Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 50 - Primavera 2018
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El ruido Fernando Ugeda Calabuig

 

Finalista XLI Certamen de Relato Corto “Castillejo-Benigno Vaquero”


Un ruido despertó a Emilio cerca de la madrugada. La oscuridad reinaba en su dormitorio, ni siquiera un débil haz de luz se colaba por la ventana, no en vano la persiana se hallaba bajada y la cerrazón presidía un cielo encapotado que esa noche había vedado a una pálida luna menguante. El anciano se incorporó en la cama y abrió los ojos de par en par. Aun así el negro lo invadía todo. De nuevo el ruido reclamó su atención, insistente, como si pretendiera dar a conocer su presencia con la tenacidad propia de quien no desea pasar desapercibido.

—¿Quién anda ahí? —Emilio formuló la pregunta con un deje de cansancio—. A quien quiera que sea le informo que ha tropezado con la cómoda. La pobre está tan vieja y achacosa como yo, así que le ruego que dé un paso a la derecha y la esquive.

Emilio aguardó en silencio a la espera de recibir alguna respuesta por parte del intruso. Nada. Aguzó el oído pero ni siquiera de ese modo alcanzó a distinguir una respiración jadeante, el latido acelerado de un corazón pillado in fraganti o el sonido amortiguado de pasos sigilosos que se desplazaban en una u otra dirección. Sin embargo, en mitad de la quietud, otra vez el ruido se hizo presente sacando a relucir el carácter burlón tan típico de los sonidos reincidentes.

—Vaya, así que las has tomado con el mueble... —soltó Emilio con resignación—. Si eres un ladrón confío en que hayas abierto la puerta sin estropear la cerradura. Mi raquítica pensión no me alcanza para imprevistos. Para que te hagas una idea, colecciono electrodomésticos averiados que no puedo arreglar por falta de liquidez. Puedes llevarte los que quieras. Por desgracia para ti, no poseo nada de valor. Tan sólo un billete de veinte euros y algo de calderilla encontrarás en el cajón. No te lo tomes a mal y por favor no te pongas violento; juro que te entregaría mi vida con sumo gusto si pudieras tasarla en algo, pero te aseguro que valgo menos que la chatarra. Cosas de la edad, o, mejor dicho, de las finanzas. Nunca supe ganar dinero, dinero de verdad, ya me entiendes. Me faltó ambición. Más de cuarenta años viviendo de un escueto sueldo de operario para que al final los exiguos ahorros de toda una vida se colaran por el sumidero de las preferentes. Eran cuatro perras, lo admito; no voy a farolear delante de un desconocido; pero me subleva pensar que en vez de gastar esos cuartos con mi mujer en retribución por su abnegación y sacrificio, tuvieran el innoble fin de pagar mariscadas y caprichosos servicios en puticlubs de postín. Mi Mercedes soñaba con visitar Italia, mas la pobre sólo pudo viajar allí en sueños. Tú me dirás: claro, le hubiera encantado conocer Roma, Florencia, Venecia... Pues te equivocas. Ella deseaba ir a Positano, un pueblecito encantador ubicado en la región de Campania. Lo vio en un reportaje de televisión y se quedó prendada de la serenidad de las aguas que bañaban el golfo, de sus lacónicos atardeceres, de las casitas trepando por la ladera del cerro como si fueran hojas de hiedra conquistando un murete. Ni siquiera puedes hacerte una vaga idea de cuánto la extraño y lo que me mortifica el hecho de no haberle dado todo lo que ella se merecía. Hasta echo de menos sus regañinas por pisarle el suelo recién fregado. Te haré una confidencia: los hombres no estamos diseñados para vivir solos. A la muerte de mi esposa, mis hijos renunciaron a que viviera con ellos. Ernesto, mi primogénito, y por tanto el que ha de heredar mis deudas, me dijo posándome una mano en el hombro: «Papá, ser independiente te hará bien, ocupará tu tiempo y tu mente en un sinfín de menesteres». Será una cuestión semántica, porque aquello que él define con el término independencia yo lo llamo abandono. Si me permites la franqueza, te confesaré que durante mi niñez y adolescencia siempre quise granjearme el afecto de mi padre, un progenitor a la vieja usanza, hierático y distante. Años después perseguí el cariño de mis hijos, el cual conseguí durante sus infancias; pero desapareció con rapidez envuelto en reprobaciones al crecerles las alas. Sí, ya lo creo, muchos jóvenes de hoy en día sólo aceptan padres perfectos, lo cual se me antoja como una forma sui géneris de tiranía. Por cierto, a propósito de Positano, cuánto daño ha hecho la televisión a la clase obrera, ¿verdad? Nos seduce con sus poderosas imágenes y nos invita a soñar con viajar a lugares remotos, a conducir coches de alta gama, a señorearnos en casas de ensueño que tardaríamos en pagar cien años. Por eso el dinero se ha convertido en el verdadero dios de este mundo, porque es el único medio para alcanzar esa esquiva felicidad que nos han impuesto por decreto. En efecto, un engaño, eso es la publicidad; y si me apuras, hasta la vida misma. Mercedes y yo nos hicimos novios en el 49, ambos teníamos veinte años y conocimos de primera mano el hambre de la posguerra, el frío de antaño, el eterno luto por los muertos, el silencio impuesto en torno a los represaliados. Sin embargo, a pesar de la carestía y la falta de libertad, mi esposa y yo fuimos felices en aquella España de plañideras y relicarios que tanto costó subyugar. Éramos jóvenes, nos teníamos el uno al otro y la vida tan sólo consistía en trabajar y amar. Bueno, y algo de fútbol, flamenco y toros, la verdad sea dicha. Hoy la tecnología ha conseguido situar todo lo imaginable al alcance de la mano, excepto la felicidad, que anda un tanto desorientada, cosa que no me extraña pues la han puesto a los pies de los caballos. Sí, mi intrigante desconocido, al parecer en la actualidad la vida se ha vuelto complicada en exceso. Se vive con ansiedad y los años corren deprisa. Abundan las decepciones, los desencuentros, la gente se obsesiona con triunfar y obtener al menos sus quince minutos de gloria, con sacarle el máximo rendimiento al tiempo. No me chocaría que en breve incluso las palomas de los parques acudieran al psicólogo. Luego, cuando el día menos pensado te levantas y al mirarte al espejo éste te devuelve la imagen de un viejo, te preguntas en qué momento inadvertido la vida te pasó de largo. Sí, en la vejez habitan demasiados reproches. Lástima que ya no quede tiempo para rectificaciones, pues te encuentras en el tiempo añadido y pierdes por goleada. Se nota que soy futbolero, ¿a que sí? Es un deporte que posee un condicionante muy pasional, así que o participas de él o te parece cosa de locos. Como la vida misma. O vives con pasión y te entregas al máximo en cada uno de los frentes abiertos, o tu existencia se convierte en una rutina no muy distinta a la del resto de animales: comer, dormir..., del sexo ya ni me acuerdo. De este modo, la vida transcurre trazando planes que por norma aplazamos hasta que de puro hambrientos mueren por inanición. Sigues ahí, ¿verdad? Sería una estupidez estar hablando solo —el ruido confirmó su presencia con rotundidad—. Con un golpecito hubiera bastado, que a este paso vas a desarmarme la cómoda... Vale, lo siento, tampoco era mi intención que sonara a reprimenda, y me alegro de no estar divagando solo igual que si hubiera perdido la chaveta. Pues como te iba diciendo, en la vejez surge una voz tirana que te interroga acerca de los sueños postergados. Entonces el pasado cobra aspecto de dilema. Apostar por los sueños siempre implica un riesgo, el riesgo conduce a la incertidumbre, y a la mayoría de la gente le encantan la seguridad y las certezas. ¿Adviertes la incongruencia? Jamás sabremos de dónde venimos ni adónde vamos, y la única certeza que conocemos se apellida muerte, y aun así nos acobarda echarle un pulso a la diosa Fortuna para intentar dar caza a una quimera. ¿A que resulta estúpido? Pues un servidor ha sido uno de esos mentecatos. Sería fácil saltar al vacío firmando antes un contrato con el destino que le obligara a cumplir tu empeño; pero en tal caso dónde quedaría relegada la emoción. Intuyo que pensarás que... ¡Espera, no serás la muerte! Pues en tal caso, permíteme que te reprenda por llegar con tanto retraso. ¿He de deducir que el que calla otorga? Así me gusta, que nos entendamos como seres civilizados. ¿Puedo pedirte un favor? Si estuviera en tu mano, haz que el trance no sea doloroso. Cuando quieras, estoy preparado. ¡Aguarda!... Lo de la guadaña será algo metafórico, supongo... Te confieso que desde niño les he tenido tirria a las armas blancas y doy por sentado que mi sentimiento es generalizado. ¿Sabes?, me gustaría ver la cara de mis hijos cuando tengan que apañarse con los restos de mi naufragio. La mayoría de las veces ni me cogen el teléfono. Para ellos también será un descanso. Fíjate que, sin venir a cuento, me da por pensar en las personas que se suicidan porque se ven imposibilitadas de pagar el alto precio que les ha impuesto la vida. ¿No te resulta curioso? Gente que se quita de en medio en contraste con la tropa de carcamales que aspira a la inmortalidad. Me pregunto si habría alguna manera, aunque hubiera que recurrir a la alquimia, de transferir años de unos a otros. Ya estoy viendo el anuncio en prensa: «Vendo los treinta años que voy a desperdiciar tirándome por un barranco. No les tengo aprecio a mis días, por eso los ofrezco baratos». Déjame recapacitar un instante... Descarto la idea. De ese modo sólo se perpetuarían los ricachones, ya que los años cotizarían a un precio inasequible para bolsillos mundanos. Perdona, ya me callo. Cuando quieras, estoy preparado. Por supuesto, confío en tu pericia.

Emilio permaneció sentado en la cama a la espera de acontecimientos. Al cabo de un par de minutos se removió inquieto dando muestras de preocupación.

—No pretendo cuestionarte, puesto que desconozco si el desempeño de tu oficio requiere de un protocolo previo a la ejecución; pero te ruego que me des una pista, porque si esto va para largo, me temo que he de ir al escusado. A partir de cierta edad, los hombres somos esclavos de nuestras vejigas. Ellas toman el control, y la mía me exige ir al baño en este delicado momento. A no ser que tú tomes la iniciativa de una vez por todas. ¿O acaso no eres la muerte?... ¡Dios, me vas a hacer encender la luz, con lo cara que se ha puesto últimamente!

Emilio se movió con lentitud hacia la cabecera de la cama y tanteó la pared hasta dar con el interruptor de la luz cenital. Cuando la habitación se iluminó, el anciano abrió la boca perplejo al contemplar la joven figura de Mercedes de pie junto a la cómoda.

—Cariño, casi se me había olvidado lo guapa que eras —profirió Emilio en un susurro.

Mercedes avanzó con lentitud hacia él y al llegar a su altura se inclinó y acercó la tersura de sus labios a los ribetes de esparto de su marido. Cuando los labios estaban a punto de uncirse, el anciano se despertó soltando un fuerte ronquido.

—¡Me cago en la pena negra! —exclamó rezongando—. ¡Estaba a punto de besarla! Pero por qué razón no soy dueño de mis sueños... Hasta para esto soy pazguato.

Emilio abandonó la cama con la morosidad que demandaban sus años y fue directo al baño. Una vez atendió el imperioso requerimiento de su vejiga, regresó a su dormitorio y levantó la persiana para que la luz de la alborada inundara de a poco la estancia. Abría la ventana con la intención de respirar el aliento fresco de la mañana cuando de repente sintió una fuerte presión en el pecho. Acto seguido notó un pinchazo en el brazo izquierdo, como si una aguja de grandes proporciones le hubiera atravesado la extremidad. Le costó llenar los pulmones de aire y al llevarse las manos al pecho escuchó de nuevo el ruido originado en su sueño. No cabía la menor duda al respecto, el sonido era idéntico. Se giró con parsimonia y vio a Mercedes de pie junto a la cómoda. Su esposa, luciendo la lozanía de sus veinte años, le dedicó una mirada enamorada. Emilio se sintió embargado por una suerte de paz que ya había olvidado.

—Llévame contigo a ese lugar donde no pasan los años —musitó sin apenas resuello.

Mercedes le invitó a acompañarla extendiendo sus brazos hacia él. La presión en el pecho se acentuó segundos antes de que Emilio se desplomara en el suelo. El cadáver quedó tendido a los pies de la cama. En los labios persistía una sonrisa indeleble.