Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 63 - Verano 2021
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
La aldea sin alma Francisco Javier Susarte Almodóvar

 

A todos los que en algún momento del camino han perdido su alma

 

Érase una vez un niño valiente y curioso llamado Adrián que vivía en una aldea cerca del bosque. Su padre pasaba todo el día recogiendo leña. Su madre se ocupaba de las tareas domésticas desde el amanecer y después ayudaba al marido a vender la leña en el mercado. Los dos regresaban a casa, bien entrada la noche, cansados y apenas pasaban tiempo con Adrián y su hermana.

Cuando Adrián acababa las clases del colegio cada tarde, le gustaba jugar con los amigos en el patio hasta que cerraban las puertas y se tenían que ir... ¡Se lo pasaba pipa! No como en clase, donde se aburría bastante y tenía mucho miedo de algunos profesores que sólo sabían mandar deberes y hacer exámenes para poner nota.

Después de jugar salía a dar largos paseos por el bosque; conocía todos los caminos y senderos. De su padre aprendió a reconocer las plantas, las aves y a los demás animales del bosque; sabía sus costumbres, los lugares que frecuentaban, lo que comían, y hasta llegó a entenderse bastante bien con ellos.

Le gustaba observar los mil detalles que ofrecía el bosque cada día: cómo variaban de color las plantas y los árboles conforme avanzaba la luz del sol; o las formas cambiantes de las nubes que se desplazaban en el cielo entre las copas de los árboles. Sabía reconocer por sus cantos las distintas variedades de pájaros que vivían en el lugar y acercarse a ellos con mucho sigilo sin que lo descubrieran; se quedaba fascinado con el colorido de sus plumajes en cada estación, cómo se respondían o acudían a sus llamadas desde otro lugar del bosque, sus vuelos, cómo se remojaban en las fuentes y luego peinaban sus plumas, o se daban baños de arena. Le fascinaba el sonido del viento —a veces fuerte, a veces brisa—, el murmullo de las fuentes, el crujido de las piñas y las ramas, los olores que flotaban en el aire a cada paso y decían qué flores estrenaban perfume y vestido nuevo esa primavera, qué frutas estaban maduras e invitándole a merendar, qué arroyo podía o no debía cruzar según la fuerza de la corriente, y muchas cosas más, porque todo en el bosque, absolutamente todo, estaba vivo y hablaba con su lenguaje de bosque.

Desde que era pequeño, Adrián llevaba una flauta de caña en el bolsillo como las que su abuelo le enseñara a construir, y le gustaba convertir en melodías las frases del bosque. Por ejemplo, cuando el viento silbaba con voz grave y creciente y hacía ajetrearse cada vez más las hojas de los árboles, Adrián apoyaba su flauta en los labios y, moviendo ágilmente sus dedos sobre los agujeros, sonaba: la si la si do re do re mi fa mi re do re do si laaaa. Cuando se encontraba con una oruga que cruzaba el sendero, Adrián se arrodillaba unos instantes para observarla y la animaba con un lento laa sib laa sol faa sol sool# la faaa miii reee. Y así hacía a cada paso con todo lo que se encontraba.

—Deja de tocar tonterías y estudia bien las partituras de las marchas militares, o nunca entrarás a formar parte de la Banda Real. ¡Estás desperdiciando tu talento! —le decía el maestro de música. Pero a Adrián no le interesaban las marchas militares, firmes y serias, ni la Banda Real.

Cuando Adrián estaba en la escuela, se sentía desconcertado. No entendía la manera en la que los maestros hablaban del bosque: había que memorizar largas listas de minerales, su composición química, las plantas según su clasificación, los tipos de cultivos y su producción en las distintas partes del mundo, y muuuuchos más datos, para aprobar los exámenes. ¡Qué rollo! Pero nunca hablaban de lo que el bosque contaba a través de sus voces. En realidad, en la aldea casi nadie conversaba ya con el bosque. Sólo algunos niños y unos pocos ancianos lo hacían.

Gerardo era uno de esos ancianos. Todos lo conocían en la aldea, aunque nadie sabía de dónde había venido ni la edad que tenía. Algunos adultos contaban que Gerardo ya era igual de viejo cuando ellos eran niños. Decían que con la vejez había perdido el juicio y la sensatez.

Adrián, por supuesto, disfrutaba con la compañía de Gerardo. Desde siempre le habían gustado las historias que contaba; historias de un tiempo en el que todo era muy diferente a su aldea tal y como él la conocía. Contaba que tiempo atrás era algo habitual ver a un vecino negociando con dos bueyes para que le ayudaran a labrar y abonar el huerto a cambio de comida, abrigo y cuidados para ellos y sus crías; o pactar con las gallinas para protegerlas de los zorros a cambio de cuatro o cinco huevos a la semana; o cada vez que un leñador talaba un árbol se comprometía a aprovechar toda la madera y le daba las gracias de distintas maneras: si construía una casa, tallaba en la puerta un dibujo que lo recordara; si fabricaba muebles, hacía una reverencia ante ellos cada vez que los usaba; si era para calentarse, agradecía su calor con otra reverencia; y siempre plantaba dos árboles en el lugar del que había cortado.

Gerardo tarareaba preciosas melodías y bailaba con gracia alegres danzas que tiempo atrás se tocaban y bailaban en celebraciones como la llegada de la primavera, el nacimiento de un hijo, la despedida de un ser querido, o una buena cosecha. A Adrián le traían recuerdos de un tiempo en el que él aún no había nacido. ¡Curioso! Era algo misterioso y muy placentero a la vez. Pero esas melodías se habían dejado de tocar, o se tocaban ya de manera muy distinta; ahora se disputaban quién las tocaba más deprisa, aunque al hacerlo ya no se pudieran bailar ni entender.

Desde luego, en la aldea las cosas eran muy diferentes a las historias que contaba Gerardo. Si un hombre pescaba tres truchas en el río para cenar la familia, siempre había otro que quería pescar muchas más, sólo por decir que él era mejor pescador, aunque en poco tiempo dejaran el río sin peces. Con los bueyes ya no se negociaba; se les hacía trabajar de sol a sol a cambio de casi nada, para tener más cosecha que el vecino; y así con todo. Se obsesionaron tanto en correr y en competir unos con otros que hasta en las cosas más triviales todos se miraban como rivales. Puesto que todos los adultos lo hacían, también los niños aprendían a hacerlo desde bien pequeños al ver a sus mayores. Sólo cuando un acontecimiento especial ocurría, como el nacimiento de un niño, o la muerte de un ser querido, los corazones de los aldeanos se volvían más sensibles a la alegría y al dolor propio y ajeno, y se emocionaban como antes. Pero esto les duraba poco.

Contaba también Gerardo que desde tiempos inmemoriales una extraña maldición se había instalado sutilmente en la aldea. Aseguraba que la maldición se había ido apoderando poco a poco de las mentes y los corazones de los aldeanos, día a día, año tras año, generación tras generación, sin que ellos se diesen cuenta, hasta hacerles perder el alma.

—En algunos lugares a la maldición la llaman pereza, en otros envidia, en otros orgullo, vanidad, avaricia, y algunos nombres más, pero en el fondo de todos esos rostros ocultos están el miedo y la desconfianza, hasta de nosotros mismos. Sólo los bebés, los niños, algunos ancianos y algunos animales perciben la maldición con claridad —decía Gerardo—. Y es tal la fuerza silenciosa de la maldición, que una vez que las personas crecen y se habitúan a ella, la propagan sin saberlo por donde quiera que vayan, y hasta los niños la contraen. Sólo al acercarse a la vejez, y por la misma razón misteriosa, de sus corazones suele desaparecer la maldición, y algunos hasta recuperan el hábito de ir a conversar con el río, los árboles, las rocas, los pájaros, el viento, y todo cuanto habita en el bosque.

Como era de esperar, aunque Adrián nació con el corazón abierto y el alma intacta, como todos los niños, al vivir entre adultos se fue habituando a sus costumbres y con el tiempo dejó de escuchar a su corazón y también perdió su alma. Así pasó los largos, aburridos y tristes años de su adolescencia. Incluso llegó a dudar si realmente alguna vez había hablado con el bosque, o era su imaginación que le engañaba.

En uno de sus solitarios paseos por el bosque, llegó por primera vez y sin saber cómo, a uno de los parajes más maravillosos y que a menudo mencionaba Gerardo como un Lugar Sagrado. Era como si ya hubiera estado allí antes, aunque no recordaba cuándo. Le asaltó la misma sensación que le evocaban algunas melodías... Como si hubiera estado allí antes de nacer; era una sensación muy extraña, a la par que bonita. Se sentó a la entrada de una gruta junto a la que crecía un enorme árbol milenario, al pie del cual había una roca que parecía haber sido tallada por una mano invisible. Gerardo decía que, tiempo atrás, había brotado allí una fuente de agua limpia y fresca, capaz de renovar al instante las energías de quien bebiera de ella. Ahora la fuente estaba seca desde hacía ya muchos años.

En esas estaba Adrián cuando desde el fondo de la gruta le llegó una voz grave, profunda, que salía del mismo centro de la tierra.

—¡Adrián!

Adrián se sobresaltó.

—Adrián, no temas. Soy la voz de la tierra. La roca, el árbol y yo le hemos pedido al viento que te trajera hoy hasta aquí. Te necesitamos igual que tú nos necesitas a nosotros.

Adrián no daba crédito a lo que escuchaba.

—Bienvenido de nuevo —saludó el gran árbol vibrando desde las raíces hasta la última de sus hojas.

La roca saludó a Adrián girando lentamente sobre sí misma como una bailarina y de una pequeña grieta comenzó a brotar un agua fresca y limpia que la mojó y la hizo brillar como antaño.

—Podrás beber de mí siempre que lo necesites —dijo con su voz de agua.

Adrián, aunque desconcertado al principio, sintió una gran alegría en su interior. La tristeza y el miedo que le habían acompañado durante años empezó a desvanecerse y en su lugar apareció una sensación de pertenencia, paz y confianza.

La gruta habló:

—Hace mucho tiempo que ningún hombre venía por aquí. La última vez que estuvieron se llevaron todos los diamantes y piedras preciosas que encontraron en mi interior y que con tanto mimo había tallado y protegido durante toda mi vida.

La roca habló:

—Después de que los hombres hubieran ensuciado las aguas del río, vinieron aquí con carros cargados de bidones y los llenaron con el agua que corre bajo esta tierra. Desde entonces mi fuente se secó y no volvió a brotar el agua que alegraba y calmaba la sed de los animales y plantas de por aquí.

El árbol también habló:

—A mi hermano, que era aún más alto y más fuerte que yo, que servía de abrigo a muchos animales y sabía todos los secretos del bosque, lo talaron sólo para contar sus anillos y saber qué edad tenía.

Adrián sintió pena al saber de los dolores del bosque. Se quedó en el lugar durante un tiempo. Era como reencontrarse con viejos amigos después de años sin verse. El árbol le ofreció frutos dulces y jugosos con los que alimentarse, la fuente agua pura para saciar su sed, y la gruta le sirvió de cobijo durante la noche y los días de frío. Se sentía bien allí.

Después de un largo y reconfortante sueño, una mañana soleada la gruta le habló:

—Adrián, has de volver a tu aldea.

—¡¿Cómo?! ¡Ni hablar! No pienso volver al lugar donde perdí el alma. Ya nada me une a la maldita aldea. Ahora que he aprendido de nuevo a escuchar con el corazón, no quiero perderlo.

—Nunca perderás lo que aquí estás recordando. En ocasiones te sentirás perdido y asustado como antes, has de saberlo, pero debes caminar hasta la aldea y permanecer allí. Algún día sabrás por qué y para qué.

—¡¿Por qué he de hacerlo?! ¡¿Por qué?! —gritaba Adrián entre enfurecido y asustado.

Hubo un largo silencio por respuesta. Tras un tiempo indefinido, el árbol dejó caer una semilla del tamaño de una nuez que golpeó sobre la cabeza de Adrián y rodó hasta detenerse frente a sus pies.

El viejo árbol volvió a hablar:

—Esta es mi semilla, Adrián. De una semilla así nací yo; en ella habitaba mi esencia de árbol, la forma y el color de mis hojas, el tipo de fruto que daría, hacia dónde debía extender mis raíces para encontrar humedad... Todo lo que necesitaba saber dormía en su interior. De esta nueva semilla crecerá, cuando llegue el momento, un nuevo árbol tan alto y fuerte como yo. También él alimentará y cobijará a muchos animales y del mismo modo algún día arrojará sus semillas sobre la tierra.

A Adrián le gustaba escuchar la voz del bosque desde muy niño. Le conectaba con su verdad primera y todo cobraba sentido; ahora lo recordaba.

El árbol continuó:

—¿Quién eres tú, Adrián? ¿Y cuál es tu esencia de hombre?

—¿Mi esencia de hombre?

Se hizo otro silencio más largo que el anterior.

Como la primera vez, sonó la voz grave y profunda de la gruta:

—Has de volver a la aldea, Adrián. Es importante que vuelvas a la aldea y aprendas a vivir entre los hombres sin dejar de escuchar a tu corazón y al bosque.

—¿De qué servirá que yo aprenda a escuchar a mi corazón entre los hombres si he de seguir sus absurdas costumbres? ¿De qué servirá que yo cuide y escuche al bosque si ellos no lo hacen? No quiero volver a la aldea. No me siento bien entre los hombres —replicó Adrián.

Conforme hablaba y recordaba, su corazón se entristecía.

La fuente se limitó a decir:

—Confía, has de hacerlo y sabrás hacerlo.

Adrián enmudeció. Lo que la gruta le pedía le parecía imposible. Todo el cuerpo, comenzando por las manos y los pies, fue perdiendo calor hasta quedarse helado. Estaba muerto de miedo. ¡La aldea le traía tan malos recuerdos!

La gruta se cerró, la fuente se secó y el árbol sabio no volvió a dar fruto.

Adrián se resistía a abandonar el lugar; allí había recuperado la alegría de vivir después de muchos años.

La sed, el frío y el hambre hicieron que Adrián, poco a poco, echara de menos la aldea; se acordaba de los guisos y el pan caliente que horneaba su madre; del calor de la lumbre junto a su hermana cuando entre los dos echaban al fuego un tronco de leña que su padre había cortado. Esos recuerdos le gustaban... y al mismo tiempo sentía miedo de volver a estar entre la gente; no en vano, con ellos aprendió a perder el alma y temía perderla de nuevo.

Aunque no quería, Adrián decidió regresar. Durante el camino de vuelta, las preguntas del árbol resonaban en su mente: «¿Quién eres tú, Adrián? ¿Cuál es tu esencia de hombre?». Cuanto más se acercaba a la aldea, mayor era su miedo. El recuerdo de las palabras de la fuente le ayudaban a seguir adelante: «Confía, has de hacerlo y sabrás hacerlo».

Le vinieron recuerdos de su niñez..., las animadas conversaciones con Gerardo en la plaza sobre las leyendas del bosque y las bellísimas melodías antiguas. Recordó que de pequeño no era el único niño que hablaba con el bosque; también sus amigos lo habían hecho, aunque con el tiempo, como todos en la aldea, perdieron la costumbre. Resultaba que todo el mundo, en algún momento de sus vidas, había practicado el lenguaje del bosque y por tanto había estado muy en contacto con su corazón. Sintió que realmente, tanto él como las demás personas de la aldea, no eran tan diferentes. Nacían con un corazón frágil —quizás esa era una de sus esencias de hombre— y se endurecían para protegerlo. Creyó descubrir que de ahí surgía la maldición y así se transmitía. Cada corazón cerrado se vengaría cerrando otros corazones. Cada corazón abierto se alegraría de compartir con los corazones de alrededor.

Cuando llegó a la aldea, tenía tanta sed que lo primero que hizo fue ir a beber agua a la fuente de la plaza. Cuando se vio allí de nuevo, le invadió un miedo tan grande como su sed. Una vez saciado, se sentó y observó a algunos aldeanos que cruzaban con prisa de un lado para otro. En la aldea todos se conocían y, al verlo, lo saludaron:

—¡Hola Adrián! ¡Me alegro de verte! ¡Cuánto tiempo sin saber de ti!

A Adrián le sorprendió descubrir que el terror que tenía de estar entre los hombres se iba esfumando poco a poco. Ya no los veía como una amenaza, sino como a iguales.

Empezó a sentir el hambre atrasada y se dirigió a casa del panadero. Conforme se acercaba, el miedo volvió a instalarse en su cuerpo. Hubiera podido llegar con los ojos cerrados, sólo guiándose por el delicioso olor a pan, tortas, empanadas y dulces recién hechos. En cuanto Adrián abrió la puerta, el panadero le ofreció un pedazo de torta aún caliente que olía tan rico como sabía.

—Vuelve pronto, Adrián, ¡me alegro de verte!

El trato con el panadero no había sido una amenaza para él.

A los pocos días de llegar, descubrió con sorpresa que empezaba a sentirse bien en la aldea y hasta le gustaba hablar y relacionarse con la mayoría de los aldeanos. Siempre había algún quisquilloso que era mejor evitar, claro, pero eran los menos. Pudo darse cuenta de que ahora, en su interior, había más comprensión que antes y que era un buen antídoto contra la maldición que inevitablemente también a él le rondaba. Pero su vivencia era muy diferente ahora.

Una tarde, mientras veía a los niños jugar en el patio del colegio como él hiciera, recordó cuánto le gustaba, después de jugar con sus amigos, dirigirse al bosque y sacar su flauta de caña del bolsillo para transformar en melodías las frases del bosque. Recordó con emoción la tarde en que su abuelo le enseñó a fabricarse una flauta con una caña del río y cómo soplarla para hacerla sonar.

Recuperó la costumbre de pasear por el bosque con su flauta y crear melodías. En uno de esos paseos escuchó que la voz del bosque le decía:

—Adrián, nosotros te enseñamos en su día cómo mover tus dedos sobre los agujeros para conseguir melodías. Con el mismo placer les enseñaremos a los otros niños, como lo venimos haciendo desde que el hombre habita la tierra.

Al instante supo lo que debía hacer. Se dirigió al río, seleccionó las mejores cañas y empezó a fabricar flautas. Las probó y retocó durante días; unas tenían el sonido agudo y otras grave, pero todas sonaban dulces como la miel. Cuando las hubo acabado, las fue dejando repartidas por el bosque: algunas cerca del río, otras en un claro, otras junto a las fuentes, otras sobre las piedras... De esta forma, los niños que quisieran aprender a tocarlas y no supieran fabricarlas, las podrían encontrar. El bosque les enseñaría el resto.

No pasó mucho tiempo hasta que desde diversas partes del bosque empezaron a llegar alegres melodías. Poco después, las melodías se respondían y entretejían unas con otras, o sonaban como un coro de ángeles.

Dicen las gentes del lugar que desde entonces y hasta hoy siempre ha habido niños, adultos y viejos que gustan de ir al bosque con sus flautas, violines, trompetas y toda clase de instrumentos y que a la aldea llega el sonido de una nueva sinfonía cada tarde.

 

 

Este cuento fue escrito en el taller «Érase tu vez» realizado en la Casa de la Piedra, Murcia, los días 16 al 18 de marzo de 2018, dirigido por Juan Pedro Romera. Editado por EDITORIAL ESPACIO PARA CONTAR. www.espacioparacontar.com