Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 50 - Primavera 2018
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Lorca, territorio mítico Jesucristo Riquelme

 

LORCA, territorio mítico

Libro dedicado al escenógrafo Raúl Ferrández (In memoriam)

© Jesucristo Riquelme

 

La editorial valenciana Micomicona ha publicado recentísimamente (marzo de 2018) un libro sobre la obra más granada de la poesía y del teatro de Federico García Lorca. En este libro se incluyen un poemario, el Romancero gitano, y dos piezas teatrales, Bodas de sangre y La casa de Bernarda Alba. La edición cuenta con un estudio preliminar a modo de semblanza e introducción literaria y la edición pulcra de los textos con las amplias notas a pie de página necesarias para comprender su significado y su alcance más allá de lo superficial. No existe edición que contenga la información para la comprensión y la interpretación de estas tres obras como la que ha visto la luz este mes. Es un deleite poder leer poesía y teatro de García Lorca y haber obtenido las claves para poder captar sentidos ocultos hasta ahora no resueltos, sentidos íntimos amagados voluntariamente por el autor. Las dos banderas que ondean los pabellones de la poética lorquiana resultan desenmascaradas en las trescientas páginas de lectura vertiginosa de este libro: el amor frustrado por imposible y la lucha entre las garras de la autoridad y los ánimos de libertad; y un estandarte que enarbola con gallardía ambos emblemas lo esclarece todo: las fuerzas de la naturaleza, las fuerzas atávicas, las fuerzas míticas sojuzgan los impulsos pasionales y las querencias del instinto. Estamos ante una pugna desigual entre contendientes. No olvidemos la presencia obsesiva del homoerotismo en Lorca y que, con personajes del mundo gitano o rural, está hablando de él mismo y de todos los humanos.

Lo más relevante del análisis que se aporta en este libro consiste en la explicación mítica –en la esfera del mito– que damos a la producción de Federico García Lorca. Más allá de folklorismos y de literatura costumbrista o popular, de ritmos fáciles, incluso más allá de la vena clásica de su lenguaje, se ha querido resaltar la capacidad universal del sentido trascendente de lo mítico en el autor granadino; de ahí su título: Lorca, territorio mítico.

¡Vaya! Hablando de mítico, giremos nuestra mirada a la memoria de un personaje mítico que estuvo al alcance de nuestra mirada y de nuestra imaginación no hace tanto. El libro Lorca, territorio mítico está dedicado a quien fue director de la Escuela municipal de Teatro, el torrevejense Raúl Ferrández Giménez (27-10-1961), que falleció el 24 de abril de 2014, con sólo 52 años. Personaje mítico para el teatro de Torrevieja, teatro que parece de nuevo haberse extinguido o, al menos, haberse ocultado cual Guadiana si no fuera por los ramalazos programáticos que retumban en la Cueva de Melpómene. Es justo que a las cuatro primaveras de su muerte reciba Raúl Ferrández un tributo más por la semilla de su labor. Excelente actor, de voz prodigiosa, fue el fundador de la Escuela de Teatro torrevejense en 1995. Había estudiado en la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD), de Madrid, en el Centro Nacional de Nuevas Tendencias y, en Murcia, en la Cátedra de Teatro de la Universidad, con César Bernal. Una de las calles de la urbanización Los Balcones tiene, desde principios de 2014, el rótulo con su nombre. Arte y justicia.

Como autor mereció el premio nacional de teatro Durango-Baqué (Vizcaya) por su obra El regreso, en 1996, cuyo libro tuve el honor de presentar en el Palacio de la Música. El argumento se ha sintetizado así: Al subir el telón, vemos la imagen de un cementerio francés: Arles, año 1817. La obra es una comedia muy bien estructurada, con una visión del humor negro que caló entre los asistentes. Una mujer enamorada, cuyo amante yace muerto dos años, se presenta con sus hijas en el cementerio, después de haberse iniciado en la brujería y después de obtener todos los productos necesarios para efectuar un conjuro, en el que no escatima dejar en el camino incluso víctimas infantiles. Las hijas, alocadas aprendices de bruja, mientras preparan la pócima, juegan con las cruces del cementerio, alterando su orden. Así que no hay más remedio que despertar a los cuatro cadáveres objeto del cambio, para poder abrazar a su amor. Esta circunstancia da lugar a malentendidos, embrujos equívocos, locuras permanentes y resurrecciones y muertes sin fin. 

Resultado de imagen de El regreso de Raúl Ferrández  

Como director se alzó con el premio Ciudad de Reinosa (Cantabria) por su montaje de La vida es sueño, de Calderón; en esa misma representación fue reconocido con el premio especial del público al mejor actor.

Resultado de imagen de Raúl FerrándezRaúl Ferrández (19 de diciembre de 2010) recitando «Me llamo barro», del poeta Miguel Hernández

Volvamos la vista de nuevo a Lorca y a su interpretación novedosa: ¡cuántas veces comenté estos aspectos con Raúl Ferrández, con el propósito de ser iluminado con su sabiduría! El folklorismo, el ambiente gitano y la atmósfera flamenca de, por ejemplo, Romancero gitano, se reinterpretan en el libro que comentamos con un nuevo sentido: el del folk-lorquismo, es decir, la esencia de lo folklórico resuelta sub especie lorquiana a modo de mundo mítico, con seres mitológicos extraídos de la España profunda, de la esencia de la Andalucía que significa y representa, para Lorca, lo español y lo universal. ¿Qué quiere decir mítico en el contexto agitanado y rural que nos presenta Lorca a los ojos o como anécdota del pueblo? No hemos de dejar caer en saco roto que la palabra pueblo en Federico García Lorca no es revolución, sino tradición. Así y todo, en este sentido, a pesar de la apariencia de lo tradicional y popular –como el formato del romance octosilábico–, Lorca no quiso nunca ser pintoresco ni folklórico en el poemario que lo elevó a la fama de gran poeta del pueblo, del pueblo de la tradición (y del mito). El presunto folklorismo de García Lorca es, más bien, folklorquismo, en efecto: un folklore adaptado a sus intereses artísticos de catarsis o desahogo personal, pero en absoluto alienante o siquiera lúdico. Un efecto sensible que alcanza a la médula emocional del pueblo llano y sencillo, y del más exigente y cultivado lector.

El aspecto de Romancero gitano es el de un neopopularismo de fachada, una acumulación de metáforas gongorino-cubistas (ultraístas/creacionistas[1] y, a ráfagas, surrealistas[2]) y una reinterpretación vanguardista del romanticismo heroico; un sinfín de sugerencias entre ambivalentes y misteriosas: «una lógica racional estética [la metáfora] puesta al servicio, eso sí, de la creación de una nueva mitología romántica» –sentencia el poeta Luis García Montero–, el mito de lo gitano y de lo andaluz como pena, fatalismo y tragedia de España, motivado por las fuerzas oscuras del destino que chocan con la pasión desbocada del amor: esas fuerzas oscuras –he aquí el mito– someten la pasión amorosa, desvían las relaciones humanas, impiden la maternidad irrenunciable, imponen agresividad y sangre, recelos y reyertas, e incluso la muerte. Muerte hay en Romancero gitano, en Bodas de sangre, en Yerma y en La casa de Bernarda Alba. Es la tragedia en manos de García Lorca. ¡Qué distinta a la expresión teatral de los esperpentos de Valle Inclán!

García Lorca da un vuelco al espacio literario en el que ubica y cobran vida las historias de su cante jondo y de sus romances. En los albores del proceso creativo de Romancero, en carta a Melchor Fernández Almagro (1 de julio de 1922), establece su nueva visión, que se aleja de la Castilla de los escritores de la generación del 98 (Unamuno, Azorín, Antonio Machado...):

Este verano, (...) haré una obra popular y andalucísima. Voy a viajar un poco por estos pueblos maravillosos, cuyos castillos, cuyas personas parece que no han existido nunca para los poetas y... ¡Basta ya de Castilla!

Lorca no quiere caer en los estereotipos: no pretende sustituir la austeridad castellana por la sensualidad y la alegría andaluza: el poeta de Romancero gitano (1924-1927) sitúa el sentimiento trágico de la vida –tan unamuniano– en Andalucía. En la «Conferencia recital del Romancero gitano», el propio autor granadino justifica su andalucismo («antipintoresco, antifolklórico, antiflamenco, donde no hay ni una chaquetilla corta, ni un traje de torero, ni un sombrero plano, ni una pandereta...»):

El libro en conjunto, aunque se llama gitano, es el poema de Andalucía, y lo llamo gitano porque el gitano es lo más elevado, lo más profundo, lo más aristocrático de mi país, lo más representativo de su modo y el que guarda el ascua, la sangre y el alfabeto de la verdad andaluza y universal.

Así, pues, el libro es un retablo de Andalucía con gitanos, caballos, arcángeles, planetas, con su brisa judía, con su brisa romana, con ríos, con crímenes, con la nota vulgar del contrabandista, y la nota celeste de los niños desnudos de Córdoba que burlan a san Rafael. Un libro donde apenas si está expresada la Andalucía que se ve, pero donde está temblando la que no se ve. Y ahora lo voy a decir. Un libro anti-pintoresco, anti-folklórico, anti-flamenco. Donde no hay ni una chaquetilla corta ni un traje de torero, ni un sombrero plano ni una pandereta, donde las figuras sirven a fondos milenarios y donde no hay más que un solo personaje grande y oscuro como un cielo de estío, un solo personaje que es la Pena que se filtra en el tuétano de los huesos y en la savia de los árboles, y que no tiene nada que ver con la melancolía ni con la nostalgia ni con ninguna aflicción o dolencia del ánimo, que es un sentimiento más celeste que terrestre; pena andaluza que es una lucha de la inteligencia amorosa con el misterio que la rodea y no puede comprender.  

Lorca, en efecto, difumina el gitanismo y lo diluye en el alma y en el cuerpo de Andalucía y amplía el tema hondo de sus romances en lo andaluz con pretensiones de alcanzar lo universal. El gitano, para Lorca, es un gitano idealizado, convertido en mito granadino: el poeta, como después el dramaturgo, busca la raíz oculta de toda la humanidad. El gitano del Sacromonte –el gitano de la vega granadina, el gitano andaluz– permite dar entrada en el arte al conflicto del ser humano que quiere afirmar su individualidad frente a un mundo hostil y a unas fuerzas de la naturaleza contrarias a sus deseos. Para Lorca, poéticamente, lo gitano –su mundo y su cultura– es la cosa más pura y más auténtica y profunda de Andalucía: el gitano es «lo más elevado, lo más profundo, (...) el que guarda el ascua, la sangre y el alfabeto de la verdad andaluza y universal». El gitano simboliza el conflicto entre el primitivismo y su rival, la civilización (y la cultura paya); entre el instinto de amar y de conservación de la especie caló y su rival, la razón y la ciencia moderna. Sin duda, el gitano representa los impulsos naturales, lo espontáneo; es el arquetipo del hombre libre –sin reconocerse atado por la ley gitana– en lucha con las fuerzas que representan la coacción y la represión, como, desde su perspectiva, se veía a las fuerzas del orden público del establishment: esto es, a la Guardia Civil. Por el peso de fuerzas mayores –fuerzas naturales (cósmicas y telúricas), pero también sociales y atávicas–, el gitano no puede escapar de su destino trágico. El que quiere ser libre y actuar sobre la base de sus instintos sucumbe a la opresión de la moral y del orden establecido. Más adelante, en sus tragedias teatrales (1932-1936), vendría a comprender Federico García que no hay que luchar contra el instinto, y humaniza la acción/reacción de sus personajes teatrales.

La nueva mitología lorquiana es la expresión de la esencia primitiva de la naturaleza que, personificada o animalizada, actúa como una amenaza –más que como una ayuda– que crea un ambiente de tensión: la tensión dramática entre libertad y autoridad represora, entre gitanos y guardias civiles, seres antagónicos por antonomasia en la Andalucía recreada por Lorca (idealizada, pero extraída de la realidad). Los nuevos seres mitológicos (como los dioses inmortales y los mortales humanos de las leyendas mitológicas clásicas) inauguran referencias con significados similares a los arquetipos de las antiguas religiones: son los elementos de un nuevo mundo ritual y sacralizado; los dioses, en la concepción lorquiana, son ahora la luna, la sangre, la tierra...; los elementos mágicos son el cuchillo, el caballo...; las energías poderosas o frustrantes son la fecundidad, el instinto amoroso, o, por el contrario, la esterilidad, el código de una honra ajada... El mito moderno, en García Lorca, no gira en torno a dioses y héroes, sino a los humanos que trascienden: son seres literarios, no son seres que valen en sí, sino en lo que representan. Sus personajes no tienen por qué ser gitanos. En esencia, ¡no son gitanos!, sino que significan más: son el mito del gitano. Lorca ha inventado un mundo en el que las pasiones son primarias e incontrolables, están a flor de piel: y subyace, con latidos ultraterrenales, un fondo de violencia por defender la individualidad de sus instintos y de su esencia (gitana) y por defender la naturaleza (e identificarse con ella); por ello, artísticamente, Lorca hace que el viento, el cielo, las estrellas, los satélites, las higueras, el mirto..., la cal, la fragua o los bordados... participen de lo que acontece en la vida de los humanos. El gitano imita a la naturaleza y acepta con osadía su reto: el de la fecundidad y el de la fuerza; por ello el gitano legítimo, como Antonio el Camborio, expresa su virilidad y su masculinidad siempre que puede, pero las fuerzas del oscuro destino de la mitológica Andalucía y sus moradores lo conducen a la muerte: envidias, venganzas, sangre, navajas y muerte. ¡Otra vez! Una y otra vez.

Lorca se convierte así en un poeta intérprete, el que funciona como un cantaor flamenco que, en lugar de registros vocales y melódicos, pone palabras y sentío. El canto adquiere un valor mítico asimismo, sagrado o sacralizado:

El cantaor, cuando canta –iluminaba el Lorca comentarista del cante jondo–, celebra un solemne rito, saca las viejas esencias dormidas y las lanza al viento envueltas en su voz.

En este sentido se explica todo el Romancero de Lorca: Lorca, territorio mítico. Merece la pena, pena de ávido lector y de ávido aprendiz sin edad, leer este libro de dramas y tragedias. Proporcionamos claves esclarecedoras para entender el arte lorquiano y para deleitarse con la poesía y con el teatro. En otoño o en invierno próximos se ofertará a nuestros escenarios una versión de Yerma. A Raúl Ferrández, como amante del teatro, le gustaría presenciarla. Pero es que Ferrández dirigió Yerma (en 1999) y dirigió y protagonizó La casa de Bernarda Alba (en 1998). Sería para nosotros un homenaje del teatro al hombre-teatro. ¡Qué bueno si los jóvenes de nuestras ciudades van preparados a presenciar una tragedia y salen emocionados por haber sentido arte y mito en un solo acto! ¡Se nutrirán de humanidad en un mundo de mitos! 

 Representación de Yerma, dirigida por Raúl Ferrández (Las eras de la sal, 16 de agosto de 1999). Foto: José M.ª Andreu, el Cano

 

 

 

 

 

Reparto de Yerma, dirigida por Raúl Ferrández en Torrevieja (1999). Programa de mano, gentileza de M.ª Antonia Sánchez. La obra Yerma se puede leer en edición anotada en el libro Liber (Valencia, Micomicona, 2018)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Raúl Ferrández encarna a Bernarda Alba, en el centro (Las eras de la sal, 30 de agosto de 1998). Foto: José M.ª Andreu, el Cano 

Raúl Ferrández recitó a Miguel Hernández con profundidad y tempo, recuerdo su rotundo «Me llamo barro aunque Miguel me llame», con sentimiento que calaba en lo íntimo del poeta. Pero aún más recuerdo cuando, desde Málaga, me llamó para preparar la declamación de un sonoro y sentido poema en un concurso al que había llegado a la final sin esperarlo. En espera estamos, Raúl, haciendo nuestro lo que fue tan tuyo, habiéndolo dicho André Gide: «La verdadera riqueza de las personas está en sus diferencias» y en su forma de vivir su viaje a Ítaca.

 


[1] De impronta ultraísta/creacionista son estos versos: «el mar baila por la playa / un poema de balcones» («Romance de San Miguel»), «la noche busca llanuras / porque quiere arrodillarse» («Romance de San Gabriel»).

[2] Tienen un regusto surrealistas estos versos: «huyen las gitanas viejas / con los cabellos dormidos» («Romance de la Guardia Civil española»).