Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 54 - Primavera 2019
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Sin consuelo Tomás Vicente Martínez Campillo



Bajas del autobús y te diriges hacia las oficinas del Servicio Público de Empleo. Tienes miedo; lo sientes extenderse por tu cuerpo; pero ya has tomado la decisión. De la mano te cuelga una garrafa de Solán de Cabras de cinco litros, pero apenas notas el peso. Lo único que te pesa es el corazón. Cruzas la calle sin esperar a la luz verde del semáforo, y oyes los pitidos y frenazos como un eco lejano, a pesar de que ves cómo los vehículos se detienen bruscamente a escasos centímetros de ti.

En la misma acera, junto a la puerta de entrada de la «oficina del paro», desenroscas el tapón de la garrafa y te viertes sobre la cabeza la gasolina que contiene. Son meses y meses intentándolo todo para sobrevivir, sin resultados. La conclusión es obvia: a nadie le importa lo que pase con tu vida. Quizás cincuenta y cinco años ya sean suficientes. Sacas del bolsillo de la camisa una caja de cerillas, la abres, tomas una y la arrastras sobre el rascador. La cabeza del fósforo salta por los aires. ¡Maldita sea!, te lamentas. Lo intentas con otra, y otra más, y otra, pero el resultado es el mismo. ¿Ni siquiera esto me saldrá bien?, te dices. La gasolina las ha humedecido y han quedado inservibles. Comienzas a desesperarte.

A tu alrededor se han ido congregando curiosos, quizás atraídos por el olor del combustible, quizás al verte empapado, o porque al descubrir las cerillas han comprendido lo que te dispones a hacer. Ves en sus rostros sorpresa, e incluso preocupación. Qué ironía, preocupación ahora que ya no la necesitas para nada. Lo que sí sabes que necesitas es su ayuda, y la pides con urgencia en la voz. La pides por favor, la imploras de rodillas, la exiges a gritos, la reclamas incluso entre maldiciones. Y una vez más compruebas que nadie está dispuesto a prestarte consuelo.

Empapado y derrotado, abandonas el lugar, definitivamente convencido de que a nadie le importa tu suerte. Con lo fácil que habría sido que alguien te hubiese ofrecido un mechero. No te queda otra que regresar a casa. De camino, vuelves a pensar en Sofía: si al menos no se hubiese ido...