Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 51 - Verano 2018
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El país de Nunca Jamás Francisco José García Nieto

 

Relato ganador de la foto 1

 

 

«Somos iguales, somos diferentes, somos gemelos, ¿por qué somos dos si el mundo es sólo uno? ¡Responde, responde!», increpaba el que era dos minutos mayor y se erigía como voz cantante a la que había que mostrar respeto; siempre tan reflexivo, siempre intentando parecer grandilocuente con esos razonamientos; «¡soy un genio incomprendido, no sé cómo voy a enseñarte algo, tengo que cuidar de ti!», decía casi a gritos al alejarse en aquel patio. El otro, en silencio, pensaba: «¿Cómo se puede ser tan diferente de alguien a quien tanto te pareces?». Qué irónica naturaleza ésta a veces.

Los gemelos Tomas y Jery Shurukhin, por ese orden, hijos de padre judío, siempre habían presumido de su apellido; «Shurukhin significa príncipe, ¿lo sabíais?», les decían a sus compañeros en el patio, «somos príncipes, no lo olvidéis». Los chicos les llamaban Tom y Jerry, como los dibujos, porque siempre andaban juntos y cada día haciéndose alguna fechoría el uno al otro.

Dormían juntos, uno pegado al otro, formando un solo cuerpo, un solo calor; era mejor en la helada noche dos mantas raídas para dos que una para cada uno; siempre uno; «somos iguales, somos diferentes, somos gemelos, somos dos en un solo mundo». La oscuridad de la noche era surcada por luz de focos hambrientos; nadie se atrevía a ser iluminado; mejor la oscuridad; mejor dormir que despierto; «duerme, Tomas; duerme, Jery».

En sus sueños eran libres, en sus sueños recordaban vivir en aquella casa de techos altos y puertas blancas con vidrieras de color. Les encantaban esas puertas porque podían permanecer juntos observando lo que ocurría en la otra habitación; las chicas de la clase de baile de madre, las reuniones de fumar de padre... Tan sólo habían pasado unos meses, pero esos recuerdos eran ya «los viejos tiempos».

Éramos piratas, los chicos y nosotros en los juegos de la calle. Piratas que domaron vientos con pelotas de trapo y cuerdas de saco; piratas con perros que abordaban al descuido algún carro de helados. Un día, en el barrio, preguntamos por Ashir y nos dijeron que se había ido a una nueva casa; pronto también se fueron Bosem y su hermana Eliel; y Guever, con su hermano pequeño Eden; y también Jabub e Itzjak... Y sin darnos cuenta, nos quedamos casi solos en el barrio. Al parecer, todos se habían ido a la nueva casa. «Padre, ¿cuándo iremos nosotros?». «Pronto chicos, pronto veréis a vuestros amigos, templad el ansia».

Por fin el día; padre dijo que iríamos nosotros primero, que ellos terminarían de recoger, que la casa era grande y que lleva tiempo hacer estas cosas. No sabemos por qué madre estaba triste, si nos íbamos a ver en pocos días. Últimamente madre lloraba a menudo, madre se ocultaba, pero padre siempre sabía dónde y la consolaba, la abrazaba, y en su cuerpo la escondía hasta que se le pasaba.

El viaje era muy seguro porque éramos los Shurukhin, los príncipes, y nuestra familia era importante, así que nuestro tren iba protegido por soldados. Fueron atentos con nosotros; para asegurarse de que ninguna maleta se perdiese, nos dieron un trozo de tiza para que pusiéramos los nombres. Tomas y Jery, en letras grandes, porque, aunque somos iguales, somos diferentes, somos gemelos, somos dos hacia el fin del mundo.

Sólo hablaba el tren, no se oía nada más, sólo respirar. Polvo, óxido, cristales rotos, chimeneas, humos, alambres... El marrón canela tornó en gris ceniza, y había gritos, y empujaban; «Jery, ven aquí, no te separes de mí»; «¿qué ocurre?, ¿qué ocurre?»; «no te separes de mí».

Agua, nieve, arrastramos juntos la maleta, juntos a la nueva casa; casa sólo para niños, sólo para niños especiales con estrella en el abrigo, con estrella en el corazón.

Plato de metal, cuchara de madera, manta raída, hacinamiento, ruidos y cerrojos. Se ha perdido la maleta, ya no está, y nadie habla, y nadie mira más que al suelo; «Tomas, ¿qué pasa?, ¿dónde están los piratas?»... Se envejece rápido en la nueva casa.

Aquí sólo se espera sin que nadie quiera decir a qué, a quién, pero todo el mundo lo sabe, todos temen a los hombres grises, la casa es suya y hay mucha gente, cada vez más gente, cada vez más trenes, cada vez más niños... «No cabemos, Tomas»; «calla, Jery, calla»; cada vez menos puré maloliente para comer. Los chicos a veces hablaban de lo que se habían encontrado en la comida, y ponían nombres exquisitos al menú de cada día; «Hummmmmm, puré de estofado de venado con trufa, amigos, hoy estamos de suerte, ¿no creéis?, jajajajajajaja», y todos reían unos momentos breves antes de que un grito y golpe de culata al suelo secuestrara la risa.

Pronto llegaron los hombres, y los nombres, en un patio, de pie, sin causa, sin razón, ni motivo, ni porqué; «Raveh, Shoham, Tamir...», y se iban; «Paltiel, Ohad, Nirel...» nunca volvían. Eran los niños perdidos; infancias en un andén, infancias en vías de tren, en trenes sin salida, en trenes llenos de gente, en trenes casi sin vida.

Y más días, con más hombres y más nombres, «Karib, Jazim, Kariel», y se iban; «Jasid, Iyar, Jery», «¡¡Jery!!», nunca volvían.

Los gemelos dieron un paso al frente. «¿Qué haces, Tomas?», le susurré en voz alta. «Le prometí a padre que cuidaría de ti, enano; soy el mayor, dos minutos mayor, ¿recuerdas?». «Somos iguales, somos diferentes, somos uno», decía en voz baja. El hombre gris se les quedó mirando y se sonrió, no iba a entrar en la banal disquisición de identidades de dos hermanos gemelos, así que dijo «Good» mientras empujaba con golpes secos.

El tren aguardaba caliente y cansado; «juntos hacia el fin del mundo, hermanito, te lo dije; soy un genio incomprendido; los Shurukhin, Tomas y Jery Shurukhin; somos príncipes, enano, no lo olvides, príncipes...»; y así, casi contento, iba subiendo la cuesta tras la que dejaba la nueva casa. Ahora volarían juntos y soñarían para siempre ser piratas, en el país de Nunca Jamás.