Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 53 - Invierno 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Amor eterno Miguel S. Juaneda

 

Lo suyo no fue un amor romántico y desenfrenado como el que solían describir sus amigas. Ni siquiera le gustó la primera vez que lo vio. Demasiado moreno, quizás debido a su trabajo en el campo. Demasiada barba, con el tiempo supo de su falta de destreza con las navajas. Demasiado alto, ella apenas le llegaba a la altura del hombro. Demasiado charlatán, trataba de impresionarla con sus eternas historias de aventuras y luchas que la aburrían de manera soporífera. Demasiado...

Pero poco a poco se fue habituando a su simpatía, porque siempre encontraba la forma de hacerla sonreír; a su amabilidad, porque jamás le escuchó gritos ni palabras desagradables hacia los demás; a su destreza, porque no había trabajo manual que se le resistiera; a su inteligencia, que le permitía hablar de cualquier tema con conocimiento; y, por encima de todo, a su amor, que la conquistó sin que su corazón apenas se diera cuenta hasta que ya fue demasiado tarde.

Su romance fue tranquilo, sin altibajos, sin grandes peleas ni bravas reconciliaciones. Se quisieron con ternura bajo la protección de un bello almendro en la estación solar superior. Sus padres aprobaron su enlace y les ayudaron a construir una pequeña cabaña junto a la suya.

Lo tenían todo para ser felices: cariño, un hogar en el que vivir, tierras que labrar para conseguir alimentos, buenos amigos con los que compartir penas y alegrías y dos familias que los amaban y cobijaban.

Pero eso no fue suficiente para ella. Anhelaba conocer cada rincón de Mundo Conocido. Quería vivir las aventuras que escuchaba a los juglares. De noche, cuando creía que nadie la oía, lloraba maldiciendo la suerte que la había atado a él, impidiéndole alcanzar su sueño de unirse a la guardia real myrthyana.

Y así noche tras noche, día tras día, hasta que acabó con su paciencia.

Una mañana, sin ser consciente de la tormenta que se cernía en el horizonte, Dargalt se despidió de su esposa con más pasión de lo habitual. Le dio un fuerte abrazo, que casi la deja sin costillas, y le ofreció el beso más tierno y dulce que nunca le había entregado. Ella nada sospechó. Siguió con sus quehaceres diarios hasta que llegó la noche y comenzó a preocuparse por la ausencia de su amado. Esperó sentada tras la ventana de su humilde morada. Consumió más de la mitad de sus velas y sólo llegó la luz del sol. Entonces se lanzó como una loca a los caminos. Primero visitó a sus padres, que nada le supieron decir de su paradero. Después recorrió una a una las casas de sus vecinos, que tampoco supieron darle nuevas. Por último, les tocó el turno a sus amigos, que no podían creer lo que les narraba.

Una terrible inquietud se apoderó de su alma. Lo buscó durante días y noches sin descanso. Recorrió cada pueblo de Myrthya siguiendo un rastro imaginario. Con cada paso que daba, su carácter se fortalecía. Aprendió a valerse de su belleza y de su cuerpo para sobrevivir en los lugares más inhóspitos del reino. Se transformó en otra mujer, la guerrera que siempre quiso ser, pero perdió la alegría que hasta entonces la había acompañado.

Tras más de media estación de búsqueda, cuando estaba a punto de abandonar, unos pescadores de la aldea de Balyeza le hablaron de un hombre alto, moreno, barbudo y charlatán que semanas atrás compró una barca, asegurando que la única forma de dar a su esposa lo que ella tanto anhelaba era abandonarla, aunque ello le rompiera el corazón.

Shalhine no pudo creer lo que escuchaba. Les preguntó dónde pescaba aquel hombre y le dijeron que en ningún sitio. Que marchó en busca de aventuras tratando de cruzar el ancho océano y que, hasta entonces, nadie lo había vuelto a ver. Los pocos que un día se aventuraron a adentrarse en el mar en aquella época nunca regresaron para contar qué había más allá de sus costas.

Shalhine lloró durante muchos días odiándose por no haberse dado cuenta hasta entonces de que lo único que realmente amaba era lo que había perdido por su inconformismo.

Tras varios días de agónico letargo, la joven tomó una decisión; vendió sus pertenencias y compró una barca. Encontraría a Dargalt aunque le costara la vida el empeño.

Cuentan los aedos que muchos la vieron partir y dirigirse hacia el horizonte, que otra pequeña embarcación parecía esperarla donde mar y cielo se unen, y que en las noches más claras, cuando la luna alumbra la inmensidad del océano, se puede contemplar dos barcas surcando con serenidad el bravo mar, siempre juntas, sin destino definido ni deseo de retorno...

…Dos pequeños botes volando sobre las olas, abrazados por un amor tranquilo, pero eterno.