Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 52 - Otoño 2018
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Fray Juan de la Cruz. Caza al alcance Modesto González Lucas

 

“Dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado”.

Juan de la Cruz

 

 

1. Fray Juan de la Cruz muere en Úbeda a las doce de la noche del 14 de diciembre de 1591, con 49 años de edad.


Fray Juan de la Cruz venía

con la muerte a las espaldas

royéndole en su interior

por los caminos de olivos

de los campos de Jaén.

El padre prior del Carmelo

de los descalzos de Úbeda

le abre a regañadientes

las puertas de su convento.

Fray Juan apenas respira,

las piernas no le sostienen,

los dolores le traspasan

como un cuchillo de acero

los huesos y las entrañas.

Le alojan sin compasión

en la celda más ruinosa,

por las rendijas entraba

a mordiscos el invierno.

Fray Juan de la Cruz moría

como se mueren los pobres,

sin apenas meter ruido,

transparente el corazón.

A las doce de la noche

de un catorce de diciembre

le dice a quien le acompaña

que sube a rezar maitines

con los ángeles del cielo.

La llamada a la oración

era un eco en las alturas

sobre los verdes olivos

de los campos de Jaén.



2. Juan de Yepes, más tarde y para siempre fray Juan de la Cruz, nace en Fontiveros el 24 de junio de 1542.


Fontiveros es un pueblo

de barro, piedra y ladrillo

en medio de La Moraña.

La parroquia es una mole

que recorta su silueta

contra el ancho azul del cielo

al clarear la mañana.

La sequedad de los campos

ondula el horizonte

hasta perderse a lo lejos.

En la distancia relumbran

los montes grises de Gredos

blancos de nieve en invierno.

A Fontiveros le cruzan

los mercaderes que acuden

a las ferias de Medina

desde todos los rincones

de una Europa sin fronteras.

Un niño juega en la calle,

pobre como un gorrión,

Juan de Yepes es su nombre.



3. Fray Juan de la Cruz ingresa en 1563 en los Carmelitas de Medina del Campo. Cuatro años más tarde, en septiembre de 1567, conoce a Teresa de Jesús y le gana para la Reforma del Carmelo.


Fray Juan de Santo Matía

es un fraile carmelita.

Sueña con llegar al cielo

por el camino más corto,

abandonando el Carmelo

para entrar en la Cartuja.

Aspira a vivir la vida

en la soledad de Dios

sin vivirla en este mundo.

La madre Teresa busca

frailes para la Reforma,

quiere rescatar la esencia

del primitivo Carmelo.

Busca frailes ermitaños

de intensa vida interior

al servicio de la Iglesia.

En la ciudad de Medina,

a Juan de Santo Matía

Teresa de Jesús le habla

de cómo llegar al cielo

con los pies sobre la tierra.

Fray Juan de Santo Matía

a partir de este momento

será fray Juan de la Cruz,

porque así lo quiere Dios.



4. Fray Juan de la Cruz viaja, a primeros de octubre de 1568, a Duruelo para fundar el primer convento de Carmelitas Descalzos.


Fray Juan de la Cruz camina

por los senderos de barro

de La Moraña en otoño.

Va camino de Duruelo

para fundar un convento

de carmelitas descalzos

en un cobertizo en ruinas.

La soledad de los campos

le acaricia el corazón,

en la quietud del espíritu

donde sobran las palabras

y se oye la voz de Dios.



5. Fray Juan de la Cruz es apresado el 2 de diciembre de 1577 en Ávila y encarcelado en el convento de los Carmelitas Calzados de la ciudad de Toledo. Nueve meses más tarde, en agosto de 1578, consigue darse a la fuga saltando desde una ventana.


Toledo es un agujero

oscuro como la noche

para fray Juan de la Cruz.

Calabozo de miseria,

sin ventanas, sin estrellas,

sin el resplandor del alba...

Pero una fuente manaba

oculta en su corazón,

una fuente de agua viva.

Latigazos en la espalda,

ayunos sin compasión,

con la intención de romper

la fortaleza del roble

enraizado en su interior...

Pero una fuente manaba

oculta en su corazón,

una fuente de agua viva.

Nueve meses prisionero.

Frío de noche en invierno.

Hielo encendido en el alma.

Calor sin aire en verano

frente a un muro sin ventanas.

Ni una palabra de aliento...

Pero una fuente manaba

oculta en su corazón,

una fuente de agua viva.

Cuando todo estaba en calma

y los pasillos en sombra,

buscaba la libertad

a través de una ventana

suspendida en el abismo

dos horas antes del alba.

El río Tajo a sus pies

era un oscuro temblor

como la boca de un lobo...

Pero una fuente manaba

oculta en su corazón,

una fuente de agua viva.

Los ondulados tejados

de la dormida ciudad

despertaban alumbrados.

No vivir para vivir

la libertad de la luz.

En Toledo amanecía...,

pero una fuente manaba

oculta en su corazón,

una fuente de agua viva.



6. Fray Juan de la Cruz, en octubre de 1578, es nombrado prior del convento El Calvario en la provincia de Jaén.


Al hermano cocinero

del convento de El Calvario

le acompaña un viejo burro,

soñoliento y resignado,

olisqueando las hiervas

que nadie había plantado.

Los carmelitas son pobres,

pobres de solemnidad.

Como no tenían nada

ni tan siquiera un mendrugo

para cenar esa noche,

las hiervas que el burro come

las pueden comer los frailes.

El Padre Santo les cuida

como cuida de las aves

y de los lirios del valle.

Era fray Juan de la Cruz

el padre prior de El Calvario,

un hombre libre por dentro.



7. Fray Juan de la Cruz, en el mes de mayo de 1582, es el prior del convento de los Mártires de Granada.


Fray Juan amaba el silencio,

el silencio de las flores

en la soledad del campo.

Sierra Nevada en el aire.

Todo le hablaba de Dios

en la quietud de la tarde,

en el azul de los cielos,

en el rumor del torrente

que relumbra entre las piedras.

Todo vibraba en silencio.

Todo le hablaba de Dios.

Los pájaros en las ramas

de los chopos del camino

presentían el crepúsculo,

antesala de la noche.


 

8. Fray Juan de la Cruz, en el mes de mayo de 1593, recibe sepultura en el convento de los carmelitas de Segovia, el convento que él mismo había fundado en el año 1586.


Segovia, ciudad del aire

en el cielo de la tarde.

El Alcázar penetraba

con la aguja de sus torres

solitario en las alturas.

Aquietado en el sepulcro,

Juan de la Cruz reposaba

sumido en la oscuridad

del ensueño de la muerte.

El silencio resonaba

por los rincones del templo

como un susurro en la calma.

En la hondura del paisaje,

las aguas del río Eresma

reflejaban temblorosas

la desolada arboleda.

La voz de Dios en el viento.

El otoño acariciaba

la soledad de las lomas

perdidas en la distancia,

y el carmelita poeta,

por fin, en aquel instante,

le daba caza al alcance.

Instante de eternidad.