Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 47 - Verano 2017
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Un olvido reconfortante Miguel S. Juaneda

 


Dúlkmar salió de la taberna ebrio e incapaz de mantenerse en pie. Dentro aún se oían las carcajadas de sus amigos y el bullicio del antro donde el licor de hidromiel se bebía por cubos. El joven y testarudo kalandryano cruzó el camino cubierto de un manto de fina nieve y se dirigió tambaleante hacia su casa para recoger las armas y poner rumbo a las afueras de la aldea. Acababa de apostar con sus camaradas de barril que cazaría un enorme lobo esa misma noche. Ellos se habían mofado de él y lo habían invitado a marcharse en busca de esa peligrosa pieza que les había asegurado que era capaz de cazar sólo con su arco y sus flechas. Antes de que amaneciera acallaría todas esas risotadas al aparecer en el pueblo con un lobo muerto sobre sus hombros.

Entró en su cabaña y recogió el arco, que se encontraba sobre la repisa de la chimenea, cuyas brasas comenzaban a apagarse y pedían suplicantes un hierro que las avivara. Luego agarró el carcaj y se lo colgó en la espalda. Su estado de embriaguez le impidió darse cuenta de que no había ninguna flecha en el interior de la funda. De un baúl situado a los pies de la cama sacó una capa de piel de oso blanco y se la echó por encima tapando también con ella su cabeza. Todo estaba dispuesto y no era necesario demorar la partida.

Cuando la noche cubría por completo la aldea de Velisdia, Dúlkmar puso rumbo hacia un pequeño bosque situado en una de las laderas de los Montes Sima, en la frontera con el reino de Utsuria. Hacía frío y los músculos del guerrero se contraían a cada paso que daba, agarrotados por las gélidas temperaturas. Portaba una antorcha prendida en su mano derecha mientras que la izquierda permanecía escondida bajo la espesa capa de pelo blanco. No soplaba ni una leve brisa y hacía dos días que no nevaba. Aun así, el hielo se instalaba cual parásito en los jirones de pelo de su dorada melena que sobresalían de la capucha. Era obvio que no era el momento propicio para salir de caza, pero precisamente por lo inhóspito de la meteorología su hazaña sería aún más memorable.

No había caminado mucha distancia cuando llegó hasta el borde de un pequeño lago congelado. Al otro lado, desaparecido bajo el manto de la noche, se hallaba el bosque en el que encontraría un lobo al que matar. Con paso lento y bordeando la orilla, el joven perteneciente al clan de los Velisdam caminaba apoyando con suavidad los pies sobre la capa de agua congelada que cubría la laguna. Al mover sus piernas podía sentir el crujir del hielo bajo sus pies. Muchos hombres y animales habían perecido intentando cruzar aquella extensión helada al desquebrajarse la superficie y caer en las aguas glaciales.

Finalmente consiguió llegar al otro extremo y penetró en la pequeña arboleda sin perder de vista la orilla del lago. Dúlkmar caminaba sigiloso, controlando su respiración y escuchando los ruidos que se producían en el bosque. Si algo bueno tenía aquel frío tan intenso era que su embriaguez había desaparecido por completo. La noche transcurría pausada y el joven velisdamés comenzó a sentirse muy fatigado. Decidió resguardarse en el interior del tronco de un árbol que había sido vaciado seguramente como puesto de vigilancia para cazadores. Recogió las pocas hojas y ramas secas que encontró y prendió una pequeña hoguera junto a la que se reconfortó hasta quedar profundamente dormido.

Fue precisamente el aullido de un lobo lo que le despertó sobresaltado. Se incorporó desconcertado. Debía llevar un buen rato durmiendo, ya que las primeras luces del alba comenzaban a reflejarse sobre la superficie helada del lago. A poca distancia del árbol donde se encontraba escondido, pudo ver a un lobo de gran tamaño que jugaba con dos cachorros ajenos a la presencia de Dúlkmar.

El guerrero contempló la escena y con un movimiento sigiloso cogió su arco y se dispuso a buscar una flecha en el carcaj colgado en su espalda. Una frustrante sonrisa se dibujó en su rostro cuando se percató de que la funda estaba vacía. Ahora sí que sería el centro de todas las carcajadas cuando llegara al poblado a plena luz del día sin fiera y sin flechas. El joven se agachó y se dispuso a esperar a que los animales desaparecieran para emprender el camino de regreso. Los dos lobeznos jugaban revolcándose por los suelos y se enganchaban a su madre mordisqueándole el rabo para que ésta les propinara pequeños empujones con su hocico. Dúlkmar contemplaba la escena y se alegraba de no haber llevado sus flechas, de lo contrario aquella loba estaría ahora muerta y los dos cachorros sin madre que los amamantara.

Cuando los animales se perdieron en la espesura del bosque, Dúlkmar regresó sobre sus pasos bordeando el lago de aguas congeladas hasta llegar al otro lado. Camino de la aldea pensaba qué diría a sus amigos aquella noche en la taberna. Obviamente no podía contarles lo del olvido de sus flechas, y mucho menos que había disfrutado observando la escena de la familia de lobos jugando y retozando a escasos pasos de su escondite.

Sin duda, lo mejor sería meter la cabeza en un cubo de rica hidromiel y esperar a que las excusas emanaran ágiles de su garganta.