Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 52 - OtoƱo 2018
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El sacrificio Miguel S. Juaneda

 

No era la primera vez en la historia de Kalandrya que tras la muerte de un caudillo del clan Nuntárak surgían dos aspirantes al trono de Mummarik, el árbol sagrado. Pero nunca la pelea por la sucesión tuvo consecuencias tan fatídicas.

Corría el año 552 del segundo comienzo cuando Tídram, jefe del clan Nuntárak y máximo dirigente de Kalandrya, falleció al ser despedazado por un grupo de osos mientras intentaba darles caza. Dos valerosos luchadores optaron a reemplazarlo en la dirección del reino blanco. Por un lado Korssot, tío del líder fallecido, y por otro Tásark, un joven guerrero muy experimentado que reclamaba el derecho a acaudillar a los kalandryanos. El consejo de ancianos de la Ciudadde los Espejos planteó a ambos contendientes una prueba; debían escalar hasta una de las cimas más altas de una cordillera próxima y traer la cabeza del oso que había acabado con la vida de Tídram.

La mañana en la que ambos guerreros se disponían a iniciar la escalada, nevaba con fuerza. El frío era extremo y los músculos de piernas y brazos se agarrotaban provocando unos dolores similares a los de mil cortes con afilados cuchillos. Korssot miró a su joven contrincante y le dijo:

—Desiste de tu empeño, Tásark. Siéntate junto a mí a dirigir los designios de Kalandrya y olvidemos esta locura. Será la muerte y no la cabeza de un oso lo que traerás de regreso, si consigues volver.

—¿Acaso tienes miedo, viejo? —contestó arrogante el osado guerrero—. Me ofreces conducir junto a ti a nuestro pueblo, bajo tu mando y siempre recibiendo tus órdenes. ¡Jamás! Subiré hasta la cumbre, daré caza al oso más grande que encuentre y luego traeré su cabeza para que los nuntáraks y el resto de Kalandrya reconozcan el valor de su nuevo líder.

Korssotmiró al envalentonado joven con ojos suplicantes. La experiencia de años de supervivencia en aquellas tierras le hacía presagiar un fatal desenlace. Aun así, no había otra salida. El trono de Mummarik le correspondía y lucharía hasta la muerte por conseguirlo.

—Que los espíritus del viento decidan entonces quién debe ser caudillo del clan Nuntárak —respondió cabizbajo el mayor de los dos contendientes.

La nieve se clavaba como puntas de flecha sobre sus rostros. Las pieles que cubrían sus cuerpos estaban empapadas de agua y sudor y ambos habían dejado de sentir los pies hacía un buen rato. Subían despacio, uno junto al otro, apoyándose en manos y rodillas. No llevaban recorrido medio camino y ya estaban exhaustos. El frío había arrancado la piel de los labios de Korssot y sangraba por nariz y boca. La ventisca soplaba cada vez con más fuerza. Tásark no podía mantener los ojos abiertos. Una capa de hielo cerraba sus párpados y notaba como si el interior estuviera recubierto de nieve. Apenas avanzaba e impotente veía cómo su adversario se alejaba lentamente. Sus brazos y piernas no respondían a las órdenes que su cerebro les dictaba. Finalmente, se sentó sobre la gélida nieve a descansar intentando recuperar parte de las fuerzas que lo habían abandonado para siempre.

Korssotmiró hacia atrás y le costó distinguir la silueta de su compañero rendida sobre el suelo. Un estruendo por encima de su cabeza llamó su atención. Un alud caía con la velocidad con la que el relámpago ilumina el cielo. El guerrero reunió las pocas fuerzas que le quedaban para dar un salto hacia una pequeña cueva que había a su derecha. Desde allí contempló estupefacto cómo la avalancha de nieve engullía el cuerpo de Tásark

Cuando el desprendimiento cesó, Korssot emprendió el camino de regreso bajando con mucha dificultad debido al agotamiento y a sus heridas. Durante dos días buscó sin descanso el cuerpo de su joven contrincante. Finalmente, justo cuando pensaba que su último aliento expiraría pronto, encontró una mano congelada que sobresalía del terreno nevado. Con sumo cuidado para que no se partiera en mil pequeños cristales, desenterró el cuerpo sin vida de Tásark y lo cargó sobre sus hombros llevándolo hasta la Ciudadde los Cristales, donde fue recibido con los honores que corresponden al máximo dirigente de Kalandrya.

Korssot, moribundo y abatido, depositó con suavidad el cuerpo de Tásark sobre el suelo. Se arrodilló junto a él y sin poder casi moverse besó por última vez con delicadeza la frente de su único hijo...