en la dársena cargando sal enviaron a tierra sus lanchas con víveres, al tiempo que evacuaron heridos.

Estaban horrorizados con las miles de réplicas producidas antes y después del gran sismo. Este periodo de concentración de temblores se denomina, desde la geología, como «borrasca sísmica» y duró aproximadamente dos años, entre 1828 y 1829.

Datos aportados por Rey Pastor sobre el número de seísmos contabilizados:

—1828: 13 al 15 de septiembre, 300 sacudidas grado VIII; octubre, varias (sin cuantificar); diciembre, 80 de grado VI.

—1829: 15 de enero, 4 sacudidas de grado IV; durante febrero y primeros días de marzo, 90 de grado VI; 28 de marzo, 57 sacudidas muy fuertes que acabaron por derruir los edificios que  quedaban en pie.

Rodríguez de la Torre afirma que las réplicas desaparecieron hacia septiembre de 1830 y que no se comenzó a construir las viviendas hasta pasado más de un año del desastre, y aunque hubieran podido edificar con más celeridad, ¿hubiera tenido sentido hacerlo?

Mucha gente se negó a vivir en casas y en el centro urbano, dispersándose por los alrededores. Se construyeron sus propias barracas con la reutilización de los materiales de derribo y que fueron su hogar incluso décadas después.

«(…) Los extremos de la población lo forman multitud de barracas, aglomeradas sin orden alguno, cuya circunstancia rebaja en mucho la belleza y simetría del casco urbano(…)». Madoz, P., 1849.

La manifestación social del pánico queda reflejada a nivel espiritual en la manera en que se desató el desesperado fervor religioso dedicado a la devoción antisísmica con San Emigdio, todavía de gran arraigo en muchos municipios de la comarca de la Vega Baja y copatrón de Torrevieja. La figura de San Emigdio, como protector de terremotos, llegó a España desde Nápoles a mediados del siglo XVIII, después del terrible terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755.

Fig. 4. Fragmento de un grabado de la época del terremoto donde aparece la torre de la iglesia derribada y un molino en pie, a los que se referirá S. E. Cooke.

 

Al recordar la efeméride de la catástrofe no pretendemos atemorizar ni regodearnos en el morbo ni crear alarmismos: tenemos el propósito de acercarnos a nuestra historia, en un momento clave en su devenir, y de ser más conscientes de nuestra realidad, teniendo en cuenta que vivimos en una zona de alto riesgo sísmico.

¿Cómo fue el proceso de reconstrucción de Torrevieja? ¿Quiénes fueron sus protagonistas? ¿Por qué las hostilidades entre autoridades locales cuando las circunstancias obligan a sumar esfuerzos? Dos de estos protagonistas fueron el administrador de las Salinas y teniente coronel de infantería, Rafael Lázaro Torrijos, y el alcalde en su primer mandato, José Eugenio Emigdio Galiana Tarancón. Ambos tuvieron un enorme interés personal en rehacer la iglesia de la Inmaculada en su empeño por captar el apoyo popular. Representaron a dos facciones enfrentadas los sequioneros (en zona del Acequión, donde vivían mayoritariamente salineros) y los punteros (vivían en el barrio de la Punta). El administrador fue la máxima autoridad municipal coincidiendo con el terremoto y Galiana lo fue entre julio y diciembre de 1830, en su primer mandato al frente de la nueva alcaldía, hasta que fue encarcelado en el Castillo de Galeras de Cartagena por causas no del todo esclarecidas.

Durante muchos años se mantuvo una iglesia provisional, conocida popularme como «la Barraca», que se amplió en 1844 con sillares de piedra de la torre vieja demolida, según costa en expediente municipal, y que fueron transportados desinteresadamente por los trabajadores del embarque de la sal. La iglesia que en 1829 se vio afectada por el seísmo estaría ubicada en la orilla del mar, en el actual paseo Vista Alegre, según el investigador Pablo Paños Serna.

El siguiente texto del cronista oficial de Torrevieja, Francisco Sala Aniorte, permite comprender el contexto histórico-político entre absolutistas y liberales:

«(…) A Torrevieja le costó mucho (…) conseguir su “independencia municipal” para no depender de la Corona borbónica, ya que sus lagunas y sus terrenos lindantes eran de su propiedad (…) ejerciendo su contador y administrador (…) todas las funciones de tipo municipal y judicial (...)».

Al margen de la lucha de poder, la reconstrucción de las poblaciones más afectadas se llevó a cabo alcanzando dos hitos: la aplicación de conceptos antisísmicos en urbanismo y la realización de la primera campaña solidaria a nivel nacional.

El decano de los ingenieros en España, José Agustín de Larramendi y Muguruza, fue designado por el rey Fernando VII para desplazarse a las comarcas afectadas y elaborar una memoria sobre lo acontecido. De su observación obtuvo una percepción muy acertada sobre dos conceptos, que hoy nos parecen obvios: magnitud e intensidad. El primero es un concepto físico, que se refiere a la cantidad de energía liberada en el foco del terremoto y que se mide de 0 a 9 en la Escala Richter (cada grado es diez veces superior al precedente). La intensidad es un concepto relativo y trata de cuantificar la fuerza con que se siente el seísmo y que se mide en grados del I a XII. Un terremoto de magnitud 7 grados Richter causó 63 víctimas en California (1989) y otro, con la misma magnitud, más de 150.000 en Haití (2010). Los daños provocados por los movimientos telúricos tienen mucho que ver con factores externos al terremoto en sí, como son los materiales de construcción, el diseño urbanístico, una reacción adecuada de los ciudadanos, etc. En el caso de Torrevieja se ha estimado que pudo haber alcanzado una magnitud aproximada de 6'6 y 6'9 grados grados y una intensidad de IX-X (Catálogo de los efectos geológicos de los terremotos en España, 2019).

«(…) Pasé ayer por Torrevieja donde se cree estar el principal foco (del terremoto). Es horroroso el espectáculo que presenta este desgraciado pueblo, todo está reducido a escombros sin que haya ni un solo edificio que no esté en ruinas (…)». Informe n.º 2 de J. A. de Larramendi al rey Fernando VII. 1 de mayo de 1829.

¿Por qué en Torrevieja hubo muchas menos víctimas que en otras localidades, en proporción al número de casas derrumbadas? Larramendi respondió por entonces a esa contradicción desde su perspicacia partiendo de los conceptos mencionados en relación al grado de los daños causados por el seísmo en diferentes municipios de la Vega Baja. Como ya he señalado, Torrevieja era una población de creación reciente, diseñada por Marinado del Río en 1806, con una organización urbana moderna y ordenada, frente al urbanismo más antiguo y anárquico de, por ejemplo, Guardamar del Segura o Almoradí.

Fig. 5. Cuadro resumen de pérdidas ocasionadas por el terremoto de 1829. Memoria y relación cinrcunstanciada… J. A. de Larramendi, 1829.

 

Una vez desestimada la posibilidad de trasladar el pueblo más al sur, hacia el barrio del Acequión, creyendo ser un lugar más apropiado porque allí el terremoto había causado menos estragos, el ingeniero y político guipuzcoano organizó la trama urbana aplicando conceptos funcionales.

Diseñó viviendas de planta arracimadas. Se trataba de viviendas de planta baja, organizadas en torno a un pasillo central, grandes ventanales a la calle, con grandes corrales traseros que coincidían con las viviendas contiguas y techos a dos aguas muy ligeros, con vigas de maderas flexibles de los calafates, sobre muros de mampostería (elaborados con yeso moreno de San Miguel de Salinas). Muchos de los lectores las reconocerán. Su intención fue facilitar la huida más segura y rápida de la población hacia espacios abiertos y lejos de muros o techos que pusieran en peligro sus vidas en caso de terremoto. Supuso una nueva morfología de la vivienda que continuó aplicándose como modelo más de un siglo después.

Fue también suya la decisión de plantar árboles en las vías urbanas. En un lugar con tantas horas de exposición solar en calles más anchas, se hacían muy necesarios. Así que se decidió, principalmente, por las moreras. Un árbol resistente, de rápido crecimiento, de hoja caduca y que aporta una sombra excelente.


Fig. 6. Calle Concepción hacia los años 20. Imprenta Acacio Rebagliato

Fig. 7. Vivienda arracimada (en La catástrofe sísmica de 1829 y sus repercusiones, Canales, G., Dir. 1999)

 

Planificó un nuevo centro urbano en torno a una gran plaza rectangular y a su alrededor se ubicarían los edificios públicos, junto a la iglesia: la plaza Mayor (hoy plaza de la Constitución), y en torno a dos plazas menores equidistantes de la central: la llamada plaza de la Torre, porque allí se encontraba semiderruida por el seísmo, la torre que da nombre a la ciudad (hoy plaza de Miguel Hernández) y la plaza de las Frutas para el abastecimiento (hoy plaza de Isabel II, donde se sitúa el edificio del mercado de abastos).

Larramendi puso en práctica nuevos planteamientos urbanísticos y arquitectónicos en la Vega Baja, con la implantación de la trama en ortogonal o planta hipodámica y de las viviendas arracimadas, cuyas trazas siguen siendo evidentes.

Aprovecho la ocasión para hacer una reflexión personal. ¿Cómo ha afectado a nuestra calidad de vida el hecho de que, con las mismas proporciones que Larramendi diseñó las calles de entonces, entre 12 y 15 metros de anchura con casas de una planta baja, hoy vivamos en edificios de 5 o 6 plantas? ¿Les da el sol? ¿Se ventilan bien? ¿Tienen humedades permanentes? ¿Por qué tenemos calles con exceso de corriente de aire frío en invierno, y en verano no nos llega la brisa fresca del mar?

Fig. 8.  Principios del siglo XX. Se mantiene diseño de J. A. Larramendi: viviendas de una planta, de grandes ventanales, con techos a dos aguas y con los patios traseros contiguos.

 

Paradójicamente, en Torrevieja se construyeron menos casas de las que se derrumbaron, 209 en lugar de 534. ¿Por qué la villa era más pequeña que antes del terremoto? No fue por falta de presupuesto o un error, como cabría pensar, sino una decisión premeditada. Se facilitó la vivienda a los trabajadores de las salinas con la intención de provocar el abandono del lugar a indeseables vecinos, los contrabandistas. Por supuesto, no lo consiguieron. Ya se las apañaron con el mismo ingenio con el que realizaban otras fechorías.

Fig. 9.  Planta de la reedificación de Torrevieja de J. A. de Larramendi en 1829 superpuesta sobre la anterior. Diseñó 27 manzanas, 10 calles y 234 casas. Patrimonio Nacional. Biblioteca de Palacio.

 

El administrador de las Salinas, en carta a Larramendi, escribía que meses después de la gran sacudida, en sólo 10 días sufrieron 79 más, «algunas de ellas espantosas». Éste, a su vez, afirmaba que en los dos meses que llevaba en la Vega Baja habían sentido al menos otras 300 réplicas. En el informe número 1 dirigido al rey confiesa que el espantoso estado en que se encontraba todo le causaba algún temor. Comprendemos por qué el ingeniero entregó los informes y el proyecto, y regresó a su puesto de Correos en Madrid, dejando a su colega Eugenio Fourdinier con todo el trabajo de campo por llevar a cabo.

El otro gran hito alcanzado tras el gran terremoto vino de la mano del obispo de Orihuela, Félix Herrero Valverde, quien llevó a cabo la primera campaña solidaria a nivel nacional. Podría ser lo más parecido a lo que en el siglo XXI conocemos como un crowdfunding a través de las redes sociales y a conciertos con «fila cero». Fue capaz de movilizar a la sociedad española de la época con la publicación de cartas en los periódicos y ofreciendo pastorales, oficios y oraciones. Se organizó un festival filantrópico pro-damnificados en Madrid.

«(…) Ahora es cuando la humanidad doliente reclama con justo imperio sus derechos; y ahora es cuando los corazones verdaderamente humanos y cristianos ejercerán las virtudes que los caracterizan (…)»Obispo de Orihuela Félix Herrero Valverde en el Diario de Valencia 4 de abril de 1829.

«(…) Vi centenares de desgraciados regando aquellos mismos escombros con sus lágrimas, buscando entre los cadáveres de sus padres, de sus hijos, de sus mujeres, de sus parientes y amigos…». Obispo de Orihuela Félix Herrero Valverde, a 23 de marzo, en Almoradí.

Cuando el país todavía no se había recuperado del enfrentamiento contra el invasor francés, el obispo obtuvo la aportación económica de Fernando VII y su esposa, María José Amalia de Sajonia:

«He mandado de mi bolsillo secreto, y el de la Reina, mi augusta Esposa, se suministre de inmediato 1.500.000 reales (…) así mismo he venido a decretar (…) que se arreglen con el mismo destino 20.000 fanegas de trigo».

Posteriormente, incluso amplió su donativo.

Félix Herrero consiguió además recaudar miles de donaciones de todas las cuantías y procedencias, nacionales e internacionales, las más importantes desde Andalucía y, en especial, de Sevilla. Eran cuantías que iban desde tan sólo los 28 maravedíes de un pobre de Valladolid, pasando por la donación de cientos de reales de empleados, militares, directores de instituciones, etc., y terminando por las aportaciones de españoles y delegaciones diplomáticas de todo el mundo en Constantinopla, Esmirna, Alejandría, etc. The Times se hizo eco de la tragedia y se abrió una suscripción de españoles en Londres. Se recuadó un total de 8.676.671 reales de vellón con 2 maravedíes.

Fue el obispo, como superintendente, quien se responsabilizó de las obras, la distribución de fondos y la adjudicación de viviendas en función del poder adquisitivo de cada vecino o cabeza de familia, todo ello ajustándose a las rígidas condiciones exigidas en las construidas por el Estado y destinadas para los más pobres. En el caso de las viudas, en tan lamentables circunstancias, se les dio casa nueva o se les compensó del fondo donado, a otros se les pagó los gastos debidamente justificados, y a los más pudientes se les concedió el permiso para construir, sin voladizos y  cornisas, en la manzana que les correspondiera.

En esos días de reconstrucción, entre 1829 y 1830, Torrevieja fue visitada por Samuel Edward Cooke, capitán de navío, escritor, geólogo, zoólogo y miembro de la más importante institución científica europea, la Royal Society. Su libro Bosquejos de España (Sketches in Spain) comienza de esta manera: «Torre Vieja se asienta, o más bien se asentaba, sobre una baja mesa rocosa, entre el mar y una extensa laguna salada».


Fig. 10. Imagen de las barracas en el puerto.

 

Más adelante describe el estado ruinoso del pueblo, del que dice que sólo quedaron en pie los molinos de arriba —así se aprecia en el grabado anónimo de 1829—, para seguir refiriéndose a las barracas —durmió en una de ellas a modo de posada—, al contrabando, a la «resignación alegre y cordial» de las mujeres y, cómo no, a las pillerías y tropelías.

Fernando Rodríguez de la Torre, en su imprescindible libro Los terremotos alicantinos de 1829, recoge una noticia publicada en mayo de 1829 en El Correo que ilustra una artimaña propia de la literatura picaresca, pero que fue real:

«Siguen los terremotos, lo peor es que suelen acompañarlos algunos desórdenes inevitables en tan triste calamidad. Antes de anoche robaron una casa, cuyos habitantes todos habían ido a uno de los magníficos rosarios que salen con motivo de los temblores de tierra para implorar la divina clemencia. Dicen que para robar a los que han emigrado a las barracas de la huerta han inventado el medio de rodear, pasada medianoche, la barraca que quieren robar con una larga y fuerte soga. Asidos a ésta, los ladrones mueven la barraca y, asustados los que se hallan dentro, creen que es un terremoto y salen huyendo despavoridos. Entonces los malvados que preparan el golpe se aprovechan de la ocasión, saquean la barraca y se marchan con su presa».

Apenas veinte años después del desastre se inicia el siglo de oro de la navegación torrevejense (Huertas, J., 1981), de extraordinaria actividad mercantil, de manera que el puerto se convierte en uno de los más importantes del país. Entre 1844 y 1845 entraron en la bahía a cargar sal 852 buques extranjeros y 1.329 barcos españoles (La Parra, E., 1997). Torrevieja se trasformó: de pueblo de pescadores y salineros pasó a ser la villa de grandes navegantes, calafates y la Torrevieja de los balnearios. Emilio La Parra López, catedrático de Historia Contemporánea, afirma que «Torrevieja era un municipio con unos rasgos de modernidad poco usuales en la época».

En otro sentido, el impacto general en la sociedad española provocado por las trágicas consecuencias del terremoto de Torrevieja se puso de manifiesto a través de la literatura.

 Mariano José de Larra dedicó una extensa silva, leída y publicada en Madrid (frag.):

Llegó en sordo lamento al Manzanares

el grito de los pueblos que cayeron

y piadosas sus bellas le ofrecieron

el fruto de sus célicos cantares…

Otro ejemplo es este curioso y llamativo romance de ciego, dedicado a los espantos causados por el seísmo de la Vega Baja y en el que, ciertamente, se exagera el número de víctimas totales, que fueron 389.

Este fenómeno horrible

hasta Madrid fue notado,

 a Rafal y a Almoradí

 y a Formentera ha asolado.

Benejúzar, Torrevieja,

Torrelamata ha dejado

con Guardamar y Rojales

cuasi en igual triste estado.

Se cuentan cuatro mil casas,

veinte templos arruinados,

y otros varios edificios

a su furor quebrantados.

Mil doscientos siete heridos

fueron por de pronto hallados,

dos mil trescientos sesenta

y ocho individuos finados…

(En el Libro de Actas Capitulares del Ayuntamiento de Murcia, en su sesión extraordinaria del domingo 19 de abril de 1829, apareció en un pliego suelto, recogido por Pérez Gómez en 1953, en el que se recoge un poema con numerosas coincidencias entre el romance de ciego y el titulado Al terremoto de 1829  deMariano José de Larra).

«Florentina entreabrió sus ojos y miró por última vez a su amante y expiró (…)Un sacudimiento espantoso levanta la tierra, y abriendo un abismo por aquella parte, se traga a los amantes: y abrazados, y sus almas confundidas, desaparecen a un mismo tiempo (...) ¡Ya no existís, desafortunados jóvenes!». Final de la novela Los terremotos de Orihuela o Henrique y Florentina, historia trágica (Estanislao de Kotska Vayo y Lamarca, 1829).


Fig. 11. Portada de la novela Los terremotos de Orihuela o Henrique y Florentina, historia trágica (Estanislao de Kotska Vayo y Lamarca, 1829).

 

Dejando aparte el carácter folletinesco de la misma, de su lectura completa y detenida se desprende que fue escrita por alguien que vivió directamente los acontecimientos, pero lo más sorprendente es que haya sido durante muchas décadas la principal referencia para la investigación histórica.

Cuando hemos consultado el Libro de Difuntos del Archivo Parroquial de la Inmaculada de Torrevieja, sólo hemos encontrado las referencias de 24 víctimas: 11 mujeres, 6 hombres y 7 niños (menores de 12 años). Hay un nombre que aparece repetido y otro se añadió a posteriori. Se trata de José Linares Mayor, del que se dice lo siguiente:«Murió de desgracias, quedando sepultado bajo  de las ruinas, de donde se extrajo». No se pudo reconocer el cadáver hasta octubre, cuando la viuda del desconocido se puso en contacto con Joaquín Miralles Requena (sería cura ecónomo en Torrevieja más tarde), quien, a su vez, envió una carta al párroco de Torrevieja (adjunta en libro de mortuorios), explicando el caso para que fuera añadido. Este señor era de Finestrat y tuvo la desgracia de pasar por Torrevieja en el momento equivocado.

El administrador de las Salinas, máxima autoridad del pueblo durante el desastre, señala en su informe oficial que las víctimas en Torrevieja fueron 31 (9 heridos fueron atendidos en Cartagena y Alicante, donde fallecieron). Larramendi recuenta 32. A nivel patrimonial sería pertinente estudiar si se conserva alguna casa original de la época, y recuperarla para el patrimonio histórico local. En la vecina localidad de Almoradí así lo han hecho, considerando que allí se encuentra la vivienda social más antigua de España. Todavía tenemos detalles por investigar acerca de lo ocurrido, y sobre la herencia que nos ha dejado.

 

Relación que manifiesta el número de casas y edificios de estas poblaciones de La Mata y Torrevieja que se hallan arruinados, al todo, en parte, y quebrantados; el de muertos, con expresión de hombres, mujeres y niños; y el de heridos y contusos por causa de los terremotos del día 21 de marzo último.

Fig. 12. Informe de Rafael Lázaro Torrijos del 29 de junio de 1829. Transcripción de Antonio Sala Buades.

 

Recuperar de la memoria este aniversario es una oportunidad para reconocer el patrimonio arquitectónico y documental, para actualizar los conocimientos de nuestra historia más cercana y para llevar a cabo una necesaria educación antisísmica. El conocimiento de la Historia nos permite reflexionar sobre el pasado, comprender el presente y proyectar nuestro futuro.

En marzo os espera 1829, Torrevieja tiembla.