Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 53 - Invierno 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El haiku no es un poema (apuntes para un taller de haiku) Modesto González Lucas

 

El haiku no es un poema en sí. No es poesía dura y pura. El haiku es antes que nada una manifestación del alma, el alma como expresión de la mente «El haiku en su brevedad expresiva es enteramente imagen, impacto de un momento sentido en profundidad». El haiku, entonces, es un despertar.


Al despertar

la noche era una estrella

en la ventana.


El haiku, por tanto, no es un poema, aunque es difícil argumentarlo. Es la representación literaria de una experiencia que va más allá de lo puramente estético. Además, su autor no trata de comunicarnos su personalidad a través del haiku, sino sólo su sensación sublimada y depurada.


El haiku cumple a la perfección con esa idea de Aristóteles que habla de que el arte imita a la naturaleza, pero no es un espejo, que es lo que hay detrás de esa idea del estagirita, sino más bien es un vacío, el vacío de un cuenco vacío, en el que cabe todo, la naturaleza ella misma toda entera.


Cuando abro el grifo

todo el río Lozoya

en mi lavabo.


El haiku es como un cuenco de barro sin nada dentro que viene a ser la forma del vacío. También es como una carretera. Si la carretera está bloqueada, si el atasco es más o menos descomunal como sucede todas las mañanas en las entradas y salidas de las grandes ciudades, es imposible circular con tu automóvil. Así es el haiku, como una carretera vacía, libre de atascos, siempre a disposición para circular por ella desde el principio hasta el final. En esa carretera, sin embargo, caben todos los automóviles del mundo. El haiku es por lo tanto una representación de la mente humana.


De madrugada

la casa sin paredes

y sin ventanas.


El haiku no es un espejo que aspira a reflejar todo lo que se sitúa ante él, el haiku es el vacío, como hemos apuntado antes, el vacío de la forma. Es esa naturaleza aristotélica, aunque nadie ha sabido explicarlo con tanta contundencia como lo ha explicado Spinoza. Esa naturaleza que nos constituye, que nos sustenta, la sustancia misma del universo. Nada es posible ni tampoco existe sin ella, sin esa sustancia universal que conforma al ser, si es que el ser en sí mismo tiene forma alguna. Una naturaleza que tiene más que ver con las partículas atómicas y tal vez más aún, más al fondo, que con los cuatro elementos de la tradición filosófica griega: tierra, agua, aire y fuego. Es, en resumen, la naturaleza creadora pero también la naturaleza creada.


Vengo del mar,

de la tierra y del viento...

No tengo nombre.


«El haiku no es —afirma Fernando Sánchez Dragó—, en su origen, ni tan budista ni tan siquiera tan zen como la gente cree. En su origen, digo, porque luego, poco a poco, y a partir, sobre todo, de Basho y su Senda de Oku, que son de la segunda mitad del siglo XVII, el haiku, tal como hoy lo entendemos, fue impregnándose de lo uno y de lo otro. Pero el espíritu de ese género aletea ya, con distinta métrica, en el Manyoshu, recopilación lírica que recoge poemas fechados entre el año 600 y el 759». Y añade Sánchez Dragó a continuación: «Lo que recoge e intenta trasmitir el Manyoshu a través del poema es la emoción, el asombro, el arrobo que suscita en el observador la contemplación de la naturaleza (de aquí que en el haiku ortodoxo deba incluirse siempre una referencia estacional), y eso no es budismo, sino animismo, esto es, shintoísmo». Esto es Spinoza en estado puro.

Por eso el haiku no surge de un mirar, un experimentar, para después, automáticamente, ser llevado al papel. No hay poema que valga. Todo consiste en ponerle palabras a la experiencia viva de la existencia real o no de las cosas y de uno mismo. De convertir en acto lo que pervive en potencia, sabiendo que lo que persiste en potencia no es la nada sino aquello que espera convertirse en acto.


Flota en el aire

sonidos sin palabras

sobre la nada.


La palabra antes que nada es sonido, palabra hablada. Sonido que comunica, sonido que expresa lo vivido, lo que se siente, lo que emociona y emerge al plano de la conciencia. Palabra sostenida en el momento, más allá del tiempo, más allá del espacio y, al mismo tiempo, inmersa en ese tiempo y en ese espacio efímero del presente. Palabra ubicada en el aquí y en el ahora, es decir, en el vacío. Una palabra viva que puede morir o más bien quedar aletargada al ser llevada al papel pero que expresa y nos expresa, comunica y nos comunica. «Palabra en el tiempo», tal como decía Antonio Machado que debía ser la poesía.


Hondo silencio

palabras imposibles

sobre un papel.


El haiku no podía tener mejor origen en otra lengua fuera de la japonesa. Es un idioma en vivo, a viva voz. La escritura japonesa no es japonesa, es china. Lleva siglos escrita con signos gráficos que los japoneses importaron hace mil seiscientos años de China. El haiku, aunque se escribe, no se escribe. Por eso es fundamental su lectura, mejor a viva voz que no es lo mismo que en voz alta. Casi como un susurro. El lector de haiku es importante, decisivo, para que el haiku pueda llegar a ser lo que pretende ser. «Para que ese portentoso estupor, ese aware —escribe Fernando Sánchez Dragó—, esa suerte de satori, pueda extenderse al lector, que es siempre coautor, el haijin o poeta que lo firma debe desaparecer entre los bastidores del poema».


Un crisantemo

en la hoja de la espada

como un espejo.


El haiku va más allá de la estética, más allá de la ética. Es un crimen afirmar de entrada que un haiku es bonito. Ni tan siquiera hermoso. La ética tampoco está presente en el aire que respira el haiku, al menos en apariencia. El haiku, a semejanza de la ceremonia del té, no puede someterse a las pretensiones del poder militar o político o de cualquier otra naturaleza sin importar quién lo controla, como sucedió con el maestro de la ceremonia del té, Sen Rikiu, en el siglo XVII, que no tuvo otra salida que hacerse el harakiri antes que traicionar el espíritu del té. El haiku nos habla de la bondad que está en el fondo de todas las cosas sin pretender por eso ser bellas. Lo bello a veces no es bueno, pero lo bueno siempre es bello. Algo que para más de uno está presente en la naturaleza y al mismo tiempo la trasciende. En el fondo no es otra cosa que ella misma sin más.

El haiku está en las montañas que se levantan ante nosotros, en el horizonte pleno y vacío del mar, en el río que fluye y se desborda con el deshielo, en los árboles sin hojas en otoño, en los cerezos en flor cada primavera, en las mariposas libres en el jardín, en los pájaros y su canto..., en las calles del barrio al atardecer, en los tejados bajo la lluvia, en el ferrocarril atravesando la campiña, en la autopista que nos permite circular a toda velocidad... El haiku levanta el velo que nos impide ver lo sustancial que no es nada y lo conforma todo, siempre añadiendo un toque de emoción. Importa más la verdad del corazón que la de la razón.


La verdad siempre

mejor quítale el velo

al corazón.


«Nada es minúsculo —escribe María Luisa Borrás—, todo es por igual digno de aprecio y respeto porque de todo y de cualquier cosa, la más nimia, puede surgir esa inesperada y sobrecogedora visión interior, esa iluminación o satori, aspiración suprema hacia la que tienden todas las enseñanzas zen y que, una vez conseguida convierte al discípulo en maestro». El haiku, en palabras de Fernando Sánchez Dragó, es«asimetría, aspereza, sencillez, modestia, ingenuidad, intimidad, rusticidad, frescura, quietud, pátina, remiendo, mortalidad, oxidación, imperfección, desconsuelo, soledad... ». Busca antes que nada el halo de lo divino, de lo auténtico, de lo que es propio..., nadie lo sabe. Y como diría Ludwing Wittgenstein: «De lo que no se puede hablar, mejor es callarse». Y en último término escribir un haiku.


Cuando conduce

penetra en su mirada

la carretera.


El haiku en Occidente no está muy bien valorado por los poetas, aunque es practicado con furor por un buen número de jóvenes y no tan jóvenes que aspiran a ser poetas sin que les cueste demasiado, en un pispás. No sé si por su tamaño, apenas nada, tres versos de cinco, siete y cinco sílabas; es decir, diecisiete sílabas. Pero el haiku, como se ha dicho antes, no es poesía propiamente dicha, es el resultado de un proceso de interiorización tomado muy en serio que termina volcándose hacia el exterior en palabras. Tiene mucho que ver con la meditación zen que consiste en practicar el ejercicio de sentarse en silencio sin más objeto que ser consciente de la respiración, de que estamos vivos y por eso respiramos. En otras palabras, en una meditación sin objeto ni asunto sobre el que pensar.


En el vacío

al revés que en la muerte

nada se pierde.


Hay que tener en cuenta que las sílabas en español no se corresponden con su equivalente en japonés. No es lo mismo. Es otra cultura. Otro idioma.Para Sánchez Dragó, «en la métrica del haiku no hay sílabas, que son un concepto alfabético, fonético y no ideogramático, sino moras (unidades lingüísticas de rango inferior al de las sílabas). De ahí que escribir un haiku en español o traducirlos a ese idioma sea imposible... ». Y, sin embargo, a pesar de todo, se escriben haikus en inglés, en alemán, en francés, en español...


Cada latido

el corazón tranquilo

instante eterno.


El haiku de alguna forma, lingüísticamente hablando, debe estar desnudo, sin apenas adjetivos, sin apenas verbos en modo personal. El profesor Fernando Rodríguez-Izquierdo aconseja mejor emplear la forma verbal del infinitivo, del gerundio, del participio... El estilo del haiku debe ser antes que nada nominal. Nombrar a las cosas de la forma más directa. ¿Es posible que utilizando todas estas triquiñuelas gramaticales se pueda un día escribir un haiku en español, un haiku occidental como es debido? ¿Es de verdad posible? ¿Puede un japonés convertirse en un cantaor flamenco? No lo sé, pero lo intentan.


Lluvia de estrellas

en el fondo del pozo

¿quién pudo verlo?


Los occidentales pueden recurrir a todos aquellos asuntos que vengan o no a cuento: filosóficos, amorosos, religiosos y hasta sociales... No hay límites si uno no se sale del espíritu del haiku, de su razón de ser. Todo ello sin abusar de las metáforas. Sin olvidarse del sentido del humor que nos puede llevar muy lejos.


Los chimpancés

cogen el metro en Sol

todas las tardes.


Las palabras en el haiku deben ser sencillas, populares, que todo el mundo las entienda. No al cultismo, ni al barroco. Que no se imponga la rima, pero tampoco despreciarla. Todos los elementos que conforman un haiku han de estar al servicio, no del mensaje, sino de la apertura a la experiencia de lo sustancial, experiencia vivida y compartida en la cotidianidad. Que todo tenga que ver con lo que se dice aquí y ahora. Para el gran maestro japonés del siglo XVII, Matsuo Basho, «haiku es simplemente lo que está ocurriendo en este sitio, en este momento». Por eso, el ritmo gramatical ha de ser insólito, espontáneo, aunque necesario como la respiración del hombre liberado.


Cuando respiro

respiran las montañas

al cielo abierto.


Podemos hablar de dos modalidades de haikus: los estéticos y los auténticos, por llamarlos de alguna manera. Hay quien escribe haikus con un solo fin, el estético. Que quede bonito, bello, no sé si también hermoso. Es una elección válida, pero de corto recorrido, platónica en su esencia. Resulta muy atractiva pero engañosa. Además, ha sido practicada, con sus más y sus menos, por alguno de los maestros japoneses más renombrados: Masaoka Shiki es un destacado ejemplo. Puede incluso alcanzar elevados niveles de refinada elegancia.


Rosas del aire

que acarician la curva

de tu semblante.


Los hay también que, por el contrario, aspiran a algo más, a llegar hasta el fondo, a la raíz del espíritu humano, y darle expresión lingüística. Es la forma como la entendieron en su origen alguno de los primeros maestros de este arte japonés. El maestro Bhaso es el que lo llevó a su más alto grado. Y es que el haiku es la representación lingüística de una experiencia de liberación interior, de iluminación, según la tradición budista japonesa. Pero aun así, el haiku no es budismo a pesar de que se trata de una experiencia que puede ser alcanzada a través de la meditación, a través de la práctica cotidiana del za-zen. El haiku es portador de un valor de carácter universal.


Hondo silencio

en el centro del patio

mana una fuente.


Un taller de haiku debe dedicarle un tiempo a este tipo de meditación, es decir, a sentarse y permanecer en silencio sin moverse durante un tiempo más o menos largo. No es necesario sentarse en la postura del loto puesto que muy pocos pueden llegar a sentarse así. Basta con sentarse en una silla, la espalda recta sin apoyarse en nada. Todo debe estar en orden, incluso las manos, también la mirada. Desde esa postura tomar conciencia de que respiramos. Nada más.


Rincón en paz

reposa la inocencia

entre azucenas.


Entonces sí, estamos preparados para escribir un haiku o dos. 


La rosa roja

que cortaste ayer

late en tu pecho.


La rosa roja

que cortaste ayer

muere en tu pecho.


En resumen, un taller de haiku debería responder a estas cuestiones:

1.- ¿El haiku es un poema?

2.- El haiku, el bonsái, el ikebana, la ceremonia del té, el kendo, el tiro al arco, el aikido... ¿qué tienen de especial para la cultura japonesa?

3.- ¿El haiku y el zen? ¿Un valor universal o sólo japonés?

4.- ¿La métrica japonesa y su equivalente en español?

5.- ¿El haiku y la naturaleza?

6.- ¿Se puede ser un buen autor de haikus y al mismo tiempo una mala persona, inmadura?

7.- ¿Por qué debe desaparecer, quedar en el trasfondo, el ego del creador del haiku?

 

Bibliografía:

Katsura, Daitokuji: fotoscop: texto: Maria Lluisa Borrás. Ediciones Póligrafa. Barcelona.1970

Rodríguez-Izquierdo, Fernando: El haiku japonés (historia y traducción). Ediciones Hiperión. Madrid 2010 Segunda Edición. Página 212. 

Sánchez Dragó, Fernando: Prólogo del libro de Alicia Mariño Espuelas: Aire del tiempo. Edita Reina de Cordelia. Madrid 2013