Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 52 - Otoño 2018
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Así no te ganarás la vida José Miguel Pareja Salinas

 

Si avanzamos en la dirección de nuestros sueños, encontraremos un éxito inesperado en cualquier momento.

Henry David Thoreau

 


Golf en Chapala (México). Foto: Álvaro Pareja Falcó

 

Esta es la historia de Mia, una chica que amaba (y ama) el golf. Desde pequeña había ido con su madre a un campo cercano a su casa donde se la veía feliz jugando con las pelotas, haciendo castillos de arena en el búnker o retozando en el green. Se entusiasmaba, como sólo lo hacen los niños, cuando alguien embocaba en el hoyo, de cerca o de lejos, y pronto empezó a utilizar unos palos cortos que había por su casa.

Con doce años tenía un hándicap de veinte golpes porque, además de muy habilidosa, practicaba casi todos los días; siempre que sus obligaciones como estudiante de instituto se lo permitieran. Sin embargo, su madre le advertía cada vez que tenía oportunidad: «Lo primero es lo primero; tienes que cumplir con tus responsabilidad del estudio para ser alguien el día de mañana».

Nuestra responsable amiga creció compaginando como pudo obligación y pasión sin una sola vacilación ni queja. Hasta que llegó al último curso de la Secundaria y, con él, la decisión sobre hacia dónde dirigiría sus pasos profesionales. Estaba entre dos alternativas: por un lado ya participaba en torneos de golf en los que, aunque todavía no había ganado ninguno, destacaba por una excelente técnica y una gran fuerza mental para el juego; por el contrario, había seguido la tradición profesional de la familia, que le proponía entrar en una escuela de Economía, Empresa y Negocios muy reconocida. Allí, además de un excelente aprendizaje, encontraría compañeros y amigos con los que construir relaciones profesionales muy rentables en el futuro.

Para sus padres, no había duda sobre lo que haría su hija al año siguiente, puesto que no consideraban el golf como una profesión, sino como el pasatiempo deportivo de la familia, amigos y clientes; una actividad en la que, de manera relajada e informal, se podían limar asperezas del trabajo e incluso llegar a acuerdos importantes.

Pero no era eso lo que preocupaba a Mia. Sólo de pensar que se iba a encerrar en una oficina con aire acondicionado y luz artificial de 8 a 17 horas, seis días a la semana, para únicamente poder disfrutar de la paz, el aire puro, el sol, los trinos de los pájaros, el paseo entre hoyos y dieciocho pequeños desafíos a su inteligencia y pericia únicamente durante una jornada de cada siete, le producía sarpullido.

No obstante, para no contrariar a sus padres, se fue a la Escuela Universitaria en la que, con su inteligencia y tesón, finalizó los estudios con éxito. Ese mismo verano la contrató una firma de economistas que asesoraba a distintas empresas.

Siguió jugando al golf, por supuesto. Hasta se llevaba los clientes al campo para cerrar contratos, como habían vaticinado sus padres.

Inesperadamente, estalló: ya no podía más. No habían pasado seis meses desde que entró en la empresa, pero se ahogaba en aquellas lujosas oficinas; necesitaba coger los palos cada día, sentir la tierra bajo sus pies. Se despidió y se puso de profesora en el campo en el que creció. Allí, que la conocían desde que era una niña y sabían de su don, la acogieron de inmediato. Ganaba menos, pero había recuperado la alegría. Sus padres le decían que no estaban de acuerdo, que no era una forma de ganarse la vida. Ella contestaba que había perdido seis años estudiando, que podría haber estado en el circuito profesional de no haber ido a la Facultad; que se arrepentía de no haber seguido el camino de su motivación más profunda, porque no le costaba ningún esfuerzo pasarse el día tirando del carro de palos y, en cambio, le suponía un tremendo sacrificio sentarse en la mesa con el ordenador para redactar informes de bolsa. Que así se le escapaba la vida.

Al menos podrás hablar de algo con tus alumnos, con todos esos empresarios, economistas y gerentes que vienen al campo con sus clientes y amigos —insistía, algo despectiva, su madre—. Tus estudios habrán servido para darte una cultura que te será útil cuando tengas que mantener una conversación. Claro, que como no ganarás tanto dinero, no podrás darte caprichos ni tener una buena vida.

Mamá —contestó Mia—, todas mis antiguas compañeras se pasan el día soñando con que llegue el fin de semana para darse el capricho de ir a la playa o a la montaña, para estar en contacto con la naturaleza; para mí no es un capricho, sino mi rutina diaria. Suspiran con que lleguen los festivos para pasárselos en un campo de golf, mientras que yo vivo en él todo el año. Es como estar de vacaciones permanentes. No conozco mejor vida.

»Otra cosa —continuó—. Cuando venía con mis clientes al campo para cerrar una transacción, siempre me cambiaban de tema si les hablaba de trabajo. Incluso alguno me llegó a decir que no quería tratarlo porque interfería negativamente en su juego. Deseaban fervientemente centrarse en el golf y disfrutar. Pero hubo una persona que me terminó de convencer. Me confesó que había firmado con nosotros al ver la pasión, ilusión, alegría y entrega que veía en mí cuando me ponía la gorra y los guantes y hablaba de la dirección del viento o el tipo de palo para cada golpe. Porque le contagiaba todo eso. Que ella hacía negocios con nosotros solo por venir a jugar al golf conmigo.

»Así que me voy a ofrecer a todas las empresas para que vengan a mejorar su hándicap..., su clima de trabajo, su satisfacción personal... No sé si ganaré mucho o poco dinero. Pero me da igual, porque voy a vivir feliz y muchas personas también lo van a ser conmigo. ¿No es eso lo que habéis querido siempre para mí, mamá?